Ff

La entrada del Follow Friday, #FF. Ya digo, habrá un día en el que no haya siglas libres. El nacionalismo vasco de corte abertzale ha contribuido en esa captura de dominios acrósticos, pero sobre todo Twitter. Hace nada, ignorábamos que era un RT, un MT, un DM o el TL. Vamos hacia el bing crunch del lenguaje. 

Y ha sido en FB y no en TW donde he visto una foto que me ha generado como un esplín de final de tarde. Me gusta esa hora de ocho a nueve, aunque hecho en falta más luz en mi actual escritorio. Me gusta el silencio de la primavera, que nos comunica con otros siglos, pero esta tarde, digo, vi una foto en una red social que me dejó un poco touché. Porque resulta que en la más grande de las redes sociales tenemos a mucha gente con la que la vida nos ha enredado. Algunas, quizá las más importantes, no están dentro. Pero dentro también hay muchas que han formado parte de nuestra vida, alterándola. Con una de ellas hubo un algo, tan breve como intenso, al otro lado de los Pirineos, en una ciudad a la que Victor Hugo dedicó un sentido elogio. Una ciudad para vivir una historia como aquella, que por cierto recreo en la novela que terminé el otro día, el 7 de junio, por la tarde, en el Starbucks de la calle Infantas, con música de los Fleet Foxes, por cierto. 

Fue una historia que pudo haber tenido una continuación, y ahí lo dramático, o no tanto, del caso, pero los  cientos de kilómetros y asuntos de índole pragmático nos hicieron optar por el enfriamiento. La idea de construirme una vida en esa Francia que a veces me tienta tanto, valga la aliteración. Hubo algunos mails, pero cuando vimos lo imposible de aquello no volvimos a decirnos nada. Estábamos ahí, en la gran cosa virtual, y a veces caía un Me Gusta. Volví a aquella ciudad en otoño, la ciudad en que nació mi padre, año 1949, en el 17 arrondisement, pero no la llamé. Sentí que no procedía. ¿No me atreví? Ella debió ver alguna de las fotos que colgué, como esa de la parada de metro modernista de la rue Rivoli. 

Cumplía, y cumple, los años pocos días antes que yo. Los mismos que yo. La felicité sucintamente, pero con todo ese buen recuerdo concentrado que nos une, el otro día. No había visto, como vi hoy, las fotos de su oronda tripilla, que alberga ya a un proyecto de hombre de tres meses de vida uterina. Y su cuerpo, reclinado en un sofá en el que una noche ojeamos juntos un cuadro de Magritte, con copas de vino blanco.

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