Exciclista

Leo que la Vuelta Ciclista a España arrancará en Pamplona el próximo 18 de agosto. Los ciclistas recorrerán el tramo del encierro y concluirán la etapa en la plaza de toros. La curva de Telefónica será al sprint, y no al quite de los cuernos de la ganadería de turno. Semanas antes, se celebrará un renovado encierro de la villavesa, que desde hace unos años lo protagoniza un falso Induráin, montando en una réplica de la mítica Spada.

Pero no quiero hablar de ciclismo, sino de exciclistas. Pensaba el otro día, mientras fregaba cacharros, esa rutina triste de hombre solo, en Miguel Induráin. En qué estaría haciendo, a esa hora de la tarde/noche, velada, anochecida, soir. Pensé en que hay muchos deportistas que no saben retomar su vida lejos de los flashes deportivos, de la épica de fin de semana, que no encuentran motivación en hacerse asesores, comentaristas deportivos y demás actividades domesticadas. Quizá es que no consiguieron en su etapa de deportistas activos todas las gestas que se propusieron. A lo mejor ahí reside el valor de ganar o perder, en los recuerdos y la tranquilidad posterior del deportista retirado. Puede que, pensandolo así, no me parezcan tan ridículos los deportistas cuando celebran, con danzas simiescas, el enésimo título que engrosará una estantería de trofeos ya de por sí ostentosa. 

En Induráin, con sus cinco tours y sus varios récords a la espalda, con la épica y nobleza derrochada en las carreteras francesas, no creo que haya nada de eso que llevó a Jesús Rollán a quitarse la vida. Sino la tranquilidad del vencedor. La tranquilidad de quien hizo todo (y seguramente más, quizá, ay, no lo sabremos, quizá mejor así, bordeando lo legal) lo que estaba en su mano, la calma de quien dio todo lo que tenía, cuando tenía que hacerlo. 

De pronto, quitando la mugre de una sopa instantánea pegorroteada, sentí una extraña calma en mí de ciclista retirado. Como si durante estos años pasados hubiera hecho lo que estaba en mí para conquistar ciertas metas, mucho más discretas e invisibles que las de Miguelón. Como si tocara relajarse un poco, aliviar un poco la tensión de la pedalada, como si llegara el momento de cambiar de desarrollo, y mecerse en la suavidad del llano. 

Una nueva paz me invadió entonces, y me sentí satisfecho de las etapas realizadas, de ciertos esfuerzos llevados a cabo, y que fueron llevados a cabo cuando tocaba. Unos esfuerzos que puede que incluyan trofeos con otros esfuerzos posteriores, pero esos no me infunden tanto respeto.



Comentarios

  1. A Perico Delgado se le ve feliz en su puesto de comentarista deportivo. A induráin también en esa nada tan de por aquí, tan de ver pasar las estaciones sin más, echando de comer a los patos del parque de la Taconera, yendo a poner el careto en alguna presentación o filmando anuncios contra el colesterol.

    Lo que les diferencia es que mientras que a Perico le sigue apasionando montar en bici, a Indurain se le pasaron todas las ganas hace tiempo.

    Escribí sobre algo parecido hace unos días. La fama y los aplausos, y lo efímero de ellos, viendo a Ronaldo gordo como una hipopótamo en una cama de un hospital ingresado por dengue.

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  2. Son los momentos más productivos para las divagaciones, reflexiones, incluso para el comienzo de una novela: mientras se friega platos, mientras se tiende la ropa, mientras se doblan braguitas o calcetines...

    Ancín espero que esa "a" de una hipopótamo se te haya ido sin querer... ¡vamos, hombre!, encima que el gordo es él, lo llamamos gorda. Pero, el pobre, parace ser que debe su hipopotanismo a un "hipopotiroidismo", su ánomala función tiroidea lo convierte en obeso, lento de reflejos, posiblemente diabético y con tendencia a la tristeza.

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  3. La verdad es que no sé que hace ahí esa a, la verdad. De mi cabeza no salió.

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