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El hijo mayor de Tolstói, Seriozha, que en 1890 trabajaba en el Ministerio del Interior, en San Petersburgo, le dice a su padre: "Hay que estar ocupado". Y Tolstói, que probablemente habría leído a Stevenson con su enjundiosa En defensa de los ociosos, replica, en su diario, anotación de 9 de marzo de 1890:

"Eso no significa nada. Hay que saber en qué ocuparse. Y para saberlo hay un medio: hacer lo que es necesario para ti o aquello a lo que tu vocación te arrastra irremisiblemente".

Leí este pasaje hace varios días, en ese libro (Diarios, 1847-1894, Acantilado) denso y cargado de sentencias racionales, decimonónicas, pero revestidas de una sabiduría extraña, la tolstoiana, que nace más del corazón que de la lógica. Hay que fiarse más de ésa, que de la de los ingenieros de los conceptos, verdaderos expertos en crear arquitecturas filosóficas tan atractivas como caducas, escurridizas. Sentarse en un escritorio a dictar verdades, modus operandi del erutido común, bibliografía en ristre, es gesto tirando a futil. La vida como universidad constante, y luego ya escribir y redactar tratados varios.

Acudo a esa cita, ahora, como cierre para este Macropost que me ha costado lo mío, y no sé si ha perdido fuerza. A veces, nos entusiasmamos demasiado con ciertas cosas, la distancia siempre es necesaria. La releo y, si bien no valga como epitafio, me sirve. Puede verse un punto de individualismo, de egoísmo, en ese "necesario para ti". Los lectores inteligentes colegirán que ese "necesario para ti" apela a que lo que es bueno para uno, es bueno para los demás. Lo dice Stevenson en su ensayo: Si uno es feliz en la ociosidad, hace más bien a la sociedad, con su felicidad contagiosa, que todos los chupatintas malmetedores de las mortecinas oficinas.

Pero se hacen muchas cosas innecesarias, para uno y para los demás, y eso genera una bolsa de frustración global e individual que acaba salpicando al vecino. Y perdón por la generalización, de la que últimamente trato de huir como de la peste. Hacer lo que vaya en la dirección de tu vocación. Simple, pero incontestable. ¿Vocación? Todos tenemos una. Estar llamados a. No todas las vocaciones son gloriosas, ea, pero sí me atrevo a afirmar que todos poseemos un talento, de mayor o menor calado, que podemos desarrollar. El talento de crear, no sé, una receta de helado de café con leche jamás probada. El talento de saber vivir como si el mañana no existiera, y demostrar a los demás, con sus lenguas fuera, esa fascinante habilidad. Hay miles de talentos, digo, por explotar y exportar. Algo tan sencillo como darles cancha, hacer caso a esa vocación, más o menos comprometida, que nos haya caído en gracia, tiene algo de savoir-faire existencial.

Hagamos caso a Tolstói, y todo lo demás irá fluido.

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