Este miércoles, 16 de junio de 2010, es Bloomsday, como lo fue el año pasado y muchos años pasados. Efeméride cultureta donde las haya, rememora las andanzas del protagonista del
Ulises, de James Joyce, por Dublín, un 16 de junio de 1904. El blog de
El lamento de Portnoy propuso una interesante iniciativa, que consistió en que todo aquel que quisiera contara su particular Bloomsday, el relato cotidiano de sus acciones durante el 16 de junio de 2009, fue un éxito de convocatoria y creo que participó hasta
Enrique Vila-Matas.
Por cierto que tenía pensado no leer jamás el
Ulises. Pero hoy un compañero me ha hablado de que dos amigos suyos, frikis literarios, son fans del libro. Habrá que planteárselo, algún día.
Pego a continuación el texto con el que participé, no sin un poco de sonrojo. Creo que antes escribía de un modo más impúdico que ahora. Pero tiene su gracia acercarse a esas líneas, como pequeñito viaje al pasado personal, de un día como otro cualquiera, congelado. Allá va:
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Me jode que justo haya caído Bloomsday, y
la iniciativa de Portnoy, en uno de los días más anodinos que recuerde. Un día anti-novela río, un día sin grandes sentimientos de nada, hiperestesias siquiera fugaces, pequeños delirios de grandeza, minúsculos arrobos de cambiar el mundo, a poder ser a mejor. Una pena que no hubiera caído en el día de mañana, en que tomaré un tren destino Pamplona para ejercer de miembro del jurado de, ojo, el I Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín. Leeré antes muchos microrrelatos, asistiré al acto y hablaré un poco en público, daré mi opinión sobre esas perlitas literarias y participaré, más o menos activamente, en esa tanganilla literaria tan simpática.
Mi día empezó de arriba a abajo, poniendo los pies en la tierra, como todos los días. Bajé, pues, la escalera que va de mi
mezzanine al duro suelo y puse antes mis picantes en la báscula: 76 kilogramos. Vaya, había bajado la barrera psicológica de los 75, pero se ve que por poco tiempo. Trabajé en una entrevista al editor Jorge Herralde durante la mañana y apenas mantuve contacto oral con nadie. Todo el día, como a la postre fue, tenía las trazas de uno de esos
mute days que acaban atorando un poco. Barajé la idea de ponerme a hacer un montón de cosas solamente para contarlo, vivir para contarlo, para contarla, pero me pareció ridículo y me dio pereza. Coño, no pasa nada por estar un día sin relacionarse con nadie. Leopold Bloom, Joyce, Italo Svevo, Zeno con su conciencia, también lo harían de vez en cuando.
Mantuve una conversación por chat con Jordi S. en la que me propuso hacer un programa culinario emitido por YouTube en que las materias primas serían libros. "Hoy freiremos un poco de
postales del náufrago digital, que acompañaremos con unas virutillas de
Los confines, bajo un lecho de
Melocotones helados aderezado con unas páginas ahumadas de
Nocilla experience, con coulis de
El talento de los demás". La idea, como generador de polémicas literarias estériles y granjeadora de nada bueno, me ha parecido curiosona.
A esa hora muerta entre el desayuno y la hora de comer me ha entrado un hambre de mil demonios, un hambre como de tipo a dieta que no soy (en puridad), así que me he preparado una tortilla con queso y pimiento verde en sartén minúscula. Lo habría acompañado de un vaso de Valdesolores 2006 pero me ha parecido excesivo: jamás bebo por las mañanas.
Internet no me dejaba saldar una deuda con el Ayuntamiento del Valle de Aranguren, sito en Navarra, que ascendía a 132,94 euros. Así que he bajado,
in person, al banco Santander más cercano. Aprovechando la coyuntura, he llevado unos rulos con monedas que en su día me propuse canjear por pasta. En un ejemplo de ver la botella medio llena, me ido tan contento con los 21 euros en que he convertido esa chatarra, así que lo he celebrado comprándome
El País y pidiendo un kebap de cordero y una Coca-cola en un antro cercano. De los 1,20 euros que me ha costado el periódico creo que sólo salvaría la columna del nunca decepcionante Enric González. Es cierto que veo a ese periódico cada vez menos imaginativo en secciones, inabordable en muchos casos, como esos reportajones de mil columnas que abren la sección 'Vida y artes'. Ni un jubilado tiene tanto tiempo como para ponerse con él. Y no sé, hoy no me interesaba la actualidad electoral en Irán, ni la posición de los palestinos sobre Netanyahu, ni la presunta corrupción del PP. Algo, si acaso, lo de Gasol y su éxito baloncestístico.
Terminados mis deberes periodísticos, me he metido con la novela, los diarios, he leído blogs, he cotilleado por Facebook, he tocado la guitarra y he ordenado una mesa llena de folios. Hacerlo me ha echo crecer interiormente, ha sido como occidentalizar mi vivienda, una pequeña conquista, porque el encanto del feng shui habanero/bananero puede llegar, a veces, a saturar.
A la espera de quedar con una amiga cuya madre murió recientemente, vaya plan, me he acercado al Bandido doblemente armado, para conocer el saldo de las ventas de mi primer legajo publicado. Cinco ejemplares, cinco, en casi los mismos meses. Ahí no he visto la botella ni medio llena ni medio vacía: ya me lo esperaba. Me ha atendido Diego, simpático, que es hijo de Soledad Puértolas. En frente de él, en una mesilla bajo la caja, había un libro reciente de ella, precisamente, titulado
Con mi madre. No le he dicho nada, pero el comentario que bullía en mi mente era: "¿Lo has escrito tú?".
Me he llevado unos libros sobrantes para colocarlos en otras librerías, como El Arrebato, donde un tal Pepe me ha atendido amabilísimo y ha aceptado mi mercancía. En Pantha Rey me han dicho que no admitían libros así, sin factura etc, y que lo pedirían a la distribuidora. "Claro", he pensado. ¿Lo harán? Luego me he comprado unas zapatillas Gola y me han invitado a una shandi en la propia zapatería,
pas mal. Me quedaban dos ejemplares y he decidido dejarlos en Tres rosas amarillas. He recordado lo mal que lo pasaba en un tiempo en que hice de comercial de unos anuncios de tele local que aún ni se emitía, y lo lamentable que era aquello de soltar la monserga marketiniana de puerta en puerta. Eso sí que es duro y no ser poeta maldito. El tipo ha escrutado mi libro con cierta distancia, no diré desprecio, y ha añadido un comentario del tipo "sí, la típica selección de textos del blog". No lo ha dicho con mal tono, pero esas han sido las palabras que ha emitido. Ha declinado la presencia de mis dos libritos en su librería y ha argumentado que, claro, ellos trabajan el mundo de los relatos, y que con gente que tiene más relación pues sí, que a veces colocan sus libros y tal. Ha declinado también pedir el libro a la distribuidora, y he valorado su honestidad y su capacidad para decirme "no", pero también he pensado que tenía unas considerables trazas de cretinín carveriano.
He pasado cerca de un portal para mí de buenos recuerdos, de esos buenos recuerdos que quizá le ponen triste a uno mientras pasa o pasea por esa calle, y se ha puesto a llover a moco tendido. Los ciudadanos, ingenuos, no llevábamos paraguas así que no había otra que mojarse, y no me ha importado mucho. Al llegar a mi calle de resonancias tintinianas, la bolsa de las zapatillas, o zapatos deportivos, se ha venido abajo reblandecida del agua de lluvia.
A punto de abrir la puerta, he recordado un comentario de una chica que conocí hace poco y que decía no tener ningún tipo de vis poética: "Estábamos en Dos de Mayo, se puso a llover y se nos quedaron las pizzas mojadas". Esas fueron las palabras que usó, no lo dijo, por supuesto, declamando, pero a mí me pareció lo más poético que escuché en tiempos.
La amiga de la madre fenecida me dijo vía sms que no podía quedar, así que asumí los hechos: hoy sería un Bloomsday sin interlocutores, sin el compañero de Leopold cuyo nombre ahora no me sale, pero seguro que algunos párrafos, párrafos-río, al menos sacaría.
Madrid, 16 de junio de 2009
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Foto de Dublín que Vila-Matas envió a Portnoy como colofón a la iniciativa del año pasado. No sé si incurro en algún tipo de irregularidad al pegar aquí la fotografía..., pero supongo que sabrán perdonarme.