Ea

No sé si es buena idea meterme ahora con el Macropost, precisamente en un momento en que me persigue una agrafía considerable. Corro riesgo de convertirme en el nauáGrafo digital, y eso es mucho riesgo. Por eso, quizá, tratar de escribir, lo que sea, y que ladren luego cabalgamos o tal.

Dice Andrés Trapiello, cuyo último volumen diarístico compré el otro día, y cuyo título no recuerdo, y que no voy a levantarme para mirar, y esto lo decía Umbral, cuyo (bis) hijo G., el G. de los tomos del Salón de Pasos Perdidos se ha hecho mayor y ahora tiene un blog, cosas de diseño, porque a veces los hijos de escritores pasan de ser escritores, y quizá no quieran matar al padre, ni a la madre que los parió, y se meten a diseñadores gráficos, y diseñadoras gráficas si son hijas, un blog que lo he enlazado por aquí, con tipografías modernas y como cools y tal pascual, decía Andrés Trapiello, digo, que necesitaba una melancolía sostenida para escribir.

Si Andrés Trapiello fuera una ciudad, sería Lisboa. Pero una Lisboa española, una Lisboa dentro del proyecto lusibérico, del que soy partidario, por cierto. Unir para destacar nuestras diferencias. 

Si yo fuera una ciudad, quizá, hoy, sería Madrid. Porque a ratos me siento todo, y otros muchos, me siento nada. Un ser abstracto, porque todas las grandes ciudades lo son, hasta el punto de que perdemos las referencias, y añoramos nuestras ciudades de la vida, de la infancia, de nuestra provinciana felicidad. Hasta que vamos a ellas un rato y se nos quitan las ganas de acotar nuestros pasos a ese rollo amurallado, aunque concreto, pero amurallado. Y aquí seguimos.

Ayer leía a Alberto Fuguet, al que entrevisto el jueves a propósito de su Missing (una investigación). Decía  Fuguet (apunten este nombre, bueno, si quieren) que en Estados Unidos todo el mundo esperaba. "Acá todos esperan, le escribe a su madre. Esperan regresar a Chile, esperan jubilar, esperan morir". Actitud expectante, pero de una expectación algo desolada, bracicaída, como la mujer del cuadro de Edward Hooper

Ea. Me dijo Latinajo de Híspalis, en Moraira, que votara a Maiorga, de Ea, ahora en Bildu. ¡Ea!, le contesté, no caerá esa breva. Y esto me recuerda que tengo que pedir el voto por correo porque aún sigo ligado, al menos políticamente, a esa Navarra que a ratos añoro. Pero como quien añora un tiempo que aún no ha existido.

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Ah, y creo que para escribir se necesita entusiasmo, por recoger la idea descolgada en el segundo párrafo. Y que solo con la fe en abandonar esa melancolía lisboeta se consigue escribir algo. Pero con la melancolía en sí, así en bruto, nada de nada.

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