16.5.12

Aprender a trabajar

A mi padre, que me enseñó a trabajar. Dedicatoria de 'Nadar en agua helada', de Recaredo Veredas, Bartleby Editores, Tipos Infames, por fin es primavera en Malasaña, barrio al que accedo como por unas escaleras subterráneas, como los moradores de la Rochapea suben a la meseta de Pamplona. Sensación de extramuros, de ubicación pasajera, que no tiene algo de no estar ni ser de ninguna parte, again. Pero bien. Aunque se arrastra una nueva morriñez, de la ciudad de uno, como espacio quizá en el que construir, y deseos, ya tocan, de acometer el descenso del castillo en el aire. 

Madrid como viaje, el periodismo como viaje, ¿la vida como viaje? Mezcla de dos vinos en ayunas, más menú barato de oferta callejera de Burger King en mano, con Pepsi Light, y euforia pequeña de antes de dormir. Antes, abanico de sensaciones para todos los públicos. Cierro la idea: Barcelona como caldo de cultivo de malencarados por ser ciudad para siempre y no de paso, como es en el fondo, un poco, Madrizentro. El anonimato de la gran ciudad te convierte en un don Nadie, reflexioné antes en Twitter. 

Por la mañana, cobertura de un acto sobre la cultura italiana, y nombres de autores de aquel país, Magris, Tabucchi, Calasso, Elsa Morante, Erri de Lucca. Y el director del Instituto Italiano de la Cultura que lleva un reloj como el mío. Necesidad perentoria de rodearme de belleza, de un mundo teatral, quizá ficticio, donde sea posible la ilusión de belleza. Ayer, en la calle del Redín, aquel arbotante que rompía la estrechez de la calle. Rodearme de belleza, quizá como contrapunto para un barrio de alitas de pollo sobre plato de los chinos que es el que ahora me acoge, o también como el pasaporte para un mundo mullido que el burgués, grande o pequeño, que en el fondo soy, exige y reclama en el corto/medio plazo. 

Aprender a trabajar. Dice Veredas que su libro, apenas 55 paginitas con solo un tercio de ellas manchado de tinta, le costó "décadas". Solo después de mucho trabajo de lima brotó un libro, crear es quitar, del que han dicho que es fruto y no cáscara. Obviamente, las dosis de trabajo fueron espolvoreadas en el tiempo. Ningún poemario se escribe de ocho a tres. El poeta trabaja siempre.

A mí no me preocupa tanto aprender a trabajar, sino aprender a construir. El montoncito, decíamos ayer. En esto, pero también en lo otro. 

Construir es también conservar.




3 comentarios :

  1. Y ¿ qué reloj es ese ? ¿ Un Breil ? ¿porque es italiano ? , o ¿un Casio ?, el legionario de las lanzas del Cristo , todas hieren y esas cosas ¿ ? ¿Un Zodiac ? , cómo el asesino del ídem , ¿o un Rólex , como el Ché Guevara ?
    Sé que puede ser una pregunta impertinente , pero la curiosidad me ha dejado sin gatos .

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  2. Un Hamilton que me regaló mi hermano.

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  3. Gracias Naúgrafo , reloj de aeronauta .
    Yo tengo un Raketa , estamos emapatados.

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