29.10.11

'Ejército enemigo' (y un poco de esto y lo otro)

Si hay un libro de la temporada, aparte del mío, es 'Ejército enemigo', de Alberto Olmos. No negaré que me produce una pequeña excitación coincidir en calendario literario con Olmos, como también me lo ha hecho hacerlo con Irurzun, con cuyo libro, 'Dios nunca reza', me manoseo en los escaparates navarros. 

Resulta, además, un hito en la carrera de Olmos el salto a Mondadori, que él comparó en su día, a ver si encuentro luego el enlace, con el del salto a la Champion's literaria. No sé si tanto como eso, porque la Champion's es mucha Champion's, pero desde luego que publicar en Mondadori son palabras mayores. De hecho, las palabras que uno lee en una editorial como Mondadori como que te llegan más. Ese es el poder del universo editorial, el medio influye en el mensaje, como dijo McDonald's, o alguien.

Entre los pocos privilegios que tiene esto de ser juntaletras periodístico cultural está el de poder recibir libros más o menos de gratis. Una tarde fui a esa casa editorial a entrevistar al novelista italiano Andrea Molesini y me llevé tres libracos by the little leg: una autobiografía española de Jean-Claude Carrière, 'Caribou Island', del tercer o cuarto autor de la temporada, David Vann, y 'Ejército enemigo', de don Alberto Olmos. 

He seguido la carrera, y también algo de las andanzas vitales, de Olmos, desde hace unos pocos años. He leído casi todos sus libros. 'A bordo del naufragio', 'El talento de los demás', 'Tatami', 'El estatus', 'Vida y opiniones de Juan Mal-herido', y no sé si alguno más. Abandoné 'Trenes hacia Tokio' en las primeras páginas. Me pareció algo insustancial, rollo dietario pero demasiado anodino. Me extrañó que no conociera, en ese momento, a Jack Johnson, cuando Jack Johnson era ya bastante conocido y, coño, Alberto Olmos es una de esas personas que te preguntan qué música te gusta, qué grupo escuchas. No podía no conocer a Jack Johnson, en el 2006, o así, cuando escribió ese libro. Lo dejé. También leí, con avidez, inmerso en parte en ese proceso vital suyo, porque era una época en la que nuestras biografías se cruzaron un poco, esa escritura autobiográfica genialoide, en carne viva, abierta, desnuda, bernhardiana radical, escrita a ciegas pero guiada por una poderosa luz, y completamente innovadora que fue aquella serie de los ceros y los unos, que publicó desde su blog Hkkmr y cuya edición en papel esperamos no pocos. Quizá en ese formato se pierda algo de la intensidad que tuvo en su momento. Los que lo leíamos cada día, sin pestañear, nos sentíamos parte de una secreta y extraña cofradía, y compartimos una complicidad cómplice y literaria y vital que tuvo algo de comunidad. Otoño/invierno de 2008-2009. 

No sé si 'Ejército enemigo' será memorable. Pocas novelas las incorporamos a nuestro yo literario, ese yo que incorpora una estantería mental. Quizá no sea la guerra de esta novela. Puede que la guerra de esta novela sea diseccionar una sociedad, juvenil, un poco ingenua, un poco aferrada a la solidaridad como bandera de cambio. "La solidaridad ha fracasado", y esto desemboca en el amigo (muerto) del protagonista una crisis de conciencia del carajo que es un poco catalizador de todo. Reconoce Olmos sin pudores que esta novela, la suya, debe mucho a 'Plataforma' de Houellebecq. Y si en la obra del francés el turismo servía de base teórica para ir avanzando la narración, como sucede con el arte en su reciente 'El mapa y el territorio', en 'Ejército enemigo', la solidaridad, el compromiso, los valores de la juventud, actúan como tema subyacente que da unidad y todo eso. Pero ni en las novelas de Houellebecq, ni en las de Olmos, ni el turismo, ni el arte ni la solidaridad tienen tanta fuerza como otros temas que afloran. Y que realmente tiran de la novela y mantienen pegadito al lector a sus páginas. 

El sexo, por ejemplo, nos mola más que los otros temas citados, y eso lo saben bien MH y AO. Pero no el sexo por el sexo, meter una polla en un coño, sino nuevas y tentadoras regiones, como las que se nos ofrecen a través de la pantallas. Nuevas propuestas para hacer el guarro, como las de ChatChinko (alusión, imagino, a ChatRoulette), que abren nuevas dimensiones del sexo en solitario pero también nuevas posibilidades de contacto humano, y de fisgamiento en las vidas ajenas.


El libro, descansando en los cuarteles de Mondadori
 antes de saltar  al campo de batalla.


Quizá ahí resida la adicción que nos produce, o a mí por lo menos, 'Ejército enemigo', libro en que nos invita a ser unos espías, unos 'voyeurs', como lo hace el protagonistas, al infiltrarse en la cuenta de correo del amigo muerto, al escrutar a la gente que se asoma con sus webcams a ChatChinko, y al mirar con ojos de mirón al mundo. El propio lector también se convierte en un mirón, en un mirón de Alberto Olmos, que es el que ha escrito la novela, y Olmos nos gusta en esta novela porque no escribe desde el púlpito, sino porque se ha mojado, quizá literalmente, antes de escribir nada. 

Alberto Olmos es un gran cabrón porque quizá haya sido unos de los primeros en abordar el tema del cibersexo con la seriedad y el rigor que el tema merece, y dedica unas cuantas páginas al asunto que sí creo que son memorables, y que fijan y hablan este tiempo raro, locuelo, que nos ha tocado vivir. Tiempos líquidos, lo llama un filósofo. Pues bien, Olmos ha logrado solidificar parte de estos tiempos líquidos en su última novela. Además, hay un deje umbraliano moderno que lo distancia absolutamente de cualquier estilo literario banal y una tramilla policíaca que acaba de imprimir la redondez de una de las novelas, junto a la mía propia, de la temporada.

O de varias temporadas. 

28.10.11

El móvil belga

Mi amigo Cote, conocido también como Lorenzo Durruty, y otrora Porfiri Petróvich el Magnánimo, se muda a finales de otoño a París. Pone fin a una etapa de cuatro años en la cosa pública europea, en Bruselas, donde, cómo no, ha creado lazos, contactos, amistades, relaciones, roces, cariños, recuerdos y demás. Suele pasar. Estamos condenados, feliz condena, a crear lazos, contactos, amistades, relaciones, roces, cariños, recuerdos y demás. Hay gente, poca, que tiene el dudoso mérito de no crear nada de eso, lo cual es digno de estudio, pero se da. 

Me habló Porfiri de que ahora tiene tres móviles. El español de siempre, uno de los primeros números móviles que aprendí, y que aún recuerdo de memoria (creo), el nuevo francés y el belga, que conservará aún por un tiempo. Un teléfono abocado a la extinción, pero quizá el más vivo, ahora, de los tres. Recibe muchas llamadas de amigos que, ay, quizá languidezcan también con el tiempo y se apaguen un día como en breve se apagará ese dispositivo. 

"Lo mantendré un tiempo y luego lo daré de baja".

Dará de baja también a una vida, a una gente, a un lugar. El móvil francés se postulará como el futuro, al igual que París, y la gente que allí conozca, con la que cree lazos, blablabla. 

El móvil español, ese que se compró allá por el 98, seguirá ahí, sobreviviendo a ciudades, gentes y amores, testigo de excepción de una vida, bastión telefónico inamovible, algunas veces menos solicitado, pero siempre presente. Algún día también se apagará, como el tuyo y el mío, pero que le quiten lo llamado.



25.10.11

Dios nunca reza (2/2)

Puede que la otra parte de la locomotora de la literatura foral del momento (él se pidió a Vilas, yo a Fdez. Mallo) haya esperado ansioso esta segunda entrada de mi deconstrucción de los diarios irurzianos. Puede que no. En cualquier caso estoy aquí, escribiendo desde mi flamente MacBook, caído del cielo (aprox.), lo poco que me quedare por decir de 'Dios nunca reza'. 

Lo que me quedaba por decir es que creo que este diario, o dietario, que es un poco lo mismo aunque para esto también hay teorías, es que es un librejo que puede tener su aquel como modelo. Ahí es nada, 'Dios nunca reza', modelo de diario, o dietario. Y, ¿por qué digo esto? Aparte de que porque Patxi me cae simpático, porque lo creo. Creo que hay ritmo en este jodido diario, y eso me parece una cosa que debemos celebrar. Nos gustan los diarios, pero si no los leemos más, con la cantidad de incentivos que tienen para su lectura, es por su estatismo. Una entrada, sí, luego otra, hoy es viernes, llueve, me quiero morir, hoy es sábado, tengo resaca pero estoy feliz. He ido al cine, gran película. Si un diario acaba siendo un cuaderno de notas de la vida, un rollo paralelo por escrito, pues quizá sea un mal diario. El diario no puede ser un espejo sofisticado de la vida. Un diario tiene que jugar con las distintas subtramas que conforman nuestra vida, y disponerlas de una manera acertada. El diarista tiene que jugar con las vías de conflicto que cruzan nuestra existencia, en una etapa dada, y ponerlas al descubierto. Y ofrecerlas al lector. Un diario no puede ser, como esos de Pessoa que olvidé en un autobús, un compendio de "fui, vine, llamé, dormí, bebí, escribí". Tampoco un tratado sui generis de ornitología y de lo bien que hemos comido. Bueno, vale, puede ser, pero no dejará de ser, así, algo que como mucho llegue a la categoría de 'obrita'. A complemento literario como para regalar, de gratis, con el periódico.

'Dios nunca reza', en cambio, creo que es una pequeña obra mayor. Una obra en sí misma, concebida como tal, y que sabe jugar con esas subtramas, vías de conflicto llamésmola, que marcan nuestra vida. Y en este libro Irurzun nos muestra unas cuantas: el inminente nacimiento del hijo, la inestable situación laboral, la mudanza y llegada al barrio extraño, los sueños todavía por cumplir, la lucha constante del escritor por hacerse respetar, la lesión del hermano, etc. Pequeñas subtramas que aportan un valioso lubricante a la lectura y que, unidas al estilo amigo de Irurzun, que es un tipo de todo menos impostado, hacen que las páginas pasen rápido, y nuestros ojos desfiles voraces párrafo tras párrafo.

Si un día escribo un diario, con voluntad de estilo, un diario dietario, si entendemos el dietario como cosa más elaborada, y el diario como una escritura más automática y caótica, copiaré el 'método Irurzun' descaradamente. 

--

Y quería hablar también de una de esas subtramas que he comentado, la que tiene que ver con la empresa de comunicación de altos vuelos en la que trabajó Irurzun. Yo también estuve allí, y también me dieron la patadita en el culo. Como a media docena de tipos que andan por ahí más o menos partiendo la pana. Otro día. Progresía de la chunga. Y mucha tarta el día que la palma Pinochet, que no falte.


Irurzun, ciudadano comprometido, en la esquina inferior izquierda

19.10.11

Dios nunca reza (1/2)

Lo dije en la presentación del libro, hace unas semanas en Tipos Infames de Madrid. Lo único que no me gusta de este libro (y tampoco es que me disguste mucho) es el título. Me suena demasiado asertivo, impositivo, y Patxi Irurzun es todo menos eso. Un escritor tímido, se autodenomina él, cosa que a mí me parece maravillosa. En esa simple etiqueta hay ya algo del Patxi Irurzun de los diarios, una cierta confesión, un vivir sin querer molestar, elevar el tono, despertar a nadie de la siesta. El paradigma del tipo C más puro, porque Patxi Irurzun es un tipo C de libro, y los tipos C suelen ser aptos para esto de la creación, porque absorben el mundo, lo ven en su integridad, sin anteojeras, preocupándose por los demás más que por sí mismos. Por eso son tímidos, porque están pensando en si molestará lo que uno diga, en dejar al otro hablar, en si el otro tiene aún más ganas de soltar su rollo, y eso. El tipo B no pierde el tiempo en esas menudeces y va a saco por la vida. Ejemplos ilustres de tipos B y C: Baltasar Garzón (tipo B); Woody Allen (tipo C). Los tipos A son demasiados raros para entrar en un grupo.

Esta clasificación, en la que buenamente uno puede meter a toda la humanidad, me la enseñó maese Holzer, de profesión psiquiatra y sin embargo amigo, ya que en ese gremio la emplean para ubicar, de un plumazo, a los distintos pacientes, esos locos altitos. "Buah, tengo a un tipo B en la tercera planta que es de traca". 

Me gustan los tipos C en la literatura. Me gustan la gente pacífica, me gusta la gente que tiene conciencia, la gente que siente cosas para algunos tan nimias como el abandono de un barrio (Rochapea) por la mudanza a otro (Sarrigurren) y que en ese trance nos muestran toda una gama cromática de nostalgias, de texturas del alma, digamos, y nos hemos puesto estupendos. La gente que sufre en pequeñas situaciones, los que se ahogan en agua, los que titubean, los que a menudo se sienten pequeñitos.

Yo, que soy un suertudo, leí el libro, 'Dios nunca reza', Dietario, Alberdania, septiembre de 2011, en agosto. Me zampé casi entero en un trayecto Madrid - Logroño, como dos horas leyendo. Hay gente que me dice "es que tú lees mucho", y puede que lo haga, en comparación a la siniestra media nacional. Pero rara vez me pego más de dos horas con un libro entre los ojos. Me ha pasado, en cambio, con los libros de Patxi Irurzun. Me pasó con 'Atrapados en el paraíso', del que me jalé la mitad una tarde en el café Ajenjo de Madrid, y también con 'Dios nunca reza'. No me suele suceder. Me pasó también con 'La casa del rojo, Gorritxenea, Diarios 1995-1998', de Miguel Sánchez-Ostiz, que devoré de una tacada y media en el invierno de 2003 y que, junto con 'Liquidación por derribo', publicado este en Alberdania, me trastornaron, en el buen sentido, creo, bastante. 

Nunca se lo he contado a nadie, porque supongo que a nadie interesa, pero ese librito, 'Liquidación por derribo', me influyó mucho. Lo leí en Bilbao, en otoño de 2004, antes de dar un golpetazo de timón a mi vida, un golpe hacia mi vida, hacia mi vida verdadera, la que creía auténtica. Algunas veces sentí el vértigo, e incluso el arañazo de la duda, para aceptar después la certeza del acierto, aunque eso implicara a veces soledad y tribulaciones varias.

A veces me pregunto si la avidez al leer ciertos diarios tiene que ver con nosotros. Leemos al otro, nos metemos en la vida del otro, a veces como a través de un agujerito, pero en el fondo hay algo de espejo. De espejo y de guía para cambiar y para no cambiar. Para hacer esto que hace, para no hacer esto que hace. Los diarios, a menudo tan denostados, nos hablan de las peripecias vitales de ese ser que no somos nosotros, con sus triunfos y sus derrotas, y hay en todo eso una referencia, un aprendizaje para el que lo recibe. Los diarios, además, los suelen escribir escritores, así que para aquellos quieren ser escritores resultan una lectura altamente adictiva. Me atrevo a decir que Irurzun consigo, en 'Dios nunca reza', es una intuición que tengo, que sus páginas interesen a todo el mundo, sean escritores o conductores de la villabesa, y ese es el mejor halago que se le puede hacer a un libro.

Patxi es generoso, como lo suelen ser los tipos C, a menudo machacados, por cierto, por un sistema, el Sistema, gobernado por mucho hijodeputa del tipo B. Nos cuenta sus pequeñas conquistas, pero también nos muestra sus sombras más agudas. 

Al final, cuando me pongo a escribir, son las diez y media o las once y ya estoy cansado, tengo sueño yo también. No disponer de tiempo para escribir es una de las cosas que más me frustran de mi vida familiar. Es como si tuviera dos vidas, una real en las que los acontecimientos me van superando, venciendo, borrando, y otra, cuando escribo, en la que resisto, me mantengo firme, me reconozco a mí mismo. A veces, esas dos vidas se conectan por túneles subterráneos, como el amor que siento por mi hijo y mi mujer, que se filtra como oxígeno hasta mis libros y artículos; otras veces esos túneles se han cegado, se han llenado de porquería, como cuando tengo que escribir para el banco. 


17.10.11

Un congreso sobre Baroja que agradaría a Baroja

Hace años, cuatro o cinco, estuvo a punto de celebrarse, en Pamplona, un congreso que no agradaría a Baroja. No conviene recordar ahora las razones de aquello, ni remover pasados movedizos, sino celebrar el presente y el futuro próximos, con motivo de un congreso sobre Baroja que sí agradaría a Baroja. Historia y literatura Actualidades de Pío Baroja (A propósito del centenario de El árbol de la ciencia, 1911) lo han llamado.

¿Por qué merece la pena? Pues en primer lugar por la calidad de los ponentes y en segundo por el cariño con el que se ha elaborado el programa y el contenido del mismo. No en vano se lo ha currado, desde hace tiempo, y con gran arte para persuadir a las voces más pertinentes para que acudieran, Francisco Fuster, un barojiano de pro, cuya tesis, precisamente, versa sobre El árbol de la ciencia, de Pío Baroja.

Y este congreso, precisamente, versa sobre El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, publicado, precisamente, hace cien años, en Madrid.

Francisco, Paco, Fuster, no ha estado solo. Dirige el simposio el catedrático de Historia de la Cultura, Justo Serna, que algo sabe de temas de ficción, autoficción, microhistoria y las novelas como mensajeras del misterio de lo humano, y perdón si me puse cursi.

Repasemos algunos de los nombres que acudiarán, a primeros de noviembre, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en su sede de Valencia. 

Conferencia de apertura: Malos tiempos para un romántico: Pío Baroja y la Guerra Civil española
Miguel Sánchez-Ostiz
Escritor

El ensayo vivaz de un escéptico
Jordi Gracia
Catedrático de Literatura Española en la Univesidad
de Barcelona

Conferencia de clausura: Pío Baroja: una lectura personal
Luis Mateo Díez
Escritor y Académico de la RAE

Recordemos también la pertinencia de evocar a un personaje como Andrés Hurtado, protagonista sombrío de un tiempo de crisis, quizá no tan distinto al que vivimos hoy.



13.10.11

12.10.11

Prosema (veran)otoñal gestado en la cama de un día festivo, hacia las 8.23am

La noche invade los dormitorios por la mañana, y la melancolía del otoño intenta apoderarse de todas las esquinas cotidianas, como un calamar que suelta su tinta, tinta defensiva, tinta que busca sin éxito la negrura total, y que fracasa una y otra vez ante el imperio de la luz.

9.10.11

Despensa emocional

Amanecí tras dos horas de sueño, creo que todavía con alcohol en las venas y una dosis abundante de emociones, despensa humana que me vendrá bien para el otoño entrante, y de la que quizá vaya tirando si  toca déficit de ese palo.

Dejé el piso parisino de tia Chr., ciudad en la que incluso los patios interiores tienen alma, y bajo una fina lluvia traté de encontrar un taxi, cerca de la place des Nations. Jodida empresa y es que París está muy bien y todo eso, pero su servicio de taxis, en fin de semana, deja mucho que desear. Como su política inmobiliaria, vendida a la especulación más jodidamente vil, que impide incluso a un alto directivo de Pernod Ricard comprarse un apartamento grande, con capacidad para sus tres hijos, en la ciudad más cara del mundo.

Eran las siete y media de la mañana y tenía que atravesar todo París para tomar una 'navette' que me dejara en el aeropuerto de Beauvais, e iba con el tiempo justo. Un señor se me adelantó y pilló taxi. Le pedi montarme con él y accedió sin problemas ni narices arrugadas. El taxista, un tipo asiático como de Laos, no puso objección. Iba a la Gare de Lyon y sí que iba prieto de tiempo, nos tocaron todos los semáforos en rojo. Insistí en que no me diera dinero, y menos ese billete excesivo de diez pavos. Su tren salía en cinco minutos pero vi como le pagaba su parte al asiático taxista, no con orgullo, sino con una amabilidad que me enterneció.

Seguimos ruta por la rive gauche, un puente y luego otro, y la lluvía suave nos recordaba que el otoño había llegado para quedarse. "Qué triste es el otoño", decía el taxista, contrarrestando su melancolía con un tono jocoso, sonrioso. Empaticé con él pero no tenía ganas, fuerza, para hablar, así que seguí con un duermevela hasta Porte Maillot.

Quedaban tantas sensaciones gratas, la familia, reunida por el 30ª aniversario de M., las ganas de agradar, de cohesionar, cada vez mayores, la cena con Stefan y Amélie, la fiesta en casa de Marta en el barrio chic de Étienne Marcel, el soniquete de la charla con mi hermano bajo los distintos pasajes (Jouffroy, Verdeau, Panoramas) que nos salían al paso alrededor del boulevard Montmartre. Ese viaje que me traigo con él, que tiene una unidad, diálogos que retomamos a cada vez que llegamos a esa ciudad un mucho nuestra, y que parecen formar parte de un hilo narrativo, vital, exclusivo nuestro, tan valioso.

"Qué triste es el otoño", sonríe el taxista, después de cobrarme una cifra que me parece razonable.

Hotel Chopin, en el pasaje Jouffroy


5.10.11

Arte callejero

Le daba igual que fueran pintadas o grafitis, para él eran lo mismo. Un elemento ajeno a la limpieza de las verjas de seguridad de su tienda de complementos femeninos. No es que tuviera especial encono por esa forma de expresión, o como quisiera llamarse, pero, como digo, no la quería en su tienda. El alquiler del local le costaba el doble de la hipoteca que pagaba a duras penas. Su compañera sentimental, con una hija con una enfermedad rara y un exmarido cabrón que se dio a la fuga, apenas podía aportar algo a la economía familiar. Abrir esa tienda fue el último, y quizá desesperado, intento por llevar una vida normal, sin la angustia de pensar que al día siguiente uno no podrá afrontar los pagos y se verá, literalmente, en la puta calle.

Era consciente del barrio en que había abierto la tienda. Malasaña, cerca de Fuencarral. Una zona cotizada, pero también maltratada por estos artistas de lo ajeno, que usaban cualquier superficie para estampar su firma, su huella, su tag, su cosa. Pero no sería en su establecimiento, no. A pesar de que vivían en Móstoles, alquiló una habitación por tiempo en definido en unos apartahoteles que daban justo a la tienda. Con un sistema que le había ideado un cuñado informático, instaló una pequeña webcam que registraba cualquier movimiento extraño a una superficie determinada. Su tienda. Al mínimo movimiento, recibía un aviso en su teléfono móvil, sincronizado con el portátil. 

Tardaron dos noches en aparecer. Fue a las 3.13 de la mañana de un martes de octubre. Eran dos tipos con capucha y pantalones caídos, cagados. Vio claras sus intenciones cuando sacaron sus botes de espray. A las 3.14 les disparó sin pensarlo dos veces con su escopeta marca Arlecht, con silenciador, dos precisos tiros a cada uno, muy cerca de donde termina la espalda. Pudo sentir sus gritos de dolor. Bajó a toda velocidad. A uno, le hizo saltar toda la dentadura contra un bordillo de la acera. Al otro, le explotó ambos globos oculares contra un bolardo gris. Nadie vio nada, ninguna cámara registró aquello.

Volvió a la habitación del apartahotel y no tardó el conciliar el sueño, mecido por el sonido de una ambulancia que rompía levemente la paz nocturna. 

2.10.11

Thoughts

Es raro que una palabra como pensamiento, algo elevado, abstracto, etereo, se diga, en inglés, thoughts, que suena en realidad a ingrediente para el asado de pavo del domingo. Zots. Turkey with thoughts.

El otro día pensé en una nueva aplicación, creada por Steve Jobs o así, que conectara tu pensamiento a un procesador de texto. Con una labor de edición a cargo de un sólido equipo de eficientes y mal pagados becarios se podría armar un corpus literario del copete. Pienso a veces precisamente en lo contrario, en las bondades de la síntesis. He empezado, día 29 de septiembre, un pequeño diario en el smartphone. Hay un bloc de notas que lo permite, y escribo breve anotaciones en los ratos tontos del metro, en la cola del super. Descubro entonces las bondades de ese escribir con manos de plomo que te impone el miniteclado. Es un poco como escribir en otro idioma, uno mide las palabras, las elige con cuidado, y el resultado es distinto, no forzosamente mejor, pero sin duda más depurado.

De vez en cuando quedo con Allie, una neoyorquina que está en Madrid en ese año de transición que tienen los estudiantes americanos, antes de especializarse. Hemos llegado a un interesante acuerdo: hablamos en inglés y luego 'suicheamos' al español. Lo cierto es que le damos bastante más al inglés, como un 70% de nuestros chateos espanglianos.

Y me pasa que me estimula hablar en inglés, que me noto incluso a veces embalado, saltando de un tema a otro, volviendo a él, preguntando sobre palabras, frases, expresiones, contando anécdotas con interés, regodeándome en cada palabra. Pasamos en cambio al español y noto que la charla me resulta menos excitante, que el discurso se vuelve algo funcionarial, rutinario, y mi tono pierde fuerza.

A veces veo a la gente hablando por el móvil, escucho sus conversaciones, locuaces, muy pegadas al presente, a la conversación en sí, y pienso que llevan dos cervezas. Es la forma de hablar que yo adopto cuando llevo dos cervezas. Y entonces pienso si es que todo el mundo está crónicamente algo borracho.

Me pregunto entonces si no debería irme a París, a Nueva York, para vivir inmerso en un idioma que no es el mío materno, y encontrar ese acicate creativo que hace que las conversaciones cobren interés. O quizá llevar una petaca, y darle un tiento de vez en cuando. Es curioso cómo una conversación puede reverdecer con un ligero baño alcohólico.

Pensamientos, zots, o ni eso, asocaciones de ideas, en español, o castellano, sobriamente resacosoides, en este verano que no acaba.

1.10.11

Malanoche

De pronto, el cansancio acumulado aflora y lo que era una placidez, un decir "hoy estoy de buen humor", horizonte favorable, un por fin estar en tu sitio, en la dirección correcta, torna en cosa amarga y de negros pensamientos, casi siniestros.

Un acudir al plan con la gozosa perspectiva de una reunión entre unos seres humanos que, a fuerza de roce, han generado cariño. O eso creía uno. Las pullas vuelan sobre la mesa y la actitud que uno antepone ante todo, la de agradar, la de contribuir al buen clima, es tan solo ejercida por unos cuantos. Vale, quizá sea solo un 30% el que actúa con modos infantiles, caprichosos, inelegantes, pero acaban haciéndose notar, y echando todo un poco por tierra. 

Sobreviene entonces una certeza, jodida de tragar, de que igual ese no es tu sitio, ni esa tu gente, pese a que un día creíste, pensaste, que podía serla o que, en efecto, lo era. Toleraste con paciencia ciertos tics que, reiterativos, eran capaces de inflar los testículos al más pintado. Había algo de marcar el territorio, de vencer unos complejos, de querer machacar como quien no quiere la cosa al otro. Pero lo minimizabas, hay que ver lo bueno, son pejigueras del trato humano, que diría aquel, no merece la pena cabrearse por eso.
Quizá sea tiempo de hacer criba, eso dicen que es el otoño, y depurar con quién anda o con quién uno no anda. Quedan los buenos amigos, pocos, y los nuevos por hacer. No abaratemos el concepto amistad.

No hay tiempo que perder.
Instagram

Archivo del blog

Google+

Sígueme en FB

El náuGrafo

Sigue mis entradas por email

Naugrafianos

Colabora con este blog

HABANA 2009

HABANA 2009
YA A LA VENTA

el origen de todo esto, disponible aquí.

HAZTE ESCRITOR

Lista de blogs