7.4.11

Extraños rincones

El otro día me pasé por la pequeña exposición sobre la obra del arquitecto navarro Patxi Mangado, cuyas maquetas se muestran en una salita del CBA. Hay un vídeo muy chulo, con comentarios de Rafael Moneo y otros, todos muy amables con el arquitecto, sinceros. Parece un tipo muy humano, este Mangado, aparte de un profesional con obras de gran envergadura, por todo el mundo. 

Fui un sábado por la tarde, amenazaba lluvia, un sábado de la primera primavera, que nos descoloca un poco a todos. Quizá la primavera, este inicio de primavera, sea la estación más arrealista de todas, puede ser. El caso es que me entretuve fijándome en los vericuetos de las maquetas. Esas reproducciones a 1 : 100 (la vida es una obra de arte a 1:1), que parecen esconder algo. Como los muñecos cuando se apagan las luces, y no nos creemos que estén realmente quietos. Alguien me metió la trola, de niños, que en efecto los juguetes tenía su propia vidilla por la noche, Toy Story, y me lo creí un tiempo.

De los juguetes, me gustaban los pequeños espacios interiores. No sé por qué. Como si fueran reductos en los que una vida mejor era posible, síndrome de Peter Pan elevado al cubo. Recuerdo el espacio atractivo del camarote del barco pirata de los clicks, que tenía una mesa pegada a la pared, con dos asientillos grisáceos. Y moneditas de oro desparramadas. También había otro espacio curioso, la bodega, en la quilla del barco, a la que se accedía a través de una trampilla de rejas de plástico. Ahí solía haber muchas de esas bolitas de cañon que más de un niño se habrá tragado, porque parecían de chocolate. 

Tenía un tren, no un tren de los de maquetas, sino uno más grande. Había un compartimento y también me gustaba fisgar allí dentro, como movido por un deseo de penetrar en esos extraños rincones de los juguetes, y quedarme allí, de por vida. Como si intuyera que ese mundo era felizmente estático, un universo en el que las cosas buenas, como la infancia, no tenían fecha de caducidad.

Eso pensé, viendo las maquetas del Baluarte de Pamplona, de Francisco Mangado, arquitecto.


3 comentarios :

  1. Es misteriosa esa querencia en la infancia a los rincones, a esconderse en lugares que pensábamos inaccesibles para los adultos, aunque fuese un saliente dos puertas más abajo de nuestra casa, o debajo de la mesa y de la cama, o dentro de un armario. Y ese no menos extraño convencimiento de que si te tapabas los ojos nadie podría verte.

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  2. eres un curiosico Nau jeje

    Mancantau tu entrada anterior sobre los SMSs.

    Saludics majo!!!

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  3. Q te pasa, tas melancolico con la llegada de la primavera ? No te das cuenta que nunca dejamos de ser niños :P

    Como mola... la primaveraa.

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