4.5.11

Ej

Recuerdo algo que decía Murakami en 'De qué hablo cuando hablo de correr' (Tusquets), sobre que para escribir se necesita fuerza. Hay mucho tópico sobre escritores enclenques, enfermizos, blandengues y poca cosa en general. Puede que lo fueran, pero tenían alguna fuerza interior. Escribir es sacar algo que te sobra, y para que te sobre algo hay que tener un excedente. Aunque sea un excedente de ideas, o de palabras que están ahí, con ganas de salir. Pues a mí últimamente me falta esa fuerza, si es que la he tenido alguna vez.

Me doy cuenta de que si hay algo que hago, es leer. Escribir, literatura, poco, pero leer, enfrentarme a palabras, mucho. Por las mañanas, en otros idiomas, todavía de noche, bueno, ya menos, palabras, palabras, palabras que no entiendo, que desentraño, que se meten por las sienes. Ganapán. Luego leo lo que toque, en este caso, el libro de Etgar Keret, que es un israelí bastante ingenioso. Me hace gracia cómo en sus páginas se desliza el tema de lo militar, presente en la vida cotidiana del pueblo israelí. Siempre hay alguien que está, ha estado, o estará en el ejército. Y las armas son como los paraguas. 

Leo las cosas de Twitter, los estados de Facebook, contesto a esas cosas, a esos estados, a los mails. Leo los blogs amigos, los no tan amigos, los enemigos incluso, y trato de contestar, de interactuar un poco. Una amiga me dijo hoy que me quiere como críticó literaria. Como en un chino y leo la carta, en castellano, y luego el periódico, del martes, y voy enterándome, poco a poco, de lo de Bin Laden. No sé qué me pasa con las noticias gordas, que prefiero acercarme a ellas cuando ha pasado el estallido informativo. Leo que el tío vivía en una ciudad llamada Abbotabad, en honor al tipo que la fundó, un inglés del XIX, conocido como mr. Abbot. Ciudad anodina, puerta a los montes inexpugnables y ásperos del Pakistán, ciudad castrense, ciudad deprimente, con badulaques y pizzerías mustias, y ni una gota de alcohol (lo dice un reportero que por allí pasó).

Leo sobre Bildu, a la espera del Constitucional, leo que UPN gana un escaño más en el Congreso al irse Cervera (ex UPN) a preparar su derrota en la comunidad foral. Leo que Carla Bruni ya no es "para nada, para nada, de izquierdas", y ese "para nada para nada" me resulta muy convincente. Me quedo pensando, mientras se enfría la sopa agripicante, en si se puede ser otra cosa, en cuanto uno tiene conciencia, que no sea de izquierdas. O de no-derechas. ¿Qué es la derecha? La derecha no existe. ¿Liberalismo económico a lo bestia y no intervención del Estado en ningún asunto público? ¿Eso quieres, Bruni? Me temo que en un matrimonio, alguien tiene que ceder en asuntos tan espinosos como los políticos. Y si encima tu marido es Sarkozy..., pues eso.

Sigo leyendo el libro del israelí, y me gusta. Es simple y complejo a la vez, porque habla de historias reconocibles, agradecidas, digamos, pero que debajo esconden una verdad más complicada. Es la famosa teoría del iceberg, a la que se refiere Ernesto Ayala-Dip en su reseña.

Leo y corrijo una revista que hemos confeccionado para la boda de unos amigos. Leo un manuscrito que quizá algún día se publique. En el baño, leo 'Viaje al corazón de Cuba', que me reafirma en lo tontilocos que me resultan ciertos treintañeros disfrazados de Che Guevara. Leo más mails, más tuits, más estados de FB y más conversaciones por chat de FB. Una amiga me dice que seguramente se case, pero que esperará a que se lo pida él, aunque está enfadada porque no se acuerda ni de los mesarios. Me quedo con ese concepto, inaudito, de los mesarios.

Leo y leo (Messi) y me acuerdo de esa frase, tantas veces oída, de "ojalá me pagaran por leer". Me siento feliz y producto de envidias ajenas, pero también me planteo mi propia felicidad y si no debería ser yo el que sienta envidia por los demás. Pasa un tipo por la calle, hablando por el móvil, y quiero hacer cosas, hablar, mandar, tocar, quitar, poner. 

Pero yo leo, leo y leo, y no tengo ganas tampoco de escribir, ni literatura ni periodismos, y no escribo este texto, solo lo leo conforme se va gestando. Son casi las ocho. Pagaría por fregar, por limpiar el baño, escapar de la palabrería que me persigue. Pero tengo que transcribir una entrevista de media hora, para dejar la grabadora libre, para el amigo israelí. Escucharé ese contenido, que no es sino una forma de leer con los oídos. Quizá, antes de dormir, vea un capítulo de Mad Men, o acabe de ver Velódromo. Pero no las veré, las leeré con los ojos.

Y, ahora, relee este texto para corregir esas erratas que tanto odias.

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