Pamplonauta fugaz

Creo que fue uno de los hermanos Laspalas, no recuerdo quién, el que dijo que se sentía feliz de ser un pamplonauta, que había ya viajado lo sufiente y que asumía de rol de tipo pegado a una ciudad, y complejos los justos. Pamplonauta, o sea, tipo que navega dentro de la propia ciudad, Pamplona, y que considera que esa y no otra es su última estación. Yo me resisto a esa idea, en la teoría y en la práctica, y sólo me convierto en pamplonauta a ratos y en contadas ocasiones. La Navidad es una de ellas. El año pasado, resaca de Nochevieja, por ejemplo (a ver si me acuerdo y pongo luego el enlace).

Este sábado, 25 de diciembre, amanecí —a una hora inconfesable—, pero con todavía una limpísima luz solar que me levantó el ánimo. Siempre que me pongo el traje de flâneur hiperlocal tiendo,  no sé porqué, hacia el Segundo Ensanche. He visto, por cierto, que en el Paseo van a cambiar los parterres, y ponerlos como en cuesta. Todo un acontecimiento en la microhistoria del paseo de Sarasate, al que he olvidado hacer una foto con esas tierras al aire. Sería bonito hacer una exposición sobre el paseo de Sarasate, sí, y repasar todos sus hitos, con fotos, textos chulos. Pequeños y mínimos eventos en la vida de una vía pública, como aquella poética y melancólica tala de los olmos (muy presente en Correo de otra parte, de Miguel Sánchez-Ostiz, por cierto). Fotografías, alusiones artísticas como las instalaciones de Isidoro Valcárcel durantes los Encuentros de 1972, cambios en su paisaje y testimonios de personajes ligados al paseo, y pienso en tres: Donan Pher, el ciego de los cupones con su inconfundible "Para hooooooooooooooy" y el barquillero, que cada primavera aparece, como los almendros, aunque un poco más canoso cada vez .

Total, que he subido hacia los Ensanches. He pasado por lo que era la Parrilla Argentina, que ahora ha cambiado y pone Mikel Ceberio. La mutación de la hostelería pamplonica es ya un fenómeno; en mi infancia ese tipo de locales parecen eternos, y raro era el que cambiaba de dueños o cerraba. De entonces, creo que sólo se conserva el mítico Bahía, Snack-Bar, sobre el que escribí hace tiempo, la cafetería Palace, del expresidente de Osasuna, Miranda, y poco más. Hace poco murió un peso pesado del sector, como la Florida de la avda San Ignacio, en su lugar, mi tío Imanol Miqueléiz ha abierto una flamante y muy elegantosa barra del Melbourne.

Creo que el orden fascitón del Segundo Ensanche me ayuda a poner en orden la cabeza, tras la implosión bigbanesca que sucede a estas celebraciones dulcemente excesivas. Hablaba el otro día con Iñigo Antolín sobre un amigo suyo que trabaja en India y nos dio como mucha pereza ese país, tan amado y loado por otros. Nos movemos mejos sobre planes urbanísticos racionales; de algún modo, nuestro cerebro se han configurado de esa manera. 

Realmente, está todo cerrado, lo que confirma que las Navidades son el último bastión antes de sucumbir al arrealismo. Me gusta, ojo, este conductivismo social en función de lo que diga el calendario, y me hace gracia que, a día, de hoy, sigamos rigiéndo nuestras vidas en función al presunto nacimiento del niño Jesús, tal día como hoy, hace 2010 años, según fuentes bíblicas.

De pronto hay algo que pesa, en esos ensanches tan cuadriculados. Quizá mi particular GPS sentimental me lancé al principio al orden de los barrios franquistas para encarar luego con más gusto lo abigarrado del casco viejo, en una curioso ejercicio del placer de los contrastes. Frío, calor, orden, desarden, Apolo, Dionisos. La parte antigua de la ciudad estaba más bonita que nunca, con el cielo aún no del todo negro, al pasar por la iglesia de Santo Domingo, cerrada, qué pena. Por la calle homónima me he dejado asombrar por la impresionante brillez del torreón de San Cernin, a cuya luminiscencia contribuían también las casitas colindantes, acertadamente decoradas de luz. Lo cierto es que en los últimos años, la ciudad ha mejorado su aspecto, el mobiliario urbano, los detallicos. Supongo que esto será mérito de doña Barcina, así que desde aquí mis felicitaciones, las cosas como son, oiga.

Y hasta aquí mis arrobos místicos de flâneur resacoso de provincias, porque tengo que seguir con la vida navideña.

Comentarios

  1. Bueno, a medias de acuerdo, ya que no estoy del todo contenta con los "arreglos" de "Doña Barcina", las luces escasean tanto que no parece Navidad (pese a que odie el consumismo, me gusta sentir las bombillas chispeantes y los villancicos en la calle que te invaden por dentro y animan las fiestas), y tanto centro comercial hace que como bien dicen vayan desapareciendo negocios.
    Cómo me encanta entrar en Donezar, Layana, en los ultramarinos que todavía sobreviven, en el mercado, aunque ya da pena, en el Iriñazarra...
    Pero no voy a quejarme. Me ha encantado ser una pamplonauta estos tres días y respirar en nuestra preciosa tierra!

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  2. Estoy contigo en que hace falta más luz, pero me temo que es más de las asociaciones de comerciantes que de la alcaldesa. En cuanto a mobiliario, señalizacíon y remozamiento general (incluidas la luz de los fosos y de muchos edificios) creo que la ciudad ha mejorado mucho en los últimos años, se 'navega' mejor por ella.

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