Bibliotecomanía

Que no biblioteconomía. Los tipos que se metían a una biblioteca, en España, en pleno siglo XIX debían de ser unos maníacos compulsivos de la lectura, unos yonkis culturales de tomo y de lomo porque entonces acudir a esos centros, apéndices urbanos de los monasterios, era cosa de raros. 

Este sábado publicaré en 'El Correo de Bilbao' y en otras cabeceras de Vocento un reportaje sobre los 300 años de la Biblioteca Nacional. Realmente, de esos tres siglos, solo hay que tomarse en serio los últimos cien, a partir de la entrada de Menéndez Pidal, y a partir de la apertura del centro del paseo de Recoletos, en los noventa decimonónicos. La anterior sede estuvo en la calle Arrieta, antes llamada calle de la Biblioteca, cercana al Teatro Real. Dicen las crónicas que la parte que daba a la calle de la Bola daba pena verla, y que por eso, entre otras razones, se motivó la construcción de un centro en condiciones en un lugar con solera. Do estaba la Escuela de Veterinaria.

Al documentarme para el reportaje, me gustaron especialmente los detalles con más deje microhistórico, que encontré en 'Historia de la lectura pública en España', de Luis García Ejarque. Me quedo con este pasaje, que nos ilustra con nitidez los usos de la época, y cómo la cultura era cosa de cuatro gatos: 

"Además, de las limitaciones establecidas por razón de sexo, el carácter público de la Real Biblioteca de S.M. tuvo otras, pues pocos eran los varones que sabían leer, menos eran los capacitados o interesados por la lectura de los libros que entonces se les podían ofrecer, y todavía eran menos los que estaban libres de ocupaciones para poder asistir a la biblioteca durante las pocas horas de su apertura al público, que no podían ser otras que las de la luz solar, ya que estaban prohibidos dentro de ella toda clase de fuegos por la amenaza de incendio que pendía sobre el inadecuado espacio que ocupaba no sólo a causa de los materiales de construcción del inmueble y de los fondos que contenía, sino también por el peligro añadido que representaban las viviendas, chimeneas, pajares y otros focos que la rodeaban".  

Comentarios

  1. ¿Nada se dice a cerca de esa figura asociada a la biblioteca: el bibliotecario? Ese señor que imagino, en esta época que describes, con lentes redondas, mangotes blancos que protegiesen los roces en su camisa y una especie de bata, como un boticario, encaramado en una escalera haciendo inventario, o colocando, o buscando alguna lectura demandada... Sería hombre, claro, supuesto que a las mujeres nos estaba vedado entrar.
    Cuántas injusticias hemos soportado, coñe.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares