Microrrelatos participantes en el I Concurso Austero de Microrrelato (1/2)

Agua de Auster

Despertó en el suelo, con tranquilidad. Antes había despertado también y no sabía si ese antes fue tarde o temprano, porque en aquél momento estaba  la habitación a oscuras.
Ya era de día; eso aclaró un poco su mente.  Quería un vaso de agua fría y se conformó inmediatamente con la canilla que sobresalía con aspecto desagradable de la pared. Oía las cañerías traer agua con fuerza entonces recién ahí pensó en el baño principal, pegado a la habitación de los dos, con ese ventiluz alto que da a la cara posterior del patio de invierno.
Subió, se baño y corrió al auto donde él la esperaba para irse juntos.

(Gaspar Petrini)

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Empecé a seguir a Sophie, Maria para otros, por su culpa. Hace poco leí una frase que encaja perfectamente con lo que quiero decir: si una cosa no te lleva a otra, olvídala. Tengo una teoría sobre Auster que he comentado pocas veces (sólo obtengo silencios incómodos después de lanzarla). La teoría es la siguiente: todo forma parte de una misma y enorme historia y cada uno de sus libros es sólo un capítulo de ésta. Prueba de ello, es la aparición de algunos personajes como Quinn, David Zimmer o Anna Blume en distintas novelas. Y una cosa te lleva a otra...

(Jordi Via)

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Everybody’s gotta learn sometime

Resultaba insoportable.

Tenía que comprar el desayuno –huevos, leche, beicon- y la cena completa –dos botellas de vino-. Y la anciana no dejaba de hablar.

-¿Sabe qué le pasó a la señora Auster?- preguntaba la mujer a aquel pakistaní que, sin entender una palabra, metía en bolsas de papel reciclado el apio, los calabacines, las judías, que ella sacaba con exasperante lentitud del cesto de plástico.
-Ya volveré cuando esta vieja no esté contando su vida- gruñó. Salió del Deli dejando tras de sí un silencio ofensivo.

Aquel recuerdo le atormentó en el geriátrico. Respiraba con dificultad y no era recordaba cuándo había recibido su última visita.

(Javier Dale)

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Descubrí a Paul Auster en un lugar inconfesable, esos sitios donde hay que describirse de forma ingeniosa para llamar la atención entre muchos, a través de un tipo sin foto que intentó utilizar una frase de la música del azar y fue rechazada, seguramente por fatalista.

Y eso precisamente, me llamó la atención, no poder saber cuál era la frase.

Compré el libro y como si se tratara de superar una prueba, lo leí de un tirón buscando frases censurables.
Y nos conocimos en un momento inoportuno. O adecuado para que me desquiciara y acabara enviándole un mensaje desesperado: Voy a esperar a que vuelvas a aparecer, porque soy libre de hacer el imbécil.

Más tarde y en la misma línea de imbecilidad, me las apañé para que mi terapeuta leyera el libro y poder analizar en las sesiones con reticencias, cuánto había intervenido el azar y cuánto la voluntad novelesca de querer ser Fiona.

(Claudia)

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