Ya sabéis dónde está la puerta

Amenazo con arrancar una nueva entrega del Macropost, pero esta vez en inglés, with a pair. We will see. Pero antes, el post prometido, que no pocos esperaban con ansia. 

Nos remontamos a octubre de 2007, en la redacción de un periódico en el que acababa de ser contratado. Era una publicación digital aún sin lectores, sin contenidos, sin canales de distribución, y durante meses nos dedicamos a jugar a periodistas, como los niños juegan a mayores cuando montan castillos Exin. Jugar de niños es divertido, porque es lo que toca, jugar de mayores genera sin embargo más ansiedad, porque nos apetece ya pasar a la acción. 

En aquellos compases ensayísticos, se hacían sin embargo cosas un tanto discutibles. Como hacer trabajar los días festivos, como el de la Hispanidad, a los becarios, para que fueran aprendiendo qué era aquello de currar mientras la peña descansaba. Recuerdo a una joven gallega algo quejicosa porque se perdía el cumpleaños de su madre por esa decisión. "En un periódico no hay horarios, ni puentes, ni festivos", solía decir la redactora jefa, orgullosa de aquella medida de probar a trabajar un día de fiesta, aunque fuera redactando noticias al aire. 

Cuando afloraban quejas por decisiones tan tontilocas como esa, que ciertamente eran abundantes, la peña se rebelaba un poco. "Ya sabéis dónde está la puerta", decía esa redactora, desde su jefa de dirección de aquel cuchitril periodístico en que pasaba la mayoría de las horas leyendo revistas del corazón y dictando ordenes con vocación de binguera. 

La puerta, la porte, estaba en su sitio, esto es, a la entrada, o salida, según se mire, y para mí no dejaba de ser un objeto útil que servía para no permitir la entrada a ladrones y maleantes en general. Rara vez la vi con ojos escrutadores, con deseos reprimidos de cruzarla por siempre jamás, y dejar de lado aquel mundo periodístico en el que quería acumular horas de vuelo. La joven gallega, en cambio, se tomó mucho más en serio que yo aquella invitación y la cruzó, para siempre jamás, en cuanto tuvo la primera ocasión. Me pregunto ahora qué fue de ella.

De un tiempo a esta parte, la famosa frase de aquella jefa que pasaba más horas en despachos que frente al teclado, ha vuelto a mí. Una gran puerta aparece en mi horizonte profesional como una gran salida hacia un ansiado bienestar. Una puerta que, una vez cruzada, me permitirá abandonar de una vez por todas ese cierto runrún de insatisfacción, esa nebulosa incómoda que aún no acaba de disiparse, esa hoja de ruta que a menudo se antoja menos esperanzadora que la paz entre palestinos e israelíes. De pronto, ver que no tienen que pasar décadas para alcanzar ese plácido estado, sino que la cosa se puede acometer por un atajo recién descubierto. Al final tan solo se trata de paz, he ahí, oh, nuestra gran conquista. 

Y un día descubrí que el periodismo, y no la literatura, como llegué a creer, me quitaba paz en lugar de dármela. Me quitaba tiempo, y el tiempo es dinero, y no me daba mucho dinero, y la falta de dinero nos quita tiempo, y paz, y la posibilidad de dedicarnos a lo que nos da paz también, que es la cosa creativa. 

Qué jodida paz, amigos, me invade estos días al incluir entre mis posibilidades vitales, profesionales, la de abandonar, cruzar para siempre, esa puerta. Pasarme al otro lado, y cultivar el noble ejercicio del periodismo de modo puntual, como el poeta que escribe versos cuando siente la necesidad, pero no como como esa rutina aplatanante y viciosa. Se impone un cambio, un escapar de estas arenas movedizas que en lugar de ayudarnos a crecer, nos van hundiendo, poquito a poco, cercenando la capacidad de ilusionarnos.

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