En primavera de 2000, viajé con mi familia a Fuerteventura. Me impresionó, nada más bajarme del avión, la tonalidad de sus paisajes, ese amarillo creo que
camel, como se dice en la jerga textil, la analogía cromática con un desierto saharaui que estaba a tiro de piedra, porque esta isla es la más cercana al continente africano, 97 kms les separan, y digo esto
exwikipediae.
Un amigo de la familia, que llevaba un tiempo instalado en la isla, nos hizo un tour en todoterreno por la zona. Era una maravilla recorrer esos terrenos vírgenes, sin límites, sin carreteras casi, como un gran jardín a disposición del primero que pasara por allí. En el interior, pequeños pueblitos de pescadores con tejados de uralita, o zinc, o lo que sea, que rozaban la infravivienda. Aquello era un mundo extraño, despoblado, como olvidado, sin hacer, o deshecho, no sé, algo arrealista de ganas.
Llegamos hasta una montaña amarilla como el azufre, y escarpada y seca como la piel de un lagarto muerto. Nuestro particular guía nos contó lo del proyecto de Chillida, que quería horadar la montaña y crear una acojonante oquedad por la que estudiar no sólo la fuerza del vacío, sino el efecto de la luz en su interior. Me pareció un proyecto fascinante, y me chocó descubrir la oposición que había en esa isla languideciente, un rechazo tal que el utópico proyecto de Chillida, que por lo visto le quitaba en sueño, quedó en nada. A Tindaya se la conoce también como "la montaña sagrada de los majoreros", y ya sabéis lo que pasa con las cosas sagradas...
Era el año 1996 cuando aquel doloroso NO para los intereses artísticos del escultor vasco, padre de ocho hijos, época en que aún no existía el Guggenheim Bilbao. Un tiempo en que, en el propio Bilbao, los ciudadanos más inmovilistas se opusieron con hoscas soflamas al proyecto de O' Ghery, que si iba a convertir la ciudad es un Eurodisney, y que si era una desfachatez y que por favorrrrrrrrr.
Más una década después, ha quedado demostrado que el Guggenheim trajo a Bilbao una prosperidad que ha sido largamente imitada por otras ciudades, y que la ciudad no ha perdido su identidad, sino que la ha reforzado. De urbe tiznada por una industria en extinción, a renovado punto de peregrinación cultural en el mundo entero. Hasta salío en una peli de James Bond.
No sé si las autoridades, más o menos competentes canarias (aquel amigo nos comentaba que lo del Cabildo era casi peor que lo de Ben Alí en Túnez), han revisado el proyecto de Chillida y ahora le han visto el interés cultural. O que se han dado cuenta, lumbreras ellos, que en la comunidad con mayor índice de paro de España, y con una rivalidad interinsular por llevarse el pastel turístico que imagino sangrienta, contar con un bien artístico como puede ser el proyecto de Chillida no es tan mala idea.
Dicen que se pueden perder como 200 pinturas rupestres que, por otra parte nadie, conoce. Dicen que se destrozará la montaña, cuando el escultor defendía que, precisamente, sólo así se salvaría. Además, el aspecto exterior permanecería inalterado, así que no se entiende tanta reacción. Dicen también que no atraerá al turismo, pues precisamente su casa-museo, Chillida-Leku, ha cerrado por falta de visitantes. La comparación es completamente corta de miras, porque una cosa son las esculturas del artista, que pude disfrutar un día de septiembre de 2002, y otra un proyecto de semejante envergadura, visualmente potente, que dotará a Fuerteventura de un atractivo de gran tirón, opino. Un poco como César Manrique en la vecina Lanzarote pero con la transversalidad identitaria, tan saludable, de que es un artista vasco el que se atreve a vaciar una montaña. No en vano, su autor, la diseñó como un monumento a la tolerancia.
Tindaya, montaña en la plana Fuerteventura.