El futuro del pasado (en las películas)


Nuestra visión del pasado y, por tanto, del presente, ha tenido una gran influencia del cine y la fotografía. Que todo el pasado haya llegado, durante generaciones, en formato blanco y negro no creo que sea un detalle menor. Un detalle deformador de esa realidad pasada, que muchos vieron (yo mismo, de niño) como un tiempo en sepia en el que las cosas funcionaban a otro ritmo, un periodo congelado e impregnado de nostalgia por doquier. Nada más lejos de la realidad. 

Llevo pensando bastante tiempo en este post. Y pensaré más. El pasado me intriga, hay algo de inasible en él, es una pequeña conquista que puede llevar toda la vida, la de ver el pasado tal cual fue (o aproximarse lo más que se pueda a esa idea). Últimamente, veo en el cine interesantes acercamientos a ese noble fin, y podría señalar tres peliculas que creo que hacen un ejercicio interesante en ese sentido. Lo hacen porque parten de la premisa de que el pasado, mientras se vivía, no se percibía como tal. Se percibía como un presente en el que tenía importancia un aspecto que creo que ha sido una constante en todos los tiempos: el deseo de modernidad. De avanzar, de renovarse, de ser menos antiguo que lo de ayer. 


No veamos las catedráles góticas como una antigualla pétrea, sino como la renovación moderna y aligeradora del románico más chato. Incluso la Iglesia se renueva.

Las películas: 

-Maria Antonieta (Sofia Coppola, 2006)
-La última estación (Michael Hoffman, 2009)
-El discurso del rey (Tom Hopper, 2010)

En la primera, la banda sonora con grupos del siglo XXI contribuye a acrecentar la sensación de que, en efecto, el pasado también fue presente, y se vivía con vistas al futuro. En la segunda, vemos los inicios del XX como un periodo de cambio, con la fragua del socialismo y el inicio de la comunicación de masas. Periodistas que se agolpan en la residencia de Tolstoi e incluso las primeras filmaciones reporteriles. Los tiempos están cambiando.


Y la tercera, El discurso del rey, excepcionalmente ambientada, quizá sea la que más acentúe este aspecto. La casa del logopeda tiene algo más de años 70, con el tapizado de las paredes, que de años 30. En la estética del personaje que encarna Geoffrey Rush se da esa querencia por superar el ayer. La asunción del poder de la radio, terrorífico invento para algunos por su capacidad para transmitir mensajes en masa, un invento algo añejo ya, pero que en su día fue el culmen de la modernidad y que contribuyó no poco a forjar el mundo que habitamos hoy. Ayudó mucho al encumbramiento de Hitler (dice mi tío Julius que el III Reich no prosperó porque partía con un actitud antigua, palpable en los uniformes, las botas, de los oficiales nazis. Esa actitud retrovisora hizo, en su opinión, que finalmente el nazismo se agotara).

Tres películas que se rodaron, no sé si conscientemente o no, con un claro compromiso con la importancia de la microhistoria que defiende el profesor (en breve catedrático) Justo Serna como herramienta para desentrañar la Historia, y el misterio de por qué los hombres hacen unas cosas y no otras. Las buenas películas y las buenas novelas están son el testimonio de ese asombro.


Comentarios

  1. Señor NauGráfo, lo primero muchas gracias por su dedicatoria y por su referencia. Me siento muy honrado, precisamente cuando de lo que usted habla en este post es del pasado que fue presente, de un presente en el que los contemporáneos quieren sacudirse el peso de lo pretérito. Ya que menciona ese asunto personal (que pronto obtendré una cátedra, si un cataclismo no lo impide), le diré que mi memoria de investigación, la que después será un libro, trata de eso: de Historia y Novela, de historia y ficción, del presente continuo, de toda aquella circunstancia histórica en que los humanos deben acarrear lo hecho y deben prefigurar lo que está por venir. En ciertas novelas eso se ve muy bien. Como en ciertas películas, alguna de las cuales usted menciona aludiendo a la microhistoria.

    En la perspectiva microanalítica o microhistórica, el observador parte de un hecho aparentemente menor, un hecho del que hay restos documentales: versiones escritas o testimonios orales, por ejemplo. Con esos restos, como si de los trozos de una vasija se tratara, el arqueólogo, observador o detective reconstruye hipotéticamente cuál fue la vasija. O, en otros términos, qué fue el mundo del pasado. Establece una conexión entre los trozos y de pronto un cachito y otro cachito y otro cachito acaban teniendo su continuidad, su relato, su entero. Es decir, propone una conjetura. El microhistoriador postula un entero de restos troceados. Pero siempre faltarán más piezas que habrán de ser igualmente conjeturadas.

    Con ‘El discurso del Rey’, por ejemplo, podemos remontarnos a un momento que fue presente, una circunstancia en que los individuos no sabían que les deparaba el porvenir. Pero es también una circunstancia en que esos mismos individuos no pueden limitar sus actos al pasado conocido y experimentado: el presente les reta con hechos jamás vividos, grandes acontecimientos a los que deben hacer frente con audacia personal y colectiva. En ese sentido, ‘El discurso del Rey’ es un ejercicio de microhistoria: un hecho pretérito aparentemente menor nos sirve para entender qué era un rey tiempo atrás, cuál eran las tareas que las damas tenían asignadas, qué era una nación amenazada, qué efectos provocaba la radio, la comunicación, etcétera. Quizá lo más revelador sea el papel que debe asumir un hijo dentro de un linaje en el que los descendientes tienen obligaciones. Pero en un relato cinematográfico o novelesco, lo principal, lo primero, es que los personajes no sepan qué les depara el futuro: los actores han de actuar ignorando qué se avecina y aquello de lo que serán capaces.

    Cuando escribí sobre esta película ya dije algo así como: tendrá éxito. Era previsible: la excelente ambientación, las excelentes actuaciones, el excelente guión. Pero la excelencia es moral, por decirlo así: es una historia reparadora, de buenos sentimientos o de resentimienrtos. ¿Acaso porque nos dice que los ricos también lloran? No sólo por eso. Es una historia que agrada porque nos da una lección bien sencilla en esto tiempos de blandura muelle: los límites humanos pueden afrontarse con obstinación y con autoestima, con esfuerzo y con el miedo justo. Cagaditos de miedo, pero con coraje.
    Pero voy a callarme. Sr. NáuGrafo, muchas gracias otra vez. Un abrazo, Justo Serna.

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