30.4.10

Gesto manriqueño

Estuve en Lanzarote hace diez años y admiré la obra de César Manrique, sus jameos del agua, su casa primitivista, a lo Barcelò antes siquiera de que existiera Miquel Barcelò. Su rollo picassiano, ese Picasso naíf de las cerámicas que luego se les pegó a Alberti y a Lorca, en sus dibujos naífes al cubo.

Hoy he leído esto en Wikipedia, sobre Manrique y me ha parecido un gesto que sólo se me ocurre definir de manriqueño:

Al estallar la guerra civil española en 1936, se alistó como voluntario en el bando franquista, sirviendo en el cuerpo de artillería de Ceuta y combatiendo más tarde en distintos frentes peninsulares. Nunca quiso hablar de su atroz experiencia en la guerra, y al regresar a casa en 1939, aún vistiendo el uniforme, se despojó de la ropa, la pisoteó con rabia y le prendió fuego.

Me recuerda un poco también a esa canción de Silvio, La gaviota, sobre el soldado que vuelve a casa, "húerfano, herido, desnudo, sangrando". Éste llegó vestido, pero enseguida notó la pulsión de la desnudez purificadora. Y del fuego purificador.

28.4.10

Mañanas de abril y mayo

Recuerdo haber visto Mañanas de abril y mayo, de Calderón de la Barca, y recuerdo haber olvidado todo salvo el título, hermoso título, que algo es algo. Porque, ¿de cuántos libros, películas, funciones no recordamos ni el título? No es poca cosa. Y es que las comedias de enredo del Siglo de Oro me enredan, me pierdo en sus vericuetos argumentales, en sus idas y venidas, traiciones y veleidades, alcahuetadas y metomentonadas de alcoba, capa y espada. Quizá no tengo alma pícara y por eso me pierdo, quizá se escribieron para inteligencias del XVI-XVII, quién sabe. Hay ciertas obras que yo disfrutaría muchísimo más si dispusieran de algún tipo de subtítulo para discapacitados argumentales, o simplemente despistados, o atentos a otros detalles más bien, como yo. "Este es el amante", y una flecha luminosa bien clarita. O "Lo que quiere en realidad es quedarse con su herencia", y cosas así. En el teatro, también en el cine, pasan muchas cosas, hay demasiados estímulos, y no entiendo cómo el público, que no es nada tonto, sólo puede prestar atención al principal, al de la trama, la historia, con la de cosas que están sucediendo al mismo tiempo. Es admirable, ecco, esa focalización, más si se ha pagado entrada.

Lo cierto es que las mañanas gozan de poco prestigio en la bibliografía universal, en la poética mundial. Quedan eclipsadas por los amaneceres y los anocheceres, también por la noche. La mañana suele pasar discreta por las arpas de los rapsodas, y queda relagada a dar títulos a programas radiofónicos de tipo magazín y cosas peores.

Pero tienen algo estas mañanas de abril y mayo en una ciudad luminosa y alegre como Madrid. Ayer pasé por la calle Cervantes y descubrí la casa museo de Lope de Vega, perperdicular a la calle Quevedo, barrio de las Letras dónde si no. Sería un buen plan concertar una visita a ese lugar, por ejemplo, en una de estas mañanas de abril y mayo que pasan volando. Por desgracia, a diferencia de en largo Siglo de Oro, hoy nos hemos empeñado en matar, aniquilar, secuestrar, gasear, exterminar, fumigar, descuartizar esas mañanas de abril y mayo, y el personal las contempla desde sus alienadas oficinas con vistas a una vida tirando a regulera que se nos escapa de las manos.

Hay que pagar las hipotecas y eso.

26.4.10

Sanjurjo

Llamándote José Sanjurjo no se puede ser republicano, ni afrancesado, ni anarquista, ni comunista, ni cupletista, ni taxidermista, ni siquiera escritor. Con ese nombre sólo se puede ser golpista y militar. Llamándose Napoleón Bonaparte tampoco uno puede ser alguacilillo, qué menos que aspirar a emperador. Hay nombres, sí, que determinan toda una biografía, como demuestra con profusión de ejemplos Tobias Chalupa en su olvidada obra Denominación de origen (de la existencia [y otras pijoterías más importantes de lo que se podría pensar]).

Sanjurjo nació en Pamplona, que es un buen lugar para nacer si se va a ser golpista y militar, aunque también guitarrista, como el gran Sabicas, nato en la calle Mañueta, aunque creo que de un modo meramente circunstancial. Nació Sanjurjo en Pamplona, sí, el mismo año que Baroja, 1872 y murió en un accidente de aviación el 20 de julio de 1936. Dicen que el exceso de equipaje, con una maleta repleta de trajes para los solemnes desfiles que tendrían lugar en Burgos en cuanto los sublevados se hicieron con el control del país, fue la causa del accidente. Una pijotería importante pues, al menos para él.

Recuerdo una mañana de invierno en el coche, destino el colegio. Unos operarios vestidos de mono azul manipulaban el busto de un tipo que se diría importante. Lo ataban con cuerdas y parecía que se lo querían llevar. ¿Qué coño hacían, a esas horas de la mañana, deconstruyendo aquella estática estatua? Creo que alguien me dijo que era un tal Sanjurjo, pero nunca más supe nada más.

Hace poco me enteré de que cuando los celebérrimos Encuentros de Pamplona de 1972, la policía detuvo al psiquiatra Carlos Castilla del Pino, de madrugada, haciendo no sé sabía qué. Horas antes, la banda terrorista ETA, que entonces despertaba no pocas y hasta comprensibles simpatías, había puesto un pepinazo a los pies del pétreo Sanjurjo. A Castilla del Pino debíó de parecerle estética toda aquella composición de cascotes que rodeaban al militroncho bombardeado y, con unas copas dicen y puede que las notas de John Cage silbando en el cerebro, le dio por hacer unas fotos.

Como tantas otras cosas, sabía y no sabía que Sanjurjo era de Pamplona, sabía y no sabía que había intentado un golpe de Estado en 1932, y que tuvo unos instantes de éxito en Sevilla, pero que llegó a mayores. Uno de las razones, el descontento con la disminución de tropas y de privilegios, ascensos, que Azaña estaba diseñando para el Ejército.

Hoy queda la base de aquel busto, en Pamplona. Queda un vacío oteiziano, un vacío visual sonoro, como el 4'33" de John Cage, un monumento a la nada, a una nada quizá, quién sabe, movida y promovida por el general Franco. Emilio Mola, 'El Director', también murió en accidente de aviación. En Cuba, el popular y carismático Camilo Cienfuegos también desapareció a bordo de un avión, poco después del triunfo de la Revolución.

Supongo que los golpes de Estado producen a su vez microgolpes de Estado internos, centrípetas y fulminantes.


Con esta cara, ¿qué otra cosa se puede ser sino un faccioso?

25.4.10

No tan iguales

El jurista Fancisco Partaloa, fiscal del Tribunal Supremo de Madrid y amigo de Queipo de Llano, que vivió la represión en la zona roja y después en la nacional, escribe:

Tuve la oportunidad de ser testigo de la represión en ambas zonas. En la nacionalista, era planificada, metódica, fría. Como no se fiaban de la gente, las autoridades imponían su voluntad por medio del terror. Para ello, cometieron atrocidades. En la zona del Frente Popular también se cometieron atrocidades. En eso, ambas zonas se parecían, pero la diferencia reside en que en la zona republicana los crímenes los perpetró la gente apasionada, no las autoridades. Éstas trataron siempre de impedirlos. La ayuda que me prestaron para que escapara no es más que un caso entre muchos. No fue así en la zona nacionalista.

De Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie, Juan Eslava Galán, pag. 79, Planeta/Booket, 2007

24.4.10

24 de abril de 2010

Sansón domesticado (y con pelo)

He estado unos días medio malo pero sin un diagnóstico concreto. No sé si gripe, anginas o embarazo psicológico. Casi tres días en la cama haciendo nada, en una paz más que agradable, plena. Sin remordimiento de conciencia alguno, músculos en distensión, lecturas al alcance de mi mano, la inmensidad de internet a golpe de tecla, conexión wi-fi desde la cama, miles de blogs que leer y comentar, charlas varias y amenas por las distintas herramientas de comunicación on-line. Estar enfermo en el siglo XXI no es lo mismo que antaño. Me viene a la cabeza una larga enfermedad por la que pasó Ángel González, al que se llevaron a las montañas de Asturias, o León por aquello del aire puro y demás. Para entretenerse, leía poesía, porque la poesía le permitía múltiples lecturas y luego relecturas, nuevas, de lo leído. Decía que leyó mucho la Segunda antolojía de JRJ. Hoy tenemos, ya digo, muchos más recursos que llevarnos a la boca.

Estaba medio malo y lo único que sabía es que no estaba bueno. Veía a Jordi Hurtado, siempre jovial, o Ana Blanco, con ese tuyo monocorde de siempre pero firme, encendido, y admiraba su aplomo, su vitalidad, su energía. Estar malo es que te hayan robado esa cosa, no sabemos cuál es, que nos hace abrazar la vida. Y qué jodido sería que, de pronto, alguien te la arrebatara para siempre. No se está mal, pero falta esa chispa adecuada. La savia, el tuétano, mmmm, el desengrasante, la pastilla Pat de la hoguera doméstica. El pelo de Sansón. Misterioso elemento que nos hace válidos para la existencia y en cuya ausencia de pronto nos vemos desvalidos, extrañamente privados de algo que descubrimos esencial.

Pero qué cierta paz nos invade también cuando nos cortan el pelo como a Sansón. Jordi Hurtado se muestra manso y escuchamos las preguntas de Juanjo Cardenal una a una, sin precipitarnos, meciéndonos en la narración y perdiéndonos en las evocaciones de las preguntas. La inefable Pilar hasta nos parece que por fin es buena y natural presentadora. No habría, digo yo, un término medio entre la placidez del enfermo y la rasmia del tipo sano. Una templanza, una calma, un bienestar permamente. ¿Llegará algún día? ¿Depende de nuestro concurso, se puede conquistar, hasta qué punto influyen nuestras circunstancias personales? Con uno mismo como campo de experimentación, habrá que ir buscando respuestas.

22.4.10

Post de transición

Tengo cierto runrún, cierto come-come, cierta mala conciencia, por el pequeño juicio sumarísimo que le hemos hecho a la flamante premio Ortega y Gasset. Así que voy escribir algo, lo que sea, para pasar página y abordar otros temas.

Lo cierto es que ando algo seco de temas, como vacío de ese 'ñic' que te hace ponerte a escribir. Y escribir por escribir, aunque apetezca, no mola. Baste por esta vez y porque estoy algo Oblómov, algo Onetti, algo aburrido. A veces no sabe uno qué es antes. El post o la gallina. Recuerdo, cuando fumaba, que gustaba de comer cualquier cosa, a media tarde, un trozo de pan con chorizo, una tostada de tal, para sentir cierta llenazón y poder fumar en condiciones ese pitillito. Me sentaba en cualquier parte de la casa vacía a esa media tarde ociosa de la vida universitaria, con música en la cadena de música (entonces no había iPods, Spotifys ni youtubes, algún día podríamos hablar de cómo ha cambiado nuestra vida, en términos tecnológicos pero también humanos, fieramente hupanos, con el desarrollo reciente) y dejaba la mente divagar. Precisamente al fumar, el cerebro entraba en un cierto stand by pilotoautomatiquesco que era todo menos lúcido. Uno intentaba tener entonces ideas brillantes y originales, próximas a una verdad jamás antes enunciada por cerebro alguno, y sólo había torpes barruntos neuronales. Eran momentos completamente placenteros pero no exentos de un cierto vacío, ese vacío burgués de quien tiene todo y no sufre por ninguna parte. Un quien tiene todo en un plano, al menos, físico, orgánico. Tengo adicción a la nicotina, enciendo cigarro. Saber escapar de esas cadenas fules, septiembre de 2002, es algo de lo siempre me sentiré orgulloso. Pero decía que uno no sabe si escribe por escribir, o por el debate que se genera luego y que proporciona una extraña vidilla entre lo ciber y lo humano, que resulta amablemente grata.

Estoy leyendo Hasta la raíz, de Javier Rodrigo, un recuento, no imparcial, pero no por ello menos veraz, de las fechorías de la guerra civil y la posquerra. Leo lo siguiente:

"La gran mayoría (más del 90%) de los asesinados en Navarra entre la guerra y la posguerra cayeron bajo las balas facciosas entre julio y diciembre de 1936".

Me contaba mi abuela que, cuando el 18 de julio, en su pueblo, Miranda de Arga, creían que era un día de fiesta. Había jaleo, no sé si alguien pegó unos tiros al aire, quizá no tan al aire, y se pensaron que había festejos populares, pasacalles, saltimbanquis y jaranas varias. Una jarana más seria que duraría tres años y sumiría al país en las tinieblas, nada menos.

Vaya mesecitos, amigo, de dolor y muerte reconcentrada, que se vivieron en aquel primer 36. Leo también unas declaraciones, aquí no hay manipulación posible, no jodáis, porque no creo que se las invente nadie y aunque estén sacadas de contexto, son las que son, del amigo Emilio Mola Vidal, caro conocido de la pamplonidad más estirada. Hablábamos el otro día de piscinas; hay unas piscinas en pleno centro de la ciudad así llamadas. Piscinas General Mola.

Aquí va una de cuando Indalecio Prieto le propuso dialogar, a finales de julio, para acabar con el baño de sangre:

"¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España."

También dijo:

"Hay que sembrar el terror. Hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros".

Eso es tener talante y cintura, ole, como mola el Mola. Al lado de éstos, Al Qaeda son las Hermanitas de los Pobres, tal cual.

Recuerdo un libro del que habló Patxi Irurzun en su blog sobre los padecimientos republicanos durante la guerra en Pamplona. Me alegra, por cierto, los actos que se han celebrado estos días en la Ciudadela, en memoria de los fusilados en aquellos pagos. Por lo que he leído, se ha hecho dentro del respeto y con cierta discreción, o eso me ha parecido. Luego esas polemiquillas tan nuestras de si se el euskera ha quedado o no marginado en los discursos, y que alguno y alguna se sintió ofendido por tal cosa y tal. Leí en una carta al director que se intentó no herir sensibilidades en ese sentido, pero a veces parece que el personal se pica con mucha facilidad por cosas, en este caso, accesorias, a mí entender.

Luego buscaré el libro aquel que os digo y concluyo este post transitivo desde mi posición onettiana. Saludos.

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Leo en Wiki que Mola está enterrado en el monumento a los Caídos de Pamplona, dato éste que sabía y no sabía. También que Pablo Neruda le dedicó un feroz poema, Mola en los infiernos, en su España en el corazón, de 1937. Y en Pamplona, la gente chapoteando en las piscinas del Centro Deportivo General Mola, aleee.

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Me acabo de enterar, porque esto sí que no lo sabía, que Espoz y Mina está eenterrado en el claustro de la catedral de Pamplona. Un militar, algo cruel por lo visto, que intentó instaurar denodamente la Constitución de Cádiz y que se enfrentó con denuedo al ramplón Fernando VII. Tan sólo una callejuela le recuerda, que yo sepa.

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El libro del que hablo algo más arriba. Los culpables, de Galo Vierge. Más info, en el blog de Patxi Irurzun.

21.4.10

Felicidad y muerte

Este post también va de critiqueo, si es que llevo una racha... Va sobre algo que he leído en el Diario de Navarra, en el bus camino de Madrid y no puedo ilustrarlo bien porque es un artículo de esos de pago así que nada, a fiarse de mis palabras.
Me refiero al flamante Premio Ortega y Gasset que ha recibido la periodista pamplonesa Judith Torrea, cuya noticia aparecía en portada. Me he acercado con ilusión a leer el tema pero algo me ha chirriado enseguida. Por lo pronto, la periodista salía sonriendo, sonriente, en una especie de furgoneta, delante de dos tipos ceñudos que portaban su respectivo trabucón. Agentes de seguridad, soldadesca, para poner un poco de orden en esa ciudad completamente infernal. La chica es guapa y, ya digo, aparecía posando como si fuera aquello Españoles por el mundo: Hoy, una pamplonesa en Ciudad Juárez.

No se puede sonreír en Ciudad Juárez.

El titular tampoco me ha parecido muy acertado: "Soy enormemente feliz en la muerte constante".

Luego añadía, y no puedo reproducirlo porque no tengo el periódico a mano ni a golpe de link, que entre los chillos de los niños que ven como decapitan a sus madres, los hombres que atizan a las mujeres y las cabezas que ruedan por las alcantillas, ella se sentía la mar de a gusto, como David Beckham en una convención de desodorantes, poco menos.

Doy por hecho que esta profesional ha hecho un trabajo encomiable y que tiene un valor tremendo estar ahí, y contarlo todo a través de su blog. Pero el planteamiento del artículo, y esas declaraciones que entiendo que están fuera de contexto o que las he entendido mal, junto a esa foto tan happy-happy entre el horror más nauseabundo, me ha parecido un enfoque completamente desafortunado y frívolo. Y no sé si es culpa del periodista, eso del planteamiento... o de ella, que al fin y al cabo es la que dice lo que dice...

Enhorabuena por el premio, pero... ay, no sé...

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Acabo de encontrar la foto. A ver qué opináis vosotros.


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Otro documento gráfico (elegante es un rato, ojo).

19.4.10

Vestigios del pasado: el club Larraina (y el top-less piscinero)

Hay en Pamplona, o había, que ya no la sigo, toda una cultura del piscineo. Ser del Tenis no era lo mismo que del Amaya, o el Natación, el Larraina, San Juan u, ojo al nombre que ya determina, las piscinas del general Mola, en pleno centro de la ciudad, junto al parque de Antoniutti (¿quién coño sería ese tal Antoniutti?).

He comido con un amigo pamplonés que acaba de volver, por trabajo, a esta complicada ciudad. Me cuenta que apenas sale, apenas hay ambientes, bares, zonas, que le interesen, en los que se sienta a gusto, y que va a menudo a la piscina. Es un chico de doble nacionalidad piscinera, porque combina Tenis y Larraina (que está en la calle de la Reina, atrofia semántica pamplonica hiperlocal). "¿El Larraina era donde solo podían entrar tíos, no?", le digo. Y me contesta que sí, que todavía es así. Vaya vestigio del pasado, pienso. Vestigio de aquella ciudad en la que las piscinas del citado Tenis, aún las recuerdo, eran dos, y separadas por tupidas verjas (luego vino la feliz fusión).

"Yo lo prefiero, Eduardo", me dice. "Para noventa minutos, un baño y leer la prensa, no me importa, estoy más tranquilo". Me ha sorprendido el comentario, y ojo que este amigo no es precisamente miembro del Opus Dei. Me ha hecho entrever que, coño, pues eso, se está más tranquilo.

He recordado acto seguido las piscinas madrileñas que este verano conocí de cerca, piscinas en que el 90% de las mujeres van a pecho descubierto, con la consiguiente inquietud en el usuario varón. Cabría preguntarse si ese 90% de mujeres, me atrevería a decir las mujeres en general, son conscientes de que la visión de dos pechos desnudos, en una piscina pública, EXCITA TURBA AL HOMBRE. (Activa sus mecanismos conducentes a la reproducción, por decirlo de otro modo. Que se pueden mitigar desviando constantemente la mirada, bien, vale de acuerdo.)

No es que quiera hacerme socio del Larraina, pero es cierto, que, oñe, a veces se hace incómoda esa llamada al deseo constante, encendida por la visión de esa desnudez hecha pública. No sé si es ignorancia, falta de empatía o qué, pero cabría preguntarse si acaso el reino femenino no es capaz de entrar en la mente masculina que, por usar un tópico, no es precisamente complicada. Durante siglos, el hombre ha asociado esas dos glándulas a prosperidad, a supervivencia de la prole, pues el pecho no es sino una reserva calórica, energética, de grasa, para casos en que la madre no pudiera ingerir alimento. Desterrar toda esa tradición instintiva en una tarde no es fácil, y cabría preguntarse si es conveniente.
Por otra parte, no sé si es una cuestión tan orgánica o más estética. A mí se me antoja algo vulgar toda esa liberación mamaria piscinera, no puedo evitarlo. Como una suerte de anti-síndrome Stendhal con pezones.

¿Qué quiero decir con todo esto, con este material tan sensible y delicado con el que te pueden tildar de todo? Desde luego no me haría socio del club Larraina, así, de primeras, pero sí de uno que abogara por recordar que el biquini consta de dos partes. No se trata de mantener hábitos del pasado franquista reciente, pero tampoco pasar al extremo contrario en todo, opino.

Bien, ahora podéis llamarme carca.

En el pasado, el agua era azul (aprox.), aunque parezca que no.

16.4.10

Justicias e injusticias

Como dice Contenedor Amarillo, tampoco yo acabo de entender el lío que se ha armado en torno a Garzón. Me muevo por convicciones morales y estas, me temo, pueden llegar a ser peligrosas, frágiles, falsarias. Como la convicción moral de Willy Toledo respecto a Cuba y sus bondades. De esto hablaba Arcadi Espada en un artículo creo que bastante certero, aunque no sé si lo he entendido del todo. Tengo la convicción moral de haberlo entendido, jajaj.

No lo acabo de entender, pero no me deja de resultar una felonía que tanto Manos Limpias, organización que se asocia a la ultraderecha, como la Falange sean capaces de sentar en un banquillo a quien quiere poner algo de justicia en esa injusticia prolongada durante los 36 años del franquismo y luego esa justicia suspendida que fue la Transición. Pero me pierdo en los vericuetos jurídicos. ¿Qué hay de la amnistia del 77? Aquella que decía que nada de lo ocurrido entre el 18 de julio del 36 y el 15 de junio del 77 no podría ser revisado judicialmente. ¿Se la pasa Garzón por el forrete? En ese caso, sí que estaría prevaricando, es decir, dictando una resolución a sabiendas de que es contraria a derecho. ¿Un juez saltándose los procedimientos legales?

Somos muchos los que en FB nos unimos en apoyo de un juez que parece resistirse a esa patente de corso, a ese irse de rositas tan descarado, como la que dicta la ley de amnistía del 77. ¿Por qué en Alemania, y al poco de acabar la guerra, sí, en Chile sí, en Argentina sí, y en España no? ¿Para eso también Spain is different?


Me pasé ayer por la concentración de apoyo a Garzón que hasta el día 22 se convoca cada día, a las 20h, frente a la Audiencia Nacional. Habría allí unas cien personas, con pancartas que reclamaban justicia ante tanta injusticia. Un amigo, periodista de tribunales, no precisamente del PP, me advirtió de que no fuera, con estas palabras, que copio y pego del mail: "Te desaconsejo ir a la concentración, son todos unos chanclas ignorantes que sólo quieren revivir la guerra civil".

Llegué ahí azorado y me colé tímidamente en el grupito. Me sentí algo fuera de lugar, una especie de turista político en un asunto muy serio en el que no me jugaba un asunto moral, un tener la conciencia limpia, que las manos ya las tengo. Aguanté unos segundos, y lo fueron intensos, ahí dentro. Noté el calor de esas familias a las que le tocó la peor cara de la Historia. Unos tipos desde un coche les pusieron de hijos de puta para arriba.

Leo en el libro de Carrillo, Los viejos camaradas, injusticias como la de Julián Grimau, uno de esos comunistas que trabajaron en la clandestinidad y que sacrificó su vida por la causa. Una causa que, insiste Carrillo, no era otra que recuperar la democracia y la libertad a España, algo que, en su opinión, no se ha valorado ni reconocido por las generaciones posteriores. Por los jóvenes. "Hoy España vive en el régimen democrático por cuya consecución Grimau sacrificó su vida". Porque se lo cargaron, como a tantos otros, de un modo completamente arbitrario, con un tribunal que le condenó sin atenerse siquiera a las reglas franquistas. "¡Una auténtica vergüenza que muestra que las instituciones de justicia del actual Estado no han evolucionado aún suficientemente!", se indigna Carrillo.


Salí al poco de la pequeña concentración, algo confuso, con una sensación general tirando a amarga. Tenía que hacer tiempo y me acerqué hasta el Centro Conde Duque, a ver la exposición de Ciudadanos que está muy bien y que cierra este sábado. Como otro día que la visité, estaba vacía. Me detuve ante el cuadro de Gisbert, El fusilamiento de Torrijos, expuesto en un panel de estos digitales. A este Torrijos y sus hombres se los cargaron por orden de Fernando VII en las playas de Málaga. Liberales, querían acabar con el absolutismo ranción del Borbón y acabaron cubiertos de plomo, un 11 de diciembre de 1831.

El siglo XIX fue un intento frustrado porque se consolidara el progreso, las ideas liberales que afloraban, pero no hubo manera. Tampoco la hubo en el siglo XX. Ahora, en el XXI, los vicios siguen ahí. ¿Qué hacer?

Sólo se me ocurre borrarme de español. O asumir, con madurez, que la Amnistia del 77 fue un triste parche y, aunque sea de modo simbólico, juzgar los casos que aún se puedan juzgar, y reparar de algún modo, tanta indecencia. Claro que para eso deberíamos ser un país maduro, y no esta cosa tabernaria que aún arrastramos.

15.4.10

Monolitos invisibles

Pronto cumpliré cinco años de residencia ininterrumpida en Madrid. ¿Soy madrileño? Bueno, he pasado una sexta parte de mi vida aquí, un 16%, aprox, algo lo soy. También lo soy, algo, porque he vivido aquí esa sexta parte de mi existencia en la que uno empieza a ser autónomo (cotice o no), dueño y esclavo de sus decisiones. Dueño y esclavo también de su falta de decisiones. Es una vida nuestra ya, nos guste o no.

En estos cinco años pues, uno ha vivido, no hacerlo es imposible. Y se da cuenta uno de eso cuando pasa por determinados lugares de la ciudad y reconoce una ausencia, el brillo de la ausencia, ese vacío de los cuerpos (y almas) que un día estuvieron, estuvimos, ese preciso instante, y que ya no están, estamos. Se crea automáticamente uno de esos monolitos gallardonianos, una de esas placas de las de aquí pasó sus últimos días tal poeta polaco, quizá Lobodowski. Monumentos privados que nos conmocionan un segundo, dos, que nos distraen de la charla del interlocutor que tengamos al lado, y que nos unen secreta, íntima, estrechamente, a la ciudad.

Escribió Pío Caro Baroja su Itinerario sentimental, Guía de Itzea. Quizá también podamos escribir nosotros, más cuando ese 16% sea un 32%, nuestro propio itinerario sentimental de Madrid. En tal costanilla me robó un beso, en tal callejón nos hicimos una foto, en tal estatua de Lorca quedamos una tarde de julio, en tales jardines le entregué un manuscrito del que ahora reniego, en tal taxi de la ronda de Atocha, monolito invisible y móvil, lloramos ante la evidencia del final, en el Km 0 tuvimos una sonada y tempranera bronca, en tal boca de metro nos despedimos una tarde con luz de enero preprimaveral, en tal rincón descubrimos la placa de Carmen de Burgos, Colombine, placa invisible frente a la placa, en tal travesía estuve haciendo tiempo, nervioso como el actor antes del estreno, antes del encuentro.

Por suerte, no hace falta publicar esa Guía sentimental de Madrid en Caro Raggio. Basta con echarse a la calle y patearse un Madrid en el que los recuerdos no están tan abigarrados como en el lugar en el que nacimos, solapados hasta la confusión, pero donde quizá sean más intensos, valiosos, más intrínsecamente nuestros.

Todo mal (coda)

Y en España, especialmente.

14.4.10

Todo mal

Hoy se cumplen 79 años del advenimiento de la Segunda República fallida y me viene un inquietante y lúgubre what if a la mente, que tengo en la cabeza desde hace semanas. ¿Y si hubiéramos hecho todo mal? ¿Y si la historia de la humanidad fuera la historia del fracaso? ¿Qué hemos conquistado en, pongamos, los últimos veinte siglos? No poca cosa, sobre todo en el ámbito del bienestar, cierto confort existencial, sanidad, educación, comunicaciones, telecomunicaciones, consumibles mil. Quizá lo más loable de la evolución, con aspectos palpables, tangibles, sólo negados por ciertos sectores de la Iglesia Católica (véase el capítulo del aborto y la anticoncepción) y los testigos de Jehová, sean los avances de la ciencia. El resto es opinión.

Si nos ponemos a ver la botella medio vacía, es fácil verla vacía entera. ¿Cómo es posible que, tras tanta experiencia en la Tierra, aún sepamos tan poco? ¿Que no hayamos encontrado las claves para una aceptable felicidad, para una existencia privada de ansiedades, dudas, comezones varias, angustias de tipo financiero mil? ¿Cómo es posible tanto malestar en lo que llaman la sociedad del bienestar?

Tengo junto a mi inodoro el retrato de Francisco Franco, en el libro satírico que le dedicó Manuel Vázquez Montalbán. A veces, mientras meo, veo el careto de ese mamarracho y pienso en cómo un sólo impresentable pudo joder la vida de tanta gente. Algo similar pasa hoy en Cuba, sólo que sin una estructura política soterrada que posibilite transición política alguna.

Basta hacer un repaso somero a la historia reciente para ver que el miedo y la violencia han condicionado todos y cada uno de los siglos. Los abusos, las explotaciones, el fuerte contra el débil. La mujer empezó a existir como tal hace tres décadas.
¿A qué tanto sabio griego, tanto arte, tanto mecenas, tanto erudito ciego? No sabemos nada; nos movemos como la hormiga del árbol que ha perdido el hormiguero, en todas direcciones y ninguna. La hipoteca acaba siendo la razón de la existencia de muchos, como en otros puede ser la enfermedad: un motivo, cualquiera, para luchar, aunque sea una lucha ful.

Repasemos el siglo XX. ¿No fue todo un fantástico cúmulo de despropósitos, a excepción, como digo, de los avances en ciencia y tecnología? Tanto necio en los parlamentos, tanto hombre explotando a otro hombre, tanto cínico vendiendo armamento, cantaba mi difunto peluquero, M.A. Arbea. Es escalofriante pensar que el hombre (que no la mujer, me temo) haya hecho todo mal durante tanto tiempo. A veces es todo más simple y no hacen falta voluminosas tesis doctorales para darse cuenta de las cosas, Bob Dylan nunca fue a la universidad. Para asumir que la estupidez, la soberbia, la vanidad, los complejos de inferioridad, el miedo, la desorientación, el dogmatismo, el seguidismo del solitario, el vacío y la incapacidad para contemplar la belleza han sometido al mundo a tinieblas de varias gamas cromáticas dentro de la oscuridad.

Estas falsas primaveras, que decía Hemingway de las de París, me ponen un poco apocalíptico. El siglo XXI debería dar la vuelta a toda esa sonrojante tendencia nuestra. La persecución contra un juez como Garzón hace pensar que quizá haya que esperar al siglo XXII para empezar a avanzar realmente algo, en lo esencial.

Y como dice mi tío Ivlivs, qué cosas más raras hacen los normales. Ahí van unos ejemplos:




13.4.10

No tan comunistas

Me da la sensación de que el concepto que hoy nos ha llegado, el que manejamos, del comunismo, al menos del comunismo español, es un tanto maniqueo. No sabemos muchas cosas, creo, intuyo, me pasa a mí, le pasará al resto, sobre el comunismo, sobre el PCE. Sobre su ininterrumpida existencia, clandestina, pero existencia, activa existencia, durante el franquismo. Tampoco sobre su papel en la Transición.

Una de las ideas que tendemos a pensar es que el comunismo era el revés de la moneda totalitaria, la oposición al fascismo. Quizá lo fue en la URSS, en las naciones satélites en que se impuso este sistema hasta hacia bien poco, pero nadie nos asegura si habría habido comunismo puro en España de no haber habido guerra civil. Leyendo ahora Los viejos camaradas, el reciente libro de Santiago Carrillo, descubro en mí mismo juicios tirando a sumarísimos que hice en su día, y que se modifican leyendo pasajes como éstos, en boca de quien fue secretario general del PC durante la guerra, José Díaz, y que tuvo un abrupto final. Un cáncer de estómago sin arreglo le abocó a la drástica solución de arrojarse por el balcón, en 1942, en la ciudad de Tiblis. Antes se había despedido de Carrilo diciéndole que si los dolores no desaparecían "todo se acabó". Pero bueno, estos son los pasajes:

"...la afirmación de que «la única solución para nuestra guerra es que España no sea fascista ni comunista» es plenamente correcta y corresponde exactamente a la posición de nuestro partido".

Y:

"El pueblo de España combate en esta guerra por su independencia nacional y por la defensa de la República democrática,... Si las masas obreras, los campesinos y la pequeña burguería urbana nos siguen y nos quieren es porque saben que nosotros somos los defensores más firmes de la independencia nacional, de la libertad y de la Constitución republicana. (...) En nuestro país existen las condiciones objetivas que hacen imprescindible , en interés de todo el pueblo, la existencia y el fortalecimiento del régimen democrático, no existen condiciones que permitan pensar en la instauración de un régimen comunista".
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Tiene un libro José Díaz, Tres años de lucha, que puede resultar interesante y que acabo de encontrar en  formato digital. Pueden leerlo aquí.

12.4.10

Victor Hugo en España

Fue un enamorado de España, Victor Hugo. Y me vienen a la cabeza comentarios suyos acerca de Pamplona, entrando por el Portal de Francia, comentando sobre la iglesia de San Lorenzo, cuando contaba con esa aguja espigada tipo las de Bayona.

Pasó buena parte de sus años mozos en Madrid, acompañando a su padre que era general de Pepe Botella, en los años de 1808 a 1812. Fue Victor Hugo paje de José I de Bonaparte, que imagino debía ser una cosa muy fardona para un preadolescente. Deambular por tales ambientes le llevaron a decir aquello de "¡Seré Chateaubriand o nada!".

Imagino una España del XIX frecuentada por los Hugo, Balzac, Zola y demás, e imagino otra España. El miedo atávico al de fuera y el recurso pronto y animal de sacar los trabucos, las navajas, las porras hizo imposible aquella otra España. Claro que los vecinos franceses no venían solo a fundar nobles instituciones ni a turistear...

Pero visto así, egoístamente, a toro pasado, yo prefiero una España que tuvo Al-Andalus, una Alhambra, una Córdoba. También una Hispania, una romanización, unos acueductos, un derecho romano, una Pompaelo.

Si quien te invade es superior a ti, déjate conquistar. No perderás nada.

7.4.10

Cz

Veo que llegamos al fin de la cuarta serie del Macropost. Por tan feliz circunstancia, me dedicaré a pronósticar, así, en tres o cuatro párrafos, sobre esta cuartilla digital, sin miedo al folio en blanco, qué me importa a mí el arte, qué me importan a mí las cuchufletas en vinagre, la vida de los próximos cien años en Occidente (toda vez que hemos matado al hombre del cielo, al de la tierra, al de las religiones y al de la esperanza).

¿Cuál va a ser la siguiente era? ¿Qué hombre (y mujer) se va a dar? Oh, náuGrafo, danos la respuesta. No temáis, que la estoy pensando, venga, ok, ya va. Dos puntos:

El hombre (y la mujer, y el transexual, y el hermafrodita) del siglo XXI va a ser, oh, el hombre (y la mujer, etc.) del entretenimiento (y del aprendizaje). Toma ya.

El hombre del entretenimiento y del aprendizaje.

Vi el otro día la película El concierto, que se puede recomendar si alguien quiere pasar un buen rato en el cine, que a veces vamos al cine a pasar ratos extraños y no está de más entretenerse. Es ésta una película de entretenimiento pero de la que, el espectador atento, del siglo XXI, puede entresacar aprendizajes. Como se pueden entresacar aprendizajes contemplando el vuelo de una gaviota. Hay un contexto comunista en esa peli, pero de un comunismo que es mera sombra nostálgica, nostalgia política de carcamales que aún no han entendido nada. Que aún no han entendido, vamos, que el arrealismo va a chhegarlrl. ¿Qué es el arrealismo, me dije el otro día? (Como me pregunto tantos y tantos días, puesto que es un concepto para el que nuestras mentes aún no están preparadas?) La caída y la destrucción de todos los mitos: su superación definitiva. Algo de eso tiene. Viendo las imágenes del último Aberri Eguna en Bilbao piensa uno que aún lloverá hasta que el arrealismo se instale y sea asumido por la población toda. Tiene que ver con una madurez sociológica que aún queda lejana para quien está aún preso de romanticismos de juventud proyectados hacia un pueblo (ideal).

La pelicula El concierto me hizo pensar en la agitación, la intensidad, la cantidad de vida vivida, y la de vidas muertas con las que se saldó el siglo XX. Quizá algo de eso fuera necesario, quizá fueran producto, muchas, de revoluciones que tenían que darse. Me temo que algunas de esas revoluciones no fueron sino triste parapeto ante horrores sociales que se querían imponer por la fuerza, el fascismo, diseñadas por el cerebro descerebrado de cuatro megalómanos con ínfulas imperialistas que jodieron a base de bien. El comunismo no era mejor cosa, el reverso de la moneda totalitaria, y acabó cayendo por su propio peso.

Muertas las utopías, la posibilidad de diseñar nuevas ingenierías sociales globales, queda un individuo que debe abordar su individualidad. Es su debilidad pero también su fortaleza. El hombre posmoderno, pero un hombre posmoderno que aún parece no haber encontrado acomodo su etiqueta: mayo del 68 fue una reacción alérgica a ese nuevo estatus aún tan verde.
Porque el hombre posmoderno del 68 era un ser aún alienado, un esclavo, pieza de un sistema capitalista atroz, presa de un sistema realmente deprimente. El hombre posposmoderno es otra cosa. Es ese Josep Pla que renuncia a cualquier tipo de compromiso político de grandes ambiciones, para acabar fijando la mirada hacia los campos de trigo, los atardeceres del Ampurdán, el viejo que ordeña las vacas, Dalí medio tarumba (o haciéndoselo) en Port Lligat... La sabiduría oriental de quien renuncia a grandes gestas y educa, cultiva, la mirada hacia la belleza.

"Los chinos son muy sabios", leí ayer del artista Juan José Aquerreta, en Nav7

Acabo ya mi chapa de Nostradamus wannabe hasta las cejas de descafeinado de sobre. En Europa no se repetirán ismos tan dramáticos como los que hemos padecido. Yo diría que es hasta físicamente imposible. El ser del siglo XXI, manifiéstate oh, lector de 2110, volverá su mirada hacia Oriente, la sabiduría oriental, la contemplación, la feliz ocupación de sus horas gracias a plataformas de entretenimiento jamás antes desplegadas: internet y el acceso a las fuentes de información y conocimiento más vasto del que nunca antes había gozado la sociedad. Viajará como nunca lo ha hecho gracias a la comodidad de los vuelos de bajo coste y, cuando esté aburrido de recibir tanto estímulo, irá avanzado de puertas adentro, hacia el cultivo interior, hacia el aprendizaje, hacia un cierto camino de perfección. Morirá feliz y con una gran satisfacción en el alma.

Habrá dos tendencias dentro de este nuevo individuo: el que apueste sólo por el entretenimiento y con ello se instale en una peligrosa tendencia hacia placeres cada vez mayores y más difíciles de gestionar (como pasa tradicionalmente con la aristocracia y su tendencia hacia la depravación) y quien sepa combinar entretenimiento con riqueza interior. Y con la empatía, el encuentro, la disposición, el servicio, al otro, hacia el otro.

Ese será el hombre moderno, el hombre del futuro, el hombre pleno del siglo XXI. Será un buen siglo, si se saben aprovechar esas inercias. Habrá florecimiento y progreso, desarrollos nunca vistos, inimaginables, si el fanatismo no lo impide. Porque si el oscurantismo, el miedo, la estupidez, la testarudez, el dogmatismo vuelven, quizá el siglo XXII sea el de la destrucción integral del Universo. En nuestra mano, en cada una de nuestras aportaciones, está evitar que eso no suceda.

(Creo que tengo que dejar el café en cualquiera de su formas. Saludos y abrazos.)

4.4.10

Cy

¿Twombly?

Este 4 de abril se cumplen cien años de que Alfonso XIII, piqueta en mano, diera inicio simbólico a las obras de la Gran Vía.

Para celebrar la efémeride me he retratado en tan singular calle, cerca del Edificio de Telefónica, de 1929, que, por lo visto, fue el primer rascacielos de Europa. También he aprendido muchas cosas interesantes en este especial sobre la Gran Vía que han preparado en rtve.

Lector de 2110, hazte tú también una foto similar, en el día señalado. (Para que llegues a este post voy a poner una serie de palabras clave a continuación: GRAN VÍA, CENTENARIO, ALFONSO XIII, GALLARDÓN, CALLE ALCALÁ, TRES TRAMOS, PI Y MARGALL, CONDE DE PEÑALVER, EDUARDO DATO, GRAN VIA, GRAN VÍA, MADRID, CIEN AÑOS, OHHH GRAN VÍA, LA GENTE TE QUIERE, TODAVÍA, ANTONIO FLORES, INCREIBLE DOCUMENTO, CREO QUE CON ESTO ES SUFICIENTE)


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Vista desde la calle de Alcalá de cuando no existía la Gran Vía, donde hoy vemos el edificio Metrópolis y el Grassi. A la izquierda se ve la iglesia de San José, que da a la Gran Vía y es la única edificación que no se derruyó al construirla. Vi ayer la laminilla y me la compré, está curiosa: da pie a un Madrid que ya no existe, con calles cuyos nombres murieron, por las que pasería Larra, por las que paseó un Madrid del que no conocemos nada. Interesante.

Sobre 'El tiempo envejece deprisa'

De Antonio Tabucchi. Crítica de abril para Ojos de papel.

Cx

En la madrugada del Viernes Santo al Sábado Santo, cuando a Cristo del Buen Jesús del Cuerpo Bendito de la Pía Sangre lo introducían en su Santo Sepulcro, metafóricamente hablando, se produjo mi segundo fracaso literario, fracaso como lector, de estas vacaciones. Y mira que había cacareado yo el libro, y mira que intuía que había ahí un buen novelón (que puede seguir siéndolo, ojo, al margen de mis quisquilleces), pero yo os digo he claudicado. Estoy hablando de La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), página 104.

Esta mañana, a la del sábado me refiero, con un pantagruélico desayuno que luego vi que era brunch, con huevos revueltos, tortitas y patatas fritas, en el VIPS, con un El País de ayer pero que sí traía Babelia, hoy no había periódicos, hoy no había quioscos, hoy había esa luz líquida extraña y arrealista del Madrid pascual, esta mañana, digo, leí un artículo de Manuel Rodríguez Rivero que fue lo único que me interesó de todo ese suplemento densísimo. Decía que se había leído dos novelas esta semana (una era Dublinesca y no la ponía ni bien ni mal) y la otra no la recuerdo, pero sí que confesaba que cada vez le costaba más terminar los libros que empezaba. He empatizado con él inmediatamente (no así con el título y la tesis principal del artículo, que espero rebatir en posteriores entradas).

Siento que cuando leer supone un esfuerzo, un esfuerzo de tipo dañino quiero decir, lo mejor es retirarse. Cerrar las solapas y pedir un Sprite, y aquí no ha pasado nada. Porque leer, leer de verdad, implica meterse unos contenidos, digerirlos, y esa literaturifagia yo creo que es todo menos inocua. Así que cuidado. Hoy mismo, leyendo a Martin Amis en un frío parque del Retiro (El libro de Rachel, sí, lo sé, bastante más ligerito) me he propuesto abandonar esas lecturas supliciescas, siempre que no sea por trabajo. Porque, ya digo, en esa introducción de contenidos que nuestro organismo perceptivo, cultural, no está dispuesto a tragar, estamos haciendo quizá un serio daño a nuestro raciocionio, quizá hasta nuestro juicio. No sé si Eduard Punset tendrá algo que decir al respecto, por ejemplo.

Con el libro de Amis en las manos, más o menos absorto e interesado, he pensado que quizá haya dos clases de libros: los sanos y los tóxicos. Claro que esto depende del lector, e incluso de las circunstancias vitales de ese lector. Un libro sano puede ser tóxico para alguien (ahi está el Quijote al que se le secó el cerebro con las novelas de caballerías), y uno tóxico puede ser sano para otra persona, y al revés y viceversa y todo eso. Obligar a un niño de 9 años a leer 2666 de Roberto Bolaño puede ser muy tóxico en general. Los detectives salvajes me empezó a parecer tóxico, a mis 30, este verano, y lo dejé en torno a la página 150. Creo que la idea se ha entendido.

Como una serosidad, no sé si existe la palabra, una serosidad intelectual que discurriera por las sienes, como un serrín de ideas incómodas y sin acomodo que incordian y que no saben dónde meterse, y para las que se necesitan profundas curas de sueño para domeñarlas un poquito.

Por todo eso, supongo, cerré ayer el voluminoso tomo de La noche de los tiempos, y tras esta larguísima y completamente tóxica (jejé) introducción, voy a explicar lo más sucintamente posible, con ejemplos si fuera preciso, el porqué de mi abandono de esta obra capital en la bibliografía de Muñoz Molina. Por el siguiente párrafo, que condensa un poco todo lo anterior dicho, y que es el paradigma, a mí entender, del exceso de información, del exceso de detalles nimios, vacuos, difusos, vaporosos, esquivos, prescindibles, que obligan al lector a un ingrato y mal recompensando esfuerzo neuronal. Descripciones vagamente certeras, más cercanas a la novela del XIX que a los cerebros actuales, sometidos a la información a través de todos los formatos posibles y que han debido asumir el cubismo, el surrealismo, el ultraísmo, el expresionismo abstracto, el beatpunk, el jazz, el hardcore, el porno, el ready made, youtube, google, los blogs y, algún día, el arrealismo:

Una silueta negra atravesó el rectángulo iluminado de la pantalla en la que habían empezado a proyectarse las transparencias fotográficas, junto al atril desde donde Ignacio Abel pronunciaba su charla.
(pag. 103)

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Una página después, por cierto, descubro un error gramatical:

La halaga que le hayan permitido asistir...
(pag. 104)

Será le halaga, digo yo...

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Y añado más párrafos porque no sé si con uno se entiende el mensaje:

Veo la silueta, al mismo tiempo móvil y precisa, el perfil contra la pantalla como una sombra china, la falda de un tejido ligero como una corola invertida.
(pag. 105)

Etc.

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He sentido una leve aflicción al abandonar esta lectura que se preveía gozosa, pero también he entonado un íntimo alellujah ante la nueva era lectora que vislumbro en el porvenir.

Cambiando de tema, les invito a visitar mi nuevo blog culinario.

2.4.10

Cw

Mientras apuraba un zumo de yogur, plátano y fresa que he tenido que pagar con tarjeta porque no sabía que no llevaba dinero en la cartera, en el Faborit de San Bernardo, he tomado una aliviadora, aliviante, decisión. "Hasta aquí puedo leer", he dicho, y he cerrado para siempre jamás, página 139 (de 325), Dublinesca, de Enrique Vila-Matas.

Poco a poco me he ido dando cuenta de que su lectura, que empecé esta semana con gran entusiasmo, se me iba haciendo cada vez más cuesta arriba, pero sin que yo reparara en ello. Como cuando alguien te habla y habla y habla y, cuando se va un rato a mear, piensas: "Joer, este tío me está poniendo la cabeza como un bombo". Lo siento, amigo Enrique, te aparco. Esa es la potestad, sublime potestad, del lector, la de decir hasta aquí hemos llegado y yo la he ejercido con orgullo esta tarde.

Estos días me he puesto a corregir una primera novela, que va sobre escritores y literatura del yo y así. La escribí con 24 años. Seguir con ese rollo pasados los 60 me parece quedarse corto en la evolución como escritor, suena duro, pero así lo pienso, y de pronto he empezado a ver a EVM como un intruso en el mundo de las letras. Un tipo que se cuela oblicuamente en el panorama literario, dispuesto a hacerse pasar por escritor y que, por arte de birlibirloque, una cita aquí otra allá, llega realmente a pasar por uno de ellos. Porque el asombro de EVM, o que muestra en la mayoría de los libros, es un asombro que ahora me resulta un tanto pueril. Toda esa mitomanía hacia los Joyce, Hemingway, Kafka, Walser, Pitol, Bernardo Atxaga en la isla de Bari, o Capri, que si Claudio Magris y El infinito viajar, y de pronto me parece que quizá todo no sea sino una gran esnobada catalana.

Que todo no es sino un artificio, una impostura, un personaje que crea páginas y páginas con una voz adoptada y hasta conquistada, pero que no es la suya. La suya verdadera verdadera. Algunos apuntes, muy dispersos, de esa voz suya vimos en Dietario voluble, escondida entre la cascada de citas ya inasumible. De repente descubro que no hay literatura en este libro, que todo es un gran refrito atomizado de citas de otros, que todo es un nihilismo burgués, que no hay una voz honesta, desnuda, real, humana, sino una gran sofisticación demasiado autoconsciente que acaba por resultar cansina.
La trama de la novela tampoco ayuda a que el lector quede fascinado. Se habla de un viaje, de un viaje cuyos motivos no pueden ser más difusos, a Dublín, pero éste viaje no es más que un preparativo a lo largo de las 139 páginas que he leído.

Me cae bien EVM y me parece exquisita y de un estilo gourmet su literatura, su ironía, el tono walseriano del que rara vez se desprende, pero hoy lo he visto como un producto agotado, al menos para mí. Eso sí, un producto perlado de rasgos de genialidad, pero como esa genialidad de su admirado Salvador Dalí, tan cocinada y consciente que a mí ya se me resiste. Antes de abandonar el libro he leído un pasaje que me ha gustado, en el que hablaba sobre la capacidad de las personas sabias para "monotonizar la existencia". Aquellas que son capaces de ver en cada accidente, si saben leerlo literariamente, dice, el carácter de maravilla. Todo como una manera de escapar del aburrimiento, del hastío, de la planicie.

Y esta tarde me invadió un insólito aburrimiento, un hastío, una planicie, un abotargamiento nuevo, mientras paseaba por la plaza de Oriente y el Palacio Real, con ese arrealismo de la Semana Santa de fondo para quienes la Semana Santa no es sino un gran guiñol al que no nos han invitado. Me metí luego en los Jardines de Sabatini, en los que nunca había estado, no sé si porque no los abren a menudo o qué, y descubrí una luz que se posaba sobre esos setos palaciegos que me recordaron al Monet de los nenúfares que vi el miércoles en el Thyssen. La luz descansaba en ellos como las pinceladas de un pintor, no parecía luz, sino pintura. Me alegré de ver que aún podía "monotonizar" algo y luego encontré también un raro alivio al cerrar ese libro demasiado conceptual, racional, cerebral, demasiado siglo XX.

Me fije en la gente, en apariencia feliz, sin libros bajo el sobaco, y pensé que quizá la literatura no era sino una gran manera de ponernos la cabeza como un bombo, algo que convendría tomar en pequeñas dosis o elegir con gran escrúpulo.

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