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Me llaman al teléfono pero no respondo porque estoy durmiendo la siesta. A la segunda, decido responder, quién será, y responde un mensajero de Santillana. El telefonillo no funciona y no puede subir a entregarme un libro. Me hace mucha ilusión recibir libros en casa, son las cosas buenas el oficio periodistil. Hace poco, Las guerras de Artemisa, de Andrés Sorel, en una bonita edición de El Olivo Azul y poesía de Fernando Aramburu, bajo el título Yo quisiera llover, que edita Demipage.

Pero el libro que me trae el mensajero es otro, y se titula Peor que la guerra. Lo ha escribo Daniel Jonah Goldhagen, autor que desconozco pero del que el cintillo que envuelve el libro dice que es el autor de Los verdugos voluntarios de Hitler.
Son 712 páginas, editadas por Taurus, que no sé si algún día leeré. Creo que si lo hiciera, ahora mismo, sufriría algún tipo de síndrome, algo así como un ataque de lucidez en vena, como la indigestión intelectual producida tras leer, no sé, todos los periódicos del mundo, en la edición del mismo día. La diferencia entre novela y periodismo reside, pienso, en esa dosificación. No en que lo que digan uno es mentira y lo otro sea verdad.

A veces la prensa miente más que las novelas.

Y sin avisar.

No creo que lea, al menos ahora mismo, este libro. Ya digo; ciertos contenidos merecen una introducción en nuestro organismo intelectual de un modo escalonado. Hace siete años que leo, poquito a poco, los diarios de Tolstoi, que contienen verdades como de sabio visionario que uno no puede consumir a manos llenas. Abro, al azar, un fragmento de Peor que la guerra, cuyo subtítulo es Genocidio, eliminacionismo y la continua agresión contra la humanidad:

Teep, un activista de los jemeres rojos, describe más genéricamente cómo actuaban los asesinos jemeres, y sus sinceras conversaciones entre ellos: "Ejecutaban a la gente como nosotros mataríamos a peces".

Os prometo que he seguido el más fiel estilo dadaísta y he caído ahí, en una página en que se citan a unos tipos, los jemeres, de los que jamás había oído nada. Sospecho que ignoramos muchas cosas sobre barbaries cometidas hace dos días para las quizá no estamos moralmente preparados. Estos días leemos sobre la publicación de Después del Reich, de Giles MacDonogh, en el que narra las bestialidades de los ejércitos salvadores, tras la Segunda Guerra Mundial. Alemanas que probablemente nada tenían que ver con el nazismo fueron violadas de tal modo que más de 200.000 niños nacieron fruto de esos encuentros forzados. Unos 16 millones de personas fueron expulsadas y el pillaje y abusos de todos los colores fueron la tónica general, hasta finales de los años cuarenta.

Quizá no esté preparado para leer este libro, todavía. Pero hay que hacerlo, es una cuestión de lucidez, me dijo Reyes Mate en un reportaje sobre literatura del holocausto. Lo guardaré conmigo, como un libro objeto que transmite por sí solo, como 712 páginas que contienen toda esa capacidad del hombre para ser un lobo para el hombre. Esa capacidad que me recuerda a algo que dije en su día, y perdón por la autocita, y es la de pensar que hemos hecho todo mal.

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Menos este libro.

Comentarios

  1. Hay cosas que para hacerlas, se hacen sin más y se disfrutan mucho, pero otras requieren de una preparación previa, como leer determinados libros, ver determinadas pelis o hacer algunos viajes.

    No creo que hayamos hecho todo mal, pero, me pregunto muchas veces qué nos lleva a hacer tantas cosas mal. Se han comentido muchas barbaridades que desconocemos o que no queremos ver. Hablaba de esto con unas amigas después de haber visto este fin de semana Disparando a perros.

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  2. Muy fino el truco de colocar una moneda de 1 leru encima del libro para que nos hagamos una idea de su tamaño.

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  3. Sabía que lo apreciarías, Francis.

    Ela, todo mal no, pero coño, demasiada sangre derramada.

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  4. Demasiada sangre, y la cosa no parece que esté acabando. La lista de horrores del siglo XX es directamente interminable. El XXI tampoco ha empezado muy bien. Cuando Hobbes dijo aquello de que el hombre es un lobo para el hombre se pasó de bondadoso.

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