18.10.10

Mensajes

Cuesta levantarse, una mañana otoñal de domingo, pero merece la pena. Excursión al monte, en ese millón y medio de metros cuadrados, que suena más que 150 hectáreas, posesión de la familia de mi tío Pat, en esos parajes verdigrises que corta el río Araquil, no lejos de Irurzun, Navarra. (Andando. Y sin chándal.)
Fuimos a por setas pero no había setas, porque el terreno no estaba especialmente húmedo. La seta aflora, si es que se puede decir así, con la resaca de la humedad, y con no sé qué otros condicionantes, porque sólo salen a relucir en otoño y no en otras épocas del año. La ignorancia, sea de Rolex o setas, parece una compañera vitalicia. Siempre hay un nuevo flanco del que no tenemos ni idea, en el que nos sentimos pequeñitos, y algo desazonados cuando ese rato efímero de tal actividad pasa, y en seguida estamos otra vez en Gran Vía, y no hay tiempo ya para saber nada sobre setas, hongos y su recolección.

Sí que nos contó mi tío, a Molusco y a mí, que las venenosas, o indigestas, o incomestibles, vaya, tienen las láminas blancas y una especie de pezoncillo chamuscado en la cabeza, o corona, o como quiera llamarse su sombrero. Encontramos varias de esas en una pradera en la que también pescamos varios champiñones: los buenos son los que tienen las laminillas rosadas, claritas.

Como no había mucho setamen que birlar, nos dedicamos a recorrer aquella pequeña selva colombiana estilo Sakana suavemente agreste. Muchos encinos, que dan bellotas, y robles. De los robles me gustó ver cómo, a menudo, les brotaba un extraño brazo arbóreo, como un cable de madera, que no es otra cosa que un parásito. También vimos algo que parecían restos de algún poblado anterior a cualquier tecnología, como unas piedras amontadas con arreglo a no sabemos qué extraña superstición. Y bordas abandonadas, comidas por la maleza antivisitas, en las que me pregunté, como siempre me pregunto en esos entornos rurales, a qué todo ese celo constructor en muros y columnas. Hay algo de marciano en esas construcciones que, si bien rústicas, no tienen nada de toscas. Columnas rectísimas, con las piedra perfectamente pulidas, simétricas, equilibradas; lo mismo que los muros, de un compacto que asusta. Si yo fuera José Luis Guerín, me propondría hacer un remake de En construcción pero versión rural y de época. Filmar el proceso de construcción de esas edificaciones que sólo tienen por objeto albergar dos tristes docenas de cabras y, en frente, al pastor con su magro zurrón de migas con panceta.

Me gusta del campo, el monte, europeos, porque siempre se encuentra uno con vestigios de vida humana, que complementan la lectura, llena de hipótesis sin fundamento, del libro, digamos, de la naturaleza.

Un poco más tarde, huellas frescas, en zigzag, de jabalíes buscando quizá lombrices. Todo un sendero de barro levantado que indicaba esa fiereza que los animales realizan siempre cuando nadie los ve. Poco más lejos, unas pozas embarradas con huellas de esos bichos peludos, donde retozaban como cochinos que no son.
El sol no nos abandona del todo, y se crea un atmósfera especial, en la que los últimos champiñones que nos salen al paso, con su aspecto también de mensajeros de otra galaxia, y sus erupciones impronosticables, parecen comunicarnos algo.

1 comentario :

  1. Sin duda, los champiñones y las setas siempre fueron muy evocadores y fuente de inspiración.

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