Las manos de Zuckerberg

El otro día pensé que sería muy triste que el creador (o lo que sea) de Facebook no tuviera Facebook. Como si Steve Jobs gastara PC y Emilio Botín tuviera sus ahorros en Caja Navarra. Ojo, a veces pasan cosas raras y Jorge Herralde publica sus libros, los que ha escrito él, en editoriales como Acantilado, y Juan Cruz saca sus Egos revueltos, en Tusquets, a la que nada une con el grupo Prisa, Santillana, Alfaguara y etecé.

En efecto, Mark Zuckerberg tiene Facebook y ahí lo vemos, con ese muro virtual que nos separa, y todas las cancelas de seguridad bien puestas. Hay perfiles de FB que parecen recintos fortificados, inexpugnables, y éste es uno de ellos. Comprobado el dato, y tras comprobar también que tiene unos cuantos impostores bastante cutres, me fijé en lo pequeñitas que tiene las manos este chico, como veréis en la foto de abajo. En la imagen que adjunté el otro día, también se puede advertir esa peculiaridad, aunque también puede ser producto de una confusión óptica.


Esto me hizo pensar en si el hombre del futuro, el del siglo XXII, no será una especie de ser ergonómico diseñado para ganar en eficiencia ofimática, es decir, manos pequeñas y velocísimas, ojos con capacidad de aguantar interminables jornadas frente a la pantalla y espaldas capaces de repartir la tensión a lo largo de todo el lomo, y no sólo por los hombros y la nunca. Y una capacidad para atender 14 asuntos de índole más o menos intelectual a la vez.

Bien, pues esto, según Darwin, y según el libro que me regaló el otro día mi primo Molusco, es imposible. La especie no evoluciona, y ninguna evolución que haya cosechado uno en vida (crear códigos informáticos la velocidad del rayo, memorizarse todo el callejero de Madrid) se traslada a la descendencia, por vía genética. Tampoco la capacidad de hacerlo, la propensión. Todo es tábula rasa en el momento que nacemos, y sólo contamos con la capacidades que tenía nuestro padre en el momento de nacer, mezcladas con las capacidades que tenía nuestra madre en el momento de nacer.

Zuckerberg podrá haber desarrollado unas manos agilísimas, tras tantas noches programando en vez de irse por ahí de parranda universitaria. Pero ese hombre ergonómicamente tecnologidizado, con las yemas de los dedos hipersensibles a la rotación del sensor digital del iPod, no se dará nunca. A no ser que al azar le dé por generar una mutación.

Quizá en ese supuesto azar de las mutaciones resida el misterio de la vida que Darwin nos quitó de un plumazo.

Comentarios

  1. Vaya! yo creía estar notando una pequeña mutación en mi mano derecha, será una vulgar artritis.

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