6.4.12

Los descansos de Zabalza

Me acuerdo de vez en cuando de Joaquín Zabalza, el mítico ex Iruña'ko, el profesor de guitarra de tantos pamplonicas, entre ellos yo, en su buhardilla mágica, la de las Guitarras Mágicas, de la calle Mayor, 54. A la gente buena no se la olvida fácilmente. Murió en marzo de 2005, y Beñat del Coso y yo pensamos en liar a alguien para hacerle un homenaje, aquí en Madrid. Quizá en 2015, aunque nos gustaría antes. 

Era un trabajador infatigable, raro era el día que no acabara antes de las nueve o diez de la noche. Sus últimos alumnos, recuerdo, eran de Armonía. Quizá reservaba la última hora para esa disciplina, por ser más teórica, más abstracta, lejos de la rutinilla cansina de "pon el dedo aquí, no, cuarto traste, luego arpegio, y acabas en fa mayor con cejilla".

Dirigía el cotarro desde su silla, pero luego hacía una rondica, uno por uno, explicándonos paso a paso, traste a traste, los avances de nuestras respectivas obras: el vals del Soñador, las Czardas de Monti, Zorba el Griego, el mix rumbero marca de la casa, y así. Cada día. Una paciencia que ni mil chinos.

Zabalza, saludando a Bebo Valdés (Foto: Eduardo Buxens)

Trabajaba hasta deslomarse, por eso sabía de la importancia del gestionar bien los descansos. No solo por salud física (nada más dañino para la espalda que el abuso de la guitarra), sino por salud mental. Tanta nota al aire, tanta repetición, tanta obra mezclada, tanta sinfonía caótica de sonidos de cuerda y caja, vuelven loco al más pintado. Por eso, durante los 31 días que dura el mes de julio, no cogía una guitarra ni jarto pacharán. Prohibición como prescrita por médico: no acercarse a más de cinco metros de cualquier objeto con cuerdas tensas y susceptibles de provocar sonidos.

Algo de eso estoy haciendo estos días, respecto al consumo de libros, artículos de prensa e incluso películas que generen algún tipo de reflexión, pensamiento, idea, metáfora, aforismo, simil, comentario, y me siento bien. Estos parones forzosos (¿la matemática del cuerpo?) obligan a dejar la mente en panne y, joder, cuánto de saludable hay en ello. La cosa pasa ahora por aprender a hacerlo sin necesidad de que venga una gripe, o un proceso vírico o lo que haya sido esta mierda, y aislarme mentalmente, sin remordimiento de conciencia alguno, de los libros. De las letras. De las palabras. De las ideas. De la razón. De la sinrrazón. Y dejar que se cuele el aire, la vida en bruto, mientras.

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