30.8.10

Dn

Me acerqué hasta la Puerta del Sol, tenía entendido que Antonio López seguía inmortalizando, en plen air, aquel rincón madrileño. Salí del tragabolas, el ballenato, la pecera, como quiera que se llame la carcasa de cristal azulado que preside el centro de Madrid, pensando en encontrarme ese espectáculo pictórico inesperado. Pero en su lugar encontré la arrealista situación de una monja haciendo fotos al aire, con su cámara digital sufragada con la venta de no pocas decenas de mantecados al torno.

Después de unos días danzando por Portugal, supongo que me apetecía madrileñizarme de nuevo, quitarme esa saudade que se me había colado en los huesos, esa sensación de nostalgia de dificil definición, como aquello del spleen, que tanto le gustaba Umbral, términos de muy distintos matices, y que dejan en evidencia al gallego morriña. Las mejores palabras son las que no se pueden definir con palabras. La propia palabra palabra significa parábola, que significa cosa que significa otra cosa.

Me gusta Portugal pero tampoco me vuelve loco. Quizá por eso me guste más; no me crea la ansiedad de querer explorarlo al milímetro. Pero ahora, tras una visita con más poso que la que hice cuando la Expo del 98, Portugal ha dejado de ser esa mancha borrosa que había en el mapa. Ya no es esa farmacia que de pronto descubrimos en la plaza de toda la vida, o ese vecino del cuarto en el que apenas reparamos, pero que lleva décadas viviendo, dormitando, cocinando, rumiando, a pocos metros de nuestras vidas, sueños, recetas y rumias.

"Quién sólo conoce España, no conoce España", dijo Hugh Tomas un día de octubre de 2006, en la Casa de América. Se refería a la España de ultramar, que forma parte también de España, como una prolongación que no se puede ignorar. Algo parecido, creo, sucede con Portugal. Quien no lo conoce, no sabe muy bien qué significa España, ni la península ibérica, ni nada. Cuando entrevisté al artista navarro Carlos Irijalba, me habló de un concepto que no recuerdo cómo llamaba, pero que tenía que ver con hábitos ubicacionales, digamos. En otros palabras, que nunca nos subíamos al armario del dormitorio (excepto los amantes muy atléticos), para contemplar la perspectiva que nos rodeaba. Para introducir una nueva visión en esa habitación de ángulos trillados, pero no por ello más completos, exactos o fieles a la realidad.

Ir a Portugal, conocer Lisboa, tiene algo de esa subida al armario, o de esas pesquisas vecinales. Esta mañana, me fijé en una boca del metro madrileña, tan plana, tan desprovista de cualquier ornamento embellecedor, tan jodidamente feo. Lo práctico suele ser feo. Habrá quien opine lo contrario, que sólo lo funcional es bello. A mí, contemplar esas barriadas comunistas de lo que fue Berlín Este me acarreó un considerable anti-síndrome Stendhal. Pero España es muy así, o abigarramiento excesivo, procesiones sevillanas y así, que se note que todo es muy bonito, muy ornamentado, muy dorado, muy precioso, o la planicie de esos letreros del metro. Berlín, ciudad antes citada y acusada a menudo de germánica en el sentido pragmático del término, tiene los letreros de metro más hermosos que recuerdo. La Potsdamer Platz (no Postdamer, vive dios) es buen ejemplo de ello.

El mismo idioma español es así. Seguridad es seguridad, mientras que en portugués seguridad es segurança, securité en francés, security en inglés. Hay algo deprimente en esa falta de musicalidad fonética. También hay quien dirá que es sobrio, recio, contundente. Yo mismo lo pienso, a veces, al escuchar a ciertos poetas sus poemas. España es a menudo así, plana, concreta, niega el matiz, es un poco como dios manda, es recta y, a mí, como a Lizano, me gustan las cosas curvas.

Estoy contento de haber incorporado a Portugal en mi nueva visión de España. Los siento ahora ahí, a la izquierda, con su liga de equipos entre ciudades cercanas, como aquel partido del Benfica-Setubal que vimos en el Ho Caldas. Con su historia, su enorme microhistoria, de la que no tenemos conciencia. Por suerte, eEstán sus escritores para acercarnos, esos escritores de los que apenas hemos leído nada, Pessoa, Torga, Queiroz... pero porque quizá no habíamos incorporado el país a nuestra esencia. Cuatro días son pocos, pero quizá los suficientes para que todo ese universo no nos resulte una mancha imprecisa, sino la puerta del vecino, o vecina, del cuarto, invitándonos a pasar.

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Adjunto las fotos de la monja arrealista:


25.8.10

Dm

Al final, agosto se acaba imponiendo. El verano se cumple, también, aunque sea en sus estertores, y llegan esos días de descanso objetivo, real, permitido, legal, oficial. Parece que ese, el descanso acotado en el calendario laboral, es el único posible. Reminiscencias escolares, quién sabe, pero se nos hace difícil descansar cuando no se nos ha concedido ese bendito privilegio. Las vacaciones, en Francia, se implantaron en 1936. Antes, eran un concepto insólito, un lujo de marqueses. Los Beatles se tomaban vacaciones, de cuando en cuando. Una sus primeras vacaciones fueron en Canarias, creo que en Tenerife, no me voy a levantar ahora, como diría Umbral.

Y noto que estos días, que van a ser lisboetas, me sabrán a poco. Y volveré el lunes con ese tópico en los bolsillos de "¿Qué tal las vacaciones? Mal, porque se acaban". Me gusta mi vida de labor, y más ahora que he decidido desembarazarme de un proyecto que, de pronto, él solito, se había convertido en marrón. Las cosas se enmarronan poco a poco, solas, y hay algo, un resorte extraño, que nos avisa. Unas mandíbulas que se entrechocan por la noche, una presión en la quijada al beber cerveza. Señales de alerta que hay que saber escuchar y luego obrar en consecuencia. Me gustan mis días de labor, pero he descubierto, de pronto, que también yo necesitaba vacaciones.

Recuerdo similar sensación en agosto de 2006. Lo dejé escrito, un intento cutre de desaparición a lo Doctor Pasavento. Estaba entonces bajo el fuerte influjo de aquel Vila-Matas que nos hablaba de la rue Vaneau, y hasta allí me fui en plan peregrinación frikil en estado puro. Siento ahora que, no sé, se ha muerto todo un poco. Que el fin de la era Gutemberg, del que habla el propio Vila-Matas en su saturada Dublinesca, nos ha matado un poco ciertos romanticismos, ciertas mitomanías.

Sin embargo, a mí, estos días, sólo me interesan los Beatles. Paul, John, George y Ringo ("Rich", como lo llama Paul) son cuatro mitos con patas que nunca dejaron de ser ellos mismos, lo cual les hacía aún más mitos. Algún ministro de Educación debería proponer la asignatura Beatlelogía, y dejarse de tonterías. Ver la amable autoridad de un Paul McCartney aún menor de 30 años en los estudios de Abbey Road, en la última época del grupo, con esa pasión intacta por la música, sirve más que todas las religiones y educaciones para las ciudadanías del mundo. Puede verse en el documental titulado Let it be.

Hace cuatro años me fui a París, y ahora me voy a Lisboa, con dos amigos. Entonces me apetecía desaparecer, cutremente, y ahora también me apetece un poco. Largarme a un pueblo de Ciudad Real, con un ordenador portátil como animal de compañía, y empapuzarme de una cultura audiovisual en la que aún ando bastante pez. Dedicar un día, por ejemplo, a ver Shoa, el documental sobre el holocausto que rodó Claude Lanzmann, en los ochenta, de nuevo horas de duración. El ordenador, ese proveedor moderno de evasión y cultura, y la guitarra, para los momentos en que el cerebro necesite desenmadejarse. También los libros que me rodean estos días, pero sin mucho afán por hacerles caso. La inmortalidad de Kundera, y La Habana, prometedora recolección de artículos de José Lezama Lima.

Ver todas las pelis de Scorsese, de Coppola, atacar por fin la filmografía de Víctor Erice, no tengo perdón, y de directores como Kapra, Lubitsch, Peckinpah o Casavettes. Pero quizá otro día, ahora me interesa seguir conociedo a los Beatles, porque, a pesar de que los conozcamos de toda la vida, no los conocemos bien. Conocer es ampliar la información que teníamos, y acercarse a ella con los ojos que intentamos reciclar cada día. Hoy vi el mítico concierto de la azotea, pero lo vi de un modo distinto a cuando lo vi en otras ocasiones.

Esa ampliación del campo de visión nos hace avanzar, no hundirnos, nos ofrece una renovada pimienta intelectual, que saboreamos felices. En YouTube, pero también en una Lisboa real, palpable, aunque al principio nos pueda dar un poco de perezuela. Los Beatles esperarán a la vuelta, están siempre ahí, como dice Paul en el documental. "Stravinski ya estaba en la música, no le hacía falta dar conciertos". Ellos ya sabían que estaban en la música pero, aún y todo, quisieron ofrecer el concierto del rooftop, porque eran generosos.

18.8.10

Dl

Hablando con los compañeros sobre las diferencias salariales Francia/España. Raúl nos suelta datos que le pasó una amiga suya, jefa de recursos humanos de Carrefour, en Francia. Una cajera gana unos 1.700 euros, entiendo que en 14 pagas. El salario mínimo interprofesional en el país vecino es de 1.300 euros. Compruebo el dato en Wikipedia y veo que es cierto, aunque en bruto.

Depuis le 1er janvier 2010, la valeur du SMIC brut est de 8,86 € par heure en France ; soit, pour un travail à temps plein de 151,67 heures par mois (semaine de 35 heures), 1343,80 € brut mensuel, ce qui correspond à 1030,97 € net.

Aquí un periodista raso puede llevar veinte años en la profesión y no moverse de esa cifra. Y no trabajará 35 horas, no amigos, pongámosle 50 y bajo presión de todos los colores. Y envuelto en atmósferas tóxicas de amargamiento generalizado, que se traducen en celos, inquinas, enconos, dimes, diretes, acritudes y comemelcoños varios. Las condiciones de esta España así lo propician.

Hablando con Iñigo sobre una película que me recomienda vivamente, Las muñecas rusas, comprobamos que el precio de esta peli en Amazon, gastos de envío incluido, es de 13 euros. En la FNAC España cuesta 13, directamente, y 6,46 de gastos de envío. Sensación de que nos están timando. De que todo esto, España, no es sino una Gürtel a gran escala, en el que todos, menos una élite, una crema crematística, somos unos parias. La dictadura aquella de la que hablaba Gabilondo. ¿Habrá revolución? ¿A quién derrocar? ¿A Emilio Botín? ¿A Santiago Fernández? ¿A Florentino Pérez?

Dan ganas de dar un volantazo profesional y meterse en otras latitudes. Aspirar a la condición de ciudadano, de honrado pequeñoburgués, y no a esta cosa endeble, inestable, en constante crisis, que es el mundo de la comunicación. Al fin y al cabo, sí, puede ser el oficio más maravilloso del mundo, pero a ratos. Lo dijo García Márquez que, no olvidemos, se sacó las castañas con la literatura, no como plumilla en eterna precariedad. Y a veces uno se cansa de ciertas chorradas y sólo quiere sacarse las castañas.

Oh, qué bien se vive en España. Los cojones. Pienso a veces en cambiar este sol madrileño que tanto por otras latitudes más dignas profesionalmente. A fin de cuentas, al sudeste de Francia el tiempo es igual o mejor. Niza, como Matisse. El retiro a la plácida provincia, después de un tiempo de brega cosmopólita. Y hacer cualquier cosa, abrir un bar de copas bienpuestas, una arrocería, una academia de baile existencial. Un máster en arrealismo a distancia, descaradamente sacacuartos.

Poco a poco mastico la idea de que, si eso pasara, no podría hablar de fracaso. Siempre que escucho a algún joven estudiante decir que la carrera no le ha enseñado nada, me deprimo. Quieren cosas prácticas, manuales teóricos, libros de instrucciones. Confunden la enseñanza superior con la formación profesional. A mí la carrera, la universidad, me enseñó a paladear el placer estético, intelectual, que puede haber en el vuelo de un colibrí. Lei el otro día sobre un tal Lichtenberg, que decía que admiraba "la capacidad del hombre para construir Louvres, pirámides eternas, basílicas de San Pedro, pero luego quedar tan o más fascinado por la celdilla de un panel de abejas, la concha de un caracol...".

Tengo en mí esa fortaleza, esa seguridad, esa confianza, ese tesoro incalculable, así que a veces considero que un volantazo, un salirme de esa dirección establecida, como ya hice en su día, efímeramente, no sería del todo un fracaso, ni un derroche de años o formación.

Algo en mi interior me dice a veces, ¡hazlo!

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Adjunto tabla del SMI (salario mínimo interprofesional) de los países del entorno, actualizado en 2010:

País SMI mes
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Luxemburgo 1.610 €
Irlanda 1.462 €
Holanda 1.357 €
Bélgica 1.336 €
Francia 1.321 €
Gran Bretaña 1.148 €
Grecia 681 €
España 600
Portugal 497 €
Polonia 334 €
Rumanía 137 €
Bulgaria 112 €


¡Qué bien vivimos!

17.8.10

Dk

Esta mañana de agosto la sentí particularmente mañana de agosto. Creo que alguna vez hablé de las mañanas de abril y mayo. Las de agosto tienen tela, también, sobre todo en una gran ciudad, sin irse, aún, de vacaciones, en eso que ahora los anglosajones, que saben hacer del lenguaje algo vivo, llaman staycation. Recuerdo especialmente las del año 93, cuando me apunté a clases de guitarra con el maestro Joaquín Zabalza, ex Iruña'ko, grupo al que se conocía también como los 'Platters navarros'. Decidieron volver a Navarra, en vez de prorrogar una gira interminable por todo el mundo, que duraba ya dos años, porque ser muy Bob Dylan para aguantar una never ending tour. Y en Navarra la gente tiene raíces, familia, cosicas. Resulta paradigmático, pienso, de cierto sentir navarro, ese no cambiar la gloria por ciertas cosas más o menos sagradas que no salen en las grandes biografías. No sabría decir si es bueno o malo. Hubo uno, no recuerdo el nombre, podría mirar, pero paso, que se quedó allá. Siguió como músico y creo que llegó a tocar con Sinatra, o tocaron todos con Sinatra, no sé. Se lo puso cara de americano, esa cara menos enjuta y seca, agradecida, con los ojos más achinados y algunas pequillas, de ciertos americanos. Deben de ser las hamburguesas. Ignacio Murillo, redactor de Diario de Navarra, publicó hace poco un libro con las andanzas de estos músicos rutilantes que podrián haber sido... lo que fueron.

Mi formación artística, por decirlo de algún modo, fue autogestionada, digamos. Nadie me dijo "Apúntate a ésto". No sé, tampoco, si es bueno o malo. Un verano sentí la pulsión de tocar una guitarra (Admira, modelo Paloma), que llevaba un año aporreando, sin saber ni siquiera cómo se afinaba. Busqué en los anuncios clasificados de ese Diario de Navarra, sección Enseñanza, y encontré Clases de Guitarra. Calle Mayor, 55, tfno 948 227271 (aprox.). Llamé y me contestó una voz agradable, no-joven. No sabía muy bien dónde me metía, y fue una sorpresa comprobar que había elegido al mejor profesor posible. Sus temas no eran de Guns&Roses, ni Extreme, ni Nirvana, sino aires uruguayos y piezas hiperlocales, entre las que recuerdo el Chorus de Villalobos, la Jota de Aoiz, Amorada, o Zorba el griego. Aquello no era lo más transgresos del panorama musical, pero servía para aprender. También el Tico-Tico, el jodido Tico-Tico, del que he olvidado la mitad, pero que a veces trato de tocar emulando a aquel fenómeno llamado Rayito que, por lo visto, después de ser niño se convirtió en decadencia, digo, así, sin tener ni idea.



De pocas cosas me he sentido tan orgulloso como de apuntarme a esas clases. Fue un agosto, y luego se prolongó más adelante, y nos hicimos muy amigos de Joaquín, y su muerte en marzo de 2005 nos dejó a todos un poco tristes. Recuerdo alguna vez habérmelo cruzado en algunos pabellones nada halagüeños del Hospital de Navarra, y los dos nos hacíamos un poco los suecos. Su sitio estaba en aquella buhardilla que era todo un museo, con las fotos, premios y carteles de las actuaciones de aquellos míticos Iruña'ko.

Quería hablar del silencio de una mañana como la de este martes, idea que también se le ha ocurrido a César, y he terminado hablando de la música de Zabalza&Cía.
Había silencio, sí, un silencio anacrónico, un silencio que me ha hecho pensar que el silencio ha sido secuestrado por la modernidad. Sólo en días muy extraños, un martes de agosto sobre las once, se puede intuir toda la sonoridad de una capital española a finales, pongamos, del siglo XIX. Aquellos escritores del 98, Baroja, Azorín, Unamuno, caminarían desde su casa a las tertulias que frecuentaban en ese ambiente de silencio, que hoy nos resulta tan arrealista. Sí, un silencio que nos enseña la trampa de la ciudad, la trampa de todo, ese artificio que llamamos vida pero al que, de alguna manera que todavía no hemos alcanzado a descubrir, nos vemos abocados.

16.8.10

Dj

Ha sido uno de los fines de semana con menos muertos en las carreteras españolas de las últimas operaciones salidas. Diez. En la radio decían que no sé qué responsable se "felicitaba" de la noticia. Siempre que oigo esas "buenas noticias", no puedo evitar ponerme en la piel de las diez familias descojonadas por tan alegres nuevas. No caeré en la demagogia, o sí, lo cierto es que es una buena noticia que muera menos gente en las carreteras, pero no sé, habría que inventar otro término otro enfoque, porque a las diez familias afectadas no les hará ni puta la gracia la cosa. Algo como "Este año ha habido menos muertos en carreteras. Hay menos malas noticias que dar. En este caso, diez".

El otro día vi un reportaje sobre una labor que ciertos guardiaciviles realizan, y que es bastante delicada. La actual campaña de la DGT, precisamente, muestra esa actividad penosa y agriamarga que cada fin de semana llevan a cabo estos agentes. La llamada. Avisar a ese nombre común, Jacinta Navascués Ripoll, de que su marido ha muerto al chocar contra un camión que se salió del carril, a la altura de Almazán. La madre de John Lennon, Julia, murió un 15 de julio de 1958 cuando se estampó contra un coche conducido por un policía fuera de servicio. Alguien llamó a la familia de John (el padre, Alfred, les abandonó siendo éste un niño) y les comunicó la fatal noticia. Ahí empezó el germen de Julia y Mother.

Ayer fueron diez los muertos, y hoy habrá diez funerales, diez encargos de esquela, diez coronas de flores, días fechas que algún empleado de cementerio rural picará sobre la lápida, 15 de agosto de 2010. Sirva este efímero post como pequeño recuerdo a esas diez personas cuya vida se ha truncado, en una noticia que nunca dejará de ser mala.

13.8.10

Di

No tengo mucho tiempo para redactar esta entrada. Pero quería dejar constancia de mi asombro, y de mi pequeña preocupación. El domingo tomamos unas cañas en el Mesón de Urbiola, un pueblito cerca de Estella, en el que me recojo de cuando en cuando, bajo un calor familiar que nada tiene que ver con píxeles. Nos atendió una señora, rubia, de unos cincuenta, con notable amabilidad. Sin venir a cuento, nos ofreció una bolsa de patatas, como obsequio y, más tarde, unas galletitas con paté.

El dia anterior, sábado, entramos al mediodía, después de un efímero paso por una huerta, para beber también cerveza de barril. Nos atendió el marido de esa señora, al que interrumpimos mientras ultimaba unas costillas. Lo vi aburrido, cómo no estarlo, a esas horas, con ese silencio, esa canícula, ese hastío que a veces inunda la vida en los pueblos. Nos atendió con sobriedad, su vida no era un escándalo de dicha. Ahora está desesperado. Su mujer lleva varios días desaparecido y hasta la buscan con helicóptero por la zona. No sabe qué le puede haber pasado ni cuáles pueden ser las razones de una presunta fuga. De ser así, sólo quiere que se lo haga saber, para acabar con este sufrimiento, esta angustia, esta imposibilidad de vivir que genera tan siniestra incertidumbre.

Personajes anónimos, unos de tantos, que de pronto cobran un extraño protagonismo. Vidas que parecen planas, que de pronto cobran un extraño comportamiento. Ahora sé sus nombres, conozco sus dramas, y una pequeña inquietud me nace, de pronto. Mi prima Itziar me ha comunicado esta mañana la noticia, que me ha provocado no poca sorpresa.

12.8.10

Dh

Este jueves fui a la piscina, a una piscina nueva, que no conocía, la de la Universidad Complutense. Madrid tiene estas cosas, cada día conocemos un lugar nuevo, rompemos una rutina, ensanchamos un poco las coordenadas espacio-temporales y nos sentimos un poco más desubicados y felices. Pensé varias cosas en la piscina. Pensé en que no había inmigrantes, y me sentí racista o xenófobo, o las dos cosas. Luego pensé que era una simple observación y que no pasaba nada por hacerla. Pensé en que aquello parecía una piscina del pasado, de los años ochenta. También constaté que no había niños, lo cual sí es una buena noticia. Podéis llamarme misópedo, o como se diga, que lo entenderé.

Pensé en la figura del solitario piscinero. Vi a un tipo que cumplía bien ese patrón, esos hombres que no tienen reparo en llevar un bañador pasado de moda, como de cuadritos, el tipo de bañador que llevaría, de pisar una piscina, Rafael Sánchez Ferlosio. O Antonio Muñoz Molina, que parece quiere imitar, en 2010, el estilo de posguerra, de RSF, sin que nadie entienda muy bien por qué.
El solitario piscinero es un tipo sano. No sabemos si solterón, podría ser, pero suele tener un curriculum más de ciencias que de letras. Pongámosle químico, ingeniero agrónomo, algún puesto de responsabilidad media en una empresa de energías renovables..., algo así. En verano, tiene jornada intensiva y acude a la piscina a falta de mejores ocupaciones, donde suele leer libros de Isaac Asimov, pero a veces también se atrae con los relatos de Edgar Allan Poe —el autor de cabecera de José Manuel Dorado, aquel campeonísimo de Saber y Ganar—, o incluso Cortázar. Pero lo que más le gusta es la novela científica: Michael Crichton y así.

Este piscinero siempre tiene treinta y pico. Y una alopecia incipiente. Está en forma, apenas luce barriga, pues le gusta mucho nadar, actividad que practica en todas las estaciones del año, ora piscina cubierta, ora descubierta. De joven ganó alguna medalla que hoy acumula polvo en la vitrina del salón de casa de sus padres. El piscinero solitario es un buen tipo, nos cae bien, pero nunca sabemos qué siente realmente.

A la hora de comer, he asistido a una de esas conversaciones muy de piscina madrileña, mientras daba de comer a unos gorrioncillos que me hacían compañía; he pensado que la fauna piscinera es todo un género zoológico. Había un tipo, uno de estos tipos tan madrileños con pinta de llamarse Rubén o Juanan, feote, con gafas de montura metálica como de la EGB, que sostenía una conversación sobre coches y educación vial con total entusiasmo. Una chica le seguía el rollo y otro no aportaba palabra. He retenido alguna frase como: "Antes, cuando no había lo que son los radares, llegabas a Murcia en dos o tres horas". Se defendía de una presunta conducción timorata, y echaba la culpa a la DGT, a los puntos, y la retirada del vehículo (que ya no es tal por cierto, según ley, pero no me iba a levantar a discutirle). "Tampoco es plan de ir pisando huevos, pero hay que irse con ojo". Luego han hablado de caballos, de potencias, de válvulas, de parar o no parar en ámbar y he preferido ser un tipo de solitario piscinero antes que participar en tan insulso debate. Muy madrileño todo, insisto.

Después he nadado algo y, como siempre que nado, he comprobado la incapacidad que tengo para el nado largo, el nado sostenido, ese nado plácido y regular de los buenos nadadores. Lo mío es como una bulimia acuática, un querer avanzar como si me persiguiera un escualo, una ansiedad natacionil que me fatiga a las primeras de cambio. Como si necesitara desfogarme para alcanzar la paz de los vecinos nadadores, no sé. He pensado, más tarde, que quizá algo de eso me pase con la escritura. Que necesite escribir un Macropost que alcance la ZZZ, o todas las páginas que llevo a mis espaldas, fundamentalmente inéditas, para escribir sosegado, para dar un día a la imprenta La gran novela americana (escrita por un europeo).

Para que alguien la lea en la piscina, algún día. En este jueves, he terminado el encomiable ensayito de Robert Louis Stevenson En defensa de los ociosos y comparto con vosotros esta frase, que puede aplicarse a esa futura novela mía como a la de otros tantos escritores futuribles:

"Supongamos que Shakespeare hubiese sido golpeado en la cabeza una oscura noche en las propiedades de Sir Thomas Lucy; el mundo hubiera continuado, mejor o peor, su curso, el cántaro hubiera seguido yendo a la fuente, la hoz al grano y el estudiante a sus libros; y nadie hubiera notado la pérdida".

Stevenson no iba a las piscinas, porque no existían en su época, pero sí pasó sus últimos años en Samoa, en pleno Pacífico, donde murió y decidió ser enterrado. Los aborígenes le llamaban Tusitala,"el que cuenta historias".

Stevenson y su mujer, Fanny, en Islas Marquesas, con dos nativos (1889-1890)

10.8.10

Dg

He vivido las vacaciones más cortas de mi vida. Las he tomado por un par de horas. Primero me las he concedido y he sentido una gran satisfacción. Me he preparado algo de comer y me he tumbado, como tipo ocioso (tengo a mi vera En defensa de los ociosos, de Robert L. Stevenson, al que voy a hincar el diente con ansia), a ver la tele. He visto un reportaje sobre los excesos de los especuladores norteamericanos y la disposición de Barack Obama de acometer la reforma que les ponga freno. No sé si la ha acometido ya, y eso que por las mañanas trabajo en temas de prensa internacional económica, pero a veces uno no se entera de según qué cosas. Este martes era el día en que la Reserva Federal iba a publicar el diagnóstico sobre la salud económica de EEUU. No he visto un periódico desde por la mañana y no sé qué habrá pasado. Podría comprobarlo y ya, porque reconocer desgaste en la segunda mayor economía del mundo (tras China, creo), se ve que puede tener consecuencias importantes en aquel país. Pero ahora no me apetece.

En el reportaje se decía que el problema de todo nace, a menudo, en la avaricia. Y he pensado, en plan abogado del diablo, que la avaricia es la virtud del vicio. El vicio es ganar dinero jugando a esa tragaperras infernal que es Wall Street, el Nasdaq y demás. La virtud es hacerlo hasta niveles jamás vistos, un espíritu de superación que, oh, problema, se libra con el dinero de las familias y las hipotecas de los norteamericanos. Levantar más y más kilos si uno es harrijasotzaile, coronar más y más ochomiles si uno es alpinista, acumular más grandes eslames si uno es tenista está considerado una virtud. Quizá en el broker, en el trader, en el buscador de petitas de oro moderno, hacer más caja cada mes sea en el fondo una virtud. La llaman avaricia, pero no deja de ser un querer ir más allá en tu profesión, supongo. Particularmente, cada día me esfuerzo en ser menos competitivo. Me he propuesto ser el tío menos competitivo del mundo.

Me gusta Obama, y su mujer más aún.

Ha sido un rato agradable, que luego he completado con el visionado de Tonterías las justas, programa que me ha parecido simpático y fresco, divertidillo, en el que se aprecia claramente que los senos de las presentadoras juegan un elemento fundamental, tanto o más que la comicidad de las coñas, los recursos de producción, los vídeos que se insertan, en el share que se persigue. Especialmente cuando, sin venir mucho a cuento, las susosichas Ana Simón y Romina no sé qué botan y botan sobre el plató. En ese momento, se disparan los picos de audiencia. El tema "tetas y audiencia" debería tener un apartado especial en Historia de la Comunicación. Aún me acuerdo de cuando me pedían que subiera a las tipas más tetudas posibles, en aquel periódico carcoso y derechón, con el objetivo de subir los clicks. Ay, pensaban que todo aquel despropósito digital se podrían remediar con dos tetones debajo de la columna del señor presidente de la publicación.

Ver la tele ha sido como una experiencia, la he visto desde la distancia. No la distancia habitual, metro y medio, sino la distancia de quien no ve a menudo la tele. La pausa de 13 minutos, 13, para la publicidad, me ha hecho cambiar a Sé lo que hicistéis. El pelo de Miki Nadal, como una corona de espinas cubierta de chapapote, me ha puesto nervioso. Desorden ordenado. Si te despeinas el pelo todos los días de tu vida, aquello deja de ser una rebeldía. Me ha caído mal el tipo, de pronto, me ha parecido un subido, con su pelo desordenado tan estudiado. Su compañera de mesa, una tal Berta, me ha parecido fermosa y apetecible, bastante; he advertido como un deje brusco, casi maño, brutote, en sus hablares, que contrastaban con su delicada fisionomía.

El siguiente zápping me ha llevado a una promo creo que de RTVE, en que anunciaban un programa titulado Historias con alma. "Qué poco se usa la palabra alma en los medios", he pensado. Falta alma, escribió Javier García Sánchez. Salía una señora de unos setenta años que era voluntaria en un centro de forrmación tecnológica para abueletes solitabundos. La señora les enseñaba a mandar y recibir mails, a consultar la prensa digital, a imprimir archivos.... "Es grato enseñarles, pero lo que realmente agradecen es que haya por fin alguien que les escuche". La frase de la señora ha calado, ha tocado hueso, se ha colado en algún vericueto de mi alma, porque se trata de historias con alma, y ha conseguido generar unos conatos lacrimales en las cuencas de mis ojos. Me he sentido muy tía en ese momento y he imaginado a esa panda de entrañables vejestorios yendo a recibir una formación que se la trae al pairo, qué es eso del imeil, el tuiter, la güé y el feisbus... escúchame, cabrona, necesito algo de contacto humano, por favor.

Qué fracaso de sociedad del bienestar es la que genera esas bolsas de soledad, he pensado, algo pomposamente.

He quedado algo saturado de televisión y me he ido al ordenador. He visto un mail con una propuesta para un tema periodístico. No es cultural y de pronto me ha parecido muy interesante bajar un poco de las atalayas de muselina excelsa. He pensado decir NO, y continuar con mis vacaciones, prolongar ese descanso merecido del guerrero, aquello de que vale tanto o más descansar que batallar. Pero como siempre que se me pone en frente algo, de un modo casual, azaroso, cinematográfico, no sé decir que no. Se ha disipado entonces un bolondrio de vacío kirkergariano, jajja, que empezaba a anidar en mí. Qué mal ese ocio por el ocio, ese ocio como impuesto, autoimpuesto, ese ocio como por decretazo, esa necesidad de divertirse ya, ahora, o muere. Paso de vacaciones. Qué bien saben los ratos de escamoteo al trabajo cuando hay, precisamente, algo que hacer. Quizá tengo algo de vicio, esa actitud, dentro de la virtud. Quizá haya que vivir como un corazón, que el órgano que más nos aguanta, palpitación, descanso, palpitación, descanso, palpitación, descanso. O como aquello don Quijote que decía "mi cama las duras peñas, mi dormir siempre velar".

Creo que descansar, en el sentido literal del término, me cansa. Tener algo que hacer para no hacerlo. O hacerlo lento y en varias entregas. Creo que prefiero eso a la ociosidad extrema, de la que siempre he escapado pese a mis largas estancias fuera de la Seguridad Social. Tengo que leer a Stevenson.

9.8.10

Df

Me ha gustado ver, en un segundo de distracción, en la oficina en la que invierto las primeras horas del día, las referencias de Orlando Luis Pardo Lazo a la revista que acaba de crear: Voces. Me sorprendió y (llenó de orgullo, valga el tópico) que se pusiera en contacto conmigo, desde la remota (en términos tecnológicos) Cuba, para pedirme una colaboración en la aún embrionaria publicación. Se ve que Yoani Sánchez, a quien entregué un ejemplar de mis postales, cuando la entrevisté en el hotel Sevilla de La Habana, tuve algo que ver en mi concurso.

Es un orgullo este extraño, limpio, que aporta unas caricias al ego distintas a las que a veces se buscan. Estas son más sanas, no sé. Luego ve uno la publicación, la maquetación y, bueno, se ven las limitaciones técnicas que aún tienen allá. Es lo de menos. Lo de más es participar, formar parte, aunque sea muy minimísimamente, en la crítica al sistema. A ese sistema moribundo y caduco que se resiste a morir y a caducar. Ver ahí los nombres de Claudia Cadelo y Yoani Sánchez, y el del propio Orlando Luis, gente a la que admiro, junto al mío, es muy bonito. 

Esta gente se hace querer y da cosa verles ahí, tan lejos en todos los sentidos. Ahora, con esta revista, un poco más cerca. Léanla. Difúndanla. Que sea un secreto a voces.



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Yo no sé qué tienen los perros

Eduardo Laporte

NO SÉ qué tienen, pero algo ocultan. Una extraña sabiduría que no pueden comunicarnos, y que se resignan a llevar a cuestas, como un regalo no solicitado, el don de una inusual inteligencia que no escapa de sus cerebros del tamaño de un puño.

Hay algo insano en comerse a esos fieles animales, como vi un día en televisión que hacen en Camboya, sin escrúpulo ninguno: el perro es un bicho más, al horno y a vivir que son dos días. Me desagrada la idea.

Escribió mi amiga Álex Estupinian unos versos caninos que dicen así:

Yo no sé,


pero a veces creo que los perros


saben de la sustancialidad del mundo.

Algo de eso descubrí en el lenguaje secreto de los perros. Uno de esos perros que canta Silvio, en esas canciones suyas que por suerte siempre quedan en un lugar en que la política no alcanza, o alcanza menos: la música, el arte. Qué le digo a esos perros que se iban conmigo en noches perdidas de estar sin amigos.

Me pareció que en La Habana había muchos perros. No es tanta la pobreza, pensé, porque el perro al final puede resultar un buen recurso para la olla, a falta de otras viandas más cotidianas. Vi muchos perros sueltos, perros sin amo, perros callejeros, perros de nadie, perros de todos, en la plaza del Parque Central. Junto a los endomingados clientes del Inglaterra o del NH Parque Central se hospedaban perros, vagos, apagados, durmientes, en las faldas de esos parterres que nos advertían de no pisar un césped que no existía.

Aquellos perros estaban rendidos, derrotados, habían dejado de ser perros. Conservaban su sabiduría —aunque haya quien diga que los chuchos son tontos—, pero habían renunciado a comunicarla algún día. Cincuenta años eran muchos, pesaban, y el descreimiento era ya grande. La desazón.

Aprecié como una herencia de derrotismo en esos canes, en esos animales de las canarias del Trópico que no se preocupaabn de apartarse del sol derrengante. Los veía despanzurrados, tristes, al borde un llanto eterno, sobre las calzadas de las calles principales, pero también de los rincones más oscuros de la noche habanera.

En mis internadas por Centro Habana me salían al paso, a veces, pero no me daban miedo porque había desaparecido en ellos toda capacidad de lucha. Eran los perros más domesticados que había visto nunca, tanto, que habían perdido su esencia dentro del reino animal. Habían perdido su dignidad de perro, y eran un triste reflejo de lo que fueron. Dicen que los perros se parecen a sus amos, y todos esos cánidos, ya digo, eran de todos y de nadie, pero más de nadie que de todos.

En la mañana del Primero de Mayo de 2009, cincuenta años después de la gloriosa y demás epítetos Revolución del Comandante Fidel, caí en el burgués acto de dejarme llevar por un bici-taxi. Hacía calor, llegaba tarde, no quería ir solo. Lo tomé, qué queréis. El calor, ya digo, era de plomo y el pobre conductor de aquel cacharro infernal ni se quejaba, aunque sus piernas temblaban como viejas cuerdas de ascensor cuando le daba a los pedales. ¿Igualdad? Siempre habrá un tipo que le lleve a otro, y ese otro jamás le llevará al primero. Siempre habrá un perro oscuro al que apartemos de un manotazo para que no nos moleste.

Yo en Cuba pondría de presidente a un jodido chucho, seguro que la cosa iría mejor. Esa mañana, con el sol líquido, extraña luz líquida que decía no sé quién (bueno, creo que Roland Barthes de la del sudoeste francés), por calles blancas como una Andalucía irreal, arreal, se nos apareció un perro. Un perro negro, un perro cubano, no un perro andaluz. Un perro real, no surreal, no daliniano.

Me miró a los ojos como pidiéndome ayuda, como diciendo “eh, no te vayas, escúchame, estoy aquí, ayúdanos”. Lo dejamos allá atrás, solo, en esa mañana de fiesta obligada y de consignas programadas, de sonrisas oficiales y orgullo patrio tan bien interpretado que muchos se lo acaban por creer, hasta que vuelven a su casa y todo sigue igual.

Yo no sé qué tendrán los perros, ese perro negro y mudo, pero cuando veo, aquí, en Madrid, a los perros saltarines, empalagosos, a veces agresivos, otras atléticos, otras todo eso a la vez, me acuerdo de los perros habaneros, quizá los animales más tristes que he visto nunca. Tan sólo el de Julia Núñez, cuando la visité en su casa de Belascoaín, me hizo pensar que aún había perros con rabia, pero rabia de la buena.

Era un gracioso salchicha, pero ladraba como un doberman. No me gusta que los perros me ladren, ni se me encaren, pero aquella vez me gustó ver esa entereza sobre cuatro patas. Era distinto al resto el perro de Julia Núñez. Era distinto a todos aquellos perros tirados por las calles, al sol, sin ganas ni para buscar la sombra.

Tristes, pienso ahora, como el hipopótamo, el cocodrilo o el oso polar que también he visto en Madrid, pero en el parque zoológico.

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Artículo de Yoani

Artículo de Orlando
Blog fotográfico de Orlando

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Perro habanero, el Primero de Mayo de 2009.

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7.8.10

De

He estado unos días como improductivo bloguilmente, con pocos pensamientos o muchos a la vez. Creo que dijo Umberto Eco que leerse mil libros, para informarse sobre un tema en concreto, es como leer ninguno. Quizá fue que me fumé medio porro, por mi nostalgia por la nicotina, que no es otra cosa, y me produjo ese centrifugado mental que te deja el coco inválido para la hilazón de ideas más o menos compartibles. Las drogas son un buen atajo hacia la mediocridad.

Ahora, en el campo, en Urbiola, parece que se destensa un poco esa madeja y se disipan y ordenan, algo, las ideas. Hace poco se me ocurrió una cita de estas como sentenciosas, sobre el hecho literario. La apunté por ahí, creo que decia:
La literatura es el arte de disponer la información.

Vista así me parece un poco pobre, creo que le falta algo. Pero a veces hay arte en una página del periódico, en unos disturbios callejeros, en una celebración festiva callejera. Ordenar, dosificar, colocar, presentar y manipular con arte esa información es elevarla a categoría de literatura, pintura, cine. Un poco de selección y cierta voluntad, aunque sea meramente estética, y ya lo tenemos. No es más. El periódico tiene unas servidumbres, la de proveer de la mayor cantidad de información posible. A veces es un error. A veces tanta información es como no tener ninguna.

Hace poco acudí a una visita guiada a Matadero, en Madrid, ese proyecto de ciudad del arte que me parece harto (y potencialmente) interesante. El responsable de relaciones públicas nos explicó, nada más llegar, en qué consistían todas las instalaciones, las construidas y las por construir, con gran profusión de datos, metros cuadrados, detalles técnicos y precisiones varias. Olvidamos las cosas. Es así de sencillo. De esa charla que duró media hora, retuve algunos datos, pero olvidé el 98%. Y así con todo. Es una pena, pero el cerebro funciona así, de mal, de bien, no sé, pero es un coladero en el que tan sólo cierta arenilla supera finalmente las cribas diarias.

Quizá el arte, consciente de esa limitación, busque un lenguaje menos perecedero, más cercano a la experiencia, al impacto, a entrar por otros recovecos. Hay algo de triste, por otra parte, en esa incapacidad nuestra para la retención. Vale, a veces retenemos datos más o menos inútiles, pero no es menos cierto que perdemos, se nos escapan, un otro montón de cosas.

Toda la educación escolar. Ese torrente de datos que aprendíamos de niños, como robots, sin apelar jamás a las sensaciones, sin entender realmente qué significaba el muro de Berlín, el comunismo, la esclavitud rusa del XIX. Ningún método educativo sirve de nada si no hay un apoyo, un complemento, que aluda a las pasiones, en el mejor sentido del término. La razón no sirve de nada, hay un entendimiento mayor que tiene que ver con lo mágico, lo misterioso, lo que nos trasciende. Y en los manuales de texto, en los ensayos, no suele haber mucho de eso. Sí en los cuadros, las películas, los libros. Hace poco hice un reportaje sobre un libro que escribieron a pachas el historiador JP Fusi y el historiador del arte Calvo Serraller. Lo titulé "La historia sin el arte no sirve de nada". Era un extraño remedo de aquel eslógan de neumáticos que decía "La potencia sin control no sirve de nada".

Quería escribir sobre Muñoz Molina, sobre Savater, sobre cierta estupidez que sobreviene con los años, sobre la manía que voy cogiendo a la expresión "sentido común", sobre la abolición taurina, sobre la necesidad de las sociedades de avanzar, sobre lo bueno que es avanzar hacia el no-maltrato animal, sobre aquella cita de Kundera que me pasó El Patio que decía que una sociedad se define a sí mismo en el modo en que trata a los animales.

Al final he salido por ahí. Pero qué bien se siente uno, como destensado, cuando logra colgar y compartir estas cuatro ideas, quizá desordenadas, estériles, para que las recoja quien quiera.

Adjunto foto de las vistas desde la terraza, hecha con el ordenador.

3.8.10

Dd

"Qué bien que ya es martes", ha suspirado una compañera del trabajo, al cruzar la puerta de la oficina. Pues vaya, he pensado. Antes, he ido dando vueltas a una idea, mientras Madrid se descardenizaba porque, en efecto, como dice El Patio, las mañanas de agosto se han oscurecido. La idea era lo de Ribeyro y la tendencia a abandonar el ejercicio literario cuando algo que debía resolverse, "un matrimonio logrado, una posición social conseguida, un proyecto que se realiza", se resuelve.

No sé si busco casarme, medrar socialmente o colocar algún proyecto. Lo segundo desde luego que no. Es una suerte librarse de esos escalafones sociales de antaño, querer meter la nariz en tales ambientes, colarse en salones por aquello de decir 'aquí estoy' y esnifar un rapé que ya no existe. Ya no hay ambientes que nos seduzcan, o quizá haya muchos, y ninguno. Las clases pudientes han perdido el estilo que en su día pudiera ser imitado, envidiado. Hoy las pijas son mileuristas, y las que tienen dinero son vulgares. Bostezan sin taparse la boca, no saben colocar los cubiertos en el plato después de comer, son incapaces de interesarse por lo que les estás contando y no leen novelas victorianas. Hace poco presencié, en una sobremesa, una escena peripatética, con tres pijotas calculando, en la calculadora de sus Blackberrys, cuántos centimos arriba/abajo tenían que abonar cada una, en una cena de quince euros por cabeza raspados.

No sé si creo ya en el matrimonio y, bueno, proyectos hay siempre. Por tanto, ¿cómo no escribir? Quiero decir, ¿en algún momento el hombre (y la mujer) siente que ya ha hecho todo y se puede permitir servirse un gintonic de Hendrick's con pepino y esperar, feliz, a que la muerte le sorprenda? Bueno, sí, eso puede pasar cuando uno se convierte en un jubileta, real o no, pero hasta entonces siempre quedará impulso, habrá cosas que recolocar, fichas que mover, acciones que nos quiten el sueño. ¿O no?

Para algunos la respuesta quizá sea no. Vidas hechas, que rechazan cualquier modificación, como la carta de bocadillos de los bares españoles. Vidas hechas, como las VPO de Mendillorri, Buztintxuri o, aquí en Madrid, un Sanchinarro cualquiera. Y qué bajón cuando ya han construido el apartamente, cuando ya nos hemos casado, cuando ya hemos ido de viajes de novios, cuando ya hemos tenido el hijo, y luego la hija. ¿Qué hacer ahora, si la vida ya está hecha?

Veo en muchas de esas parejotas que nos rodean ese mal contemporáneo de sentirse acabado. Y digo acabado sin peyoratismos ninguno: acabado, concluso, finito. Esto es, acabado. Parejas que van a los mismos eventos que tú, pero que los ves aburrirse cuatro veces más. Bostezan, callan, rumian, están incómodos. Son conscientes de su hastío, de lo poco cinematográfico, literario, de sus vidas, pero ya es demasiado tarde para cambiar. No dan ni para un documental de estos de Tavernier, son Madames Bovary's que ni siquieran han leído el libro de Flaubert. Me decía una amiga que debería ser pecado, con castigo y penitencia, tener la certeza de algo y no hacer nada por cambiarlo.

A menudo he pensado que escribir era una actitud patológica, y sobre esto habla Juan Gracia Armendáriz, patográficamente, en su Diario del hombre pálido. Podría extenderme sobre esto, pero prefiero ver la escritura como un ejercicio de celebración, de "afirmación", dice Armendáriz. Es la constatación de que estamos en una permanente mudanza, un si es no es crisis, pero que no tiene por qué ser negativa, dramática, lesiva. Significa que nos estamos construyendo, que nos reformamos, cambiamos, ampliamos, derrumbamos, reedificamos, despejamos, rediseñamos. El resultado de esos movimientos, las virutillas de ese trajín, puede que vayan a parar al carro literario. A un diario, a un poema, a una novela en que recolocamos todo ese material quizá disperso. Pero lo otro, el darnos por hechos y derechos, me recuerda demasiado a estar muerto.

Somos movimiento.

Dc

Este primer lunes de agosto, a la vuelta de mi exigua jornada laboral, tenía mucho de agosto. Tenía esa cosa de lunes a medio gas que se nota sólo en el comercio, en el comercio de provincias, cuando las tiendas cerraban para compensar las tardes de los sábados sacrificadas por vender alguna braga. Qué deprimente una tarde de sábado trabajando, alguna vez escribí no sé dónde sobre las carnicerías tristes de un sábado por la tarde. Y de invierno. Y de una localidad pequeña, del norte, fría, inhóspita. Para morirse.

El lunes por la mañana, en cambio, me figuro que ese gremio de comerciantes se sentiría algo recompensado, arrancando un poco a contrapié del resto de la comunidad trabajadora.
Hoy se notaba un silencio extraño, una atmósfera como de eclipse.

Por la tarde he tomado gazpacho. El secreto está en los tomates maduros, y en el mucho aceite y vinagre. Sin miedo. Me he acordado al beberlo de algunas tardes de verano en que no iba a la piscina. No tenía entonces novia y mis amigos o eran pocos o no me convencía su compañía. El ambiente familiar, de primos, tan cohesionado en su día, se había dispersado y había que reconstruir, por primera vez, el mapa social. Pereza. Así que muchos días me quedaba en casa, en verano, en vez de hacer cosas más sanas, como nadar, correr, ir, venir, etc.

Me cruzaba entonces con mi padre, que no era una presencia hostil, kafkiana, ni mucho menos, aunque sí que me incomodaba hacer patente esa cierta desubicación mía. No quería darle lástima, no me gustaba hacer patente mi deambuleos por la cara, sin ruta definida. Solía hacer gazpacho, él, y a veces uno de zanahorias que no estaba del todo mal, lleno de vitaminas y cosas sanas. Lo bebíamos en silencio, en la cocina, en esas horas de tiempo detenido, dilatadas, que parece que pasan dos veces, del verano. Las seis y diez, las siete y cinco, las ocho menos cuarto.

Me jodía que me viera algo desvalido socialmente. La adolescencia precisa de un grupo compacto, esa tribu de la que formar parte y en la que no acababa de encontrar acomodo. Pero también me gustaba su presencia tranquila, silenciosa, ver que él también mataba las horas fuera de estridentes piscinas, viendo cualquier cosa que echaran por la tele, con San Cristóbal y su fuerte, en frente. Nos hacíamos compañía.

He pensado esto en una de las varias horas muertas, algo dispersas, de la tarde infinita. Luego, he pensado que el verano, una vez entrado agosto, enfila su cuesta abajo y si te he visto no me acuerdo. He sentido una leve nostalgia del julio recién finiquitado. Y he pensado en los pequeños nervios del curso venidero, que siempre implicaban un reto nuevo. Ecuaciones, física, tabla periódica, latín, las divisiones con decimales. Oíamos hablar de ello con cierto temor, pero también con la excitación de tener un reto a nuestra medida. El otro día escuché que el equilibrio reside en realizar gestas situadas en un punto intermedio entre nuestras capacidades y nuestras debilidades. Algo así. Encontrar a tu contrincante ideal, que te ofrezca seria resistencia... y ganarle. Algo de eso de los conflictos y la necesidad de creárnoslos si no vienen, que comentamos hace poco.

Pasan los años y hay biografías estancadas, sumidas ya en un bucle de rutina más o menos conquistada. 'Formación continua' vs. 'Camino de perfección'. Bien. Un poco de las dos. Probarse a uno mismo, meterse en marrones nuevos, colarse en terrenos desconocidos y ser de nuevo un aprendiz, un novato, un pringao, tiene algo de sano. La vida como un juego de la Nintendo. Algo así.

2.8.10

Db

Dejo en suspenso una idea sobre los procesos, los tiempos, la maceración del gazpacho, el agua que horada la piedra, los pasos que horadan, también, la piedra de las escalinatas. Libros de verano, lecturas de verano, el clásico tema rellenaperiódicos, pero no exento de un cierto atractivo. Quizá el verano sea la mejor etapa para la lectura, por tiempo, y también por cierta predisposición nuestra al sueño, al romanticismo, a ponernos frente a frente con la vida, quizá a reorientarla, a ver si la dirección es buena, incluso a hacer radicales golpes de timón. El verano es un tiempo en que nos ponemos a pensar, y por eso hay tanta violencia doméstica más o menos soterrada y tanto divorcio. Es la cara amarga del tiempo libre, pero también hay otra más feliz y que la traen los libros.

Leo cada viernes en El Cultural la serie de Anson sobre sus lecturas veraniegas. Aquí que no nos oye nadie, o ese hombre lee mucho o tira de solapa, porque no es posible meterse tanto título entre pecho y espalda en tan poco espacio de tiempo. No obstante, siempre hay una impronta personal. Lecturas de verano, titula. Y, sí, el verano es época disociada, lo digo cada año, y eso nos permite leer y luego alzar la vista al cielo, en plan rêveurs.

Recuerdo un verano de 1997, en París, leyendo Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro. Un título tan cursi me sorprendió con una serie de historia que de alguna manera me conmovieron. Verano en París, soledad elegida y cigarrillos. Y 18 años. Era fácil ser feliz, sí. Algunos veranos después llegaron dos lecturas claves, en los veraneos en casa de mi ex, en Benicásim. Cien años de soledad y Crimen y castigo, quizá los dos grandes clásicos que más he disfrutado, que me habrán marcado de alguna manera que seguramente desconozca. Los leí con veintipocos, que es buena edad para leer esos libros, y sentirse Rodión Romanovich Raskólnikov y albergar la posibilidad de matar, si acontece, a una vieja ususera, que viene siendo lo feo que hay en el mundo. El tercer clásico que me gustó leer, volutantariamente solo, al sur de Francia, fue La educación sentimental, de Flaubert, un libro que compré al azar, y que luego resulta que hasta lo cita el Woody Allen de Manhattan, como cosas que el mundo no debería perderse. El Quijote, del que aún me quedan algunas páginas finales, también cayó en ese verano de 2004, previo a mi personal lanzamientos a las venturas varias. También leí entonces El Robinson urbano, de Muñoz Molina, que dio lugar a una novela levemente paródica que titulé El náufrago cosmopolita, cuya herencia aún viva es este blog, y cuyo imaginario, rollos nauGrafiles, me temo que no podré escapar más nunca.

El año pasado alcancé ese cénit místico y placentero de los libros veraniegos, en el campo estellés, con La carretera, de McCarthy, Al borde del naufragio, de Alberto Olmos y con los Relatos autobiográficos de Bernhard. Me sorprendió encontrar gran relación entre el libro de Olmos y el de Bernhard, claro influjo del primero en ese potente libro con el que el entonces veinteañero escritor segoviano quedó finalista del Herralde. Sam Savage y su entrañable El lamento del perezoso mitigó los dolores que a mí me trae septiembre, mes que me sigue resultando antipático.

También leí en verano las Prosas apátridas que cito en el anterior post, y que me regaló mi tía J un cumpleaños, creo que por recomendación de Javier el de El Parnasillo. Leí en verano Vida y época de Michael K, de Coetzee, del que leí, precisamente, Verano, a principios de éste, con los goles del Mundial sudafricano, qué oportuno, de fondo. Leí en verano, Bajo las ruedas, un libro de Herman Hesse no tan conocido como Demian, El lobo estepario o Siddharta, pero que quizá me gustó más. Me recordó mucho a El guardián entre el centeno. También leí en verano, en 1995, El mundo de Sofía, de Gaarder, libro que entonces me fascinó y cuyo final, que creo sólo llegué a intuir, me provocó un arrobamiento filosófico-místico de importantes proporciones.

Y leí en verano, en otra estancia, más larga, en París, como becario de flâneur cuando desconocía el término flâneur, cuando escribía un diario íntimo desconociendo la existencia de los diarios íntimos, en 1999, el París era una fiesta de Hemingway, y El extranjero de Camus, en francés, en un ejemplar que me regaló Claudia Toumarkine, la señora que me hospedaba en su napoleónica casa, en plena calle St Denis, que es como una Montera parisina. Fueron las mejores lecturas posibles, para ese momento y ese lugar.

Me acuerdo ahora de La familia de Pascual Duarte, que cayó en mis manos en julio de 1994, en aquel fantástico mes de iniciación en varios vicios, en Bournemouth, Inglaterra. Recuerdo leerlo en esos ratos absurdos de la cultura británica de después de cenar, con una luz atronadora que aún se mantiene unas cuatro horas. Son algo absurdos, pero irradiaban una paz extraña, también.

Mi primera lectura seria, es decir, de un libro considerado como tal, fue a mediados de los ochenta. Tenía siete años y me metí de una tacada El mago de Oz, que ocuparía unas 200 páginas, en aquella colección naranja de Alfaguara. Cuando lo terminé, celebré, orgulloso, esa mi primera pequeña gesta literaria. Fue en Salou, como también leí en Salou, año 92, o quizá el 93, y en tan sólo un fin de semana, las casi 400 páginas de ¡Viven!, de Piers Paul Read, cuya historia me sobrecogió enormemente.

También solía leer en verano, de niño, después del estruendo sanferminero, con la recobrada paz, los cómics de Tintín. Y en la mochila que llevaba a la piscina solía meter, junto al bocadillo de tortilla que pronto se pondría gomoso, un par de tomitos rojos de construye tu propia aventura.

Me acuerdo, ahora, de encerrarme en los váteres, en el Tenis, larguísimos ratos, con estos libros que se decían juveniles pero que no eran sino infantiles. El olorcillo de la mierda propia y el silencio de la tarde veraniego, en esa soledad que uno iba descubriendo como un regalo, la recuerdo ahora con gratitud.

El Corsario Negro cayó en 1990, en el colegio de Étampes, y me enganchó sobradamente. Algunos de los ideales allí expuestos, nobleza, honor, resistencia (siempre estaban remando o atravesando tupidas selvas), creo que quedaron grabados en mí de un modo indeleble, aunque no sé si alguna vez han salido, o saldrán a flote.

Las lecturas de verano nos marcan, aunque no nos enteremos, así que elegid bien las vuestras.

Da

Suelo dormir pequeñas siestas de veinte minutos. Creo que Churchill o quizá Lincoln las llamaba las siestas de las bolas de billar. Se colocaba una en cada mano y, cuando caían al suelo es que había perdido la conciencia. Y, claro, hacían ruido y con ese ruido se despertaba. Bastaba ese pequeño viaje a la otra dimensión, aquella en la que no somos nosotros sino esa otra cosa extraña que somos durante el sueño, para hacer una sana pausa mental.

Me bastan, a menudo, esas pequeñas siestas para el abordaje de unas tardes en la que habrá más dispersión que otra cosa, pero en la que uno pone todas sus energías, sean o no productivas. Al menos, siempre se intenta. Y, bueno, el caso es que a veces el cuerpo, por la noche, llega a confundir un poco todo y se cree que es el momento de la siesta, y no el de dormir como un tronco. Entonces me cuesta recuperar el relato somnífero y me entra una cierta inquietud, una pequeña ansiedad, una sensación de fichas de Tetris mal colocadas y una velocidad creciente, y la musiquita rusa como in crescendo. Noto también las mandíbulas en guardia de no sé qué, como iniciando esa presión la una contra la otra, bruxismo creo que se llama, con el que he coquetado alguna vez, y coño, no duermo tan bien cómo antes.

Me digo que quizá escribiendo me calme, y pruebo a hacerlo, y aquí estoy. Quizá es que tengo en la mente una serie de perlas que me ha proporcionado, que me está proporcionando, Juan Gracia Armendáriz y su Diario del hombre pálido. Juan Gracia Armendáriz tiene algo del Ribeyro de Prosas apátridas, y a mí me parece muy valioso, una gran perla, y lo valoro más porque Armendariz está vivo. Y és de Pamplona, como yo, pero Madrid es su segunda casa, de la que se va a veces, pero con la esperanza de volver. Hacía tiempo que no leía un libro con tanta atención, como un goteo feliz que te mete algo en las venas que no sabemos qué es pero que nos sienta bien. Y eso que habla de su enfermedad, y eso que hay algo deprimente en nuestra fragilidad, en esa ruleta rusa que es la salud y en la que cualquier día nos sale la bala y no nos morirmos pero casi; seremos muertos vivientes que eso y no otra cosa es ser un enfermo.

Pero Armendáriz está enfermo pero se siente más muerto que vivo, y no quiere palmarla, como el Boris Vian de No me gustaría palmarla. Y no sólo no nos da el coñazo lastimero como hace un poco el Bernhard de Relatos autobiográficos, sino que ante todo hay una búsqueda, una fe, en la luz. Y son páginas que se leen como miel, miel en boca del asno, y me siento bien de no ser un asno, de no ser uno de esos que leen para evadirse, sino alguien que busca y encuentra generosidad en formato impreso.

Quería hablar de más cosas que me ha suscitado este libro que voy a lamentar terminar, pero no quiero extenderme.

Me siento algo mejor, necesitaba soltar algo de lastre. Acumulamos sensaciones, y no podemos reprimirlas. Hay que soltar. Me preguntaba antes una amiga que dónde irán a parar todas las sensaciones que reprimimos. Al Sementerio de las Sensasiones Moribundas, le dije medio en broma,.en plan poeta cursi. Recuerdo que me comentó Milena Agus que si no escribía sentía una incómoda ansiedad, le atacaba también el insomnio.

El propio Ribeyro, en el libro de Armendáriz, dice que todo diario es la manifestación de que algo dentro del diarista está aún por resolver. Y que cuando se resuelve, "un matrimonio logrado, una posición social conseguida, un proyecto que se realiza", la actividad del diario puede quedar abortada. No sé si esto es un diario, y si en mi interior hay algo de ese conflicto irresoluto. Pero cabría preguntarse si no vivimos mejor dentro de una razonable dosis de conflicto, que nos mantiene a flote, con una razonable tensión. Un conflicto pequeñito, una voluntaria incomodidad, una insatisfacción casi planeada. Algo de la capacidad que tienen ciertos enfermos para encontrar esas perlas brillantes de las que habla Armendariz.

Pero sin estarlo.
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