Eu, eu. ¿Qué significa EU? Para los mexicanos, que no ponen lo de EEUU, significa Estados Unidos, que es el reverso de Europa, EU, UE. También significa, bien, bueno. Eugenio, bien nacido, eutanasia, buena muerte. Europa, tía que sabe vestir. Me gusta que esta entrada se llame así, Eu, que también es un saludo vasconavarro, porque voy a hablar de cositas buenas.
Escribo con frío, porque no hay un jodido garito en Madrid en que se cumplan las sagradas condiciones del flâneur hostelero moderno: wifi, enchufe, música moderada y temperatura normal. Coño. Aquí se cumplen la primera y la tercera. Veo un enchufe en lontananza. Me queda media hora de batería. Decía Hemingway en París era una fiesta, que escribió por cierto en la calurosa Habana, cuando ya era un reputado y gordete escritor, que creaba mejor con hambre. El hambre como acicate para escribir más y mejor. No sé. Lo que sí sé es que el frío no ayuda en nada a escribir. Y tiene cojoncetes que lo diga un primero de junio. El Ojalá, pza. Juan Pujol, así lo quiere, con las dos puertas abiertas generando una antipática corriente. Ya se lo ha dicho, me lo han cerrado, qué majos. Gracias.
Al asunto. Cositas buenas. Eu. Pues bien, creo que he atravesado la puerta que distingue a escritores de no escritores, o escritores de gente que quiere ser escritora, o escritores de gente que ni siquiera escribe, ni lee mucho, pero que también quiere ser escritor. Alguien decía que uno no es escritor hasta que le publican. Pero cuando le publican bien, no en la copistería de la esquina. Estoy de enhorabuena porque, como ya me he encargado de anunciar en las redes sociales,
Demipage Editorial ha depositado su confianza en mí como nuevo autor para tan selecto sello. En septiembre, llegará a las librerías
Luz de noviembre, por la tarde. Espero que sea el inicio de una fecunda relación editorial.
En 2008, ya publiqué
postales del naúfrago digital, de cuando aún era náufrago y no náuGrafo. Fue con un empujoncito del Gobierno de Navarra y, sí, publiqué, mi libro figuraba en los archivos de la Biblioteca Nacional, pero no sé, era un libro de entradas en un blog. Una especie de refrito, refrito exquisito, pero refrito. Le faltaba continuidad. Cualquiera tiene un blog, más o menos bien escrito, y puede juntar sus textos, contratar un ilustrador, y montar un libro majete. Lo de
Luz de noviembre..., y en Demipage, es distinto. Estoy contento.
Otro elemento que certifica, creo, me entrada en el club de los escritores vivos llegó ayer, por avión, desde Alemania, y se posó en mi buzón. Era martes, y llevaba dos días sin carta alguna. Qué triste, pensé. Pero me fijé mejor y vi un sobre con letra escrita a mano. El remitente era Fernando Aramburu, y unas señas germánicas que no me hicieron pensar en pepinos. Hace nueve años que leí a Fernando Aramburu, El trompetista del Utopía, y desde aquel libro lo integré en mi secreto círculo de confianza literaria. Lo forman escritores que considero amigos, aunque los frecuente más o menos. Un escritor me gusta cuando lo considero, de alguna manera, amigo. Y de un amigo siempre se puede aprender. Luego están los escritores capullos, del que me viene un nombre a la cabeza, pero que omitiré porque tal. A esos los leo a veces, por morbo, pero no cuentan.
Esperé un par de horas a abrir la carta. Ya sabía que contenía, porque el propio autor me lo había adelantado, por e-mail. Días antes me había pedido participar en un proyecto raro que lleva desde hace años, en el que colecciona grafías manuscritas de escritores actuales. Para ello, envía una tarjetita con el epígrafe:
¿Qué opina usted de la luna?
bajo el que uno escribe lo que le venga en gana. Creo que importa más la grafía que el contenido del mensaje. Dice Aramburu que le propusieron publicar algunas de ellas en Babelia, pero se negó. Y eso que las hay suculentas, me comenta: “De Delibes, de Chillida, de tantos otros”.
A ver qué pongo.
Me dijo Alberto Fuguet que tenía letra de esquizofrénico. A veces me gusta mi letra, y otras no. Y no me gusta precisamente cuando es como de esquizofrénico. Pero bien, mirado, mola más una letra de esquizofrénico que una cosa tirando a ampulosa.
Añadía unas breves explicaciones y palabras cordiales en una tarjeta postal de Caspar David Friedrich. El sobre, lacrado, con una F en escarlata que me recordó que yo tenía por ahí mi E también en cera roja, que me regaló una exnovia en su día.
Le responderé, hoy, quizá mañana, y en ese envió certificaré mi entrada, creo que digna, en el club de los plumaheridos contemporáneos. Esto quizá para usted no tenga ninguna importancia, pero para mí, sí. Es la conquista de un sueño.
Eu.