Tos-tón infernal

A aquel tipo parecía que por fin la vida le sonreía. Después de cuatro intentos, había logrado sacar la oposición para profesor de Matemáticas y, además, en la propia Guadarrama, donde se había instalado con su mujer. Esta, además, había vuelto con él, después de una temporada de amoríos golfos que se regaló al body. Él, además, había logrado corregir esas decenas de kilos de más, y por fin lucía una figura que no avergonzaba a los espejos. Sin darse cuenta, había abandonado una casi depre en la que llevaba instalado unos veinte años, desde que dejó de ser niño, aprox.

Su vida por fin cobraba sentido, se enderezaba, era un vida. Mala o buena, pero una jodida vida. Y no todo especulación, incertidumbre, ver venir. Lo llaman porvenir, porque no vienes nunca, como decía aquel poema. No, amigos, el tenía una vida, la suya, como quien tiene un perro.

El día de su cumpleaños, ahito de felicidad, preparó una jarra de limonada helada, con vodka, que compartiría con su mujer. Su frágil garganta se resintió, era pleno agosto, y el contraste ola de fuego-frío polar se tradujo en un enfriamiento radical de la misma que, mal curada, y agravada por los aires acondicionados circundantes, le provocaron una infección de tipo bronquial, o como se diga. 

Un día se levantó y sentía que un cactus, pero un cactus seco, cubierto de barro del desierto, se le había instalado en la garganta. Estuvo ahí, metidico, toda la manaña, y por la tarde se convirtió en un amasijo de cristales rotos que por la noche mudaron en metralla recubierta de higos chumbos. 

Milagrosamente, a las horas, aquel infierno situado en la garganta se esfumó. Pero apareció la tos. Primero fueron pequeñas toses húmedas, que liberaban flemas nada británicas. Luego aquello, una vez expulsada toda esa mierda que ni la de Thomas Bernhard en sus Relatos autobiográficos, se convirtió en una tos seca absurda e insidiosa. Cada tos le provocaba una pequeña migraña, y sentía como un serrín que bajaba por las sienes, o un hormiguero de hormigas pertrechadas de papel de lija. El calor de finales de agosto tampoco ayudaba.

Probó todos los antitusivos del mercado, la miel, el limón, el ron miel, el eucaliptus en vena y los caramelos inhalados, la homeopatía y el masaje tailandés, pero nada lograba librarle de esa tos coñazo, de ese tos-tón infernal con el que dios parecía haberle castigado. ¿Por mofarse de los cristianotes de la JMJ? No entendía a qué tanto sufrimiento gratuito. Empezó a barajar la idea de que alguien le había hecho vudú.

Su mujer le abandonó, y esta vez para siempre, a los cuatro meses de esa insoportable tos crónica. Ni había sexo, ni podían salir a cenar porque su marido lo ponía todo perdido de esputos, ni siquiera podían hablar sin ese cofffcoffcoff completamente insoportable. 

Tuvo que pedir la baja temporal, en esas condiciones era imposible dar clase. Sus vecinos le miraban mal, porque su puta tos traspasaba las paredes del piso de VPO. Tampoco podía cantar en la ducha, una de sus pocas aficiones, ni ir al cine, por lo molesto que resultaba.

No se planteó el suicido, porque a pesar de todo amaba la vida, pero una tarde de agosto, hasta los cojones de toser y toser, sentado en su butaca favorita, intentando leer, se preguntaba, una y otra vez, qué había hecho él para merecer eso. 

Y siguió tosiendo, un día, otro, otro, otro año, otro, y así toda su asquerosa vida.

Comentarios

  1. jajajaja... Y se hizo viejo tosieno y todo el mundo le gritaba: ¡Abuelo, el Iniston!

    La excepción confirma la regla, los hay que ni remedios caseros ni los avances de la ciencia son su solución, entonces se convierten el lo que se denomina caso: El extraño caso del matemático tos-ton o el síndrome de la tos perniciosa del profesor tos-ton.

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  2. Escribes muy bien Eduardo. Creo que me engancharía a una novela tuya.

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  3. He leído este post mientras escuchaba la canción número 10 del último disco de Vetusta Morla y sonaba poético...

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  4. Sería tos nerviosa jajajajaja

    Saludics majo y Enhorabuena por tu recién nacido ;)

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  5. Jajaja, yo estoy de acuerdo. Habrá psicosomatizado los nervios ante las "buenas nuevas" que le trajo la vida. En el fondo se sentiría incómodo con tal situación, y la única forma de expulsar, de manifestar su repudio hacia ella sería en forma de tos.

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