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El otro día fui al teatro con Susi F., al teatro Guindalera, que es uno de los teatros que más me gustan de Madrid. Quizá ahora me guste más, como nos gustan las cosas que intuimos finitas, como la vida, porque la vida es finita, y por eso nos gusta tanto. Pero la vida de este teatro, y esto no es si es un secreto que nos soltó Manu, uy, no debería decir su nombre, me temo que va a ser demasiado corta, demasiado finita, y eso ya nos gusta menos. A mí me puede dar más o menos pena que mueran palomas (todos los días lo hacen), gorriones, linces, abuelos con gota, náufragos en la catedral, telarañas amotinadas, embriones no deseados o gente indeseable varia. Pero que mueran cines, como leí de los Capital de Bilbao, y teatros, es cosa indiscutiblemente triste.

Sobre todo cines y teatros en los que hay algo más que cine y teatro. Ese algo más es necesario pero, a veces, ay, el algo más se traduce en algo menos (de recaudación). Proyectos cargados de alma, de cariño, pero cuya alma y cariño no resulta suficiente para pagar las facturas. Un blog se puede sostener a base de alma y cariño, pero un teatro, con su alquiler del local, de luces, de atrezzos, de mobiliarios, de todo, es asunto más complicado.

Y el teatro La Guindalera, pequeño pero matón, situado quizá en un barrio a trasmano, pero qué coño, accesible, le da mil vueltas a tanto auditorio tan rutilante como huero de los que pueblan nuestra aun y todo querida Gran Vía.

Así que, desde mi microscópica tribuna, tan microscópica como la cantidad de clembuterol que le han pillado a Contador en las venas, digo a voz en grito, con dirección Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, y demás instituciones competentes:

¡¡SALVEMOS EL TEATRO GUINDALERA!!

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El viernes vimos un monólogo sobre Armando Buscarini, el malogrado poeta de Ezcaray, La Rioja, esquizofrénico él, que llegó a Madrid con 15 años, en 1919, dispuesto a colarse de lleno por la puerta del Parnaso, esquina arco de Cuchilleros. Para ir malviviendo, vendía sus versos sobre un tapete rojo que colocaba en la calle de Alcalá, como una frutera del alma. Juan Manuel de Prada, que le dio vida en su imprescindible Las máscaras del héroe, cayó en extraño idilio literario con él, firma la adaptación. Creo que en esa mezcla de tipo mugriento que aspira a lo más excelso hay algo de la seducción pradiana por este Buscarini, que tenía un nombre mucho más común, que por supuesto no recuerdo.

Me impresionó el trabajo del actor, Miguel Ángel Gallardo, que tenía algo de cruce entre Juan Diego y Rafael Reig, pero con un vozarrón perfectamente modulado. Admiré la capacidad para encarnar durante 60 minutazos al gran Buscarini, con el único apoyo de las palabras y palabras que iban saliendo de su infalible garganta. No recuerdo una dicción tan trabajada, aunque diré también que el torrente discursivo a veces me resultó excesivo para mis selectivas entendederas.

Tras esos vividos 60 minutos, aplaudimos y pasamos a tomar el clásico licor de guindas que ofrecen a la salida del espectáculo. Luego, salen los actores y se les puede saludar, tocar, felicitar o lo que se quiera. Me quedé con ganas de darle la enhorabuena al tal Gallardo, así que confío que, tarde o temprano, lea estas líneas.

Próximamente, La máquina de abrazar, de Sanchís Sinisterra, dirigida, como es norma de la casa, por Juan Pastor, con su hija María en uno de esos papeles que borda, en uno de los pocos teatros con algo más, como el licor de guindas, que quedan en la capital.

Comentarios

  1. Me parece muy triste lo que cuentas del teatro, y, de verdad, ¿te da más o menos pena que mueran especies protegidas, abuelos con gota, náufragos en la catedral, embriones no deseados o gente indeseable varia? Dar pena no es lo mismo que dar igual, pero suena parecido... así que glup.

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  2. Hola Ela, te mando un saludo, que últimamente interactúo poco con los que comentáis....... sorry.

    Lo cierto es q no puedo ponerme triste por todos los abuelitos con caramelos Werthers que mueren cada noche, arropaditos, en sus camas. Más que nada, porque no los conozco. Pero a este teatro sí lo conozco, y por eso me parece más tristillo.

    ; )

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  3. Hola, nG, yo tampoco estoy muy comentadora, pero sí, se echa de menos que interactues más... aunque tus razones tendrás. :-)

    Y es verdad que la pena se siente o no se siente, pero es que suena la frase como muy fría, muy desprendida del ser humano y de la madre naturaleza y su equilibrio ecosistemático.

    Estoy dándole vueltas últimamente al tema del cuidado del planeta y a cuál es el verdadero desarrollo del ser humano y me pillas sensible.

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  4. Me gustan los teatros, su olor, sus butacas... me gusta ver cómo se van llenando y cómo se vacía cuando finaliza de la obra. Me gusta ese ambiente que parece levitar entre tramoyas. Me gusta el ostracismo de la butaca y esa burja imaginaria. Me gusta el sonido de los pasos sobre el escenario que se mezcla con la modulada voz de los actores. Me gustan los aplausos que se alargan para hacer salir de nuevo a los actores, me gusta el acto de ponerse en pie para aplaudir...
    En Almagro conozco tres. En Madrid un par de ellos, en Gran Vía, claro.

    Sí, salvemos los teatros, todos, y enseñemos a las nuevas generaciones a amar el teatro, cada vez más olvidado.

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  5. buscarini murió y resucitó -os recomiendo sus obras completas y la web www.armandobuscarini- así que ¡larga vida al teatro guindalera!

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