Divagaciones en torno a un cuadro nunca pintado

Creo que ya ha hablado por aquí de esto, de cómo lo moderno, lo actual, lo contemporáneo, será algún día devorado por la pátina del tiempo y su nostalgia. Los temas de Arcade Fire sonarán, dentro de cincuenta años, como las primeras grabaciones de Chuck Berry. A cosa del pasado y solo del pasado.

También es verdad que, conforme uno da vueltas y se sumerge en esto del pasado, con una visión digamos que microhistórica, las cosas viejas se nos presentan de pronto como abanderadas de la modernidad más audaz. Este tema da para mucho. El cine actual empieza a saberlo, y se preocupa de poner el acento en lo modernos que fueron, en su día, ciertos artistas. Hay un momento, entonces, en que vemos las primeras canciones de los Beatles, o de los Quarrymen, como una cosa actualísima, en una peli como Nowhere Boy. Quizá porque el sentimiento de querer ser moderno no pasa de moda.

Recomiendo ver la peli Toro salvaje y fijarse en las distintas décadas, y modas, para entender un poco mejor esto que trato de comunicar de un modo un poco obtuso.

El otro día pasé, en París, rue de Martyrs, Pigalle, por un restaurante japonés cerrado a cal y canto. Huellas de abandono, como si hubieran pasado ya unos cuatro años de dejadez, y aspecto a cosa de nuestros días pero extrañamente polvorienta. Quisé hacer una foto pero el móvil no funcionó bien.

Imaginé entonces el París de 2053, que seguirá teniendo postales y calendarios de Picasso, Dali, Man Ray y los impresionistas, fotos de Robert Doisneau, siempre, pero también otros elementos. Quizá emerga un artista, hoy desconocido, que se dedique a retratar todo este París de hoy que algún día tendrá el regusto melancólico y nostálgico que aportan los años. En 1999, conocí a un artista alojado en un local llamado 'les frigos', fascinante espacio para el coworking artístico, llamado Daniel Rufo. Y que era de San Sebastián. Y que le acababa de hacer un retrato, por encargo, a Marisa Paredes. Y que pintaba a la gente del metro, en el estudio, que antes le había impactado en sus retinas. 

Creo que este Bruno, o un José Castiella, cuyo trabajo me seduce, o un Miguel Leache, con su capacidad para generar arte de ciertos ambientes que podríamos llamar postpoéticos, podrían hacerlo, y quizá estén llamados a hacerlo. 

Congelar ese restaurante japonés ya decadente. Víctima de la sobreabundancia de restaurantes nipones en la capital del cruasán, símbolo característico de un tiempo, el nuestro, y no otro. Porque el arte si algo quiere es detener el tiempo, tratar de sacarnos de la espiral veloz en la que estamos inmersos, porque la Tierra, que yo sepa, no se ha detenido nunca y todo es movimiento. 

El arte, como si nos comunicara mensajes de otra dimensión, nos invita a fijarnos, a detenernos, en un lienzo, en un fotograma, en una palabra, en un restaurante japonés que nos hace pensar en el París de 2053. Los espectadores que miraran ese cuadro nunca pintado del restaurante japonés abandonado se acercarán con nostalgia a 2011. Pero no con una nostalgia del tiempo ido, sino con la melancolía que acarrea asumir que el tiempo, al contrario que en esa imagen congelada, transcurre implacable.

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Coda: No es nostalgia del tiempo ido, sino del tiempo detenido.

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La Fourche - Saint Lazare (Daniel Rufo, 1998)

Comentarios

  1. Esa nostalgia del tiempo detenido ¿hasta qué punto es real o es sólo un espejismo de nuestro corazón que está herido? Ese tipo de nostalgia me parece más irreal que real y quizá por eso nos afecta con más fuerza y pasa a ser más real que la vida misma.

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  2. Vaya blog más puhta

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