31.12.11

2011

Quería adelgazar mi cartera, se me nota demasiado en el nuevo pantalón, algo estrecho, que me he comprado. Así que he decidido quitar algunas de las tarjetas de visita que, por un pequeño síndrome de Diógenes, no me atrevo a tirar, lo que provoca que la cartera engorde y engorde.

He escogido unos papelitos, al azar, y han salido estos tres, lo juro. Tres pequeños objetos que tienen un significado especial para mí; quería escribir algo en plan balance del año que ya ha terminado, y no he podido encontrar mejor forma.

Un concierto del grupo que más he escuchado desde 2009, con dos amigos; el viaje a Nueva York; y los billetes de aquellas bicis que alquilamos en París, esa noche de junio de amor fugaz pero no tanto, porque mi memoria es indeleble.

Ha sido un buen año.

Os deseo un feliz 2012, y os invito a que hagáis en él lo que queráis, y no otra cosa.


28.12.11

Libros o periódicos

Preparo mentalmente un post titulado 'Ya sabéis donde está la puerta', en el que abordaré mi personal y progresiva desafección del oficio periodístico. Hablaré de mi yo periodista, un yo periodista quizá en vías de extinción, o abocado a ser tenido en cuenta como una afición puntual, como un complemento a mis rutinas profesionales. Como la de Rajoy cuando hacía de tertuliano deportivo en no sé qué radio, poco más o menos. 

Venía rumiando por la calle Noviciado sobre mi vocación periodística, y sobre mi vocación literaria, sobre cuál ganaba a cuál. Últimamente se impone la última, y creo que empiezo a creer que soy capaz de currar de lo que sea, como ya hice en su día, con tal de dedicarle el tiempo que me roba la primera. Pero luego he pensado: Si tuviera que elegir ante un hipotético exterminio radikal de libros o periódicos, ¿qué elegiría? En un primer lugar he decidido que los periódicos, podría vivir sin ellos. Pero eso implicaría hacerlo desinformado, y la desinformación nos sume en un estado de nebulosa y peligrosa ignorancia. No lo veo tan claro. Los libros dan placer, compañía, te conectan a otras almas, dan incluso alma a la existencia, esa salsa sin la cual los días son como un pollo reseco del día anterior. Pero sin prensa, uno vive en un tiempo atemporal, arrealista, desdibujado, próximo a la locura. Se queda también, sin tema de charleta en la hora del café.

Tampoco tengo claro qué decidiría ante el dilema de escribir en libros o en periódicos. Hay también un placer en sentirte correa de transmisión, a tu manera, con tus artes, de ciertos contenidos. De sentirte en parte responsable de un cierto "crear país" en sentido cultural. Hay también un gran placer en aprender difundiendo lo aprendido. Te conecta a lo real, a lo que está pasando, a lo que pasó, a lo que pasará. Te hace cómplice de todo eso. Complicada elección. 

Si tuviera que elegir, elegiría la literatura, anyway. Por las condiciones insostenibles del negocio periodístico actual, y porque a menudo la inversión de esfuerzo, de tiempo, de neuronas, no compensa. Pero lo haría, lo haré, con un punto de amargura. 

26.12.11

Las edades del hombre

Leo esto en FB: "Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida".

En Nochebuena, me dice mi tía J, ya en la sesentena, que no tiene futuro. Lo dice sin dramatismos, es un hecho, como mucho puede pensar en proveerse del mayor bienestar y felicidad posibles, pero ya no hay grandes decisiones que tomar y sí una tendencia cada vez mayor a mirar hacia atrás, a repasar lo vivido. Yo ya tengo esa tendencia, y eso que dicen que es malo, pero yo no lo creo tanto. Me gusta vivir la vida como un continuum consciente, no como una sucesión de días sueltos. No me gusta eso de "sin mirar atrás", me gusta mirar atrás, me gusta rendir homenajes silenciosos a la gente, mujeres sobre todo, que pasaron por mi vida, me gusta celebrar los momentos buenos, los ratos en que me sentí acompañado, las cosas que me salieron bien, también las meteduras de pata, que con el tiempo son menos profundas. 

Leo con placer el prefacio de Houellebecq a su amigo Beigbeder, en 'Una novela francesa', que me compro por fin con el crédito ampliado de mi tarjeta de ídem. Ahí dice MH que, leyendo la novela de FB, uno se da cuenta de que solo hay dos edades, la infancia y la edad adulta. "Quizá en otros tiempos", añade, "existía una tercera época, llamada vejez, que hacía de nexo, una época en la que volvían los recuerdos de infancia y daba aspecto de unidad a una vida humana. Para entrar en la vejez, sin embargo, era necesario haberla aceptado, haber salido de la vida para entrar en la edad del recuerdo". 

Mi abuela C., desde que la conocí hasta su muerte, se instaló en esa vejez retrovisora. En la del personaje de 'El perfume' que sube a una caverna y se dedica solo a paladear sus recuerdos, que en su caso son olores. Despegarse de la vida, vivir una rutina sin apenas sobresaltos ni novedades, y vivir para recordar. Antes de acostarse, viajaba mentalmente por cada casa de su pueblo natal, recordando el nombre de cada uno y los motes de sus moradores. Pasaba el resto del día en un sofá verde, con la mente regresando al pasado. También, diré, sabía muy bien en qué día vivía, ojo.

Me chocó, del prefacio, la idea de ese niño que ya no somos. Un ente completamente ajeno a nuestro yo actual. Matar al niño que llevamos dentro. Me acuerdo de él, podría llenar páginas y páginas sobre él (a diferencia de lo que le ocurre al Beidbeger de 'Una novela francesa'), pero ese niño ya no soy yo. No creo que compartamos ni una gota de sangre, ni una molécula, solo unos genes y los recuerdos que, además, cambian conforme cambio yo. Me pareció sugerente la idea de abandonar, de una vez por todas, a aquel niño que ya no soy yo. Quizá sea el salto definitivo a la madurez, quien sabe. 

Y vuelvo, en este post desordenado, a la idea del viejo moderno. Un tipo que sigue haciendo sus cosas, que no renuncia a su vocación, y que está al loro de las nuevas tecnologías. Un tipo como Semprún, Saramago, Sampedro, los tres empiezan por ese, como Ernesto Sábato incluso, a los que vemos avejentados pero no abandonados a sí mismos. El viejo verdadero es el que no tiene ganas de vivir. Y también está el viejo con el síndrome Oblómov, que es un poco el síndrome Onetti, de me quedo en la cama y ya no salgo. Hago mi vida en sentido horizontal.

Pero vivir recordando, si bien es menos vida, tampoco me parece una mala existencia. Significa, opino, que se vivió mucho y bien. 

22.12.11

Bibliotecomanía

Que no biblioteconomía. Los tipos que se metían a una biblioteca, en España, en pleno siglo XIX debían de ser unos maníacos compulsivos de la lectura, unos yonkis culturales de tomo y de lomo porque entonces acudir a esos centros, apéndices urbanos de los monasterios, era cosa de raros. 

Este sábado publicaré en 'El Correo de Bilbao' y en otras cabeceras de Vocento un reportaje sobre los 300 años de la Biblioteca Nacional. Realmente, de esos tres siglos, solo hay que tomarse en serio los últimos cien, a partir de la entrada de Menéndez Pidal, y a partir de la apertura del centro del paseo de Recoletos, en los noventa decimonónicos. La anterior sede estuvo en la calle Arrieta, antes llamada calle de la Biblioteca, cercana al Teatro Real. Dicen las crónicas que la parte que daba a la calle de la Bola daba pena verla, y que por eso, entre otras razones, se motivó la construcción de un centro en condiciones en un lugar con solera. Do estaba la Escuela de Veterinaria.

Al documentarme para el reportaje, me gustaron especialmente los detalles con más deje microhistórico, que encontré en 'Historia de la lectura pública en España', de Luis García Ejarque. Me quedo con este pasaje, que nos ilustra con nitidez los usos de la época, y cómo la cultura era cosa de cuatro gatos: 

"Además, de las limitaciones establecidas por razón de sexo, el carácter público de la Real Biblioteca de S.M. tuvo otras, pues pocos eran los varones que sabían leer, menos eran los capacitados o interesados por la lectura de los libros que entonces se les podían ofrecer, y todavía eran menos los que estaban libres de ocupaciones para poder asistir a la biblioteca durante las pocas horas de su apertura al público, que no podían ser otras que las de la luz solar, ya que estaban prohibidos dentro de ella toda clase de fuegos por la amenaza de incendio que pendía sobre el inadecuado espacio que ocupaba no sólo a causa de los materiales de construcción del inmueble y de los fondos que contenía, sino también por el peligro añadido que representaban las viviendas, chimeneas, pajares y otros focos que la rodeaban".  

18.12.11

Recuerdo de Ángel María Pascual, en su centenario

Ángel María Pascual nació en Pamplona un 18 de diciembre de 1911. Murió, en la misma ciudad, en  el prematuro año de 1947. Recordamos hoy su contribución a la literatura local con títulos como 'Capital de tercer orden', 'Silva curiosa de historias' o 'Glosas a la ciudad'. De esos cantos a las calles donde pasó la mayor parte de su vida extraemos un texto, 'Tiendas', que se puede entender como precursor de la literatura bloguera, la literatura apoyada en la observación, en el detalle, en el paso del tiempo, en la búsqueda, a lo Josep Pla, del adjetivo que define la realidad según nuestro temperamento cambiante. También del hito menor, del comentario culto, de la referencia antiquísima, que contribuye a hacer el mundo, la ciudad, más reconocible, más rica.

Una literatura de lo pequeño que Pascual cultivó con grandeza.


TIENDAS

(8 de marzo de 1946)

Ya lo veis, pero estos frontis rojos, verdes, azules y amarillos de las tiendas dan todavía una gracia gremial a las calles de Pamplona. Quizás sean poco artísticos. Quizás sea preferible una escueta arquitectura, pero ¿qué vale esto al lado de un poco de alegría? La calle Nueva es triste y poco transitada porque allí faltan enteramente estas vestiduras comerciales, que entre nosotros suplen una casi absoluta incapacidad para las grandes perspectivas urbanas. 

Las tiendas son, por su carácter "mueble", las muestras fieles de la moda de cada tiempo. Hay en la calle Mayor una tienda de tejidos con un gran fondo de cristales que dejan traslucir verdes pompas de árboles. No conozco nada tan eglógico. Aquellos están pidiendo multitudes un poco soñadoras ante el mostrador.

Quisiera tres metros de primavera.
Deme un retal de follaje.

Otras conservan su alta balaustrada, su antiguo aparato de luz de gas y sus escaparates con antiguas pasamanerías, bisuterías y maniquís de 1900. En ellas, parece que se ha detenido el tiempo; que el niño de faldellín y aro va a salir por la puerta con su ancho cuello de encaje. Vais hacia el pasaje del Seminario, cruzáis luego la plaza del Ayuntamiento. 

Los polos más opuestos son las boticas. En ellas puede verse el último grito de la arquitectura funcional una asepsia de líneas rectas, de indirectas luces sobre el estante de expendeduría de penicilina—, mientras que en la otra calle se conserva aún la ancha estantería con potes latinos y un poco de alquimias: "Aqua ros", "Gum tragac", "Sulphur"... Tremendas palabras, reinos de la naturaleza, Américas y probetas contra la diminuta violencia de un microbio. 

Las tiendas son una historia viva al ras de suelo y a condición de llevar la mano en la bolsa. Ya lo veis: "Precio fijo" y "Ventas al contado". 


*


14.12.11

Peliaguda conclusión entre fogones

A menudo me sorprendo consultando con creciente asiduidad blogs como el de El Comidista. Me relaja la mente conocer sus propuestas concretas, sus mezclas particulares, su pollo encebollado con aceitunas y no con otra cosa. El placer de lo que es, de lo que se puede tocar, palpar, sentir, probar, frente a todo lo demás.  Creo que incluso se me está contagiando algo de las maneras, aunque creo que las tenía ya, del Iturriaga comidista. Hoy, sin ir más lejos, me ha dado por echarle curry a un puré de zanahorias que me estaba fabricando. Bastante curry, porque me ha parecido que pegaba bien con la zanahoria, no os creáis que ha sido un capricho al azar, quiá. 

Mientras se reblanceden esos productos de la tierra, que tienen algo de gazpacho de invierno (por la mucha cebolla que he puesto, y el diente ajo que ha caído, en plan reserva vitaminíca y antibiótica natural), escribo estas líneas. 

Pensaba, aunque en realidad lo pensé hace días, en que, así como a mí me relaja pensar en cosas concretas, qué relajará a los que trabajan todo el día en cosas tangibles y tocables. A mí me gusta acercarme a las recetas de El Comidista, o colarme en ese moderno badulaque que han abierto en la calle Fernando VI, Madrid in Love. Es casi una necesidad lo de posar la mirada en ese tipo de objetos reales,  nuevos, frente al monstruo de lo especulativo; puedo pasar largos minutos en el supermercado, escrutando las distintas salsas y salsitas que se ofrecen. La idea está clara. Puede que la afición, casi obsesiva diría yo, de Andrés Trapiello por El Rastro tenga algo que ver con todo esto. La necesidad de compensar el pensamiento abstracto de quienes andamos todo el día metidos en conceptos (noticias, reportajes, posts, narraciones varias) con la concreción de lo real. 

Algo de eso decía Muñoz Molina en una serie de reflexiones lúcidas que escribió no hace mucho en Babelia. Que cuando se encontraba atascado en una creación literaria, se ponía a hacer una tortilla de patatas y de pronto le visitaban las musas.

Y el personaje de Paul Auster, en Leviatan, que vuelve a casa después de un paseo de gran calado mental, pensando en qué preparar para cenar. 

Pues bien, dicho esto, me pregunto yo, ¿cómo se relajará como Jamie Oliver, David de Jorge o el citado Iturriaga?

La respuesta me viene rápido a la cabeza: leyendo. Alimentándose a toda costa de cultura y libros de todos los pelajes. Es una respuesta chorra, y quizá todo este post lo sea todo en sí, me pienso ahora.

La conclusión no tan chorra que me viene a la mente es que, los que trabajamos todo el día con noticias, artículos e historias varias, más que nada por sobrevivir y a duras penas, llegamos a nuestro tiempo de ocio con los receptores culturales agotados. 

Y mientras Jamie Oliver se puede tragar toda la filmografía de Kubrick, feliz de la vida, yo me tengo que contentar con preparar una ensaladilla rusa templada desmadejando un cerebro saturado.

Y es entonces cuando pienso si me he equivocado en todo.

12.12.11

Fallo del III Premio náuGrafo de Literatura 2011

Tras recaer en Sam Savage por su 'El lamento del perezoso', en 2009, y en Juan Gracia Armendáriz en 2010, por su 'Diario del hombre pálido', en esta edición, la tercera, el jurado unipersonal del Premio náuGrafo ha decidido otorgar tan prestigioso galardón a Iñaki Uriarte, por su 'Diarios (Segundo volumen: 2004-2007)

¿Y por qué? Pues por sumarse con total derecho, tras la primera entrega de sus diarios (1999-2003), a la nómina de los mejores autores de diarios del panorama literario español, liderado por autores como Miguel Sánchez-Ostiz, Andrés Trapiello, José Luis García Martín o José Carlos Llop. Por sus reflexiones genuinas, por su elogio de una cierta ociosidad, por haber nacido en Nueva York, vivir en Bilbao y tener una segunda residencia en Benidorm, por ser una suerte de representante, involuntario, del decrecimiento, vivir bien con poco, "una rentita", pero ser en cambio poseedor de una riqueza más difícil de lograr: la del amor por la vida y sus misterios.

Enhorabuena al autor y a la editorial (Pepitas de Calabaza).





- -

El vencedor se ha impuesto a los otros tres candidatos:

- Patxi Irurzun, por 'Dios nunca reza' (Alberdania)
- Alberto Olmos, por 'Ejército Enemigo' (Mondadori)
- Michel Houellebecq, por 'El mapa y el territorio' (Anagrama)

Y Mención Especial del Jurado 2011 para los siguiente títulos y autores:

- 'Missing, (una investigación)', de Alberto Fuguet (Alfaguara)
-'La memoria de las hormigas', de Iolanda Batallé (Gadir)
-'Tanta pasión para nada', de Julio Llamazares (Alfaguara)
- 'Fenómenos de circo', de Ana María Shua (Páginas de Espuma)
- 'El final del amor', de Marcos Giralt Torrente (Páginas de Espuma)
- 'Luz de noviembre, por la tarde', de Eduardo Laporte (Demipage)

10.12.11

Aspiraciones lectoras

Últimamente me pasa más esto que ya le pasaba a Montaigne (1533-1592), según leo en los diarios de Iñaki Uriarte, de donde saco la cita:

"Solo me agradan a mí los libros amenos y fáciles, que me divierten, o aquellos que me consuelan y aconsejan para ordenar mi vida y mi muerte [...]. Nada hay por lo que quiera romperme la cabeza, ni siquiera por el saber, cualquiera que sea su valor [...]. No me muerdo las uñas si hallo dificultades al leer; ahí las dejo, tras haberles hincado el diente dos o tres veces. Si este libro me resulta enfadoso, cojo otro".

7.12.11

Menstruación creativa

Cada mes, una serie de óvulos ¿dos, tres, cuatrocientos? un óvulo descienden por las trompas de Falopio, desde los ovarios, hasta el útero de la mujer. Si en el ¿endometrio?  esa zona arrealista que hay entre el ovario y el comienzo de las trompas de Falopio, hay presencia de espermatozoides, puede que a esos óvulos ese óvulo les dé por hacer nuevas amistades, y de ese contacto surja un ser nuevo, llamado, a los nueves meses, ser humano. Lo de antes, es un proyecto de ser humano. Que alguien experto en estos temas, Carmen López*, por ejemplo, me corrija en cuanto dislate teórico-reproductor haya podido cometer.

(*Gracias, Carmen)


Venía esto a santo de una idea que me asaltó el pasado lunes, camino de Pozuelo, al domicilio de una pareja de amigos, que viven en un salón con vistas a un cuadro permanente, aunque cambiante, de Antonio López. Esta idea tenía forma de simil, y venía a decir que a veces las ideas, la creatividad, viven o sufren un destino parecido al de esos malogrados óvulos.

Hay mañanas, ratos, horas, en que me visita algún heraldo del país de las Musas, Musilandia, y entonces me apetece hacer caso a sus dictados. Sentarme sin más presión que la del folio en blanco, y ver pasar las líneas y los párrafos a un ritmo más rápido que las manecillas, cursi palabra, del reloj. Pero antes (¿qué es lo realmente urgente y qué lo accesorio?), hay que entregar tal trabajo, hacer tal gestión, contestar tal mail, documentarse sobre tal cosa, transcribir tal entrevista. Así que la visita a Musilandia se acaba posponiendo, y a menudo acaba por no producirse.

Un óvulo que llega, ensangrentado, a su lúgubre destino, el Tampax, que no es sino un cementerio viscoso de la vida que pudo ser y no fue.

Y parecidos funerales vivo yo, día sí día también, por esa urgencia a la que nos condena el señor casero, la directiva de Iberdrola, los de Orange, la peña de Jazztel, a la que se suma esa maldita manía del organismo de necesitar alimento a diario, salchichas, pechugas de pollo, salmón, pastas varias, proteínas, carbohidratos, vitaminas de todas las letras.

Va dejando uno morir esos óvulos literarios que acaban por no fecundar jamás, y cada día entonamos un réquiem por esas criaturas literarias que tampoco hoy crecieron, y solo en esta tabla de náuGrafo encontro consuelo para tan gran pequeño drama.

Anish Kaporr, 'Shotting Into The Corner'

4.12.11

Arte de palo

Cuánto daño hizo, seguramente sin proponérselo, el amigo Marcel Duchamp con su famoso urinario, con meter en un museo un objeto cotidiano, firmarlo, e irse a su casa tan tranquilo. Todo era susceptible, a partir de ese momento, de ser arte. Todo era artizable, todo cabía en una vitrina. La manta toledana que te regaló tu abuela por tu primera comunión, el tupper ware con macarrones que te llevas a la oficina. No digo que esos objetos no sean potencialmente artísticos, ahí está el trabajo de Miralda, y también aquello de "lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena", que dijo Caspar David Friedrich. Pero no nos pasemos. 

Yo veo arte en muchos atardeceres, en el asfalto mojado, en unos barrenderos iluminados por una farola a las siete de la mañana. No sé si es arte o temas potencialmente artificables, lo cual es un estadío inferior al arte. En cualquier caso, esas imágenes me seducen, me sugieren, me aportan, extraigo su belleza, lo mágico que transmiten. Veo, en suma, más arte fuera del arte que en las propuestas supuestamente artísticas de algunos artistas. 

Hace poco tuve ocasión de contemplar el trabajo de uno de estos artistas, que me habló de su objeto con gran elocuencia. Malo, también, si tienes que explicar tanto tu arte. Empleó términos que bien podrían ser mutados por otros, y aquí no ha pasado nada. Donde decía "homenaje", se podría poner "olvido", donde hablaba de "intención serigráfica", valdría también "apuesta por la ausencia de repetición". Era un librito plagado de imágenes de tortugas, cada una de ellas con una mínima variación y, en el centro, una gran foto, en diversas tonalidades, de un cocodrilo. Me habría atraído si hubiera habido alguna reflexión, más o menos audaz, sobre el mundo animal, sobre los anfibios, sobre la selección natural. Pero en lugar de eso había un "poner el acento en la diversidad". ¿Qué mierda era esa? Lo peor de todo es que el artista en cuestión parecía creerse su creación, que defendía con dignidad. "Yo le veo sentido, al menos para mí lo tiene". O sea, un arte para el artista, un arte de autoconsumo, que sin embargo se pone a disposición de los demás, aunque sea a precios simbólicos, aunque no le vean la gracia. 

Y luego esa cosa como tan fría, academicista, farragosa, de ciertos artistas que, invadiendo su creación de términos a cada cuál más técnicos, creen haber logrado el aval necesario que les convierte en artistas: he conseguido texturas asépticas que desinvolucran la mirada del espectador, que busca otras perspectivas referenciales, obviando que la tortilla de patatas es también un ready made

Cuánto daño, repito, hizo Duchamp.



1.12.11

El post sobre la charla de Cercas

Puede que los apuntes sobre la charla de Cercas, Javier, tengan más enjundia que el post. Sería un caso digno de estudio, el boceto vale más que la obra acabada. Me ceñiré a una idea esencial, que no es suya sino de Aristóteles, y que además él no acabo tampoco de defender. O sí. Lo que no defendió es que una (la verdad poética) fuera superior a otra (la verdad histórica), pero sí defendió su existencia. El otro día, en FB, la parroquia habitual discutimos sobre si la verdad se puede ajustar, como los tramos de la renta, a los distintos ámbitos de la vida o el saber. Verdad científica, verdad arqueológica, verdad matemática. Yo creo que sí. Verdades absolutas, las justas. 


He rumiado algo sobre esto, desde el martes. Una rumia que venía ya de rumias anteriores, y que constituye una rumia que tiene un objetivo, un salir del túnel de la duda, como pasa con toda rumia, dos puntos: alcanzar una cierta claridad sobre la ficción. Casi ná. En este post de Alberto Olmos se lanzan unas pistas interesantes. Corto y pego una, que da la pista: 


¿Por qué no escribió Faulkner un ensayo sobre las diferencias ontológicas entre la pena y la apatía? ¿Por qué no escribió luego otro ensayo sobre las circunvoluciones cerebrales y los modos en que la memoria y el conocimiento se contaminan?


Ensayo vs. Novela. Me canso de ver y leer comentarios del tipo "uy, yo hace tiempo que yo solo leo ensayos, y algunas biografías, etc". Lo dicen con un punto de superioridad intelectual, y de desdén hacia la novela, paradigma de la ficción. Como si se hubieran curado de ese tic de juventud que era agarrar un libro de, pongamos, Herman Hesse, y devorarlo en un par de tardes. Para mí que, quien lee realmente tanto ensayo, en realidad no quiere aprehender qué es la pena, o la apatía, sino tener una información más o menos superficial sobre, digamos, la pena o la apatía. 

Son turistas del saber. 

También los lectores, en masa, de novela histórica. Prefieren el merodeo sin compromiso por tal o cual tema, antes que el viaje profundo a una realidad, sea cual sea, histórica o arrealista. El viajero del saber, lee literary fiction, pongámoslo en inglés y, en su versión depurada, perfeccionada, poesía. Las buenas novelas tienen ese compromiso, son novelas comprometidas, no con salvad a las ballenas, sino con la verdad poética. Lo contó Cercas, cuando Vargas Llosa escribió, en 2011, un artículo en que llamaba a este "escritor comprometido". Un término del que este renegaba, hasta que pilló le matiz llosiano.

Así que podríamos hacer una gradación paródica de la pirámide de las lecturas: tebeos de Mortadelo y Filemón, ensayos, novelas y poesía.

Las rumias postcerquianas me visitan en el metro, por la mañana, en esa hora en que Madrid me recuerda al Madrid del XIX y, al mismo, tiempo, a una composición hipermoderna de Bill Viola. Adjunto fotos. Pienso entonces en por qué a menudo, cuando escucho las tertulias de la radio en mi casa sin tele, apenas entiendo nada. O entiendo todo, pero en ese entender todo no estoy entendiendo nada. Y me voy a la cama igual, exactamente igual, que hace media hora. Hay mucha gente, demasiada, que todos los días se va a la cama igual que el día anterior, y eso no es coherencia, sino inmovilismo. El mismo que cuando, paradójico nombre, el Movimiento del generalillo Franco. 

No siempre tenemos el cuerpo para irnos de viaje, y a veces nos apetece el turismo. Quizá este, te diré, es acaso más saludable. Hay que mutar cuando sea menester, no nos pasemos. Pero sí me parece sano, también, tener claro qué tipo de verdades nos salen al paso, y cuáles tienen más o menos valor. En mi caso, conozco más el siglo XX español, el hastío madrileño del franquismo rampante, gracias a los versos de Ángel González, más que a un ensayo de un supuesto Jordi Gracia de la época que escribiera sobre el hastío madrileño durante el franquismo rampante. 

Y creo que con esto hay material para rumias posteriores, algo más evolucionadas que las de ayer, pero menos que las de mañana. 

--

coda: 
Me parece interesante pensar sobre el modo que tiene la gente de interpretar la realidad, y moverse dentro de en ella. ¿Con la mentalidad de un ensayista? Es decir, creyendo en la razón. O con la mentalidad de un novelista, y creyendo en la intuición, en aquellas fuerzas que no están escritas, o no muy claras, pero que sin embargo son poderosas. De esas fuerzas, precisamente, se encarga, o trata de encargarse, la novela, mientras que el ensayo está ahí, a por uvas, en su pesado y torpe laboratorio de lo factual. 




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