El bonsai presocrático

El año 4069 fue recordado en las coronicas (crónica viene de corona) de la época como 'El año de la matanza de los gurús'. No quedó ninguno, fue fulminante. Su desaparición, además, fue producto de una eficaz sinergia entre los distintos gobiernos del mundo y la masa social, enfervorecida por la cantidad de dislates por hora que ese gremio de presuntos sabios iba soltando. Se pactó una quedada en Twitter, que todavía existía, y se derramó sangre por un tubo.

Meses después, una humilde casa editorial, que venía editando con constancia inéditos de Baroja, de un tal Teodulf Baroja Álvarez, se lanzó a una empresa singular, que hoy, año 5423, fría tarde de marzo (cuando marzo marcea....), se recuerda con grandes y no menos generosos titulares digitales. Fue el año en que ese humilde sello, Raggioni Ediciones, decidió, ante el estupor y los temblores de los hijos de los gurús, y de los aspirantes a gurús, imposibles de erradicar estos, una edición, equilibrada, ponderada, elegante, nada pretenciosa, de 'El bonsai presocrático', la obra más celebrada de Teodulf, de la que se cumplían dos mil años de su publicación.

Árboles había a mansalva, porque los guruses, a fuerza de machacones, habían conseguido que nadie leyera en soporte papel, y este se acumulaba en las abandonadas fábricas papeleras. Aquello fue recibido con un punto de temor, como si de una provocación se tratare, pero pronto empezó a generar un cierto vicio entre las gentes, a lo de tener entre las manos un objeto tan prodigioso me refiero. ¿Cómo podían haberse privado de él durante tantos siglos?

El editor de la pequeña casa de libros se hizo de oro en menos que canta un gallo, y los libros volvieron a poblar las estanterías, regresó la dicha a los hogares y nadie se acordó de aquellos pronosticadores de lo imposible, asesinados quizá con justa saña. Poco después, trasladó su feliz idea a los periódicos y se cubrió de gloria. El personal estaba hasta los webs de tanta pantallita, de tanto botoncito, de tanta paratecnología. Querían leer, ¡coño!

Hoy, es un héroe interplanetario, y desde aquí lo recordamos.

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