Peliaguda conclusión entre fogones

A menudo me sorprendo consultando con creciente asiduidad blogs como el de El Comidista. Me relaja la mente conocer sus propuestas concretas, sus mezclas particulares, su pollo encebollado con aceitunas y no con otra cosa. El placer de lo que es, de lo que se puede tocar, palpar, sentir, probar, frente a todo lo demás.  Creo que incluso se me está contagiando algo de las maneras, aunque creo que las tenía ya, del Iturriaga comidista. Hoy, sin ir más lejos, me ha dado por echarle curry a un puré de zanahorias que me estaba fabricando. Bastante curry, porque me ha parecido que pegaba bien con la zanahoria, no os creáis que ha sido un capricho al azar, quiá. 

Mientras se reblanceden esos productos de la tierra, que tienen algo de gazpacho de invierno (por la mucha cebolla que he puesto, y el diente ajo que ha caído, en plan reserva vitaminíca y antibiótica natural), escribo estas líneas. 

Pensaba, aunque en realidad lo pensé hace días, en que, así como a mí me relaja pensar en cosas concretas, qué relajará a los que trabajan todo el día en cosas tangibles y tocables. A mí me gusta acercarme a las recetas de El Comidista, o colarme en ese moderno badulaque que han abierto en la calle Fernando VI, Madrid in Love. Es casi una necesidad lo de posar la mirada en ese tipo de objetos reales,  nuevos, frente al monstruo de lo especulativo; puedo pasar largos minutos en el supermercado, escrutando las distintas salsas y salsitas que se ofrecen. La idea está clara. Puede que la afición, casi obsesiva diría yo, de Andrés Trapiello por El Rastro tenga algo que ver con todo esto. La necesidad de compensar el pensamiento abstracto de quienes andamos todo el día metidos en conceptos (noticias, reportajes, posts, narraciones varias) con la concreción de lo real. 

Algo de eso decía Muñoz Molina en una serie de reflexiones lúcidas que escribió no hace mucho en Babelia. Que cuando se encontraba atascado en una creación literaria, se ponía a hacer una tortilla de patatas y de pronto le visitaban las musas.

Y el personaje de Paul Auster, en Leviatan, que vuelve a casa después de un paseo de gran calado mental, pensando en qué preparar para cenar. 

Pues bien, dicho esto, me pregunto yo, ¿cómo se relajará como Jamie Oliver, David de Jorge o el citado Iturriaga?

La respuesta me viene rápido a la cabeza: leyendo. Alimentándose a toda costa de cultura y libros de todos los pelajes. Es una respuesta chorra, y quizá todo este post lo sea todo en sí, me pienso ahora.

La conclusión no tan chorra que me viene a la mente es que, los que trabajamos todo el día con noticias, artículos e historias varias, más que nada por sobrevivir y a duras penas, llegamos a nuestro tiempo de ocio con los receptores culturales agotados. 

Y mientras Jamie Oliver se puede tragar toda la filmografía de Kubrick, feliz de la vida, yo me tengo que contentar con preparar una ensaladilla rusa templada desmadejando un cerebro saturado.

Y es entonces cuando pienso si me he equivocado en todo.

Comentarios

  1. No es ninguna tontería tu post, nada de nada. Hace tiempo que no me pasa, pero antes me bloqueaba escribiendo y nada mejor que una ducha para tomar un sorbo de cotidianidad y seguir con ello. Y creo que me gustan tanto las manualidades porque es la oportunidad de hacer algo concreto, con principio y final, un objeto visible, por decirlo así.

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  2. Aprender a cocinar es lo mejor que he hecho la última década. En el fondo es otra forma de escritura. Coges los ingredientes, que son las letras, y los elaboras, combinándolos, dándoles calor, esperando a que se transformen, se liguen, compongan palabras que se hacen frases que nada tienen que ver con las letras que una a una estaban en la nevera o sobre el teclado. En la nevera están todos los platos y en el teclado todas las novelas. Sólo hace falta echarle huevos, y destreza, para sacarlos de ahí.

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  3. Las cosas en las que uno cree haberse equivocado (¿en todo? No será para tanto), pueden ser tantas como los aciertos que nos queden por conquistar... o por seguir equivocándonos, pero lo bueno es continuar para saberlo. O mejor esa otra palabra que a ti te gusta más: empezar. Hay que empezar constantemente, aunque sea para equivocarse en todo.
    Seguro que hay por ahí más de un tipo al que le haya ido bien en la vida equivocándose en casi todo, y si no, tú serás el primero. Una satisfactoria vida equivocándose en casi todo.

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