31.3.10

Cu

Más por ejercitar las lenguas, que por el contenido en sí, me he ido esta tarde/noche a la Filmoteca, a ver una francesada en estado puro. Culturetismo en vena. ¿Qué he visto? Esto:

20.00 Atom Egoyan
Sala 2 Lettres Vidéo (Paul Virilio y Atom Egoyan, 1993). 44’. La Revue: Atom Egoyan (Alain
Fleischer, Francia, 2003). 68`. Documental. Francia / Canadá. Vídeo. VOSE*. Total programa: 112’Lettres Vidéo: Entre junio y julio de 1993 Atom Egoyan y Paul Virilio intercambiaron estas vídeo-cartas que son en realidad una entrevista: el cineasta responde a cinco preguntas de Virilio, quien se interesa esencialmente –como casi todo el mundo entonces– por su utilización del vídeo.

Quizá decir ver sea mucho decir. Tras una introducción de un tío formulando en un francés perfecto una serie de cinco preguntas a cada cual más inteligible al señor Egoyam, le llegó el turno al citado Egoyam, que pasó al inglés. Fue ver su aspecto, entre Lennon y Bolaño años noventa, para caer en un súbito y poderoso sueño del que me desperté con una gran sensación de desubicación. No obstante, qué gusto dormir en el cine. Hay cosas cuyo placer se amplifica, y no entiendo por qué, al hacerlas en sociedad: tomar un café, echar una cabezadita en el cine y no se me ocurren más.

Todo era muy documental y todo muy teórico del cine, porque los franceses (aunque Egoyan es de origen armenio) quizá sean los tipos con más capacidad para teorizar sobre el cine, que es como una doble teoría, un concepto del concepto, una sombra de la sombra. Y yo empiezo a huir de los conceptos como de la peste. De hecho escapé de esa sala 2 del cine Doré, una vez tonificado por el sueñecillo reparador, tan sólo hora y poco de haber entrado, y pensaba que llevaba toda una vida allí dentro. No obstante, me ha dado tiempo para ver algo del filme (sí, filme) y a saborear una idea. La he visto, la he cogido y me he dado por servido.

La idea es la de filmar a gente contando cosas, pero no cualquier cosa, sino un tipo de historia con un carácter levemente extraordinario. Dicho así suena quizá poco original, incluso a programa de testimonios de canal amarillista, o a programa de Chicho Ibañez Serrador, pero no. Salía una chica de unos treinta y muchos diciendo que por Nochebuena dejaban un sobre con una paga en el plato, antes de cenar, y que a sus hermanos y primos, chicos, les daban 200 francos. Y a ella 100. Pensó que era por ser menor, y que al año siguiente le darían también 200, pero nunca fue así. Luego se hizo adulta y nunca supo el porqué de esa marginación. Cosas así. Había una también que es más larga de contar, de tono más poético, no tan cruel.

Luego he pensado en sí yo mismo sería capaz de narrar algo medianamente extraordinario a una cámara. Durante unos segundos me ha apenado ver que la respuesta era no, pero al rato me ha venido una historia propia a la mente. Sí, mi historia, mi pequeño guiño con lo extraordinario, ese tipo de historias que nos alejan del materialismo más rampante, y nos hacen seguir creyendo en cosas más allá del "todo es átomos y opinión, el resto vacío", que dice mi tío Ivlivs que dice Pascal. Me ha alegrado tener esa historia en mi poder.

30.3.10

Ct

Decía Luis Landero que necesitaba escribir para ser feliz, aunque escribir no le garantizaba ser feliz. Escribir es siempre mejor que no hacerlo. Quizá. Últimamente así lo veo yo, si no escribo algo, aunque sea en este interfaz pixelado, no me acabo de sentir bien. Escribir tiene algo de validar el día, de fijarlo de alguna manera, es un autoengaño extraño que nos hace creer que nuestra existencia vale más por el mero hecho de dar constancia escrita de ella. No sé qué coño tiene, un mero gesto gratuito, un gesto quizá bello, que pretende rentabilizar el día de alguna manera, como los euros que no hemos ganado.

Hace frío y me pesan los dedos, y no tengo nada que decir, mal negocio. Parezco uno de esos bloguers adictos al tabaco que este momento comentarían la calada que han dado a su Chesterfield y cómo les pica la garganta. Hace un par de semanas, me fijé en los dedos de una chica que iba delante de mí en el coche, y vi esa pátina amarillenta tirando a grimosa que tienen los fumadores. Recuerdo que yo también la tenía, cuando era un fumador vocacional, esa película color ocre a cuyo olor a veces recurría cuando me aburría en el colegio. No descarto la idea de hacerme politoxicómano cuando sea viejo: una eutanasia lenta y placentera, auspiciada por los placeres sintéticos que me asaltaran al paso. Pero me da que de mayores no estamos para grandes emociones; mi abuelo Jean sólo tomaba ya café, a sus ochenta y tantos, pero cada tacita era un momento celestial para él. En su honor me he acabo de preparar un descafeinado sin cigarro.

Hoy vi a un tipo, sentado junto a mí en el Pepe Botella, con un boli idéntico al mío. Me compré dos en Muji, calle Fuencarral, y son buenos bolis. Sueltan un fluido chorro de tinta, pero no emborronan, da gusto escribir con ellos. El tipo tenía un cuaderno en blanco, todo el dispositivo del creador no sé si wannabe o qué, pero ahí estaba hierático ante el folio en blanco. "¿¡Cómo que miedo al folio en blanco!?", clamaba Oteiza. "El folio en blanco es mi espacio, mi experimentación, mi territorio, mi libertad" (aprox.). Como veía que no se arrancaba, he estado por decirle lo de nuestro boli hermano, que seguro le daría para algún arranque de relato metaliterario. "Estaba en el Pepe Botella, cuando un apuesto joven ha reparado en una extraña coincidencia: los dos llevábamos el mismo bolígrafo. ¿En qué momento y con qué fines habíamos comprado esos bolis? Yo, desde luego, quería escribir el relato más hermoso del mundo con ese jodido bolígrafo, pero no me arrancaba, blabla".

Se ha pirado y no le he dicho nada y en su lugar se ha sentado un tipo digamos que atractivo que se ha pedido, a las seis de la tarde, un Beefeater con tónica. Me he acordado de cuando Buñuel iba al Chicote, cuando aquel bar tenía estilo y no era la mierda vulgar que es ahora, y se pedía su amado dry martini para que la mente se ablandara, se soltara la melena y le condujera por los pasadizos cimbreantes de la imaginación. He estado por pedirme uno, pero me ha parecido improcedente.

He vuelto a casa pensando en el cambio de hora, y en lo artificial que, en el fondo, es esta entrada como de sopetón en la primavera, en las luces que las autoridades equis nos imponen. Aunque a mí me gusten. Una luz como exagerada, arrealista, entraba en una tienda de pollos de la calle Espíritu Santo.

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A partir del 3'48", sobre la página en blanco.

29.3.10

Cs

Hoy siento un cierto vacío y viene a mi mente algo que pensé el otro día medio en broma medio en serio: hacerme catalán. Tener algo claro en la vida: mi catalanidad. Querer a una tierra y sentirse bien dentro de ella, sin complejos por formar parte de ella y decirlo a las claras: soy catalán. Y estar orgulloso de ello y colaborar activamente, en la medida de lo posible, a hacer más grande y rica esa condición (más allá por supuesto de gaitas separatistas y bigotes esquerrarrepublicanos de estrechas miras). Como hacen más grande a Cataluña Ferran Adrià o Pep Guardiola, mientras que tipos como Joan Laporta la empequeñecen. Como la hizo grande Josep Pla.

Por mi condición de medio francés, medio español, nunca me he llegado a sentir una cosa ni la otra. Menos aún navarro. ¿Ser navarro? ¿Qué es eso? Supongo que ser navarro es no ser otras cosas: no ser vasco, no ser maño, no ser riojano, no ser vasco-francés. Pensé el otro día, en términos prácticos, que quizá en Cataluña encontrara asiento para esa desubicación identitaria mía, ese nihilismo territorial mío, ya que Cataluña no acaba de ser España como tampoco acaba de ser Francia. No obstante, no es la primera vez que digo en público que soy un catalán frustrado.

Hacerme catalán, como quien se hace del Opus o del Real Madrid, como quien se casa, en plan para siempre. Elegir un pueblito, con mar a ser posible, aprender la lengua y fundar una familia de Marcs y Uriols. Reus no está mal. De Reus es Gaudí, de Reus creo que también lo fue Prim. De pequeños íbamos a veces, y la recuerdo como una ciudad con encanto. Bueno, esto está muy bien sobre el papel, pero luego hay otras cuestiones de tipo feng-shui territorial, y el clima, la presión atmosférica y tal, que acaban siendo fundamentales para el equilibrio de los humores. Hay algo melancólico, mucho, en ciertos inviernos catalanes. Y si es sábado por la tarde, por la suar, y no tienes plan, ni te digo.

Madrid tiene unas condiciones más favorables en ese sentido. Leyendo a Pla descubro que es una ciudad relativamente alta, 650 metros. Fijaos lo que dice al respecto, en Madrid, 1921. Un dietario : "Es un clima [el de Madrid] de montaña que no produce ni las depresiones, ni las jaquecas, ni los estados frenéticos de las tierras bajas".

Curioso.

Me voy a la cama. Con Antonio Tabucchi.

27.3.10

Cr

(¿9?)

Voy a criticar. Constructivamente. Pero primero loaré. Me gustó mucho el artículo de María Antonia Estévez sobre las sesiones de poesía y Navarra que se celebraron esta semana en Madrid. Tardó en salir, pero mereció la pena. Léanlo aquí.

Y ahora el critiqueo de tipo maniático. Critico la dejadez en los pies de foto de los artículos periodísticos. A veces un pie de foto es más importante que un artículo entero, y eso nos puede llegar a deprimir a los redactores, pero es así. Por tanto, no descuidemos los pies de foto. Me compré el viernes en la Puerta del Sol un ejemplar del Diario de Navarra por aquello de verme en la foto y tal. Me gustó la imagen, me gustó verme, qué bien, hay que estar, estoy, taltal. Pero otro que estaba pero que no figura en el pie de foto es José Luis Allo Falces, autor de poemarios como De la ceniza y otros bienes perecederos, y que se vino desde Milagro a Madrid para la ocasión. Me dan rabia esos pequeños grandes fallitos, quizá insignificantes vistos desde fuera, pero no tanto para quien los sufre. Y creo que Allo merece mucho más figurar con su nombre en letras de molde que el aquí firmante, huelga decir.

Otro cosa mejorable es la calidad de la foto en sí, que en papel quedaba muy bien, pero que en la web ofrece el siguiente aspecto. Coño, hagamos las cosas bien.


De izquierda a derecha: Eduardo Laporte, Javier Asiain, Jesús Jiménez Reinaldo, JOSÉ LUIS ALLO FALCES, Tomás Yerro, Jesús Mauleón, Ramón Irigoyen, Germán Sánchez Espeso, Julia Montejo, Salvador Estébanez, Margarita Leoz, Hervé Alústiza, Teresa Gutiérrez de Cabriedes y Yolanda Sainz, en el Museo de la Ciudad de Madrid.

26.3.10

Cq

Esta tarde, a las tres y poco, mientras comía una rosca de estas que metes en el horno y a la que he añadido crema de queso Cheddar y tomates en rodajas, he visto el telediario. He visto la clásica pero, supongo, necesaria matraca con las operaciones salidas, cientos de desplazamientos, Pere Navarro por ahí, con sus gafas de Savater y su aire a Gurruchaga soltando el espich de rigor, y todo así.

He pensado entonces que, ahora que uno ha dado 30 vueltas alrededor del sol montado en la Tierra, quicir, que ya las cosas no te pillan tan de nuevas como hace diez, todo empieza a ser levemente repetitivo. Y no me importa del todo, porque así puedes comparar, y mola acordarse de que este invierno ha sido el tercero más lluvioso desde 1947, y recuerdas entonces el de 2007, que también llovió una jartá, y todas las procesiones habidas y por haber de las semanas santas varias se quedaron en sus garitas sin poder salir y la peña llorando y taltal.

He pensado, entonces, en la aterradora idea de no ya un Día de la Marmota, sino en una Vida de la Marmota en la que viviéramos atrapados. Y que no disfrutásemos con la comparación, sino que la existencia pura se convirtiera en algo predecible y machacón: Semana Santa, operación salida, Anselmo el de la DGT con sus partes de la tráfico tirando a deprimentes (no por él, que lo hace muy bien, sino por el mero hecho de imaginarse su vida, todo el día hablando de vehículos y retenciones), la primavera y las alergias, que si aumenta la serotonina y el deseo sexual, y más con el desvelo textil de las mujeres, procesiones, palios, pasos, nazarenos, cabildos, luego San Isidro, el verano, la noche de San Juan, las lágrimas de San Lorenzo, septiembre y otra operación salida y luego retorno y otra vez Anselmo, que poco antes habló de la Operación paso del Estrecho, y Ana Blanco todo el año calentando silla, y otro año que empieza la Liga y otro fichaje millonario y otro artículo de Enrique Vila-Matas sobre el Barça y los videos que se ha tragado en verano, y luego el otoño y la depresión estacional, el cambio de hora, noviembre y su luz, diciembre y sus puentes, Navidad, Año Nuevo, Planeta Agostini, febrero y marzo que son dos meses un poco como para dar de comer aparte y así vamos haciendo años, vida, y la marmota se hace vieja con nosotros, y hace honor a su nombre y prefiere dormir a estar por ahí haciendo el ganso con el frío que hace.

25.3.10

Cp

Hablé ayer con Andreu Teixidor, en una entrevista dos por uno en la que pasamos de Josep Pla al universo Bubok, del que es responsable editorial. Me dijo algo sobre Pla que me gustó. Sobre su padre, el de Teixidor no el de Pla (¿por qué el posesivo su es tan poco posesivo?), que fue fundador de Ediciones Destino y creador del premio Nadal. Decía este señor que viajaba a menudo en coche con Pla, por ejemplo para lo de la guía de Cataluña, pueblo a pueblo, acompañados por el fotógrafo, y que el escritor se fijaba en todas las cosas como si fuera una Cañon CoolPix de 10.4 megapíxeles. "Tenía una asombrosa memoria fotográfica, con esos ojos de chino", dice Andreu. Y que pasado el pueblo, recitaba: a la derecha había un banco, más allá un bar, al frente el casino, luego una panadería, taltal.

Esto a propósito de la exposición en el Centro Blanquerna sobre Pla y Madrid, que ha programado un ciclo de conferencias en el que el propio Teixidor participa el próximo 5 de abril. Estuve este miércoles y, bueno, abarrotado no estaba el salón de actos, cosa un poco pena porque la doble charla estuvo muy bien.

De Pla pasamos a Bubok, que es una plataforma que me empieza a tentar y en la que cabría preguntarse si Josep Pla, de haber nacido en esta época, se habría atrevido a apostar por. Hablamos de varias cosas, pero me hizo gracia una en concreto, que es sobre la que quería escribir y al final me he enrollado y más que podría hacerlo pero paso porque hoy no tengo ganas de teclear y acabo ya esta frase completamente inútil y tediosa. Comentamos que sí, que los libros en papel no morirán, como no lo ha hecho la radio o el mismísimo vinilo, que vuelve con cierta fuerza en los últimos tiempos. "¡Y la vela!", añadió Teixidor. Al principio pensé que se refería a las velas de cera, que también han sobrevivido a las iberdrolas y endesas, pero él me hablaba de las velas de los barcos a ídem. Que hasta que llegó el motor de explosión (¿o el vapor?), todas las embarcaciones navegaban por mundo y medio a través de las rutas comerciales sirviéndose del viento y las velas. Cuando dejaron de emplearse para esas labores, se pensó que jamás nadie utilizaría un velero para nada. Pues bien, dice Teixidor, que si contáramos hoy los metros cuadrados dedicados a las velas de barcos que hay en el mundo, nos encontraríamos una cantidad cientos de veces mayor de la que había cuando eran de uso cotidiano.

Tú, lector de 2110, di algo. ¿Cómo leeremos en el maldito siglo XXII? ¿Se leerá? ¿El libro será objeto de culto de los neodandis (una tribu urbana, exquisita, que florecerá a finales del XXI)? ¿Las editoriales trabajarán bajo demanda, y sólo se imprimirán los ejemplares exactos de tal libro? ¿Habrá librerías para autores buboks, distintas a las de los autores tradicionales? ¿Se popularizará tanto la lectura que habrá escritores de culto, leídos en formatos digitales o en impresiones de estas tipo Bubok, que sean comparables en fama e influencia a The Beatles?
Lector de 2110, abre la puta boca y sácanos de estas incógnitas.

24.3.10

Co

Segunda y última jornada de la primera edición de 'Navarra, muestra de literatura 2010'. Me extraña no ver en ninguno de los dos diarios navarros ni un suelto dedicado al evento. ¿Qué pasa? No me lo explico. Veo, eso sí, lo del museo del carlismo en Estella, del que no tenía ni idea, y oye, me parece algo interesante, porque del carlismo no tenemos ni zorri en general y resulta que trastocó el XIX español y de qué manera.

(Inciso: los ismos van siempre en minúscula: cubismo, calvinismo, franquismo, carlismo, chovinismo.)

Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte. Quisó quizá el destino conjurar ese despiste subterráneo mío para sorprenderme con 20 providenciales euros que fueron a parar justo a mis pies. Fue como si algún ente superior de tipo navarro, pongamos san Francisco Javier, me hubiera querido recompensar mis dos presencias en la muestra de algún modo. Oh, gracias.

Recitaba Javier Asiáin cuando entré en el Museo de la Ciudad. Mi primer contacto con este poeta que es todo menos casposo, que incluye humor, ironía, frescura, y ningún corsé coñazo, fue en mis días de jefecillo cultureta en un periódico digital de cierta importancia. Mandó Asiáin unos libros que fueron a parar a mis manos, lo que da idea de las coordenadas en las que se mueve este hombre, esto es, a escala nacional. Declamaba Asiáin, que acaba de presentar Unidad de Cuidados Intensivos, con brío, energía, pero con un ritmo calmo, porque no hay cosa peor que se amontonen las imágenes poéticas en uno de estos recitales, que suele ser lo habitual, y no enterándonos de nada. Se aferraba al atril con fuerza y me recordó a los toreros cuando esperan a que el bicho salga de toriles, protegidos tan sólo por el capote, que en este caso eran sus folios llenos de versos.

Me gustó escucharle y me gustó también que concluyera con un poeta que ni es él, ni es navarro, y que se llama Jesús Lizano, al que definió como anarquista de la poesía y cosas así y veo ahora que no es precisamente un muete, el amigo Lizano. Leyó Las personas curvas, poema que suscribo ya que si algo me considero es un tipo curvo. No dejen de leerlo aquí.

Tras el concurso de Asiáin, tomó el relevo Marina Aoiz, que presentó sus dos últimas publicaciones, Códigos del instante y Hojas rojas. Confesaré que no sé si fueron las toses del personal, el que a un tipo le llamaran al móvil y se pusiera a hablar con un vozarrón mal disimulado u otras distracciones, pero en la primera fase del recital, quizá también por lo complejo/denso de los versos, no logré empatía ninguna.

Me gustó más la parte de Hojas rojas, libro dedicado a su madre recientemente desaparecida, como también dedicó uno a su madre fallecida, no recuerdo el título, Jesús Mauleón, que participó en la primera sesión. Me gustó la descripción que hizo de la madre, mujer que había conseguido dar salida a sus muchas inquietudes, pese a haber vivido en ese franquismo que quería un tipo de mujer y no otra. Se rebeló, en este caso, la madre de Marina Aoiz y fue una mujer de un gran atractivo, por lo visto, a la que FL Chivite le dedicó, si no entendí mal, una columna en el Noticias.

No pude quedarme al colofón, en un mano a mano entre Jesús Munárriz y Ramón Irigoyen que estoy seguro que habrá dado mucho juego. A pesar de algunos aspectos que sería una impertinencia reseñar aquí, me quedo con más buen sabor de boca que otra cosa.

22.3.10

Acudí al Museo de la Ciudad, metro Cruz del Rayo, Madrid, a la primera edición de 'Navarra, muestra de literatura 2010', que se celebra también este martes. Llegué tarde, y ya había empezado la charla de Tomás Yerro, que a mí me parece un Andrés Trapiello foral, al menos desde lejos, porque hay gente a la que sólo vemos de lejos (y oímos de cerca, con esa voz calmada y aterciopelada [suena a tópico pero es que en este caso es así]).

Sacó a relucir Yerro una nómina de autores navarros, en su mayoría poetas, que haría pensar en una tierra elegida por el Parnaso para sembrar el arte escrita. Apunté al vuelo algunos nombres: Ángel María Pascual, Eladio Esparza, Arturo Campión, José María Iribarren, Carmela Saint Martin, María Luisa Elío, Rafael Uríbarri, Patxi Larrainzar, Rafael García Serrano, Pablo Antoñana, Germán Sánchez Espeso, Francisco Javier Irazoki, Pedro Lozano Bartolozzi, Miguel Sánchez-Ostiz, Manuel Hidalgo, entre otros. Luego citaría a Ángel Urrutia, Juan Ramón Corpas, Fernando Luis Chivite, Alfonso Pascal, Javier Asiáin y Daniel Aldaya. Ah, y Ramón Irigoyen, presente en la sala y siempre cumplidor con estos actos forales.

Nos hicimos una foto varios de los allí reunidos, entre los que reconocí y saludé, y van más nombres, a Margarita Leoz, que vino desde Pamplona para la ocasión; me presenté a Javier Asiáin, con el que sólo había contacto virtual; vi Germán Sánchez Espeso, con su look años Chicago años treinta; a Jesús Mauleón (que tuvo ponencia y recitó poemas de su La luna del emigrante), y al gran Hervé Alústiza, que me alegró saber que vivía en Madrid y al que le di un abrazo bien a gusto. Hasier Larretxea se perdió esa foto "para la historia", en palabras del delegado Salvador Estébanez, por atender una llamada de cumpleaños, y luego recitó poemas en euskera, con lo de Luces y sombras, tramo final del acto al que no asistí por excusas varias.

También vi por ahí a los almerienses Aureliano Cañadas y su hermano Luis, que mantienen un curioso vínculo con Navarra y su poesía, impropio en estos tiempos de comunidades autónomas tendentes a las fronteras invisibles. Ah, y a José Luis Allo, ese Valle-Inclán ribero, con el que compartí juradería en lo de los microrrelatos sanfermineros, el pasado julio.

Presente en cierto modo, a través de su libro que es una manera de estar más que honrosa, estuvo Patxi Irurzun, en el stand de libros expuestos, con su adictivo Atrapados en el paraíso, recién traducido al francés por cierto y a la busca de editorial gala.

Patxi Irurzun acudió camuflado en su libro.

Podría hablar ahora de las sensatas ideas que expuso Tomás Yerro, del cruce entre religioso y poético de los versos de Jesús Mauleón, de la pátina religiosa que puebla mucha de la poesía navarra, por ser muchos de esos rapsodas de origen clerical, como el propio Mauleón o Victor Manuel Arbeloa, o incluso el ágrafo Gabriel Urralburu, que acudió al acto y que nada más verlo me produjo automáticamente la siguiente etiqueta, demacrado social, y que daba un poco de penilla, el hombre, discreto, azorado, con cara de culpa sempiterna. Podría hablar algo de todo eso, pero quizá sea lo de menos, y lo de más sea dar una rápida notificación de las personas que integramos, más activa o más pasivamente, esa muestra.

Digno de celebración todo. No tanto la media de edad, más propia de un congreso sobre el colesterol que de una reunión sobre literatura y poesía locales. No me convenció tampoco el cátering, con unos bocaticas entre parroquiales y rústicos que me recordaron a esa fiesta tan poco evocada en mi memoria, por inubicable, de la primera confesión, que en los bajos de la iglesia de San Nicolás concursó con caramelillos y fantas después de haber soltado nuestros infantiles pecados, como comenté con Andrea Anaut.

Mañana, hoy, ayer, más.

21.3.10

Cn



"Para este músico, no hay distinción entre arte y vida", dice Carmen Pardo Salgado en el número 382 de cultura/s, dedicado al silencio sonoro de John Cage. Voy en el metro desde Tribunal a Atocha Renfe, a buscar a mi hermano. En el iPod, en la doPi, como decía Hikikomori para no hacer publicidad, escucho In a landscape, que es la única canción, o tema, o pieza, o lo que sea, de Juan Jaula que puedo decir que "me gusta". No conozco muchas, anyway. Pero la música de Cage no es para que nos guste o no nos guste, nos debe gustar o no gustar de otra manera, como nos gusta o no nos gusta un atardecer preprimaveral en la estación de Atocha, esperando a un hermano, con las vías del tren frente a nos, con la luz estirándose cual chicle estacional, con esas masas de gente que van y vienen, humanas, milagrosas, y que me hacen pensar en el único cuadro figurativo de Rothko que he visto, de 1939, creo, con peña entrando en un metro quizá de Chicago.

Me ha saludado, simpático, Julián Sánchez-Ostiz, que venía de Pamplona, y me ha hecho mucha ilusión.

Por la suar, con Cage también en la oreja, he ido a la farmacia por la muy pertinente calle de la Salud. He bajado Fuencarral, atravesado Gran Vía, pasado por la calle de GALDO, que no de Pérez Galdós, y comprado cosas en Preciados 13, o 14, no recuerdo. Un tipo bastante aborrecible (me encanta esa palabra) ha meado en la calle de la Salud —impagable la tienda de Discos Melocotón— y ha dejado un surco de orín que ha ido a desembocar, felizmente, en una boca de alcantarilla puesta ahí como por la providencia. He estado por hacerle una foto a la estampa, porque he descubierto de pronto una gran belleza cagiana en esa circunstancia, ese discurrir inteligente de la meada que ha ido a parar, ya digo, a esta esa boca saneadora.

He sentido luego más deseos de fotografiar un montón de cosas: a las putas de la Red de San Luis; a la sombra de una negraza que iba detrás de mí en el nuevo cruce de Gran Vía; al edificio de Telefónica; a unas maniquíes rojas, solitarias, bellas, de la tienda de Puma. Ah, y al tipo ese que se gana la vida disfrazado de hombre invisible, acurrucadico dentro de su abrigo, y al que me he quedado mirando hasta que me ha hecho el gesto de OK y me ha sacado una sonrisa pero no unas monedas, aunque quien sabe qué vale más.

Me he acordado también de un rato muerto que tuve este septiembre en San Sebastián, cuando lo del festival de cine, en que me metí en una galería de arte cualquiera a ver unos trabajos de un tipo que creo que se llamaba Arbizu, y que mostraba escaleras de esas domésticas en fotos de gran tamaño, y que me cabreó bastante porque no entendí qué era toda esa mierda catalogada, y vi que en aquel preciso lugar había todo menos arte, que era el lugar menos artístico de sobre la faz de la tierra, un lugar a-artístico, cero inspirador, secuestrador de emociones, de estímulos, de todo, y sentí que estaba perdiendo el tiempo, mucho, y que justo fuera de esa fulera galería se desplegaba un mundo mucho más rico, precioso, interesante, al que salí zumbando por cierto.

Entonces no sabía, y hoy sí, y me alegro por ello, de que un tipo como John Cage consideraba que no había distinción entre arte y vida, y entonces he vuelto a disfrutar de la idea de que todo es un museo quizá comisariado por un dios llamémosle equis, un gran centro de exposiciones que podemos acotar a nuestro antojo, con un poco de habilidad, un espectáculo, un gran show, la sociedad del espectáculo, para el que tenemos entrada vitalicia.

20.3.10

Cm

Vengo de leer la prensa y de ver el telediario. De la prensa me ha llamado la atención una cosa, una limitación que tiene, y que se ha visto hoy con nitidez y que daría para un pedaleo en esos seminarios de guruses con perilla sobre el futuro de la prensa en papel. Lo de los bomberos que confundieron con etarras. El periódico que me he comprado titula en portada, en grande: ETA va al súper y muestra a los 'etarras' con carritos de la compra. Horas después ya se sabe que esos tipos fotografiados en la localidad francesa de Dammarie-les-Lys la víspera del crimen al policía francés son, en realidad, bomberos. "Sin comerlo ni beberlo, hemos sido etarras", dicen este sábado, los bomberos, indignados y con razón.

La limitación, el punto flaco, el talón de Aquiles, tal, de la prensa en papel es que no hay Ctrl+Z. Que cuando se ponen en marcha las rotativas, se empaquetan los miles de diarios y se reparten los ejemplares por los distintos puntos del mapa de distribución, ya no hay nada que hacer. Un alea jacta est, aprox., que se produce cada día y sobre el que los directores no tienen capacidad de actuar. Crea una extraña impotencia, y yo la he sufrido en su mínima expresión, cuando veo una errata maldita en algún reportaje: el papel no admite correción, está allí, inalterable y multiplicado por decenas de miles.


¿De quién es la culpa? Supongo que un poco de todos, de la atribución sin contrastar y del periódico que se fía a pies juntillas de esa información de la Policía francesa. Al día siguiente, coincidirá el periódico en papel que habla de etarras donde sólo hay bomberos, con los bomberos cabreados por haber sido comparados con semejante ralea humana de las ediciones digitales actualizadas. Sonrojante situación que durará, al menos, 24 horas, hasta que una nueva edición y un nueva día corran un tupido velo sobre este pequeño patinazo informativo e institucional.

¿Qué más he visto y he leído? Roldán, macrobotellón en Granada y la mareona del Sporting. No me voy a extender que si no esto se hace muy largo, me limitaré a decir que me han provocado bastante repulsión las tres cosas.

19.3.10

Cl

Podrán solicitar su participación, de forma individual o colectiva (hasta un máximo de seis componentes), en las modalidades artísticas convocadas, las personas físicas de nacionalidad española y todas aquellas con residencia legal en España que no superen los 30 años de edad el día 31 de diciembre del año 2010

Vaya, me estaba planteando seriamente enviar mis recién conclusas andanzas cubanas al concurso de Narrativa del Injuve (Instituto pa' la Juventud) y me he sentido como un niño que no da la talla para subirse al Dragon Khan, pero al revés. Porque un niño que no da la talla para subir al Dragon Khan sabe, a no ser que provenga del pueblo pigmeo, que algún día la dará, y podrá disfrutar de esos loopings frenéticos en el atardecer de las afueras de Vilaseca. Como al chaval al que le deniegan la entrada en una discoteca, o el que tiene que pedirle que le compre tabaco a un señor desconocido, pero simpático, o el que aún ve la democracia como un juego al que no le han invitado todavía.

Leo y releo las bases de ese concurso estatal y compruebo, ay, que el 31 de diciembre de 2010 superaré los 30 años, por poco, pero los superaré. Y la juventud, oh, ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer, no podrá ser recuperada porque pasó, como la fecha caducada de un yogur caducado cualquiera.

Quizá sea un acicate, entonces, no aspirar a premios que se dan porque eres joven, y realmente las plazas hay que ganárselas más allá de la conmiseración pública por ser mozalbete o algún otra masa social a la que las instituciones se proponen echar cables. Me acuerdo ahora, no sé por qué, de Manuel Altolaguirre cuando es llamado a filas, un tipo que no había cogido un fúsil en su vida. Pensaba que los escritores, los poetas, estaban exentos de ir a la guerra, por su calidad de artistas. Que el arte, decía, como la belleza salva a la mujer y la fragilidad al niño, le colocaba en una condición distinta al resto de los mortales. Y no.

Bienvenida pues, esa edad adulta sin la compasión gubernamental hacia una juventud a la que no pertenezco en términos de boletín oficial de estado. No te temo, cá.

PD: Decían el otro día en el programa de Punset que el cerebro no está del todo formado hasta los 25 o incluso 30 años. Bien, ya estoy terminado, soy una máquina completa, conclusa, preparada para volar, para salir, para actuar. Hasta hoy, todo han sido premios injuves, indulgencias, favores, ensayos y errores. No hay excusa ya, para empezar a ser quien se es. (Lo que quiera que sea, eso.)


18.3.10

Ck

18 de marzo de 2010. ¿Puede haber un día más anodino, en la historia mundial de los días anodinos, en el Día Mundial de los Días Anodinos, que éste? Pase usted de largo, día simplón. Esta mañana pensaba, mientras ayudaba a un amigo a cargar unas maletas, antes de pincharme con el cactus que le regaló su ex novia, en esos días de primavera, gloriosos, redondos, luminosos, sobre los que nadie escribe. Pasan, se acaban, y se hunden en la colección de cosas que nadie recuerda. Todos hemos vivido varios de esos, y apenas nos queda un leve recuerdo. Belleza y felicidades pasajeras de las que no hay notarios, pero que suceden, sí, existen, pasan y los vemos ya como algo milagroso y quizá un engaño de la razón. Les esperamos, pues.

Pensaba también, en por qué me está costando más que otras veces esta nueva serie del Macropost. Normalmente, me embarco en el blog-río cuando hay desorden mental, disociación fragmentaria, pero cosas que contar, que apetece sacar a pasear. Así pensé que me encontraba, cuando de pronto me encontré como con una maraña de vacío, un tope mental del que no extraía apenas nada, a lo sumo algo de ese agüilla pegajosa que tienen los cactus en su interior.

Me preocupé, como me pasa cada cierto tiempo, y pensé en que había llegado mi momento de Sansón pelado. Que algo o alguien me había secado por dentro y que ya no era el que fui que, pese a todo, creo que más o menos me gustaba (aunque no conviene gustarse demasiado y vivir en el inmovilismo identitario). Luego me despreocupé al recordar que estabamos en marzo, mes de las mudanzas estacionarias, y que yo mismo estaba embarcado en una mudanza, de tipo doméstico. (Y la mente, en esos trances, se agosta en su faceta digamos creativa, que es todo menos práctica en el mundo animal, porque hacer una mudanza tiene algo de cosa animal, primitiva, atávica, cromañónica.)

El cuerpo, con sus reglas casi matemáticas, sabe mucho más que nosotros. Es más listo que nosotros, aunque hoy le oí decir a Punset que el cerebro es más un apaño de andar por casa que la máquina más compleja y perfecta del universo.

No me gustan estos meses bisagra, estos meses mudanza, no me gusta septiembre, no me gusta marzo. Prefiero tener a mi cerebro apaño ya asentado, sobre una Pello mental más o menos fija, aunque sea en la estabilidad de la inestabilidad, que a veces es gozosamente estable y estimulante, otras un lastre que arrastramos ya desde hace demasiados años. Marzo, acaba ya, cabrón.

17.3.10

Cj

Esta tarde leía a Tabucchi, Antonio, sobre mi butaca Pello. Entraba el sol a media tarde, los obreros trabajaban en frente, con sus ropas amarillas chillonas que me recordaron a las que usa el Barça para no sé qué. Quisé hacer una foto, había algo hermoso en todo ello, el inicio de la primavera, el edificio como post-comunista hecho cascotes que se yergue de nuevo y Madrid en silencio. Me sentí feliz de, como recuerda Thoreau, poder disfrutar de mis mañanas y mis tardes, sin venderlas, aún, por un plato de lentejas. De dedicarlas, empero (odio lo de empero pero hay que reconocer que tiene su eficacia), a la lectura de un libro para luego escribir sobre ello. Dice Thoreau que hay actividades que la gente debería hacer ciertas cosas sin esperar cobrar nada por ello, y voy a buscar el libro porque me acuerdo a medias de la cita, que veo ahora que no era exactamente como decía:

Un hombre valioso hace lo que sabe hacer, tanto si la comunidad le paga por ello como si no le paga.  

Es difícil no sentirse mal, no obstante, por disfrutar de una de esas tardes y mañanas de las que habla Thoreau, sin que sea haciendo el haragán, precisamente. Llevamos toda la Revolución industrial a cuestas, y de eso no nos desprendemos de la noche a la mañana. La conquista de esa serenidad, la de quien disfruta de las mañanas y las tardes sin angustias, aunque nos lleve una vida lograrlo, quizá sea la más esencial.
Esas cosas he pensado sobre la butaca Pello, mientras leía a Tabucchi, mientras esperaba a que viniera el técnico de internet que ha realizado con éxito su feliz misión, mientras esperaba para hacer una entrevista por teléfono, mientras asumía que, conformarse con las alegrías cotidianas, pese a lo que cantaba en E ti vengo a cercare el amigo Battiato, puede estar muy bien.

16.3.10

Ci

Hoy me he comprado una libreta que parece un pasaporte, en Muji, y he apuntado dos cosas:

-Los tipos que te preparan el döner kebap tienen el mismo tono de piel que el kebap que cortan.

-Esos tipos que, aún yendo de modernetes y escuchadores de Radio 3, en el ecuador de la treintena, comen pedacitos de la barra de pan que llevan a casa, no son sino unos descomunales y putrefactos burguesones de tapadillo.

*Últimamente el concepto Macropost, que tengo más o menos claro, estaba flojeando. Me limitaré a cumplir una de sus supuestas normas, registradas en un inexistente libro estatutario: escritura diaria. Sea de lo que sea, pero diaria. (El fin de semana puede haber algún descanso.)

15.3.10

Ch

Hay un tío frente a mí, en Pepe Botella, que se mete, cada medio minuto, una porción de maíces duros en su voraz bocaza. Lleva ya dos (que yo sepa) cervezacas sin dar las dos de la tarde, y navega y navega por páginas que desconozco. El ruido que produce cada vez que presiona su mandíbula inferior y superior para desintegrar los maíces y demás frutos secos que engulle, me provoca grandes instintos asesinos y violentos, que trato de aplacar no sé muy bien cómo. Al menos, tiene cara de majete y es educado cuando pide las cañas. Le perdonaré, de momento, la vida. Le llaman por teléfono. Habla en catalán. ¿Será El último hombre que hablaba catalán? Catalán o manchego, hace mucho ruido. Hablando por teléfono y comiendo maíces, lo que le convierte, le guste o no, en otro español estridente, aparatoso, en las antípodas del gran Houdini.

Bueno.

Yo quería hablar de cantautores. De Moustaki y de Leonard Cohen. El cantautor es un músico que alcanza su identidad pasados los treinta. Hay pocos cantautores quinceañeros, y si los hay, son malos, impostados. Me diréis que Bob Dylan empezó a cantautorear con veintipocós y yo diré que bien, pero vamos. El cantautor medio suele salir del armario de la canción pasados los treinta. Sobre músicos y biografías, no dejen de leer La nota rota, de Francisco Javier Irazoki.

Esta mañana, tocando la guitarra en vez de atender mis obligaciones, pensé en Moustaki y en Leonard Cohen. En Moustaki, por haber sido periodista ante que músico, y en Cohen por haber sido novelista antes que músico. ¿Y si me hiciera cantautor? ¿Y si, en realidad, fuera un cantautor a punto de romper el cascarón y no me hubiera dado cuenta? El sábado me aferré a unos micrófonos extremeños que desembocaban en el SingStar y me dijeron que no lo hacía mal. Bueno, pasa la circunstancia de que si hay una cosa que no sé hacer en la vida, y alguna vez lo he intentado, es componer una canción. En mi faceta de cantautor me tendría que quedar sólo con lo de cant-, y eso haciéndolo tirando a malillamente.

No obstante, jugueteo con la idea de verme dentro de dos años, sin casi haberme dado cuenta, en la sección de discos de la FNAC y actuando en el Libertad 8. Y todo ello sin quererlo realmente, porque el mundo del cantautor, del músico, es vecino de la depresión más honda, del alcoholismo más desgarrador y de la soledad más ruinosa.

Un tipo sentado a mi derecha dice que en octubre llega el apocalipsis y que el mundo se va a acabar.

12.3.10

Cg

(¿pj?)

Vi a Punset en el Canal 24 horas (qué bien esto de volver a ver la tele), con Vicente Vallés, que es un tipo como que nunca pierde el interés y el entusiasmo por las cosas que cuenta. De Punset, Eduard, yo diría que me gustaría que fuera mi padre, mi abuelo, mi hermano, mi cuñado, mi suegro, mi vecino, mi casero, mi profesor, mi algo. Qué bien me cae, qué bien nos cae, Punset.

Habló de muchas cosas, pero que quedé con una, la del hipocampo de los taxistas. Punset, que vivió en Londres (landan, en inglés) durante doce años, sabe que es una ciudad conformada por distintos pueblos que se han ido sumando a la urbe, hasta crear un dédalo de "infinitas" calles. Llegar a ser taxista, dijo, cuesta unos tres años, porque hay que saberse el callejero con una mínima soltura antes de sentarse al volante de una de esas hermosas black cabs. (Supongo que con la llegada del GPS, todo esto ha cambiado.)

Pues bien, en un experimento de estos que hacen los investigadores, se descubrió que el hipocampo (parte del cerebro que supongo que servirá para la ubicación espacial y cosas así) de los taxistas se había expandido y desarrollado más que el del resto de los mortales londinenses. Los hijos de esos taxistas, pues, sin quererlo ni beberlo, recibirán en herencia genética un hipocampo nada desdeñable, que les permitirá ser los mejores taxistas de la capital inglesa o, no sé, promisorios arquitectos o cosas así (siempre que no abusen del GPS, verdadero atrofiador de hipocampos londinenses).

El cerebro se puede, amigos, moldear y desarrollar con el tiempo. Perfeccionar, mejorar. Quizá suene a obvio, pero no lo es tanto. A veces pienso en la posibilidad de crear una red de gimnasios mentales. Busco socios inversores. Razón, aquí mismo.

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Les recomiendo este enlace para conocer a esos taxistas de Londinium, acompañados por los mejores músicos del momento.

10.3.10

Ce: La ventana de Julia Núñez

Hace frío en estos locutorios madrileños y los dedos pesan, y fuerzan a una escritura certera, con poca floritura. Allá vamos. Ayer, en el relato de mis andanzas cubanas, que ya llegan a su fin (si hay algún editor interesado, que me llame) me tocó el pasaje de mi visita a Julia Núñez, una de esas valientes y abnegadas Damas de Blanco, que son mujeres cuyos maridos están presos en la putrefactas cárceles cubanas por haberse salido de la línea oficial. Por haber escrito tal artículo denunciando tal cosa, por haberse manifestado en contra de tal medida, por no haber pasado por las ruedas de molino de la dictadura.

Me acerqué hasta el piso de Julia Núñez, en mayo pasado. Vivía en una zona céntrica de La Habana, en un piso luminoso pero bien humilde, con una nevera de tiempos de Batista. "Y aún insinúan que nos financia Estados Unidos", me dijo, resignada. Su marido está preso en Ciego de Ávila, condenado a 15 años de prisión por escribir articulos contrarios al régimen en publicaciones de fuera de Cuba, ya que en ese país siempre encontró el rechazo y la censura.

Recuerdo bien aquella tarde conmovedora, la amabilidad de Julia, su ternura, su bondad. No olvidaría, ni olvido, aquella breve visita. Como tampoco olvido las vistas que se veían desde su ventana y que, ahora, el poner por escrito lo vivido, han cobrado un valor nuevo. Pensé entonces en cómo Julia pasaría las tardes muertas (tiene prohibido trabajar, está condenada poco menos que a la indigencia por ser quién es) observando el Caribe que mira a Miami, pasado el Malecón. Y el edificio, imponente y ostentoso símbolo del castrismo y su inflado mito de la sanidad, del hospital Hermanos Ameijeiras.

En aquel momento pensé en cómo incomodaría aquel lúgubre edificio la visión límpida del mar. Ahora, tras la penosa muerte de Orlando Zapata en una de sus habitaciones, me acuerdo más de Julia Núñez y su ventana carcelaria.

8.3.10

Cd

Empieza a planear sobre mí, y no llevo ni cuatro letras de esta nueva tanda de Macropost, el fantasma rimbodiano del pa' qué escribir. Oh, no vean esto ustedes como una llamada a los alientos del "escriba por favor, no nos haga esto, nos tiraremos por las ventanas", quiá. A lo largo de estos cinco años de blogue, me puedo jactar de no haber hecho ninguno de esos amagos algo sonrojantes de cierro-blog-en-plan-drama-ruso-pero-lo-reabro-a-los-ocho-días. No caeré en esas, no. Pero sí noto ese tufillo silencioso y gélido de la agrafía, de los escritores, si es que acaso lo fuere, que un día deciden no escribir. A ver si leo un día de estos Bartleby y compañía, que habla precisamente de esto, de los Rimbaud, Rulfo, Salinger y etc que un día dejaron de sentir el impulso de contar ya más nada.

Precisamente, si uno se pone a escribir sobre tíos que dejaron de escribir, cuando uno se embarra en estos pantanos metaliterarios, es que se le empieza a acabar el carrete.

Porque escribir no es sentarse y ponerse a escribir. Escribir es haber pensado, antes, cosas. Escribir no es escribir, es pensar. Escribir bien no es escribir bien, es pensar bien. Y luego saber volcarlo a través de tu pequeño teclado. Tiene su cosa.

Sin embargo, digo yo ahora, puede darse el caso de que uno no quiera pensar más, hale, a tomal por culo, pero conserve aún la pujanza, la pulsión, el gesto, el vicio tras años continuados de ejercicio, de poner una palabra sobre la otra. ¿Qué hacer en esos casos?

"Yo no he venido aquí a escribir, sino a enloquecer", dijo Robert Walser al ingresar en el sanatorio suizo de Herisau, y me marco una cita que queda de saludos. Lo dijo Walser, sí, un tipo que escribió libros muy exquisitos y también sus famosos Microgramas que no eran Nanopost precisamente, sino un ilegible conglomerado literario de grafía poco menos que indescifrable (y que editó Siruela hace unos años).

Escribir por escribir, como quien hace manualidades o barniza muebles. No es mala opción. Y que lea quien quiera.

7.3.10

Cc

Esto de meterse en un café, solo, con el portátil, tiene algo de modernamente triste. A mi lado, una chica de lengua extranjera habla con auriculares a su novio pixelado. ¿Por qué hablar tanto? ¿De qué hablan tanto? El amor moderno implica largas conversaciones en todos los formatos posibles que, sí, vale, está muy bien y todo eso, pero hasta cierto punto. A veces hablamos demasiado. Un problema de comunicación puede ser el exceso de comunicación, la hipercomunicación.

Algo parecido puede pasar con lo del blog, si escribimos por escribir. Pero da como cosa dejar esto abandonado. En estos casos, una buena alternativa es dar voz a los otros. Deleguemos, hoy, en Rafael Reig. Me cae bien RR, y me gusta encontrarme a menudo por el barrio con RR y su hija Anusca, que es como una ciberdiva bloguera de la infancia, siempre con sus muñecas en ristre y sus gafas como de cuento de Gloria Fuertes (si es que GF escribió cuentos, que esto no lo sé).

Me encontré a RR hace un par de mañanas, y luego leí una breve noticia sobre la elección de Félix Monteira, ex director de Público, como nuevo secretario de Estado de Comunicación. Ahora me encuentro a RR hablando de esta decisión de Zapatero, en su blog. Es RR un tipo inclasificable, una voz yo creo que libre y osada, cuya libertad y osadía le ha costado ya varios disgustos, como su cese como jefe de Opinión en Público o la interrupción de sus cáusticos artículos Visto para sentencia, en El Cultural. Ahora los del ABCD del ABC han tenido la libertad y la osadía de requerir sus servicios y ahí está con su flamante página y yo aplaudo esto y aprovecho para decir que el suplemento ABCD es de los mejores de España en su género.

El post de Reig es ácido y no puede evitar escorarse por el flanco del resentimiento. No en vano fue el propio Monteira quien le echó de ese diario que RR vio nacer. No obstante, yo diría que hay resentimientos sanos (los que nacen de la injusticia) y resentimientos insanos (los que nacen de la envidia).

Les dejo con este texto lleno de resentimiento sano y de esa inclasificable acidulez de la que RR es reputado maestro:

Público, el Gobierno y Monteira, ecce homo

3.3.10

Cb

Me gusta el juego de ver lo antiguo como moderno. Todo lo antiguo fue un derroche de modernidad, en algún momento. Pero lo recibimos viejuno, anticuado, demodé, en blanco y negro, con las suaves asperezas del vinilo, demasiado barroco, demasiado racional. Pienso también, a veces, que ser moderno ha dejado de ser moderno. Los modernos de hoy sólo se pavonean por cuatro garitos de Malasaña, van a festivales de música más o menos moderna en verano y sacan dinero en los cajeros automáticos. Poco más.

Creo que el sentimiento de lo moderno, así, con cursiva, lo moderno, se ha diluido o se empieza a diluir. Quizá lo verdaderamente modenno, como dije hace varios post, sea no serlo, estar al margen del tiempo en su sentido lineal, y ser atemporal, de todos los tiempos y ninguno. En cualquier caso, es divertido apreciar la modernidad en, no sé, las iglesias góticas. Porque toda erección arquitectónica y cultural de ese tipo quiso dejar atrás algo que consideraba infecto y putrefacto, y bajo el manto de la modernidad quiso, de algún modo, alcanzar cotas jamás conquistadas.

Paseando la avenida Carlos III de Pamplona, al anochecer, me fijé en los edificios de esa arteria de aires fascistas que, pelada de árboles, casi que hasta que asusta. Es curioso tratar de leer la ciudad como los geólogos hacen cuando salen al campo. Las rocas, los distintos niveles de erosión, los tipos de minerales y etc., les dan una información locuaz que el resto ignoramos. En mi paseo divagatorio por esa rala y fantasmagórica Carlos III, con los cielos bien cárdenos, me fijé en esos edificios que siempre me habían parecido muebles viejos, con otros ojos. Su relativa sobriedad los distinguía de los recoletos y algo almibarados edificios burgueses del XIX. Había un nuevo manto de lo moderno, un viaje a lo sobrio y funcional, casi a lo estatalista, que hizo que movimientos tan antagónicos como el fascismo y el comunismo se tocaran los dedos, como en el famoso cuadro fresco de Miguel Ángel.

Pensé, en las traseras del monumento a los caídos del bando nacional que, tras treinta años de estancia en el mundo, por fin empezaba a comprender éste, como si hasta ahora no hubiera habido más que una asunción espacio-temporal, un acomodarse en la butaca ante esa peli caótica y abigarrada que es la vida.

1.3.10

Ca

Pensaba descansar de blog unos cuantos días, semanas, incluso. Un descanso terapeútico, necesario, merecido. Pero aquí estoy. Tengo una hora libre en Pamplona, ya he tomado un café (sin cafeína), me he leído un periódico local que ha sido como leer nada, así que he caído, he recaído. ¿Qué hacer, si no? Y no sé, amigos, si lo del blog es vicio o virtud, si hago bien, o hago mal. Oh, qué difícil, a veces, distinguir entre el bien y el mal. ¿Vicio o virtud?

¿El vicio de la virtud?

Ayer noche, antes de caer dormido, pensé en algo parecido. En una entrevista que me dio bastante pereza hacer, porque el libro de la autora, policíaco y con tintes sociales, parecía haber escrito por el mismísimo Matías Gali. Me daba perezuela, pero recordé, para animarme, que de todo se saca siempre algo. Y la autora me habló del vicio de la virtud, de las pobres gentes de ese país pobre que se negaban a que les tocaron los huevos y que si vivían en la calle era porque la calle era su casa y que les dejaran en paz y que ni programas asistenciales ni mandagas en adobo. Tenían el vicio de la virtud, según ella. (Concepto quizá discutible, porque lo del clochardismo por sistema, no sé, virtuoso virtuoso no me parece, pero güeno.)

Pensé, antes de caer dormido, en la posibilidad de un tipo enganchado, yonki total, de la virtud, de los nobles ideales, del altruismo en grado sumo. Alguien como el tipo del que se habla en El mal de Portnoy de Roth, pero sin la parte oscura, depravada, viciosilla, perversa. Un tipo de una candidez tal que no fuera de este mundo, y que no pudiera vivir en este mundo, pues le engañarían más que un chino, intentarían anularlo con toda clase de malas artes, pues ese tipo de personas ejemplares generan suspicacias mil.

Alguien más parecido a un perro, noble, bienpensado, dispuesto a darlo todo por el amo, que a un ser humano. No, algo más extremo. Un tipo enganchando a hacer el bien, a ayudar a los demás, a suministrarse vía oral buenas acciones, gestas humildes y pequeñas, destinadas a cosas nítidamente buenas, si es que las hay, a todas horas, todos los días del año.

Creo que ese tipo, sin alguna vez existió, se extinguió silenciosamente. La naturaleza le dio el certificado de inutilidad total y se lo tragó.

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Vaya divagación más macanuda. Bienvenidos, oh, pacientes lectores, una vez más, al Macropost.
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