Simulador de vida

Al tío Ivlivs

Uno (y perdón por este trapiellesco comienzo) siente a veces que su vida, el mero hecho de vivir, tiene algo de dirigir un avión. Y como lo más cercano que ha estado de los mandos de un avión son aquellos simuladores de vuelo que descubrió con su querido tío Ivlivs, pues piensa en esos simuladores, y de pronto nace un simil: simulador de vida. 

Eran aquellos primeros programas de simulación de vuelo una cosa precaria, pero la sensación de libertad, la sed de curiosidad, ya estaba allí. Chicago era entonces un mazacote amorfo de rascacielos en el que sobresalía uno, como con una hache en la azotea. Nueva York algo parecido, con la forma horizontal (el otro día hablaba de ciudades verticales, y se me olvidó citar a NY, que es la ciudad vertical por antonomasia, y en la que seré peatón los próximos días) de Manhattan, reconocible sobre todo por las Torres Gemelas entre las que había que pasar sí o sí, con la avionetilla.




Vivir como volar. Controlar los flaps, la altura, subir el morro, el nivel de fuel, el control de las distancias. Sin torre de control porque el nuestro es un vuelo libre, aunque no anárquico. Hay un destino más o menos definido, una hoja de ruta, y para eso qué mejor que el piloto para trazarla. A veces, aviones más veloces (y ensordecedores) que el nuestro nos espolean para que variemos la ruta, para que les alcancemos, para que optemos por un camino más seguro, más transitado, con mayor visibilidad. 

Pero a nosotros nos gusta el nuestro, aunque somos conscientes de que a menudo caemos en arriesgados vuelos rasos, y que apuramos el combustible hasta límites que los manuales básicos de aviación desaconsejan con vehemencia. Algunos aviones, con las reservas ahítas, ven en ese procedimiento una negligencia intolerable, y nos desean una travesía llena de turbulencias. 
Pero desde nuestro avión, un modelo modesto aunque de probada resistencia y longevidad, nos basta con contemplar ese horizonte límpido, abstraernos en el sedante zumbido del motor, y paladear la grata sensación de que vamos haciendo millas. No todo es calma chicha, porque no despreciamos alguna pirueta loca y excéntrica, puesto que a veces la contemplación zen se convierte en tedio, pero en general avanzamos contentos hacia nuestra meta, sin molestar a nadie, con el único miedo de que se nos meta un pajarraco en el motor y nos joda la marrana.

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Y recuerdo ahora unos folios que diseñó mi tío Ivlivs, para mí, en cuyo membrete aparecía la figura de un piloto. Ya intuía él, y yo no tendría más de ocho años, que iba para piloto.

Comentarios

  1. Era algo que hacía mucho de pequeña, subirme a la terraza y simular el vuelo de un pájaro con los brazos abiertos. Me gustaba esa verticalidad, mirar abajo sin que se tantease el equilibrio, un estatismo desafiante. En el castillo de Sintra, en el país vecino, descubrí para mi pesar que le estaba tomando miedo a las alturas, una sensación bastante desagradable que te obliga a mirar al frente y pegarte a la pared para evitar la llamada del vacío... La vida a veces parece viajar más en ala delta, al antojo de las corrientes de aire, que en vuelo a motor, pero vamos, lo importante es tomar tierra sanos y salvos. La vida, mejor siempre con persepectiva. La horizontalidad solo ofrece muros que hay que ir sorteando.
    NY apostó por la verticalidad, y se me antoja pensar que fue para que sea descubierta así, con la verticalidad de la mirada, hacia arriba o hacia abajo, depende de donde se ubique uno.
    Charles Ebbes inmortalizó a estos creadores de verticalidad. Construcción del Rockefeller center.¡Qué acojone!

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