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Llegar a Pamplona y encontrarte con el silencio de una primavera cálida, y no los chuzos de punta tipo Belfast que uno esperaba encontrar. Impresionante el paseo de Sarasate, ya era hora, cooñño, de que lo adecentaran como ese paseo merecía. Habrá quien diga que son algo excesivas las estructuras jardinescas de los lados, pero cualquier cosa mejor que esa sensación de desidia, de descampado, de parterres muertos de pena, en pleno centro de la ciudad. El conjunto, en general, creo que es potente.

No sé como ciertos dirigentes municipales, hablo en general, pueden dormir tan tranquilos. Uno, cuando hace de anfitrión, se preocupa por ciertas acumulaciones de polvo, o por la mierdecilla agolpada en esa alfombra receptiva, o por el cerco de unos vasos que no se recogieron a tiempo. Y quien te visita no son sino amigos, que tienen otras preocupaciones que el estado higiénico de tu casa. Un alcalde, en cambio, puede vivir con el salón de su casa-ciudad hecho unos zorros y le da igual, aunque venga el mismísimo Richard Flurrings a conocer la villa.

Es como la puerta de la estación de autobuses de Soria, la que da acceso a la cafetería York, a la que  he entrado 1.246 veces y en la mayoría de ellas he hecho ese ridículo paripé de tirar, empujar, probar con la otra puerta, etc. Miles y miles de viajeros caen en esa misma trampa diariamente, pero nadie es capaz de colocar un cartelito, metálico, bronceado, que ponga EMPUJAR. No, amigos, a nadie se le ha ocurrido. (Soria también necesita su PPC, me temo.)

Pero volvamos al paseo del violinista, por el cual me alegro, y que mostraba un follaje increíble, hacias las cuatro de la tarde, con árboles robustos y en general flipantes. Me han dado ganas de instalarme de por vida en esta mi ciudad de origen, a cuyo paseo de Sarasate viví orientado durante 25 años de mi vida. 

Y hablando de iniciativas municipales, esta mañana he dado con una que me ha reconciliado con el despilfarrador Gallardón. Una cestilla, en el metro de Avda. de América., con unos pocos libros, perfectamente apiladitos, limpios, ordenados, antiguos, vintages, amarillentos, pero intactos. Me pregunto de dónde habrán venido. De algún piso del barrio de Salamanca repleto de libros que jamás leyó nadie. Una suerte de bookcrossing institucionalizado, una gran idea. Había uno de Quevedo, 'Vidas de Quevedo', creo, y unos cuantos como de aventuras, malillos. Sobresaliendo ntre ellos, 'Castilla', de Azorín, del que recuerdo que Andrés Trapiello, una vez que le entrevisté, me dijo que era fascinante, por las descripciones y tal. Lo he tomado, maravillado, algo culpable, como si robara algo o me apropiara de algo valioso, sin dar nada a cambio.En el interior, tenía la etiqueta de dónde habiá sido comprado: Galerías Preciados.

Precisamente en el bus he leído un libro de Trapiello, el último tomo de sus diarios. Como modo de compensar este pequeño regalo sorpresa, lo entregaré, una vez lo termine, de un modo similar, a la comunidad lectora. Ya veré donde lo coloco.

 

Comentarios

  1. Curiosa la existencia de esos libros a la deriva. Yo una vez me encontré junto a un contenedor de basura de Parquelagos (Galapagar, Madrid) un ejemplar de "El jardín de los Finzi-Contini", de Giorgio Bassani, un libro que me había leído a los 18 años y del que guardaba un hermoso recuerdo. Lo cierto es que se lo presté días después a un buen amigo que pasaba por Madrid vía Belfast, por lo que partió con él rumbo a Irlanda del norte. Aún no me lo ha devuelto. Pero sé que le gustó mucho. ¿Dónde acabará ese libro?...

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