El viaje sensual

Pasaré dos escasos pero espero que intensos días en Bolonia, Italia, de la que sólo conozco que es ciudad de gran tradición universitaria, que ha servido para bautizar una reforma educativa y la receta de los espaguetis que lleva su nombre. También sé que se encuentra en la zona norte, pero no sé cuantas personas viven en ella, si tiene equipo de fútbol en el Calcio, ni qué empresas rodean su periferia, qué ríos la cruzan, qué monumentos son los preferidos de los creadores de postales, qué fuentes registran más cantidad de monedas por año, qué vecinos pisaron sus calles. Ni lo sé ni me importa. 

Recuerdo un profesor que tuve en el máster de El Correo, Pedro Ontoso, periodista de esa casa, de los mejores profesores que he tenido nunca. Nos dio detalles del viaje que planeaba a Italia, en verano, unos seis meses antes de irse para allá. Ya se había hecho con unas cuantas guías y andaba preso de una gran excitación con los preparativos. Nos contó que le gustaba mucho actuar así, documentarse a conciencia sobre los lugares que iba a visitar, antes de emprender un viaje. Pensé si a mí me gustaba hacerlo, y pensé si me gustaría hacerlo siendo él, es decir, un periodista de responsabilidad sometido a un tráfago de información descomunal, del que sólo puede huir en vacaciones. Él, en cambio, fuera de la redacción, seguía teniendo avidez por conocer, leer, registrar datos.

Deduje que aquello era lo que haría cualquier periodista de verdad. Informarse al máximo de los lugares que uno va a visitar, porque esa actitud, esa sed de información, es inherente al periodista, esté o no de vacaciones. Entonces llegué a la conclusión de que yo debía de ser un periodista raro, si es que lo era, y me preocupó no poco aquella sensación.

Debates vocacionales aparte, he ido cogiendo gusto a ir a los sitios en plan tabula rasa. Como un niño que nace al mundo y que va asimilando las nuevas sensaciones, con esa placidez que da cierta ignorancia. Viajar como una manera de escapar de ciertas mecánicas mentales, a veces cansinas. Una vuelta a lo sensual, a conocer los sitios no por las guías turísticas, ni por las Wikipedias, sino por sus sabores, aromas, luces, texturas, olores y colores. Así me apetece viajar, ahora. Prefiero hacerle el amor a Bolonia, despacio, dulcemente, con los sentidos en modo receptivo, que tomarme un café con ella.

Comentarios

  1. A mí me pasa algo curioso. Me zampo las guías de dos en dos cuando vuelvo de los sitios, en casa, tranquilamente, con la mochila de los recuerdos abierta entre las manos.

    Ancín.

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  2. Oh, qué erótico y sensual te ha quedado el último párrafo.

    Disfrútalo así, en estado puro. Algo así me sucedió en París, no quise saber qué hacía allí todo aquello y por qué, sólo quería sentirme allí. Casi lo consigo.

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  3. Como amante del baloncesto diré que en esa ciudad juega uno de los equipos más carismáticos del viejo continente: la Virtus de Bolonia (ahora no sé quién les patrocina, pero también fueron conocidos como la Kinder de Bolonia). Allí han jugado auténticos mitos del deporte de la canasta como Danilovic ó Ginobili.

    Disfrutad el viaje!

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