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Esta mañana fui hasta un hotel de la calle Goya para entrevistar a Iolanda Batallé. Me gusta leer libros de gente a la que no conozco ni de referencias y luego conocer a la persona. Fue un rato agradable. Le pedí al camarero un Bitter Kas, y me contestó: "Insano". Quería decir Cinzano, pero lo dijo con un acento de Mataró sui generis que me descolocó un poco.

Poco antes de llegar al hotel, me topé con el 77 (Moderno) de la calle Goya. (Por cierto, paréntesis. El metro de Goya está fatal. No hay manera de salir en la calle Goya, está mal indicado. Solo pone Conde Peñalver a un lado, o varias direcciones en la otra dirección. Sales por donde el Palacio de los Deportes, con suerte. Hay muchas y pequeñas zonas oscuras en el metro que sobreviven sin que nadie diga, o haga nada, y eso me cabrea sobremanera. Espero que el cabreo me dure tanto como para hacer algo. PPC YA!)

Pasé por el 77, que fue para mí el primer contacto con Madrid. De niño, Madrid se reducía para mí al barrio de Salamanca. Como para los de la Quinta Columna. El barrio de Salamanca, íbamos a Musgo, y también el Retiro, el Museo de Cera, el zoológico y poco más. En mis primeros viajecitos a la ciudad, allá por el 84, el primer McDonald's abierto en España apenas llevaba tres. Es el que hay en Gran Vía, cerca del Palacio de la Prensa, que sirvió su primer Big Mac un 9 de marzo de 1981. El otro día, al pasar con mi amiga X por allí, pensé que se podría escribir un libro sobre esos nanoacontecimientos. Pequeños hitos que han ido configurando nuestra existencia actual, el paso del franquismo paleto y tontorrón a la posmodernidad del luminoso de Sueps.

Eramos felices en esa casa, donde vivían, como dos cacatúas en ocaso, la tía G. y su amiga C. Llevaban esa existencia de abuelas sin nietos que van mucho a cafeterías como California y que viven en Madrid pero sin vivir en él. Se apoyan en cuatro puntos sólidos y poco más. Como Pedro, el conductor que le llevaba a Pamplona, cuando venía de visita, en un Citröen Bx azul. Creo que era de Tudela. 

Esta mañana, me he detenido unos segundos en el portal, hasta que el portero me ha mirado raro. Se me ha olvidado, mierda, preguntarle a la Batallé por las entrevistas que su personaje hace a los porteros. "Son los únicos que dicen la verdad", le aconsejaba su abuela. A mí, en cambio, la figura del portero siempre me ha producido desconfianza, cuando no antipatía. Como los conductores de autobús. 

Me dediqué a mirar la fachada de enfrente, que es otra manera de mirar una casa. Las fachadas de enfrente son más importantes que las fachadas de la propia casa, porque son las que vemos durante años y años. La he mirado, y me ha evocado cosas. Me ha recordado al salón de aquel pisazo en el que el sol tenía vetada la entrada, en el que un canario, Currito, volaba libérrimo por las estancias y se colocaba sobre la peluca de mi tía abuela, porque no era tía sino tía abuela. Ese ambiente cerrado pero, en cierta manera, agradable también. Como una trinchera, un refugio, una isla en la ciudad en la que crearte tu propio mundo. Quizá ese tipo de señoras fueron las precursoras de cierto hikikomorismo con cuentas de rosarios en vez de pantallas de internet.

Murieron hace años, bastantes ya. Antes de la creación y ruptura de la burbuja inmobiliaria. Tenían un retrato del rey en el salón. También un gato negro en la entrada, que daba canguelo. En la primera novela que escribí, o perpetré, situé al personaje en ese piso. Se instaló allí, Julián Cía Pezonaga, pero las moradoras no eran exactamente ellas, sino dos lesbianas vagamente inspiradas en otras personas. Esa novela iba sobre Madrid, y sobre la conquista de Madrid de un chavalzuelo bastante perdido, que quiere escribir un dietario literario a lo Trapiello cuando no es nadie, ni tiene contacto alguno con nadie. Pasa los sábados por la noche viendo partidos anodinos de la liga española de fútbol. Sus tías lesbianorras tienen más vida social que él. 
Aquel piso, veo, es para mí mi primer Madrid. Y cuando me puse a escribir sobre Madrid, afloró. Misterios de la escritura, que nos comunica cosas. Olvidé preguntarle a Iolanda Batallé sobre la infancia, porque en su novela se celebra sobre todo la juventud. 

Me hubiera gustado acabar la entrevista y haber pasado a saludar a mis tías, que ya tendrían como 120 años. Echo en falta alguien a quien ir, simplemente, a visitar. Y mientras, mirar la fachada de enfrente, como cuando miraba San Cristóbal y los tejados soleados, y las antenas, y San Cristóbal, y el letrero de HOTEL TRES REYES, mientras tomaba un helado de café de Nalia escuchando las historias de mi abuela, hermana de la tía G., por cierto.

Comentarios

  1. Te presto a mi abuela, que vive en Lavapiés, otro barrio insigne de Madrid que ya no es el que era.
    Puedes ir a verla y te ofrecerá aceitunas, patatas fritas, y una lata de coca-cola, compradas en la misma tienda durante 50 años, la única que milagrosamente continúa abierta en todo el barrio...

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  2. Tiene tapete debajo (o encima) de la tele?

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  3. Pues tienes suerte de tener abuela, Anónimo. Y tu padre o madre de seguir teniendo madre y poder haber compartido tantas cosas (a no ser que tu abuela le haya sobrevivido, que también podría ser).

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