A veces, me da por creer en Dios, y a fe que lo hago a menudo, muy a mi particular manera, un poco como un juego. Y pienso en la existencia de un guionista más o menos cabrón que dispone de nosotros a sus anchas para que le proveamos, sacándolo de su divino tedio, historias. Un dios que juega con nosotros, manipula, retoca, mueve, quita, pone, altera, juega con los tiempos de nuestras vidas, de la gente que nos rodea, y va tejiendo historias. Así, da pie a ulteriores materializaciones de esas intrincadas tramas, a través de los recursos que sus criaturas tienen a mano: el cine, la literatura, la poesía, la música, el arte...
Por ello, todas esas manifestaciones no son sino encargos que, cual Goya con Carlos IV y familia, los artistas llevan a cabo. Dios es un guionista que altera el orden de las cosas para que otros guionistas, a su vez, le suministren esas historias, ya bien organizaditas. Corrijo, más que guionista, este ser superior es productor, un productor creativo a lo sir David Puttnam (La misión, Carros de fuego) que dispone de los elementos necesarios para que se produzca la obra de arte, aunque sin ser él exactamente el ejecutor de nada.
Reflexiones pueriles que a veces me asaltan y que me hacen pensar en dios, o Dios, como un tipillo más o menos curiosón en su laboratorio. Después de 35 millones de años contemplando la Tierra, su primera creación, y con los diversos entretenimientos que en ella introdujo: glaciaciones, movimientos sísmicos, bichos de todo tipo que luchaban entre sí, algunos con éxito (supervivencia) otros con fracaso (extinción), llegó un momento en que, ojo, se aburrió.
Entonces, decidió toquitear no sabemos aún qué resorte de su Mundinova para dar entrada a un tipo de simio perfeccionado, complejo, rarito, susceptible, vulnerable, pejiguero, sensiblón, suspicaz, malpensante, miserable y con algún gesto que otro de dignidad y sana ambición: el hombre (y la mujer).
Esta pueril reflexión, quizá no tan pueril, me vino al coquete leyendo un libro que es como para niños, pero cuyo fundamental contenido voy a ir digiriendo a lo largo de 2011 (Evolución para todos, de Dylan Evans y Howard Selina), que tuvo a bien regalarme el gran Molusco. En ese libro, descubrí (no tenía ni idea, como tú, seguramente) que el hombre lleva muy poco sobre la faz de la Tierra:
"Los humanos aparecieron en África alrededor de 100.000 años, somos una especie muy reciente", leo.
Y aún leo más, en un párrafo que me parece el gran hallazgo de este año, y que os invito a que jugueteéis con él poco antes de las frivolas campanadas de fin de año, con la fermosa Carbonero y la bella Marta Fernández y la simpar Pilar Rubio, opción que os recomiendo por razones evidentes para el uvícola visionado. Dos puntos (y no escribiré más hasta el año que viene, he dicho):
Si la historia de la vida en la Tierra se comprimiera en un año, los humanos habrían aparecido pocos minutos antes de la medianoche del 31 de diciembre.
Marta, Pilar y Sara, beldades mediáticas pero humanas.
--¡FELIZ 2011!



