El tipo que leyó mal a Camus

Viendo esta breve entrevista (dentro de poco las entrevistas se limitarán a un aforismo audiovisual) a Alberto Olmos, he reparado en algo. Dice Olmos que ni Raskolnikov, ni el protagonista de 'El extranjero' de Camus, o el prota de 'La náusea', de Sartre, son angelitas de la caridad.

Pienso ahora en aquel tipo que se acercó a Camus como quien se acerca a una gran obra, con el aval de que el tipo fue premio Nobel de Literatura, y los Nobel premian a gente loable, con valores, no a peña subserviva antisistema o arrealista. Aquel lector, probablemente joven, adolescente, lee entonces 'El extranjero', y se empapa de ese obra maestra de la literatura universal.

Y cree que lo que ahí se expone es lo bueno, lo recto, lo único que nos queda, lo verdaderamente auténtico, una vez depuradas las hipocresías tontilocas, y la fatua idea de que el hombre puede ser bueno. No, amigos, eso es basura para antes de Navidad. La verdad está aquí, en este libro, y Camus es el primero en descubrírnosla. Aceptemos ese modelo, seamos todos Meursault, porque el resto son patrones morales desfasados, ridículos, de gente blanda, pusilánime, infantil, sentimental. Lo sentimental ha muerto. Primero fue dios, como constató con lucidez Friedich Nietzsche, ahora han muerto los sentimientos. Gracias Camus, gracias Meursault.

Aquel joven leyó 'El extranjero' y, quizá falto de referencias mejores, se aferró a su mensaje, encontró en Camus el nuevo heraldo de la moral moderna. Además, le seducía aquel discurso nuevo, tan poco mojigato. No sabía, aquel lector poco informado, impresionable, que El Extranjero, de Albert Camus  (1913-1960), es una novela a tener en cuenta no sólo por su calidad literaria,  que es rebosante; sino por su profético estudio sobre el ser humano, sobre su advertencia de la creación progresiva de lo que podemos entender como “hombre del tercer milenio”, es decir, una persona apática, solitaria, resignada ante la vida, carente de emociones y de valores, hasta el punto de ser incapaz de distinguir el bien y el mal. 


(copiado de aquí).


Como tampoco habría tenido constancia de aquella carta, humanísima, sentimentalísima, del periodista y escritor Albert Camus hacia un profesor que tuvo en su juventud, y con el que es todo gratitud. 



París, 19 de noviembre de 1957. 
Querido señor Germain: 
Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. 
Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. 
Lo abrazo con todas mis fuerzas. 
Albert Camus.


- -

"Con todas mis fuerzas.
Lo abrazo".




Comentarios

  1. Solo he leído La peste, y sí, da la impresión de que Camus desprendía humanidad. Desde luego esa carta la demuestra, y somos afortunados los que podemos recordar a algún profesor de infancia-adolescencia con ese cariño, aunque no se lo hayamos dicho nunca.

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  2. Pues yo se lo acabo de decir a uno, fíjate, hace cinco minutos.

    abrazos

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  3. Pues eso dice también mucho de tu humanidad camusiana, o laportiana, más bien.

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  4. En realidad ha sido a vuelta de correo. La humanidad en este caso provenía de él.

    ; )

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  5. Nueva lección del profesor, pues. ¡Son incansables!

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  6. Hay una escena de 'La peste' que tengo en la memoria como si la hubiese vivido: ese baño catártico en el mar casi al final.

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