Yo...

Años ha, entrevistó a una célebre escritora chipriota, autora de Mis pitilleras, un atrevido canto al arte del fumar, en tiempos en que este hábito comenzaba a estar proscrito socialmente. En un acto de cierta osadía, se atrevió a sugerirle que abandonara ese vicio, tan placentero como tóxico. "Dejar de fumar tabaco, para fumarse la vida", le dijo, con un punto de orgullo por esta cita que, buscada en Google, parecía no tener autor.

Salió de la entrevista, como siempre que hacía una, con la satisfacción de haber apresado ciertas enseñanzas, de haber conocido a un nuevo portavoz de tal enseñanza, quizá susceptible de aparecer, ya sea como personaje o como heraldo de una verdad, en su gran novela europea.

Todo giraba en torno a esa gran obra, que ocuparía un lugar más que destacado en la historia de la literatura, en un tiempo en que la comunidad lectora se debatía entre los textos de 140 caracteres y los libros más voluminosos del mercado. Pasaba el tiempo, y nuestro hombre iba acumulando experiencias, vivencias, impresiones, retazos de esto y lo otro, frases ingeniosas, reflexiones sorprendentes. Era un proyecto de Proust con una salud de hierro y un rostro menos legañoso.

Lo tenía todo para escribir la nueva gran comedia humana, el próximo gran teatro del mundo. A su lado palidecerían esos Pynchon o Franzen, veleidosos y descarados aspirantes a algo parecido a un Tolstoi a la americana, con patéticos intentos de cosechor el aura de misterio de JD Salinger, sobre todo en el caso del primero. No era raro que sonriera al espejo paladeando la gloria que, sin duda, le aguardaba a la vuelta de la esquina. Sólo era cosa de ponerse ante el ordenador, un día cualquiera.

Pero el día cualquiera se iba postergando al día de mañana, y el día de mañana era siempre el día de mañana, como esa fabulosa fábula de Julio Llamazares, titulada, precisamente, El día de mañana.

Harto de esperar al día de mañana y de excusarse en que lo de escribir era una carrera de fondo, nuestro hombre se sentó, una tarde fría de marzo, ante el ordenador. Y como en un final llamazaresiano, escribió

Yo...

y cayó muerto a consecuencia de un fulminante y viscoso derrame cerebral.

Comentarios

  1. Caray ..., ves como el hombre hacía bien posponiendo la cosa . Además ese inicio es un plagio descarado del inicio de los Diarios de Gombrowicz.
    Mira que bien he tecleteado el tejado con mis muñones.

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  2. Jjajaja, tienes razón Vandramé.. (en lo de posponer, digo).

    Lo de Witold es curioso, porque estamos ante el primer caso de plagio no consciente, porque nunca he leído nada de Gombrowitz. Si, en cambio, de E.H. Gombrich.

    Saludos y cuídese las extremidades.

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  3. Qué capacidad la mía para ir del tú al usted con total agilidad.

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  4. Bueno , casos de plagio inconsciente hay muchos. Documentados y sin documentar . Y aquí hay una diferencia de puntos.
    W. Gombrowicz :
    " I

    Lunes

    Yo.

    Martes

    Yo.

    Miércoles

    Yo.

    Jueves

    Yo. "

    El difunto novelista en su obra inconclusa :
    " Yo..."

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  5. Fiel a mi fe determinista, solo quiero decir esto: "Deja para mañana lo que no vas a hacer hoy y sí mañana"

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  6. Ge, ge, geeeeenial, Vandramé.

    Haces bien, Nicolás. Un saludo determinado

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