17.4.12

La mujer que miraba por la ventana

Hubo un periodo indefinido, difícil discernir si fueron semanas o meses, pero sí que fue un tiempo dilatado, espeso, lento como las ruedas dentadas de un reloj del siglo XIX. Vivir en Roma parecía que daba una cierta licencia para esa ociosidad. Como si el mero hecho de mirar por la ventana, de impregnarse la retina con esa realidad inabarcable que era la Ciudad Eterna, fuera un deber y no un eludir las responsabilidades. ¿Cuál es mi deber, qué tengo que hacer en la vida, en el mundo?, pensaba la mujer que miraba por la ventana, una ventana al Trastevere, en su posición de gata cigarro en mano. Mi deber es ser feliz, aprender a ser feliz mirando por la ventana, y para eso necesitaré semanas, meses o incluso años. Lo que haga falta.
Siempre le gustaron los relatos con final feliz, el suyo también lo sería.

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