Despensa emocional

Amanecí tras dos horas de sueño, creo que todavía con alcohol en las venas y una dosis abundante de emociones, despensa humana que me vendrá bien para el otoño entrante, y de la que quizá vaya tirando si  toca déficit de ese palo.

Dejé el piso parisino de tia Chr., ciudad en la que incluso los patios interiores tienen alma, y bajo una fina lluvia traté de encontrar un taxi, cerca de la place des Nations. Jodida empresa y es que París está muy bien y todo eso, pero su servicio de taxis, en fin de semana, deja mucho que desear. Como su política inmobiliaria, vendida a la especulación más jodidamente vil, que impide incluso a un alto directivo de Pernod Ricard comprarse un apartamento grande, con capacidad para sus tres hijos, en la ciudad más cara del mundo.

Eran las siete y media de la mañana y tenía que atravesar todo París para tomar una 'navette' que me dejara en el aeropuerto de Beauvais, e iba con el tiempo justo. Un señor se me adelantó y pilló taxi. Le pedi montarme con él y accedió sin problemas ni narices arrugadas. El taxista, un tipo asiático como de Laos, no puso objección. Iba a la Gare de Lyon y sí que iba prieto de tiempo, nos tocaron todos los semáforos en rojo. Insistí en que no me diera dinero, y menos ese billete excesivo de diez pavos. Su tren salía en cinco minutos pero vi como le pagaba su parte al asiático taxista, no con orgullo, sino con una amabilidad que me enterneció.

Seguimos ruta por la rive gauche, un puente y luego otro, y la lluvía suave nos recordaba que el otoño había llegado para quedarse. "Qué triste es el otoño", decía el taxista, contrarrestando su melancolía con un tono jocoso, sonrioso. Empaticé con él pero no tenía ganas, fuerza, para hablar, así que seguí con un duermevela hasta Porte Maillot.

Quedaban tantas sensaciones gratas, la familia, reunida por el 30ª aniversario de M., las ganas de agradar, de cohesionar, cada vez mayores, la cena con Stefan y Amélie, la fiesta en casa de Marta en el barrio chic de Étienne Marcel, el soniquete de la charla con mi hermano bajo los distintos pasajes (Jouffroy, Verdeau, Panoramas) que nos salían al paso alrededor del boulevard Montmartre. Ese viaje que me traigo con él, que tiene una unidad, diálogos que retomamos a cada vez que llegamos a esa ciudad un mucho nuestra, y que parecen formar parte de un hilo narrativo, vital, exclusivo nuestro, tan valioso.

"Qué triste es el otoño", sonríe el taxista, después de cobrarme una cifra que me parece razonable.

Hotel Chopin, en el pasaje Jouffroy


Comentarios

  1. Apúntate un 10... o un 11.Un 100, 110... 111. El que quieras, pero muy alto. Altísimo. Este es de los de gurdar.

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  2. Coincido con Javier, éste es de los que me gustan...

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  3. Me ha gustado empezar la mañana recorriendo las calles parisinas otoñales!
    Me ha sentado bien ;)

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  4. Yo discrepo. Soy menos intelectual quizás. Eduardo tiene entradas mejores.

    pOR CIERTO:

    Sábado 8 de diciembre.
    Plaza del Castillo
    Pamplona
    Feria del libro.
    Patata y su familia de paseo.
    Patata busca luz.
    Luz de noviembre,
    por la tarde
    del sábado.
    Hacia las 20:30 llegamos a pathouse.
    Seguíamos siendo tres.
    Otra vez será.

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  5. 8 de octubre querías decir??

    Prueba en el Parnasillo, Gómez, Auzolan, Elkar. Ahí está fijo. En el hiper Leclerc también lo tenían. Al lado de Vargas Llosa, nada más y nada -.

    ; )

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  6. Hasta las ciudades más hermosas tienen esos días grises de lluvia, esos amaneceres tristes en los que el tiempo parece detenido. Pero detenido en un momento que no es el que más nos apetecería.

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  7. Me temo que París tiene superávit de días grises. Eso es lo que frena a veces para lanzarme a la aventura parisina.

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  8. jajajajaja sí era 8 de octubre jajajaja

    Lo de no encontrarlo era por tocar...

    jajajaja

    Saludos Nau majo

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