29.4.11

Ee

Esto del Macropost tiene que ver con escritura casi diaria, un poco a la fuerza, un placer obligado, pero con su punto, ya digo, de reto, de ver qué coño sale hoy. Hay días en que haya que recurrir a mindundeces varias, quizá los más, pero ahí la gracia. Esto tiene algo de ejercicio.

Hoy comí en una terraza, en una agradable sombra soleada, en Dos de Mayo, con la única compañía del periódico. No hay iPad54 que supere esa sensación. La de aceptar, por ejemplo, la acotación que te ofrecen esas páginas. El seguir su camino propuesto. No tener que elegir. Pasar una página y tener que, inevitablemente, encontrarte con la siguiente. Gourmet lector. ¿En vías de extinción? Yo moriré antes, después de mi, el sirimiri.

He leído, por ejemplo, la página de Obituarios. ¿Hay alguien en el planeta que lea los obituarios en los diarios on line? Contesto yo mismo: No. En cambio, en el papel, zas, de pronto te encuentras con tal vejete entrañable y, felizmente amodorrado por el efecto de la caña en estómago vacío, te sumerges en la vida del tipo como si fuera tu mismísimo abuelo. En este caso, el inventor del teleprompter, también conocido como autocue, que ha muerto a la edad de 91 años.

Descanse en paz. 

Su aportación al mundo no fue menor. Creo, por cierto, que todos deberíamos aportar algo al mundo, por pequeño que sea. No joderlo puede ser incluso una aportación suficiente. Este tío aportó un invento que al principio funcionaba con un rollo de papel, y un tío dándole p'abajo. Sirvió a los políticos en sus discursos, para hacer como que creían en sus ideas, y a los locutores para ganar en veracidad. Recuerdo a un presentador de las noticias de Telenavarra, un tipo moreno, adusto, con pinta de jugar a pala los sábados por la mañana, que miraba todo el rato al folio. Decía una frase, "El alcalde de Arróniz", y miraba al folio, cabecica baja, "ha inaugurado la semana del aceite", y así todo el rato. La verdad es que no te concentrabas en nada de lo que decía. Y digo yo, ¿para cuando teleprompter para los corresponsales y reporteros a pie de calle? No consigo entenderles, porque sufro por ellos al verle tensos, reteniendo los cuatro parrafitos que tienen que solter sin que noten que están tensos, pero se les nota, y nos piden como ayuda, y les ayudamos, y no nos enteramos de jodida nada.

También he leído a Boyero sobre Armendáriz. Hablaba bien del director navarro. Destacaba de él su medida producción: ocho películas en 27 años. Con un boli, he pintado en los márgenes del periódico los títulos que recordaba, y me han dado los ocho: Las cartas de Alou, 27 horas, Secretos del corazón, Silencio Roto, Obaba, Historias del Kronen, Tasio y ahora esta, No tengas miedo. He visto cinco y media. No tengas miedo se estrena hoy, y la veré pronto. En la misma página, había un texto de Montxo. Eso tiene que ser un director de cine. Luego, con más tiempo, pongo enlaces. Tiempo para documentarse, para conocer a la gente afectada por los abusos, para aprender él para luego contar. Ha dicho algo que me ha gustado, que en el proceso de acercamiento a un tema al principio todo es cuantitativo, aluvión de datos, y que luego aflora lo cualitativo. Como el caso de esa chica que le contó que, tras los abusos, le habían robado el pasado. Y que lo jodido era aprender a vivir el día siguiente como si fuera el primero de su vida. Sin ayer. 

Mañana más.

Leed la prensa.

En papel, una vez a la semana.

Por lo menos.

Ya tengo epitafio: 

Después de mí, el sirimiri.

Magustao.

Luego corrijo y pongo enlaces. Hoy paso de corregir, será mi particular transgresión del día. Hala.


3 comentarios :

  1. "Y que lo jodido era aprender a vivir el día siguiente como si fuera el primero de su vida. Sin ayer".
    Destacable este párrafo, pero muy bueno todo el macropost, y el epitafio también.

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  2. Gracias, pero el mérito es de Montxo Armendariz y de la chica. Voy a ver si encuentro la columna en cuestión.

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  3. Hubo un tiempo en que estaba convencido de que nunca podría contar esta historia. Llevaba ya varios meses entrevistando a personas que habían sufrido abusos en su infancia. Y ante lo que me contaban, me sentía perdido, desconcertado. No sabía muy bien lo que buscaba, pero tenía la certeza de que en cada una de sus vidas había una historia, una película. Aunque no encontraba la forma de llevarla a la pantalla. Y por eso seguía recopilando materiales sobre el tema, leyendo libros, hablando con ellas, acumulando anécdotas, hechos, frases, gestos, etcétera, porque tanto dolor, tanta impotencia y tanta lucha no podían quedar en el anonimato, no podían quedar silenciados al igual que quienes los sufrían.

    Así iban pasando los días y, al igual que Truman Capote vagó durante cinco años por las llanuras de Kansas en busca de las circunstancias que dieran sentido al irracional asesinato que luego plasmó en su inolvidable relato A sangre fría, yo pasaba de entrevista a entrevista con la vaga esperanza de encontrar algún elemento que diera sentido a todo aquel material. No era la primera vez que trabajaba sin saber muy bien cuál era la finalidad de todo ese esfuerzo. Porque hacía tiempo que había comprobado que para acceder a lo cualitativo, a lo diferente, primero se necesita de lo cuantitativo, de la acumulación de datos.

    Una tarde me dirigía a uno de esos encuentros casi rutinarios con una de las personas que había sufrido abusos. Mi rostro debía reflejar el cansancio y la frustración de quien no esperaba encontrar nada nuevo. Apenas hablamos. O mejor dicho, apenas hablé yo, porque fue ella la que sin necesidad de preguntarle nada me dijo: “Cada nuevo día lo vivo como si fuera el primero de mi vida. Es lo único que me ayuda a seguir adelante”. Y tras un silencio, añadió: “Tú tienes un pasado sobre el que seguir construyendo algo. Otras no lo tenemos. Eso es lo que nos diferencia”. No supe qué decir. Tampoco hablamos mucho más. Solo le di las gracias y, al poco, nos despedimos.

    Aquella noche, al llegar a casa, anoté este breve comentario como resumen de lo hablado: “Cuando te destruyen el pasado, necesitas construir uno nuevo día a día”. Y a partir de esta idea comenzó a cobrar sentido la historia que buscaba. Poco a poco, fue surgiendo No tengas miedo: la historia de una joven a la que destrozaron su infancia, a la que le negaron el derecho a ser dueña de su propio cuerpo. Una historia de dependencia y, por lo tanto, de abuso, de poder, de dominación. Como tantas otras. Pero también la historia de una joven que se enfrenta con determinación a ese pasado y decide construir su propio destino, día a día, como si fuera el primero de su vida. Como lo hacen y lo siguen haciendo tantas víctimas que esperan encontrar el reconocimiento y la comprensión que les hemos negado tantas veces.

    MONTXO ARMENDARIZ, EL PAIS, 29 ABRIL 2011

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