Cada segundo cuenta

Voy a escribir la clásica reflexión sobre el tiempo y sus extrañas tiranías que ya ilustró con maestría Woody Allen, en ‘Matchpoint’, en esos instantes preciosos en los que el anillito duda entre caer y no caer al Támesis, y al final no cae, y compromete al asesino, que se salva al final por los pelos por no recuerdo muy bien qué despiste de la policía. Es también la pelotita de tenis en la red, que oscila entre pasar y no pasar, y en ese pasar y no pasar puede estar en juego un Grand Slam, la gloria o el fracaso. (Situación que se puede revertir, porque a veces la gloria trae el fracaso, y viceversa: lo bueno y malo me temo que andan siempre bastante intrincados, y esto daría para importante pedaleo, que quizá incluya en breve.)

Pero sí, hay veces en que el destino, o eso, ofrece un giro radical por cuestión de milímetros. Vi el otro día en la tele la historia de un artista, cuyo nombre no registré, que acabó en la cárcel por esos pocos milímetros. Le asaltó la poli cuando iba en moto, y arrojó entonces lo que llevaba encima, una cantidad indeterminada de droga, que pivotó durante unos intensos segundos entre el vacío y el piso firme, en la barandilla de un puente. El vacío era conservar la libertad, y el suelo meterse en líos. Una brizna de viento, quién sabe, decidió que aquel tipo diera con sus huesos en la cárcel, por posesión ilegal de drogas, donde acabó desarrollando un arte que resultó cotizadísima por coleccionistas de cartera llena. Me da rabia no saber de quién se trataba, pensaba que quizá Martín Ramírez, pero éste murió en 1965, y no me cuadra.

Hace unos meses, paseando con Bro, cayeron al suelo unas cañerías que pesarían cincuenta kilos, como poco, cada uno. Lo hicieron a unos tres metros de donde estábamos. La ley de las parábolas, si es que esa ley existe, hizo que el pesado material no cayera sobre nuestras cabezas, sobrevolándolas. Sentimos un extraño canguelo cuando nos metimos en aquel restaurante de menú del día, tan cerca de una muerte tonta. Uno de los dos podría haberla palmado, pongamos él, y la culpa sería mía por haber elegido aquel restaurante y no otro. O quizá suya, por haber llegado tarde y haber forzado esa fatal sincronía de los acontecimientos. De los dos, en cualquier caso. También del obrero que no soldó como hubiera debido esas cañerías, pero también del Gobierno, pongamos, por permitir esa contratación temporal en condiciones precarias que provoca prisas y trabajos mal hechos como ése. 

Hace un par de semanas, vi una maceta hecha añicos en un punto de la acera por la que paso cada día. Dormir un poco más, me salvó, de nuevo, de otra desgracia absurda.

El jueves, llamé a X justo en el momento que salía en coche. Quizá mi llamada le hizo ralentizar la marcha y, en el accidente en que se vio involucrada más tarde, se libró de problemas mayores. Es cierto que hubo una víctima, ella vio las piernas en el suelo del motorista, pero ella no tuvo nada que ver. Siempre es un consuelo, qué queréis. Si hubiera llegado, no sé, cinco segundos antes a ese punto, podría ser ella la que le hubiera atropellado, matado, arrollado, con el consecuente reguero de desgracia para todos. 

También el jueves, se me escapó por los pelos uno de esos metros. Llegaría más tarde para coger el autobús que debía coger, o tomar, o como se diga, pero aquello, quizá por vez primera, no me irritó. Cada segundo cuenta, cada minuto puede ser crucial. Perder un metro te puede librar de coger un autobús que se iba a estampar contra un camión de fertilizantes rusos. Nunca lo sabemos, es tal la madeja de azares y circunstancias que operan a nuestro alrededor, que algo en principio malo (perder un metro) puede resultar al final bastante bueno (librarse de una tetraplejia, pongamos). 

Vivimos inmersos en un agitado y constante proceso de circunstancias, y a veces me da que alguna mano cómplice las ordena a mi gusto, haciendo caso a mis deseos, y que yo sólo tengo que dejarme llevar.

Comentarios

  1. Tengo impreso a fuego una noche en la que no morí atropellado por menos de un milímetro. No vi el coche y sentí su inercia tan cerca que terminé en el suelo de la impresión, del susto, de la impotencia, de vete tú a saber qué. Iba rapidísimo, mucho, y por suerte para cuando caí ya estaba lejísimos. Me levanté, me encendí temblando un cigarro y de vuelta a casa, pensé en lo estúpido que hubiera sido morir así, sin enterarse. Ahora vivo, ahora muerto. Alguna vez he soñado con ello y me he despertado con un susto tremendo.

    Otra vez, subiendo un puerto de montaña, a unos ochenta kilómetros por hora, tras una curva ciega, un camión invadió mi carril, me tiré al arcén de un volantazo, y pasé de milagro entre el quitamiedos y el monstruo desbocado. En lo primero que pensé fue en la vez que casi muero atropellado. Luego me vino un calor extraño a la cara, como no he sentido ninguna vez, y un temblor en las manos que justo me permitió pararme en el primer cruce que encontré. Salí del coche con el temblor por todo el cuerpo, me tiré de espaldas en el capó del coche, me encendí un cigarro, otra vez, y miré al cielo. Era gris, muy gris, completamente gris. Estaba en medio de la nada, pero vivo. Al menos esta vez, me había salvado yo.


    Este texto que te ha salido es de los de guardar, colega.

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  2. Así son las cosas, tanto para la buena suerte como para la mala suerte es un estar o no estar en donde el azar siempre está presente.
    Aquí cabría decir eso de no es la suerte (buena o mala) para quien la busca, sino para quien se la encuentra de sopetón.

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  3. La semana pasada X iba conduciendo y escuchando la radio; de repente la emisora que estaba escuchando sufrió una interferencia y lo que empezó a sonar fue una emisora religiosa en la que se estaba rezando una oración. Dicha oración le trajo intensos recuerdos a X porque la solía rezar un familiar suyo fallecido recientemente; en eso momento X comenzó también a rezar esa oración, como recuerdo del ser querido fallecido. Al rato, la interferencia finalizó y volvió a sonar la emisora inicial.

    Cinco minutos después, X tuvo un accidente y dio varias vueltas de campana quedando el coche destrozado. X, gracias a Dios (nunca mejor dicho), no tuvo ninguna lesión grave, de hecho, tras un día de observaciones en el hospital, fue dado de alta.

    Un milagro? una casualidad? gracias a Dios? gracias a la fortuna? No lo sé, pero cuando escuché su historia sentí un escalofrío.

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  4. ¡Ah! Sí, la inteligencia de dejarse llevar, que no sólo es dejarse llevar, sino querer dejarse llevar, dejarse acariciar por el destino.

    No es un acto de afirmación positiva, sino otra cosa; digamos, un acto de saber mirar, saber ver, un acto de inteligencia.

    Es como la fortaleza, que es más saber aguantar que saber golpear.

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  5. "Ángel de la guarda, dulce compañía... "
    Bueno, creyendo o no, la cosa es que este tema del destino me asalta muchas veces, dejándome un temblor de piernas la mayoría de ellas.

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