30.11.11

Apuntes para un post sobre una charla de Javier Cercas

Algunas cosas que he retenido y que podría olvidar de no apuntarlas por aquí:

-"Cervantes es el primer posmoderno".

Aristóteles y la verdad literaria (poética) y la verdad histórica (o de hechos y tal).

El cuento de Edgar Allan Poe, 'La carta robada', que es una obra maestra.

El ensayo de XXX, titulado 'L'age de l'homme'. El saber, o algo así, como la tauromaquia. VER.

Quitar la FICCIÓN de 'Anatomía de un instante'. No añadir más ficción a lo que es ya la gran ficción (española).

Soldados de Salamina es ficción. Hay una historia, que toca techo, límite, y el resto son añadidos ficcionales.

Insiste en que AduI es novela.

Stevenson: Lo primero que tiene que hacer un hombre decente es ganarse la vida (posible choque con su 'En defensa de los ociosos')

Ya fuera, Baroja es mejor prosista que novelista, contra lo que se suele decir. Baroja y Azorín hicieron una gran liposucción al lenguaje, algo muy necesario.


26.11.11

Foto: Alberto Fernández

25.11.11

Un viernes muy presente

Este día de viernes será intenso. Quizá por eso en la tarde del jueves apenas he podido trabajar, como una tensión previa, o pre-tensión, que sin darme cuenta me inmovilizaba. Veré a los Fleet Foxes, mi grupo favorito desde hace un par de años. Me jacto de tener un grupo favorito, de mi época, ahora que soy un treintañero, cuando no lo tuve cuando lo tuve que tener. Me gustaban muchas, Cohen, Clapton y Battiato a la cabeza, pero no tenía una preferida, ahora sí. Es una música de mi tiempo, aunque su estilo sea atemporal. Mi música, la banda sonora de mi vida reciente, si me permiten el tópico.

A mediodía, acudiré a una comida en una editorial, en un acto que no me ha quedado muy claro de qué va, pero al que iré por salir un poco del aislamiento del escritorio y ver caras nuevas. Por la tarde, un coche me irá a buscar para llevarme a los estudios de rtve, para una entrevista que se emitirá, con toda probabilidad, este fin de semana, en el Telediario de La1.

Pasado, espero con éxito, ese pequeño pero estimulante trance que es jugar a ser hombre público, liberaré tensiones en la sala de conciertos, en un día que será presente, constatación del ahora, celebración del hecho de estar aquí. Recuerdo también, de una persona cercana, fallecida el pasado sábado, con 33 años cumplidos, en accidente de coche, en Panamá.

Escucharé, con fascinación adolescente, al grupo favorito, y haré uno de esos balances de éxitos y fracasos que solemos hacer en situaciones parecidas. Como es habitual en esos ratos de tipo eufórico, solo primarán los aciertos y seguramente me sentiré orgulloso de mi mismo, de lo logrado y lo por lograr.

En una canción concreta, que escucho casi de modo obsesivo últimamente, esperaré un verso determinado, en el que detengo el oído, estos días, haciéndolo también presente, como este viernes muy presente, 25 de noviembre, Día de las Librerías, por cierto, que irá directo a parar al archivo de los días presentes, muy presentes, cuando evoque, con placer, mi pasado, en el futuro.



Blue Ridge Mountains


My brother, where do you intend to go tonight?
I heard that you missed your connecting flight
to the Blue Ridge Mountains, over near Tennessee.

You're ever welcome with me any time you like,
Let's drive to the country side, leave behind some green-eyed look-a-likes,
So no one gets worried, no.
So no one gets worried, no.

But Sean don't get careless,
I'm sure it'll be fine.
I love you. I love you,
Old brother of mine.

In the quivering forest,
Where the shivering dog rests,
Our good grandfather
Built a wooden nest.
And the river got frozen,
And the home got snowed in.
And a yellow moon glowed bright
Till the morning light.

Terrible am I, child.
Even if you don't mind.

In the quivering forest,
Where the shivering dog rests,
Our good grandfather
Built a wooden nest.
And the river got frozen,
And the hole got snowed in,
And a yellow moon glowed bright
Till the morning light.

Terrible am I, child.
Even if you don't mind,
No.

22.11.11

Hacer caja

No encuentro en Google ninguna imagen del Café Kutz de Pamplona, que leo por ahí que estaba donde la sucursal actual del BBVA, es decir, contiguo al Iruña, pero para mí que estaba debajo, aprox., de donde hoy ensayan los del Orfeón Pamplonés. Algún pamplonica docto, por favor, que me aclare este hiperlocalismo ubicacional. 

Pensaba ayer en ese café, y en otros que no conocí, y en la Pamplona de mediados de siglo, que tampoco conocí. Me encantaría sumergirme durante unas horas en ese escenario conocido, pero transmutado por el tiempo. Colarme en la plaza del Castillo una noche cualquiera de 1951. En 1951, pensé el otro día, mi abuelo tenía ya 41 años. Se había casado un 11 de noviembre de 1942 en Santa María la Real de Tafalla. A mediados del siglo pasado, mi abuelo ya estaba en el ecuador de su vida. En pleno pasado, tenía ya media vida recorrida. 

Ayer me acordé de él, y de esa vida que no viví, pero que a veces adivino. Noches rutinarias, como fijadas en una época, inamovibles, reconocibles, con una personalidad, mala o buena, pero muy marcada. Mi abuelo cenaba en casa, todas las noches, bien cuidado por su mujer y cinco hijas, en un menú de dos platos o más, muy comodiosmanda. Me gustaría ver esos menús, cenar un menú de 1951. Sopa y pollo, una pera de postre, tampoco habría mucho más. Cenaba y bajaba al bar, a su bar, cuando ser dueño de un bar era una cosa importante, un negocio próspero que permitía vivir con holgura. Bajaba al bar a hacer caja, y de paso a tomarse un pacharán, o un brandy, y a echar una partida con el personal habitual. Imagino que con los dueños y empleados de otros bares, el Otano, el Río, el Roch, el Marrano, el Baserri. Cada calle es un universo, cada establecimiento una galaxia (y cada persona un mundo, claro). 

Ayer me acordé de él tomando un licor de hierbas en el Pepe Botella, de noche, con dos amigos, después de haber cenado, en casa. Tiene el Pepe Botella un sabor a bar antiguo, a pesar de que lo frecuenten no pocos modernos. Me gusta ese local. Me gustó también esa sensación de copa tranquila tras la cena, un rato nuevo, de puro relás, como canta esa melodía de programa de deportes radiofónico. Debería institucionalizarse, ya digo, ese momento. No sé cómo llamarlo, las antípodas del aperitivo. El antiaperitivo, quizá. 

Hay algo antiguo, agradablemente antiguo, en ese acto de cenar en casa y dejar que la vida se cuele aún por un último resquicio a la vida, antes de echar el cierre al día. Como esos helados provincianos que se toman, también, después de cenar, en las noches de verano. Un rato, sí, como de hacer caja vital, antes de volver a casa, sobre el piso mojado de la lluvia de noviembre.

Pamplona / Iruña. Globo aerostático en la plaza del Castillo. Año 1898. Ref. J.J. Arazuri, Pamplona calles y barrios

21.11.11

Mi vida electoral

Me he dado cuenta de que mi biografía sigue un cierto paralelismo con la historia política (reciente) de Estepaís. La voy a resumir, muy grosso modo, lo que viene siendo.

De los primeros años del felipismo apenas tengo recuerdos. La política para mí era un coche negro llegando a ese edificio, La Moncloa, en donde por lo visto vivía el presidente de España. Felipe González era como una figura estable, casi parecida a la del rey, en la que se sintetizaba todo el armazón político que, desde mis ojos de niño, entendía que tenía que haber. Me acuerdo de algún ministro de aquella época, pero tampoco mucho: Solchaga, Benegas, Narcís Serra, Cipriá Ciscar, aunque este no me suena que fuera ministro. También recuerdo a Borrell y creo que a Rubalcaba. Pocas mujeres en el Congreso, me temo que ninguna, en mi mente de aquellos ochenta mediados.

Recuerdos previos al felipismo no tengo, o al menos no me acuerdo de tenerlos. Nací en 1979, John Lennon aún vivía, pero el golpe de Estado lo pasé, seguramente, jugando en el parque a meter fichas triangulares y cuadradas en sus respectivos huecos. Me gustaría preguntarles a mis padres cómo vivimos en casa ese día.

Luego resulta que lo de Felipe González como presidente de los españoles parecía una historia interminable, con todos esos discursos de Navidad, o de Nochevieja, hasta que vino un tipo con bigotes y cambió un poco los rostros habituales.

Con Aznar empezó, digamos, mi juventud. Antes había tenido mi primer amor, aún con Felipe, pero el segundo y más largo hasta la fecha, nueve años, duró lo que duró el aznarato. Con entrada y salida sociata, eso sí. Aquella relación fue prácticamente paralela a las dos legislaturas 'populares'. Su mayoría absoluta, la de 2000, fue también el punto álgido de nuestro amor.

Con Zapatero llegó el desmelene. De nuevo en la soltería, viví un mandato entero y otro un poco más recortado en una fase vital más cambiante, caótica, con varias ciudades, nuevos amigos, varios de ellos bien insertados en mi vida actual, y no pocas féminas. Unos años de vivir lo que hasta entonces no se  había podido, y de fatigarse un poco la retina adrede, para cansarla un poco. Años de decir "sí" a todo a veces sin saber por qué, guiados por ese piloto automático que a veces nos guía, y del que no sabemos si anda bien afinado o está completamente destartalado. Venciendo perezas, huyendo también de ciertos vacíos. Era lo que tocaba. Quemando etapas.

Vistos, ahora, desde la distancia, me gustan esos dos bloques político-vitales, esas cuatro legislaturas, dos peperas y dos sociatas, en las que experimenté dos estilos biográficos tirando a opuestos. El calor de la provincia y la pareja fija, por un lado, el desorden excitante y a veces vertiginoso de las ciudades nuevas, las mudanzas constantes y las camas cambiantes, por otro.

Se abre una nueva etapa ahora, peperuela, y no sabemos qué vendrá, a lo personal me refiero. En lo político, no parece que haya motivos para el optimismo, aunque también diré que noto, hoy, 21 de noviembre de 2011, como una cierta y extraña tranquilidad. Como si hubiera cesado un ruido ensordecedor. Me dice Rosa Regàs en una entrevista a la que me responde, ahora mismo, que intenta no perder los nervios cuando oye a sus conciudadanos gritar, de nuevo, 'Vivan las caenas'. Veremos.

Se abre una nueva etapa, digo, y tampoco sé que me apetece. Si la calma chicha, ese 'Cuando ya esté tranquilo', de Eugenio D'Ors, o estirar aún más el chicle de la incertidumbre, del todo es posible, de ya llegará el compromiso, si eso, más tarde. Tienta por un lado una última prórroga del peterpanismo, ese que ya no volverá y seduce, por otra parte, la idea de escapar de las aguas movedizas.

Dentro de cuatro años, si no palmo antes, tendré las respuestas a este post.

18.11.11

Post de encargo: 'El placer de lo sencillo'

No me gustan los post de encargo. A menudo me los encargo, pero pronto acabo desobedeciéndome y los dejo pasar. Me digo, ah, debería escribir sobre esto, pero el mero hecho de que sea una obligación, una especie de deber buenista, me echa un poco para atrás. Hoy, por llevarme un poco la contraria, voy a sacar a la luz ese post de encargo que me encargué a mi mismo el pasado 18 de septiembre, cuando leí un artículo que me gustó en 'El País Semanal' que incluía una entrevista a Franzen, Jonathan. Dos meses exactos, pues, posponiendo esa pequeña decisión, dos meses albergando esa pequeña orden en el cerebro, hasta hoy. Esto daría para un post en sí mismo. Algún día lo escribiré. Porque, ¿cuántas minichorraditas somos capaces de encargarnos y conviven en nuestro interior, generando no poco caos y estrés latente? Personalmente, tengo unas cuantas. Como si nos gustará la sensación permanente de falta de tiempo, de no llegar a todo. No sé si es bueno o malo. 

'El placer de lo sencillo' es un artículo firmado por un tal Borja Vilaseca, cuyo subtítulo dice así: "Anteponer la felicidad al dinero, la generosidad a la codicia, lo inmaterial frente a lo material, nos ayudará a disfrutar una vida verdaderamente sincera, abundante y plena". 

Soy consciente del tufillo a autoayuda, a 'El secreto', que no he leído aunque intuyo de qué va, a palabras tan bienintencionadas como vanas, ingenuas, demasiado bonitas para ser ciertas. ¿Qué grado de capacidad de acción tenemos en todo eso? ¿Realmente podemos reconducir nuestra vida hacia la generosidad en vez de hacia la codicia? Suelo pensar que soy libre de mis actos, responsable de ellos, cuando interpreto mi vida en clave positiva. Cuando la veo como un cúmulo de desaciertos, como algo borroso y mal encaminado, me siento víctima de las circunstancias. No sé. 

"¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma". Esto lo dijo Jesús de Nazaret, y lo puse en mi novela inédita, 'Dinosaurios', en el que hablo de una serie de personajes de la prensa más carca madrileña que vendieron alma, corazón y vida, por unos cuantos puñados de dólares. Aquí la destacan.

Veo que el artículo está en internet. Pensaba resumirlo y extraer las claves para los lectores de este blog. Mejor pongo el enlace y que cada uno, si quiere, lo lea a su ritmo. 

Pero me gusta pensar que sí, que todo avanza hacia una conquista silenciosa, una batalla triunfal a base de pequeños triunfos, que consisten en eso de disfrutar de lo inmaterial. De alejarme de eso que en el artículo llaman "pobreza emocional". De alcanzar el nirvana con una cerveza de los chinos y los diarios de Iñaki Uriarte, una noche de otoño, con la ilusión de que nuestra existencia ofrece un porvenir "amigo", "amable", como ese mar de Sitges. 

Se cita en el artículo el decrecimiento, el movimiento slow y el downshifting. A mí me gusta vivir lento para, si me apetece, poder ir rápido un día. Entrenar esa capacidad para lo lento. Para ir a una exposición, solo, y leerse los textos de las paredes sin comerse las palabras, sin subirlas unas encima de otro. Como el otro día en la de Deineka. 

Y la idea, la extraigo del artículo, de que "el altruismo es la forma más eficiente y sostenible de vivir". De que "el hecho de aportar algo significativo a otros seres humanos nos produce una gran sensación de satisfacción y agradecimiento". 

Me gusta la idea de ponerme en ese canal, en esa corriente de acción. Orientar las velas por ahí. Y no tener mucho en cuenta que el puto mundo, tanto hijo de puta suelto que mueve los hilos, jamás leerá, no se permitirá cinco minutos, para leer y mucho menos asumir este artículo. El placer de lo sencillo.



15.11.11

Black Friday

Las tiendas duermen, los productos pasan la noche quietecitos en sus estantes. Algunos miran con recelo a otros, situados en las zonas preferentes de los lineales, que así se llaman. Los cereales Fronstins, de una gran multinacional americana, están situados justo a la altura de los ojos de los consumidores de mayor poder adquisitivo, que son los que miden entre 1,65 y 1,73, según los estudios de la consultora Fuckandwaste & Co. Las tabletas de chocolate Flurmac están dos baldas más abajo, a la altura de la pelvis. ¿Quién compra cosas a la altura de la pelvis? 

Durante la noche, productos como estos se lanzan miradas de desprecio, de envidia, que son respondidas con orgullo y prepotencia. Hay un fuego cruzado que nadie advierte, acaso la señora de la limpieza que llega la primera, y que nota algo raro. También el transeúnte que acude en el pelotón madrugador de la ciudad, ese pequeño grupo abanderado de las mañanas, rompehielos del capitalismo, y que se asoma por el escaparate.





Observa ese arsenal callado, hierático, del consumismo, presto a enfrentarse a un nuevo día, a una nueva competición por sumar granitos de arena al PIB, a los balances anuales, a la lucha entre los números rojos o verdes. Números negros, los llamaban, dicen, en Filadelfia, que es donde dicen también que comenzó, hace unas décadas, la tradición del Black Friday. Black porque, claro, los números dejaba de ser rojos para ser negros, literalmente negros.

Y entonces ese transeúnte, haciendo un si es no es de abogado del diablo, se pregunta cómo es que a ningún alcalde o lumbrera de asociación de comerciantes local se le ha ocurrido adoptar la susodicha tradición, que genera en un solo día más actividad comercial que cuatro octubres juntos. En EEUU se celebra justo después del Día de Acción de Gracias, que es el cuarto jueves de noviembre. O sea, el cuarto viernes de noviembre, el 25, en este 2011. Inaugura la temporada de compras navideña, y supone un pistoletazo de salida en el que las grandes firmas ofrecen irresistibles ofertas, tanto en los canales tradicionales como en internet. La peña se vuelve loca, venga a comprar.

Nos quejamos de nuestra pésima suerte y de nuestras abisales cifras, de paro, generación de riqueza, etc. ¡Coño, montemos un Black Friday a la española, ya, joderrr!

14.11.11

Jordi Sierra i Fabra

El otro día, con el ánimo algo mohíno, me metí en un gran almacén en busca de la compañía de los libros. Títulos y autores sobre las mesas del éxito, ese éxito que es concluir un proyecto, sea cual sea su recorrido posterior, que me hicieran un poco más cálido aquel día levemente melancólico. Me fijé en un volumen de Jordi Sierra i Fabra, 'Sombras en el tiempo'. Título perfectamente manido, huero, completamente del montón, vago hasta decir basta. De no ser por la espalda sugerente de la mujer de la portada, jamás me habría fijado en este libraco. Sin embargo, mis criterios no debían de ser universales, pensé, porque desde 2009 el autor catalán ha superado los nueve millones de libros vendidos en España. Prácticamente, uno de cada cuatro españoles tiene un libro de Jordi. 

Yo mismo tuve uno, 'El joven Lennon', que devoré en su día. 

Muchos colegios tienen libros de este escritor, porque se venden mucho para los colegios y tal. 

Diez millones de libros vendidos, decía la faja del libro que tuve entre mis manos, sin duda con la información actualizada. ¿Son reales estos datos o un descarado ejercicio de inflación editorial? Ya me mosquearon en su día, abril de 2008, el millón de ejemplares que consiguió en un tris el amigo Ruiz Zafón. Hasta que se demuestre lo contrario, anyway, yo me los creo.

Entonces pienso en un extraño caso de éxito, el éxito silencioso de los millones de ejemplares vendidos, y pedir tu café con porras en la cafetería de abajo y que nadie te mire el coleto. Uno sale en Gran Hermano una vez, llámese Koldo, y tiene que aguantar una pseudofama de por vida, por haber hecho el gamba en un programa de máxima audiencia en la tele.

El otro día se me acercó un tipo, en el Pepe Botella, y me dijo si yo era quien en efecto soy. Me sentí lo más cerca de la fama que he estado nunca. Me sorprendió un poco, pero también me pareció agradable esa cosa de estar un poco disponible para quien quiera acercarse a ti. Seria bueno que todo el mundo fuera famoso. Creo que el éxito de Facebook va un poco por ahí. Nos hicimos medio amigos; me dijo que estaba haciendo un máster de edición. Creo que la última cosa que haría yo ahora sería un máster de edición. 

Pero me gusta el perfil de Jordi Sierra. I Fabra. Me seduce a ratos esa idea como norteamericana de poder, a fuerza de constancia y trabajo hormiguil, llegar a un punto en que tus libros sea lean a millones. Y que encima no te conozca ni perry. ¿Conocías tú a Jordi Sierra i Fabra? Yo sí, pero no cuenta. Todavía hay muchos españoles, y peor aún, periodistas, que no conocen a Jorge Herralde. ¿Quién es Jorge Herralde? No sé. Oh, decepción. 

Nunca seré como Jordi Sierra i Fabra, ni pretendo serlo tampoco. Pero me gusta que exista un tipo como él, y no sé por qué. Quizá porque el éxito pueda ser una cosa basada simplemente en el trabajo y la constancia, y no en trampas de márketing o en el flatulento comercio de las amistades influyentes.



13.11.11

Europhilia

Mi amigo Stefan, periodista de asuntos comunitarios, me invita a que me haga fan de la página Europhilia, cuyo imagen de perfil lo conforman las estrellas amarillas de la bandera de la Unión Europa, solo que formando un corazón en vez de un círculo. Otro amigo, Alberto Fernández, firma un reportaje sobre los presuntos déficits de democracia en el seno de la Unión, que pone a tecnócratas al frente de los gobiernos presionada por Bruselas, presionada por los mercados. "La democracia puede equivocarse porque es legítima; cambias a un partido por otro. La tecnocracia si fracasa te quedas sin nada", advierte un  experto citado en el artículo.

Pero yo no quería entrar en el meollo de la actualidad europea, sino constatar el hecho de que hoy hablamos más de Europa que nunca. La crisis de la deuda está generando una extraña cohesión: todo se puede ir a tomar por el culo, pero también es cierto que hoy estamos más pendientes de los vecinos europeos que nunca. No viví en tiempos de las guerras mundiales, pero supongo que habría una parecida atención a los problemas de los otros, solo que entonces no había Twitter, internet, tantos medios, y tan fácil acceso.

Hoy hablamos de Merkel y Sarkozy como quien habla del vecino del octavo, estamos más o menos al loro de los éxitos manufactureros y exportadores de Alemania, del problemón de deuda de Francia, pero que en cambio conserva su triple A, de las dificultades de Reino Unido para levantar cabeza a pesar de esos recortes cameronianos que se antojaban milagrosos, seguimos el ocaso político de Italia, que descabeza a su 'duce' de todo a cien por un tal 'SuperMario'... ¡Conocemos incluso los vaivenes ecónomicos de Islandia! Y se habla más de Grecia que tras los Juegos Olímpicos de Atenas o la Eurocopa de 2004, que ganó el país cuyo sinónimo es heleno. 

Conocemos la crisis inmobiliaria de Irlanda, el Tigre Celta, y Portugal ha dejado de ser ese país en sombra que hay a la izquierda del mapa. O un poco menos.

A pesar de los problemas, de las tentaciones teutonas de salirse del euro, y de la tensión que se vive en general, esta mañana me desperté pensando en esta especie de euromanía que vivimos, como si de pronto hubieramos entrado en una dimensión nacional, metanacional, nueva, llamada Europa.



11.11.11

Gravina 7

El jueves por la tarde me pasé por Gravina 7, o guitarrería Hermanos Conde. La misma en la que Leonard Cohen, como nos contó en su enmarcable discurso en la entrega del Príncipe de Asturias de las Letras, compró una guitarra, hace cuarenta años. 

Alguna vez estuve en esa tienda. Me pareció un vestigio de otra España, una España pobre, en la que ser artista, cantaor, torero, algo, se planteaba como una salida de escape antes que pirarse a Alemania a trabajar de tornero fresador en un idioma de locos. Una de esas tiendas que configuran un poco Madrid y que, oh, nostalgia, morirán cuando mueran sus, ya ancianos, dueños. 

Me pasé para hacerle unas fotos, antes de que se me acabara la batería del móvil y, en efecto, era la que pensaba. Me decidí a entrar. Llamé al timbre, me abrió una señora mayor, con un conjunto color castaña, en una tienda que era todo de ese color. Me llamó la atención la mímesis de la señora con su propio establecimiento. Su tez pálida también hacía juego con los elementos que no eran guitarras ni mostrador. Me dijo que sí, que ya habían estado los periodistas, y que les dejó hacer todas las fotos que quisieran. "Muy bien...", le dije, pensando para mis adentros "Muy mal...". 

Le animé a que colocara, cuanto antes, una plaquita con la siguiente leyenda: "Aquí compró su primera guitarra en España, el cantante y poeta Leonard Cohen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011". La vi convencida pero no mucho, así que insistí en que fuera "a uno de estos sitios en que te hacen inscripciones", y que encargara la plaquita. 

Me agradeció, de corazón, creo, la visita y el consejo. Pero me temo, no creo, vaya, que esa plaquita vaya a estar jamás allí puesta. Y mientras, España se irá hundiendo un poco más, en un ostracismo vital, en unas pocas ganas para hacer esto y lo otro, en una actitud que prescinde de los detalles, que va a lo básico, cuando son precisamente estos detalles los que son básicos, fundamentales.



10.11.11

Íntima amiga

Leo una frase en el libro de JC Carrière: "Natalia Gir Torner, íntima amiga de Genoveva Casanova". 

Me ha sonado algo anticuada esa frase, y me ha recordado al lenguaje de la generación de mis padres, y a mi madre, en concreto, que usaba a menudo esa expresión: "Fulanita es íntima amiga de Menganita". Y había en ese íntima un remarcar el matiz de que no era una amiga cualquiera, no señores, sino que se había ganado la etiqueta de íntima, como un militar gana un galón. La primera i, además, muy esdrújula.

Son expresiones que nos hablan de otra época, como la etiqueta 'carnal', a la palabra precedente 'primo'. Antaño, otra expresión anticuada, las familias eran más grandes, pero me atrevería a decir que también más cohesionadas. Todo pasaba un poco por el filtro familiar, y los primos segundos, aunque segundos, eran primos. De ahí que, para diferenciarlos de los carnales, se añadiera siempre esa aclaración. "José Miguel, primo segundo de tu abuelo". Y así. 

Pero yo quería poner el acento en esa microchorrada. Hoy nadie dice es "íntimo amigo", con el epíteto delante en plan "verdes valles". ¿Y por qué pongo el acento en esa microchorrada? Pues no sé. Pero me parece un signo manifiesto de cambio generacional, de choque cultural entre dos mundos. Y a veces veo ese mundo, el de los íntimos amigos y los primos carnales, como más humano, un poco más falso y aparatoso también, pero en el que subyacía una nobleza y un deseo de ayudar, de hacer favores. Aunque fuera para que luego te los hicieran a ti.

Hoy todo eso parece brillar un poco por su ausencia. Pero cuando veo signos de esa educación sentimental quizá en vías de extinción, me alegro mucho. Como me alegró ver a tantos amigos el otro día, en la presentación del libro, y en el posterior copeo celebratorio, y sentir que hay algo valioso y duradero en ciertas relaciones, en ciertas personas. 

7.11.11

Días sin mí

Hoy se espera uno de esos días. Pero me resisto a ello y, por eso, me rebelo y escribo este post. Para estar un poco conmigo. Ayer me acosté antes de las nueve y dormir no es estar con uno mismo. El fin de semana estuve contigo y con mis amigos, y disfruté de algunas horas conmigo, cuando escribí el post sobre Camus y el tipo que no había leído a Camus. Fueron horas felices, en el Starbucks de Génova cercano a Colón. Y luego ese rato, próximo al nirvana, antes de la fiesta acordada, como de dos horas para uno mismo y sin trabajo ya pendiente, que dediqué al consumo de los videos del humor más zafio y ramplón que encontré por la red. Tenía sueño y había comido a las siete, unos noodles chinos picantísimos de a 1,95 euros el envase (con forma de tambor). Me encontré con una completez asombrosa, sin fisura ninguna, y son esas completeces grandes conquistas en el ir viviendo, opino. Un poner la pica en Flandes de la biografía. Una extraña placidad y tranquilidad como de grata conjugación de los elementos. Quizá la felicidad sea eso, una grata conjugación de los elementos que se da en equis circunstancias. El dinero no suele tener mucho que ver con eso, aunque un alivio en lo rojo de mis cuentas puede que ayudara también. 

Estuve conmigo, digo, pero quizá me quedé con ganas. Me gusto bastante, estoy bien con mi compañía, disfruto siendo mi novio, hago buena pareja conmigo mismo. Por eso me joden un poco días como este, con un horizonte de horas por currar bastante serio. Lo acabaré con la espalda algo malferida, antes de volver sisifiquicamente a la cama, con las yemas de los dedos algo quejicosas de tanto baile, con la mente un poco en panne de tanto dedicarse a temas destinados a la subsistencia económica, y no tanto al alimento del alma. 

Serán horas en las que no existiré, en las que no contaré para nada mientras me dedico a ese noble ejercicio del periodismo, que está muy y tal, pero que a veces nos secuestra a ese otro yo, quizá el más verdadero, que reclama su tiempo para existir y dar de sí todo lo que pueda.

Lo colorado de las cuentas corrientes, con ese antipático banco del mismo color, también tiene algo que ver. 

Pero, cá, en la lucha por la vida, en la conquista por las habichuelas, también hay algo estimulante, épico a ratos, que nos hace sentir vivos. Que nos invita a hacernos escritores, o a querer seguir siéndolo en el futuro. Nada más triste que un escritor que solo escribe. Bueno, sí, uno becado, como lo fue mi admirado Raymond Carver.

Carver recibió 35.000 pavos anuales durante cinco años para escribir.

5.11.11

El tipo que leyó mal a Camus

Viendo esta breve entrevista (dentro de poco las entrevistas se limitarán a un aforismo audiovisual) a Alberto Olmos, he reparado en algo. Dice Olmos que ni Raskolnikov, ni el protagonista de 'El extranjero' de Camus, o el prota de 'La náusea', de Sartre, son angelitas de la caridad.

Pienso ahora en aquel tipo que se acercó a Camus como quien se acerca a una gran obra, con el aval de que el tipo fue premio Nobel de Literatura, y los Nobel premian a gente loable, con valores, no a peña subserviva antisistema o arrealista. Aquel lector, probablemente joven, adolescente, lee entonces 'El extranjero', y se empapa de ese obra maestra de la literatura universal.

Y cree que lo que ahí se expone es lo bueno, lo recto, lo único que nos queda, lo verdaderamente auténtico, una vez depuradas las hipocresías tontilocas, y la fatua idea de que el hombre puede ser bueno. No, amigos, eso es basura para antes de Navidad. La verdad está aquí, en este libro, y Camus es el primero en descubrírnosla. Aceptemos ese modelo, seamos todos Meursault, porque el resto son patrones morales desfasados, ridículos, de gente blanda, pusilánime, infantil, sentimental. Lo sentimental ha muerto. Primero fue dios, como constató con lucidez Friedich Nietzsche, ahora han muerto los sentimientos. Gracias Camus, gracias Meursault.

Aquel joven leyó 'El extranjero' y, quizá falto de referencias mejores, se aferró a su mensaje, encontró en Camus el nuevo heraldo de la moral moderna. Además, le seducía aquel discurso nuevo, tan poco mojigato. No sabía, aquel lector poco informado, impresionable, que El Extranjero, de Albert Camus  (1913-1960), es una novela a tener en cuenta no sólo por su calidad literaria,  que es rebosante; sino por su profético estudio sobre el ser humano, sobre su advertencia de la creación progresiva de lo que podemos entender como “hombre del tercer milenio”, es decir, una persona apática, solitaria, resignada ante la vida, carente de emociones y de valores, hasta el punto de ser incapaz de distinguir el bien y el mal. 


(copiado de aquí).


Como tampoco habría tenido constancia de aquella carta, humanísima, sentimentalísima, del periodista y escritor Albert Camus hacia un profesor que tuvo en su juventud, y con el que es todo gratitud. 



París, 19 de noviembre de 1957. 
Querido señor Germain: 
Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. 
Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. 
Lo abrazo con todas mis fuerzas. 
Albert Camus.


- -

"Con todas mis fuerzas.
Lo abrazo".




4.11.11

Boceto para una canción protesta

Si John Lennon viviera, o viviría, quizá compusiera, o compondría, una secuela de su famosérrimo 'Imagine'. Algunas pistas que se me ocurren para poblar esa imaginaria Imagine II.

Imagina un mundo en que las operadoras de telefonía no te engañaran. 
Imagina que les preocupara la calidad de su servicios, y que no cupieran todas las artimañas posibles para llevarte a su puto terreno y desplumarte hasta el último chavo.
Imagina una clase política realmente implicada en acabar con el hambre. 
Imagina que fuera tan fácil como aplicar una tasa, la tasa Tobin, o Robin, la que sea, y ayudarles.  
Imagina que con la aportación de unos pocos ricos unos miles de pobres lo fueran menos. 
Imagina que el verdadero dios no fuera el dinero, sino el crecimiento personal, el amor a los otros, a la vida. 
♫♪ 
Imagina que todos pudiéramos ser libres, como canta Leonard Cohen, I've tried, in my way, to be free, y no unos jodidos esclavos como somos. 
Imagina que el capitalismo agresivo fuera una cosa del pasado, como lo son la guillotina o los campos de concentración. 
Imagina que hubiera banqueros con alma. 
Imagina que no se premiara la codicia. 
           ♫♪
Es fácil si lo intentas.
Quizá pienses que soy un soñador, pero no soy el único. 
(...)

Y así..

3.11.11

Start up

El otro día me preguntaron mi edad. 32, dije, sin mentir. "Joder, estás empezando", me contestaron. Añadieron después la palabra "qué joven", a lo que contesté que tenía canas en la perilla. 
Me agradó ese comentario, no por saciar una cosa vanidosa y estética, sino por lo de "estás empezando". A veces, siento que la vida recorrida hasta hoy podría ser suficiente. Me podría pasar semanas y semanas recordando, como el protagonista de 'El perfume' se subía a no sé qué risco oculto para recordar y recordar, recuerdos olfativos, toda su existencia, lamiendo el musgo húmedo de la roca como principal fuente hidratante. Comiendo polvo y alguna raíz. 

Uno echa la vista atrás y hay vida, mucha. Morirse hoy sería trágico, pero no tanto. Hemos hecho de todo y más. Hemos probado bastante cositas del Fresh&Co de la vida, y perdón por este plural mayestático. Hemos estado ahí. Y ahí, y allí también. Nos queda lo de más allá, el plus ultra, el ultramarinos. Sudamérica, por ejemplo. Asia, por segundo ejemplo. Nos queda mucho mundo, mucha vida. 

Pero siempre es gratificante lo de sentirse un poco en los albores de algo. Por eso celebro no haber sido futbolista, ni bailarina, ni gimnasto rítmico. Me sentiría quizá acabado, un tipo con un pasado pendiente a sus espalda, un vividor de las rentas del asher. 

Y yo me siento muy lo contrario, un aprendiz de exprimidor de mi propia existencia, un tipo que está empezando, y eso me sienta muy bien al cutis, que lo sepáis.

1.11.11

Prosema para el día de los muertos

Había unicornios, pero con el cuerno oxidado, grasientos y torpes, con aliento a odio.

Había lunas, lagos, caballos alados, girasoles, campos de trigo, pero todos desolados, arrasados, cubiertos de un vómito de mugre.

Había príncipes y princesas, pero con el rostro demacrado y los dientes negros de las caries de la sedicia.

Había palacios y elefantes indios, los primeros eran de estiércol, los segundos tetrapléjicos.

Había también vino, pero no era sino bilis negra del último mendigo que encontraron vivo.

Había huertos, pero de ellos solo brotaban huesos con necrosis y sandías de sangre.

Había templos, pero no tenían puertas ni ventanas.

Había monjas, pero eran monjas asesinas.

Había hospitales, pero los llamaban tanatorios.

Había vida, pero nadie decía haberla visto nunca.

Había luz, pero nadie decía haberla visto nunca.

Había todo esto, y mucha gente triste, oscura, mortecina.
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