30.6.11

Ciudades verticales, ciudades horizontales

No me quedan neuronas activas. Duermo poco y mal. Acabo de escribir un artículo sobre las bondades de las baterías para los coches eléctricos compuestas por fostato de hierro-litio. Presentan menos riesgos que las que incluyen óxido de mangeneso litio. Como lo oyes. Estoy torrao, pero aún así, porque yo lo valgo, voy a intentar un post.

Este va sobre ciudades, horizontales algunas, verticales otras. En cuanto a su disposición en el mapa, y en la Tierra, me refiero. El otro día, me fijé en un mapamundi cuya escala era 1: 28.000.000. Un centrímetro en ese mapita, equivalía a 28 millones de centímetros, que mi cerebro me impide calcular, en este momento, tras varias horas despierto y en activo, cuántos kilómetros supone.

Creo que prefiero, me dan mejor feng-shui territorial, las ciudades horizontales, apaisadas. Se adaptan mejor, precisamente, a esa manera que tenemos de ver la vida, que es un poco como una película, un paisaje, de un modo panorámico. Ups, pero luego están los libros, que son más verticales. Ciudades libro, Madrid; ciudades película, París.

Creo que me gustan, ya digo, las ciudades película. Estos días en París, me he sentido muy bien en esa disposición horizontaliforme. Londres es también así, Berlín igual, Pamplona no llega a horizontal ni vertical, es como una cosa redonduela.

Madrid acaba en el angosto paso de las Torres Kyo, modernas columnas de Hércules hacia lo desconocido, y también acaba, por el sur, por donde el Matadero de Legazpi, donde ayer consumimos no pocas birras cortesía de Mahou, que celebraba la apertura de ese simpático recinto hostelero/cultureta.

En una ciudad vertical, ciudad libro, uno parece como que se escurre todo el rato, que se va cayendo hacia abajo, dirección infierno. Quizá por eso me planteo cada vez con más firmeza abandonar este coñazo de Madrid, y cambiarlo por París, ciudad dura, pero al menos apaisada. Tengo más vocación de pez en uno de esos acuarios de salón de peli de James Bond, que de mico trepador por las volutas de un tronco cualquiera. No soy ningún trepa, sino más bien un observador y, por eso, me temo, las ciudades película puede que sean mejor escenario.

Y como que se está más a gusto en cualquiera de sus lados.


27.6.11

¿Se puede sentir empatía por un pájaro?

Creo que sí. A mí me acaba de pasar. He ido a comprar un pescado, y como siempre he salido clavao: cinco euros por un filete de perca, cómo están los precios, señora. Volvía a casa, por la plaza de San Ildefonso, cuando he visto a un pájaro en apuros. No era un vulgar gorrión, sino una especie con más solera, quizá una golondrina. No entiendo mucho de pájaros, y no estaría de más aprender, pese a lo que he despotricado contra los diaristas que se enzarzan en descripciones de tipo ornitológico.

Le fallaban las patas y su pecho, o como se llame esa zona, pegaba contra un húmedo suelo. Y digo húmedo porque, pese al calor, o precisamente por este, el piso estaba mojado, por los aspersores de la terraza. El pájaro estaba bien jodido, intentando alzar un vuelo a la desesperada, aleteando con poca fe. Entonces me he metido en su piel y he imaginado su lenta agonía. He imaginado que asumía su final, las patas rotas, inútiles, le impedirían salir volando y estaría obligado a reptar. Moriría a las pocas horas, de hambre, con suerte. Primero, se cagaría y se mearía, quizá de miedo, puede que por una de esas reacciones que se dan antes de palmarla.

Pasaría algunas horas reptando por el suelo, metiéndose, a su vez, en la piel de otro animal, la serpiente. ¿Pueden los pájaros sentir empatía por las serpientes? Quizá sí. Pero nuestra golondrina, o lo que sea, solo piensa en que su hora ha llegado, y reza al dios de las aves, Avecrem, para que no venga ningún gato hijoputa y se lo zampe en un abrir y cerrar de ojos. O quizá sí, mejor una muerte rápida que una tortuosa y humillante agonía. 

La muerte, ya. Tampoco es para tanto. No duele. Sé que va a llegar, y solo tengo que esperar, ya nada peor me puede suceder. A fin de cuentas, mi vida no ha sido tan mala. Algo corta, pero dichosa. A ratos, me llegué a sentir, ni más ni menos, like a bird on a wire. Libre. Viajé por varios países europeos, anidé en no pocos árboles, conocí hermosos atardeceres. Mierda, un perro.

26.6.11

Divagaciones en torno a un cuadro nunca pintado

Creo que ya ha hablado por aquí de esto, de cómo lo moderno, lo actual, lo contemporáneo, será algún día devorado por la pátina del tiempo y su nostalgia. Los temas de Arcade Fire sonarán, dentro de cincuenta años, como las primeras grabaciones de Chuck Berry. A cosa del pasado y solo del pasado.

También es verdad que, conforme uno da vueltas y se sumerge en esto del pasado, con una visión digamos que microhistórica, las cosas viejas se nos presentan de pronto como abanderadas de la modernidad más audaz. Este tema da para mucho. El cine actual empieza a saberlo, y se preocupa de poner el acento en lo modernos que fueron, en su día, ciertos artistas. Hay un momento, entonces, en que vemos las primeras canciones de los Beatles, o de los Quarrymen, como una cosa actualísima, en una peli como Nowhere Boy. Quizá porque el sentimiento de querer ser moderno no pasa de moda.

Recomiendo ver la peli Toro salvaje y fijarse en las distintas décadas, y modas, para entender un poco mejor esto que trato de comunicar de un modo un poco obtuso.

El otro día pasé, en París, rue de Martyrs, Pigalle, por un restaurante japonés cerrado a cal y canto. Huellas de abandono, como si hubieran pasado ya unos cuatro años de dejadez, y aspecto a cosa de nuestros días pero extrañamente polvorienta. Quisé hacer una foto pero el móvil no funcionó bien.

Imaginé entonces el París de 2053, que seguirá teniendo postales y calendarios de Picasso, Dali, Man Ray y los impresionistas, fotos de Robert Doisneau, siempre, pero también otros elementos. Quizá emerga un artista, hoy desconocido, que se dedique a retratar todo este París de hoy que algún día tendrá el regusto melancólico y nostálgico que aportan los años. En 1999, conocí a un artista alojado en un local llamado 'les frigos', fascinante espacio para el coworking artístico, llamado Daniel Rufo. Y que era de San Sebastián. Y que le acababa de hacer un retrato, por encargo, a Marisa Paredes. Y que pintaba a la gente del metro, en el estudio, que antes le había impactado en sus retinas. 

Creo que este Bruno, o un José Castiella, cuyo trabajo me seduce, o un Miguel Leache, con su capacidad para generar arte de ciertos ambientes que podríamos llamar postpoéticos, podrían hacerlo, y quizá estén llamados a hacerlo. 

Congelar ese restaurante japonés ya decadente. Víctima de la sobreabundancia de restaurantes nipones en la capital del cruasán, símbolo característico de un tiempo, el nuestro, y no otro. Porque el arte si algo quiere es detener el tiempo, tratar de sacarnos de la espiral veloz en la que estamos inmersos, porque la Tierra, que yo sepa, no se ha detenido nunca y todo es movimiento. 

El arte, como si nos comunicara mensajes de otra dimensión, nos invita a fijarnos, a detenernos, en un lienzo, en un fotograma, en una palabra, en un restaurante japonés que nos hace pensar en el París de 2053. Los espectadores que miraran ese cuadro nunca pintado del restaurante japonés abandonado se acercarán con nostalgia a 2011. Pero no con una nostalgia del tiempo ido, sino con la melancolía que acarrea asumir que el tiempo, al contrario que en esa imagen congelada, transcurre implacable.

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Coda: No es nostalgia del tiempo ido, sino del tiempo detenido.

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La Fourche - Saint Lazare (Daniel Rufo, 1998)

25.6.11

Sobre la importancia de las letras: un ejercicio

En España, tradicionales analfabetos en la lengua de Shakespeare, nos hemos acostumbrado a escuchar las canciones anglosajonas como un pack musical en el que apreciamos la melodía pero ni papa de la letra. Por suerte, las academias de inglés están mitigando esta carencia, pero no era raro llegar a escuchar canciones de largos minutos, tipo Desolation Row de Bob Dylan, si saber qué se nos cuenta, ni a santo de qué. Y eso es un modo un tanto capado de escuchar música. Como ver una obra de teatro en el gallinero detrás de una columna. Hasta que descubrimos que esa columna se puede suprimir y que, coño, el teatro era esto.

El otro día, mi hermano y yo, en un coche de alquiler con un solo cedé con música española tirando a lamentable, la empalagosa Amaia Montero, La Quinta Estación y cosas peores, nos detuvimos en Tenía tanto que darte, de Nena Daconte. Os pido que hagáis el siguiente ejercicio de tipo literariomusical.

Escuchadla un rato, así, tal cual, pinchando aquí.

Una vez escuchada, pinchad aquí.

11.6.11

Ey

Soy una puta. Acabo de dar permiso a Google para que ponga una espantosa publicidad en el blog, a cambio de cuatro perras mensuales. Adiós a mi límpida presentación, a lo minimal de mi aspecto, al arte por el arte, he caído, busco rentabilidad en algo tan desinteresado como un post, por muy Macropost que sea. Dice mi amigo Dani que mi palabra favorita es post, y no lo niego. La suya, CGPJ. Les animo, discretos lectores, a que pinchen de vez en cuando en los interesantes consejos publicitarios que allí se exponen, aunque dudo que tenga mucho tráfico. Las veces que he puesto alguna encuesta, sondeando la curiosidad del lector, apenas he recibido más de seis clicks de participación. La interactividad está sobrevalorada. Creo que no he pinchado en uno de esos anuncios en toda mi vida internáutica, ni creo que lo haga jamás. 

Ayer estuve viendo a Jodorowsky, en Casa de América. Me apetecía verlo en acción, porque es uno de esos tipos que hay que ver, creo yo, una vez en la vida. Una Meca humana. Me han contado muchas cosas de él, y quería confirmarla. Es un hombre que me cae bien, aunque nunca tengo claro si es un farsante recalcitrante o hay algo realmente sincero en todo ese aparato suyo entre circense y psicomágico. Mi amigo Virgilio lo entrevistó esta mañana para la revista Osaca (saldrá el próximo domingo, creo), y le ha comentado, majísimo, que el secreto para conservarse bien es no beber alcohol ni fumar (aunque a juzgar por su tripucha cervecera no sé si creerme lo primero), no tomar grasas y practicar en abundancia el noble arte del fornicio parejil. 

Me fui antes de la catarsis, al ver que aquello era una reunión simpática, original, en que la gente se abrazaba y se colocaban en posturas extrañas como representando a sus padres castradores, pero que aportaba poco. Y ritmo sin ritmo y demasiado andar por casa e ideas para epatar si quieres a una diabética acelerada y poco más. Una chica que debía pesar unos 130 kilos, supuesta espectadora, llevaba las riendas del asunto, y por lo visto acabó despelotada y masturbándose, aunque eso no sé si me lo estoy inventando, con las teclas del piano. Todo en plan terapia y eso, nunca soez. 

Me gustó el abrazo masivo del principio, como una gran cebolla de capas humanas, una melé ordenada de brazos, con el octogenario y lozano Jodorowsky en medio, a pocos metros de su expareja Marianne, con la que estuvo siete años y ahora tan amigos. "No tiene que haber nunca conflicto. Aunque la relación haya acabado, se puede construir, se puede ser amigos", dijo. Han escrito varios libros juntos, entre ellos, el último. Parecía interesante, la tal Marianne, o Marian. 

Por un momento pensé que aquella experiencia me podría cambiar la vida, que siempre recordaría la tarde de junio en que vi a Alejandro Jodorowsky liándola parda y haciendo de las suyas. Que activaría algún chip en mi cerebro, una nueva forma de hacer algo, que me influiría grandemente. La verdad que no fue así, pero bueno. Quizá la idea de que, haciéndo las cosas con amor, aunque sean una completa chifladura fraudulenta, se tiene éxito. Y no es un éxito material, digamos, si no un éxito humano. Aunque luego te dé pasta. 

Lo cierto es que me impactó más otro tipo, ayer, que el propio psicomago. El acomodador, portero, o recortaentradas del cine Palafox. Su figura oronda, embutida en un frac como de personaje de peli del propio Jodorowsky, se coló en mi retina. Me tocó no sé qué fibra. Había algo de entrañable en este tipo gordezuelo, garante de una dignidad añeja, desfasada, anacrónica, que recibía a los pocos espectadores con educación y un amplio "buenas noches". Qué de personal, pensé, para los cuatro gatos que hoy van al cine: la de las palomitas, que vende cuatro y un par de refrescos, en la sesión de máxima audiencia, el tipo del frac y la acomodadora, también muy digna en sus labores de cicerone por entre la oscuridad de las butacas.

Me fijé, desde detrás, en el digno recogedor de entradas, fascinante personaje de la poquedad cotidiana. Qué elegancia gastada, y qué duro el contraste con la gentecilla desaliñada que iba entrando en el recinto, lo más de ellos sin darle las gracias y pasando millas de su estudiado y orgullo aspecto. 

No dejéis de dedicarle un grato "buenas noches" la próxima vez que vayáis al cine Palafox, en Luchana, 15, Madrid.

 Foto borrosa de Jodorowsky, como si el objetivo estuviera llorando, 
o borracho, o las dos cosas.

 Foto de no mejor calidad del citado empleado.

9.6.11

Ex

Tengo un cuarto de hora para la ración de hoy de este Macropost medio abandonado. Hoy voy a llorar. Voy a compartir con vosotros las lágrimas que me provoca el acceso al registro de visitas de StatCounter. Son unas lágrimas de cocodrilo, no os creáis, pero que a fuerza de brotar han hecho caudal. Un amigo hizo un corto con un tipo que coleccionaba, en tarros, bostezos. Hay quien mete risas en latas para sacarlas cuando su suegro cuenta un chiste malo sobre los vascos. Hay quien guarda lágrimas, después de echarlas, y tiene reservas garantizadas de ese líquido parecido al agua, más salado, para los casos en que cortan el suministro acuífero, como ayer en mi casa, por la noche. Tuve que limpiarme las manos en unos culillos de agua y fregar uno de tantos tenedores sucios con esa misma agua.

Decía que lloraba al ver los datos de la peña que me lee. Son casi siete años de blog, pero macho, la cosa se mantiene en un estatismo preocupante. Una evolución cero que se habría traducido en un despido fulminante si ese blog fuera mi proyecto, una empresa de estimular blogs. Hubo días gloriosos en que rocé, en varias ocasiones, las 200 visitas únicas. Fueron pocos, pero felices. Luego la cosa bajó y se estabilizó en una media que yo consideraba más que aceptable, de cien lectores únicos diarios. Pensándolo bien, son cien personas distintas, desde sus cien casas y cien oficinas distintas, que se conectan para leer tus opiniones sobre el clima o la lasaña. Pensándolo mal, apenas son tres aulas de instituto, ¿qué significan tres jodidas aulas de instituto en una población de 6.000 millones de habitantes, mundo, o los 200.000 potenciales lectores de tu ciudad de origen donde, quieras o no, pues tienes tu pequeño nicho lector?

Puedes llegar a ver la botella no medio vacía, sino vaciísima.

Hoy me comentaba un colega que un blog que ha montado, con refrito de noticias internacionales que hablan sobre España, ya tiene 200 visitantes únicos al día. Lo abrió hace tres semanas.

Me quedan ocho minutos.

Y quiero poner antes en FB que estaré hoy, a partir de las 19.30, en la caseta 278 de la feria del libro de Madrid, en representación de Demipage. También con la joven autora Ángela Medina.

Calidad versus cantidad.

Qué aporta el blog de mi amigo, con impersonales noticias macroeconómicas colocadas como un churrero coloca sus churros en la churrería, qué digo, con mucho menos arte y oficio. Internet es tal y cual, pero hay poco trazo, resto, humano.

Me conformo con pensar que entre las 63 personas que leyeron el lunes mis relevaciones sobre tal banco, hubiera alguna que se hubiera quedado con la copla. Hay mucho blog por ahí que habla sobre lo que hablan o escriben los demás. Mero eco mediático, y ahí está. No me quejaré más, ni me pondré en plan estupendo, víctima, nada de eso. Por ahí va mi media, últimamente. Unos 75 al día.

Me quedo con los 72 nauGrafianos que figuran ahí abajo, como parte de una secreta pero cohesionada familia. Al final, uno aspira a tener dos o tres hijos como mucho, a los que transmitir lo poco o mucho que haya aprendido. No necesita 6.000 millones, de los que el 99% no te haria ni caso. Me quedo con ese 72, Encuentros de Pamplona 1972, y me doy con un canto en los piños, porque prefiero ver la botella medio llena, y a joderse.

6.6.11

Ew

El 15M ya ha operado en mí, hace tiempo. Hizo un click que antes no tenía. Creo que las movilizaciones deberían paso a nuevas formas de protesta, o de canalización de las protestas, o de formación de plataformas para que las palabras no se las lleve el viento y se avance. Hay el riesgo de una asamblea infinita. Asamblea como fin y no como medio. ¿En qué ha operado en mí? En cuanto a detectar una serie de elementos tóxicos en la sociedad que, del modo que sea, más lento o más despacio, hay que empezar a aplicar un tratamiento. Un correctivo. Algo que corrija. Como poco. Entre todos, no sé cómo, ya veremos. Retirándoles nuestra confianza, por ejemplo.

Conocí el otro día a un tipo que tenía un alto cargo en el banco Santander. Me contó cosas. Me contó, por ejemplo, que su jefe, Emilio Botín, era un ca---n como la copa de un pino. Tal cual. Me dijo que quería un campo de golf para uso propio, y que por eso construyó la ciudad financiera de Boadilla del Monte. Cuando lo tuvo, se desprendió de esos activos y los puso a la venta. Preferió bienvenderlos y alquilarlos a quedarse con esos mamotretos en propiedad. Dudo que lo hiciera al azar. Un tipo "muy de derechas", dijo, paradigma del banquero de puro y avaricia que podría inmortalizar un Orson Welles actual. 

Me contó también que tiene externalizados todos los servicios. En este punto no entendí dónde estaba el posible abuso, pero supongo que hay en ello un intento de lavarse las manos en caso de tener que cerrar tal unidad. Se prescinde de los servicios de tal compañía y arreglao. Sí que entendí más lo del convenio, o falta de convenio. El tipo que os digo, repentina garganta profunda que empezó a largar que daba gusto, pese a los festejos que invitaban más a la danza que al palique, me comentó que se aplicaba el régimen de Oficinas y Despachos, y no el financiero. Que él tenía el mismo rango que una secretaria, y no los derechos que le pertenecían por trabajar en banca, como el de la posible prejubilación a los 50 o el plan de pensiones correspondiente. Subterfugio no sé si legal, ilegal, o alegal, pero desde luego poco ético, porque es el único banco que lo hace. 

A ver, qué más... Bueno, que en su caso el salario no era malo, aunque trabajaba de ocho a ocho de la mañana, sometido a un importante estrés que le está haciendo buscarse cualquier otro trabajo que garantice un mínimo de calidad de vida. Los nuevos contratados, gente con experiencia y unos treinta y muchos, quizá hipotecas e hijos a los que hacer frente, no cobraban más de 17.000 euros. Un periodista con contrato indefinido cobra más.

Ah, el rollo "sectario". No puedes tener un salvapantallas ni fondo de escritorio propio. Nada de la foto de tu sobrina, tiene que ser el logo corporativo, porque "Santander eres tú". Con esa matraca les martirizan a todas horas, como si vivieran en una especie de Gran Hermano en color rojo vigilado a todas horas por Christoff Botin.
 
Y lo de que no tienen pasta. Que los miles de millones de euros anuales de beneficio es mucho maquillaje, exageración, imagen, dar sensación de completa solvencia, en un panorama financiero en el que nadie se fía de nadie. No tienen liquidez, ni folios para las fotocopias. O racanean mucho, vamos. Demasiado grande, pero no tanto, ojo, para caer.

Queremos ser tu banco.

2.6.11

Ev

Esta mañana fui hasta un hotel de la calle Goya para entrevistar a Iolanda Batallé. Me gusta leer libros de gente a la que no conozco ni de referencias y luego conocer a la persona. Fue un rato agradable. Le pedí al camarero un Bitter Kas, y me contestó: "Insano". Quería decir Cinzano, pero lo dijo con un acento de Mataró sui generis que me descolocó un poco.

Poco antes de llegar al hotel, me topé con el 77 (Moderno) de la calle Goya. (Por cierto, paréntesis. El metro de Goya está fatal. No hay manera de salir en la calle Goya, está mal indicado. Solo pone Conde Peñalver a un lado, o varias direcciones en la otra dirección. Sales por donde el Palacio de los Deportes, con suerte. Hay muchas y pequeñas zonas oscuras en el metro que sobreviven sin que nadie diga, o haga nada, y eso me cabrea sobremanera. Espero que el cabreo me dure tanto como para hacer algo. PPC YA!)

Pasé por el 77, que fue para mí el primer contacto con Madrid. De niño, Madrid se reducía para mí al barrio de Salamanca. Como para los de la Quinta Columna. El barrio de Salamanca, íbamos a Musgo, y también el Retiro, el Museo de Cera, el zoológico y poco más. En mis primeros viajecitos a la ciudad, allá por el 84, el primer McDonald's abierto en España apenas llevaba tres. Es el que hay en Gran Vía, cerca del Palacio de la Prensa, que sirvió su primer Big Mac un 9 de marzo de 1981. El otro día, al pasar con mi amiga X por allí, pensé que se podría escribir un libro sobre esos nanoacontecimientos. Pequeños hitos que han ido configurando nuestra existencia actual, el paso del franquismo paleto y tontorrón a la posmodernidad del luminoso de Sueps.

Eramos felices en esa casa, donde vivían, como dos cacatúas en ocaso, la tía G. y su amiga C. Llevaban esa existencia de abuelas sin nietos que van mucho a cafeterías como California y que viven en Madrid pero sin vivir en él. Se apoyan en cuatro puntos sólidos y poco más. Como Pedro, el conductor que le llevaba a Pamplona, cuando venía de visita, en un Citröen Bx azul. Creo que era de Tudela. 

Esta mañana, me he detenido unos segundos en el portal, hasta que el portero me ha mirado raro. Se me ha olvidado, mierda, preguntarle a la Batallé por las entrevistas que su personaje hace a los porteros. "Son los únicos que dicen la verdad", le aconsejaba su abuela. A mí, en cambio, la figura del portero siempre me ha producido desconfianza, cuando no antipatía. Como los conductores de autobús. 

Me dediqué a mirar la fachada de enfrente, que es otra manera de mirar una casa. Las fachadas de enfrente son más importantes que las fachadas de la propia casa, porque son las que vemos durante años y años. La he mirado, y me ha evocado cosas. Me ha recordado al salón de aquel pisazo en el que el sol tenía vetada la entrada, en el que un canario, Currito, volaba libérrimo por las estancias y se colocaba sobre la peluca de mi tía abuela, porque no era tía sino tía abuela. Ese ambiente cerrado pero, en cierta manera, agradable también. Como una trinchera, un refugio, una isla en la ciudad en la que crearte tu propio mundo. Quizá ese tipo de señoras fueron las precursoras de cierto hikikomorismo con cuentas de rosarios en vez de pantallas de internet.

Murieron hace años, bastantes ya. Antes de la creación y ruptura de la burbuja inmobiliaria. Tenían un retrato del rey en el salón. También un gato negro en la entrada, que daba canguelo. En la primera novela que escribí, o perpetré, situé al personaje en ese piso. Se instaló allí, Julián Cía Pezonaga, pero las moradoras no eran exactamente ellas, sino dos lesbianas vagamente inspiradas en otras personas. Esa novela iba sobre Madrid, y sobre la conquista de Madrid de un chavalzuelo bastante perdido, que quiere escribir un dietario literario a lo Trapiello cuando no es nadie, ni tiene contacto alguno con nadie. Pasa los sábados por la noche viendo partidos anodinos de la liga española de fútbol. Sus tías lesbianorras tienen más vida social que él. 
Aquel piso, veo, es para mí mi primer Madrid. Y cuando me puse a escribir sobre Madrid, afloró. Misterios de la escritura, que nos comunica cosas. Olvidé preguntarle a Iolanda Batallé sobre la infancia, porque en su novela se celebra sobre todo la juventud. 

Me hubiera gustado acabar la entrevista y haber pasado a saludar a mis tías, que ya tendrían como 120 años. Echo en falta alguien a quien ir, simplemente, a visitar. Y mientras, mirar la fachada de enfrente, como cuando miraba San Cristóbal y los tejados soleados, y las antenas, y San Cristóbal, y el letrero de HOTEL TRES REYES, mientras tomaba un helado de café de Nalia escuchando las historias de mi abuela, hermana de la tía G., por cierto.

1.6.11

Eu

Eu, eu. ¿Qué significa EU? Para los mexicanos, que no ponen lo de EEUU, significa Estados Unidos, que es el reverso de Europa, EU, UE. También significa, bien, bueno. Eugenio, bien nacido, eutanasia, buena muerte. Europa, tía que sabe vestir. Me gusta que esta entrada se llame así, Eu, que también es un saludo vasconavarro, porque voy a hablar de cositas buenas.

Escribo con frío, porque no hay un jodido garito en Madrid en que se cumplan las sagradas condiciones del flâneur hostelero moderno: wifi, enchufe, música moderada y temperatura normal. Coño. Aquí se cumplen la primera y la tercera. Veo un enchufe en lontananza. Me queda media hora de batería. Decía Hemingway en París era una fiesta, que escribió por cierto en la calurosa Habana, cuando ya era un reputado y gordete escritor, que creaba mejor con hambre. El hambre como acicate para escribir más y mejor. No sé. Lo que sí sé es que el frío no ayuda en nada a escribir. Y tiene cojoncetes que lo diga un primero de junio. El Ojalá, pza. Juan Pujol, así lo quiere, con las dos puertas abiertas generando una antipática corriente. Ya se lo ha dicho, me lo han cerrado, qué majos. Gracias.

Al asunto. Cositas buenas. Eu. Pues bien, creo que he atravesado la puerta que distingue a escritores de no escritores, o escritores de gente que quiere ser escritora, o escritores de gente que ni siquiera escribe, ni lee mucho, pero que también quiere ser escritor. Alguien decía que uno no es escritor hasta que le publican. Pero cuando le publican bien, no en la copistería de la esquina. Estoy de enhorabuena porque, como ya me he encargado de anunciar en las redes sociales, Demipage Editorial ha depositado su confianza en mí como nuevo autor para tan selecto sello. En septiembre, llegará a las librerías Luz de noviembre, por la tarde. Espero que sea el inicio de una fecunda relación editorial.

En 2008, ya publiqué postales del naúfrago digital, de cuando aún era náufrago y no náuGrafo. Fue con un empujoncito del Gobierno de Navarra y, sí, publiqué, mi libro figuraba en los archivos de la Biblioteca Nacional, pero no sé, era un libro de entradas en un blog. Una especie de refrito, refrito exquisito, pero refrito. Le faltaba continuidad. Cualquiera tiene un blog, más o menos bien escrito, y puede juntar sus textos, contratar un ilustrador, y montar un libro majete. Lo de Luz de noviembre..., y en Demipage, es distinto. Estoy contento.

Otro elemento que certifica, creo, me entrada en el club de los escritores vivos llegó ayer, por avión, desde Alemania, y se posó en mi buzón. Era martes, y llevaba dos días sin carta alguna. Qué triste, pensé. Pero me fijé mejor y vi un sobre con letra escrita a mano. El remitente era Fernando Aramburu, y unas señas germánicas que no me hicieron pensar en pepinos. Hace nueve años que leí a Fernando Aramburu, El trompetista del Utopía, y desde aquel libro lo integré en mi secreto círculo de confianza literaria. Lo forman escritores que considero amigos, aunque los frecuente más o menos. Un escritor me gusta cuando lo considero, de alguna manera, amigo. Y de un amigo siempre se puede aprender. Luego están los escritores capullos, del que me viene un nombre a la cabeza, pero que omitiré porque tal. A esos los leo a veces, por morbo, pero no cuentan.

Esperé un par de horas a abrir la carta. Ya sabía que contenía, porque el propio autor me lo había adelantado, por e-mail. Días antes me había pedido participar en un proyecto raro que lleva desde hace años, en el que colecciona grafías manuscritas de escritores actuales. Para ello, envía una tarjetita con el epígrafe:

¿Qué opina usted de la luna?

bajo el que uno escribe lo que le venga en gana. Creo que importa más la grafía que el contenido del mensaje. Dice Aramburu que le propusieron publicar algunas de ellas en Babelia, pero se negó. Y eso que las hay suculentas, me comenta: “De Delibes, de Chillida, de tantos otros”.

A ver qué pongo.

Me dijo Alberto Fuguet que tenía letra de esquizofrénico. A veces me gusta mi letra, y otras no. Y no me gusta precisamente cuando es como de esquizofrénico. Pero bien, mirado, mola más una letra de esquizofrénico que una cosa tirando a ampulosa.

Añadía unas breves explicaciones y palabras cordiales en una tarjeta postal de Caspar David Friedrich. El sobre, lacrado, con una F en escarlata que me recordó que yo tenía por ahí mi E también en cera roja, que me regaló una exnovia en su día.

Le responderé, hoy, quizá mañana, y en ese envió certificaré mi entrada, creo que digna, en el club de los plumaheridos contemporáneos. Esto quizá para usted no tenga ninguna importancia, pero para mí, sí. Es la conquista de un sueño.

Eu.

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