15.5.12

Espacios no trillados

Cuando paseo por Pamplona, o cuando voy de un sitio a otro, cuando simplemente me desplazo, es inevitable que me asalten los recuerdos. No son recuerdos particularmente épicos, sino simples sensaciones. En cada esquina sentí algo o pasó algo, un día, y lo recuerdo. Si hubiera un mapa de mis huellas por el mundo, estadísticamente estas siguen manchando el espacio que va desde el centro de la ciudad al colegio San Cernin. 142 días lectivos, aprox., por los doce, quince, cursos que allí completé. Como las gráficas que ilustran la zona más pisoteada por el futbolista X en el partido Y. O como ese mechón de tierra desgastado, precisamente, por la agitada confluencia de delanteros y defensas en los campos de fútbol que  aparecen, de pronto, en un claro en pleno bosque. 

'París no se acaba nunca', sentenció EVM en su libro homónimo. Las ciudades de provincias puede que lo hagan antes. El tránsito repetido por los espacios de siempre obligan a una relectura: el habitante de ciudad pequeña se enfrenta a diario a esa escucha en bucle de, pongamos, Changing Of The Guards, de Dylan.

Relecturas porque siempre hay novedades en el relato de la ciudad. La plaquita a Joaquín Zabalza, ex Iruña'ko, en su casa de la calle Mayor 54, vecino por cierto de otro Iruña'ko, cuyo nombre no recuerdo. Los cambios en el paisaje comercial, una tienda clásica (Erro) que pasa a mejor vida y una heladería, Nalia, que estaba ahí desde la fundación de la ciudad, que se moderniza y se expande hacia el suntuoso mundo del yogur. Y no nos olvidemos de esa efeméride hiperlocal do las haya, que son los cien años de Droguería López. Un siglo vendiendo no solo drogas, sino también artículos de pintura, de brocha gorda pero también muy fina, con mucho arte, según dicen los que consumen estos coloridos productos.

En general, reandamos lo andado y podría hacer un post de cada esquina, rincón, calle, bocacalle, chaflán, plazuela. De todos guardo imágenes. Pero el lunes 14 de mayo de 2012, en un rato de deambule laxo, me interné por los pliegues de la Ciudadela de Pamplona, que tiene unos cuantos. Y descubrí no sin asombro que había una zona que no había pisado en mi puta vida, y eso me llenó de un cierto gozo. No todo está leído. Luego pensé que quizá es que habían abierto al público nuevas áreas, pero prefiero pensar que no, que había zonas aún inexpugnables, que la posibilidad del hallazgo no muere nunca. Aunque la ciudad se acabe.



Ciudadela de Pamplona

1 comentario :

  1. El "otro" Iruña'ko y vecino de Joaquín -del que también fui alumno hace 40 años- era Alberto Huarte quien falleció en julio del año pasado. Era el propietario de la casa que fue, a su vez, sede del Colegio Huarte. Por allí pasaron como alumnos muchos pamploneses ilustres. Entre Alberto y Joaquín existió la misma amistad que, setenta años antes, llevaba a Pablo Sarasate a pasar tantos ratos agradables con el abuelo de Alberto.

    Saludos,

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