Las edades del hombre

Leo esto en FB: "Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida".

En Nochebuena, me dice mi tía J, ya en la sesentena, que no tiene futuro. Lo dice sin dramatismos, es un hecho, como mucho puede pensar en proveerse del mayor bienestar y felicidad posibles, pero ya no hay grandes decisiones que tomar y sí una tendencia cada vez mayor a mirar hacia atrás, a repasar lo vivido. Yo ya tengo esa tendencia, y eso que dicen que es malo, pero yo no lo creo tanto. Me gusta vivir la vida como un continuum consciente, no como una sucesión de días sueltos. No me gusta eso de "sin mirar atrás", me gusta mirar atrás, me gusta rendir homenajes silenciosos a la gente, mujeres sobre todo, que pasaron por mi vida, me gusta celebrar los momentos buenos, los ratos en que me sentí acompañado, las cosas que me salieron bien, también las meteduras de pata, que con el tiempo son menos profundas. 

Leo con placer el prefacio de Houellebecq a su amigo Beigbeder, en 'Una novela francesa', que me compro por fin con el crédito ampliado de mi tarjeta de ídem. Ahí dice MH que, leyendo la novela de FB, uno se da cuenta de que solo hay dos edades, la infancia y la edad adulta. "Quizá en otros tiempos", añade, "existía una tercera época, llamada vejez, que hacía de nexo, una época en la que volvían los recuerdos de infancia y daba aspecto de unidad a una vida humana. Para entrar en la vejez, sin embargo, era necesario haberla aceptado, haber salido de la vida para entrar en la edad del recuerdo". 

Mi abuela C., desde que la conocí hasta su muerte, se instaló en esa vejez retrovisora. En la del personaje de 'El perfume' que sube a una caverna y se dedica solo a paladear sus recuerdos, que en su caso son olores. Despegarse de la vida, vivir una rutina sin apenas sobresaltos ni novedades, y vivir para recordar. Antes de acostarse, viajaba mentalmente por cada casa de su pueblo natal, recordando el nombre de cada uno y los motes de sus moradores. Pasaba el resto del día en un sofá verde, con la mente regresando al pasado. También, diré, sabía muy bien en qué día vivía, ojo.

Me chocó, del prefacio, la idea de ese niño que ya no somos. Un ente completamente ajeno a nuestro yo actual. Matar al niño que llevamos dentro. Me acuerdo de él, podría llenar páginas y páginas sobre él (a diferencia de lo que le ocurre al Beidbeger de 'Una novela francesa'), pero ese niño ya no soy yo. No creo que compartamos ni una gota de sangre, ni una molécula, solo unos genes y los recuerdos que, además, cambian conforme cambio yo. Me pareció sugerente la idea de abandonar, de una vez por todas, a aquel niño que ya no soy yo. Quizá sea el salto definitivo a la madurez, quien sabe. 

Y vuelvo, en este post desordenado, a la idea del viejo moderno. Un tipo que sigue haciendo sus cosas, que no renuncia a su vocación, y que está al loro de las nuevas tecnologías. Un tipo como Semprún, Saramago, Sampedro, los tres empiezan por ese, como Ernesto Sábato incluso, a los que vemos avejentados pero no abandonados a sí mismos. El viejo verdadero es el que no tiene ganas de vivir. Y también está el viejo con el síndrome Oblómov, que es un poco el síndrome Onetti, de me quedo en la cama y ya no salgo. Hago mi vida en sentido horizontal.

Pero vivir recordando, si bien es menos vida, tampoco me parece una mala existencia. Significa, opino, que se vivió mucho y bien. 

Comentarios

  1. Pues me parece una reflexión muy bonita... Y no se me curre otro adjetivo más original.

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  2. El paso del tiempo me está matando. No consigo centrarme en el presente desde hace tiempo. El pasado me aburre, el futuro no existe, pero el paso del tiempo me está matando.

    Siempre he tenido la sensación de que nunca he encajado en la sociedad, en el espacio. Ahora también empiezo a descubrir que tampoco encajo en el tiempo. No soy contemporáneo.

    La vida como proyecto no me la creo. En realidad la vida entera, sea como sea, no me la creo. ¿Para qué guardar recuerdos si llegará un día que no recordaremos nada?

    Echo de menos tener algo de fe, en lo que sea, porque no la he tenido nunca en nada. Echar de menos algo que nunca se ha tenido. Quizás eso sea la vida.

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  3. Van Der Kant Be Serious27 de diciembre de 2011, 19:08

    El olvido es un mecanismo de supervivencia necesario , me atrevería a decir imprescindible .
    O eso decían , que ya no me acuerdo . Eso : el no rememorar , evitar el recuerdo , es una característica común en muchos supervivientes de experiencias traumáticas .
    Nuestra guerra , sin ir más lejos .

    La alternativa a esto , rememorar, remoramnemónica , o elegir no hacerlo , no existe . Es el no ser . Y alegraos y regocijaos nihilistas melancólicos y suicidas torpes que el 2012 está aquí .
    Yo no canto mi canción sino a quién conmigo va . Y es que somos la conversión biológica de dos viscosidades corporales y a ratos nos cantamos una canción mientras triscamos por este valle de asfalto.
    Disculpen la redundancia pontificia.

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  4. El 2012 pasó hace unos años. El calendario gregoriano por el que nos torturamos está confundido.

    El nihilismo nunca es suicida. El sucida tiene un fin, el nihilista ninguno.

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  5. El nihilismo más absoluto es el de los 'musulmanes'. Así llamaban a aquellos judíos que pasaron por los campos de concentración y quedaron mudos para siempre. No tenían ganas, fuerzas, motivación para hablar. Como mucho, para seguir viviendo, pero quizá porque matarse suponía un mayor esfuerzo.

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  6. Que carajo, buen post navideño.
    Si miras los ojos de un anciano veras los de un niño. No te empeñes en matarlo, siempre regresa.
    Especialmente cuando vuelves la mirada atrás.
    Zorionak.

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  7. Javier , no te me amostaces , yo dije suicidas torpes y nihilistas melancólicos , juntos pero no reddundundanciados y revueltos .
    He logrado torturarme con éxito con un calendario de espiral y un reloj solar . Probaré con el gregoriano .
    El masoquismo es un humanismo .

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