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El jueves estuve en Villalba, con Susi Floth. ¡¿Qué hacía usted el jueves entre las ocho y nueve de la noche?! Estuve en Villalba, Madrid, ya se lo he dicho. La iniciativa partó de mí; Susi, que vive no lejos de allí, me sondeó. "¿No prefieres ir a tal o cual? Villalba no tiene nada". No, yo no quería ir a Tal de la Sierra ni a Cual del Arroyuelo, quería conocer ese lugar considera el punto de encuentro de esas vidas castizocarverianas que se dan en esa periperiferia madrileña.

A veces, en esa constante búsqueda de ubicación cósmica por la que transitamos, he llegado a coquetear con la idea de establecerme en una de esas ciudades pequeñas, asibles, concretas, reales, no abstractas, con periódicos locales, que rodean a Madrid. Un lugar en el que poder cotillear del vecino, un lugar en que haya barrios. Porque en Madrid no hay barrios. Todos los barrios son barrios dormitorio, y no me vengáis con que habláis con el frutero o con el panadero. Eso no es hacer vida de barrio. Madrid es una gran ciudad dormitorio. Pero está despierta, no como otras.

No me desvío. En realidad, tampoco tengo mucho que aportar sobre Villalba, y todo lo que voy a decir es malo, así que no sé ni para que escribo esto. Hay algo de post-denuncia, sí, un mínimo alegato en pos de esa belleza urbana que, sin duda alguna, es mucho más importante que la belleza en otros formatos; la belleza en cuadros, películas, libros, nos puede acariciar el alma, pero luego salimos a la calle y el cutrerío español nos da en toda la boca. Habría que haber guillotinado a más de un arquitecto, a más de un concejal de urbanismo, a más de un malnacido con visión espacial. Joer, esta frase ha quedado muy de Pérez Reverte.

Hay feísmos y feísmos. Hay un feísmo que me puede parecer digerible, incluso amable.Trataré de poner algún ejemplo.Está el feísmo de lo que nunca quiso ser bonito. Barrios industriales, pensemos en esos de Bilbao, como la península de Zorrozaurre, que pronto será un coqueto barrio residencial. Zonas que son lo que son, y que no está entre sus pretensiones el ser feo o bonito. Una llave inglesa nunca nos parecerá fea, pienso. Pero estos enclaves urbanos como Villalba, si no pretendieron ser bonitos, al menos lo intentaron. Y queda esa cosa petulante, tan madrileña, tan dañina a la vista, como esos portales revestidos de pseudooros por aquí y por allá, como queriendo dar gato por liebre a una de esas familias que de pronto imaginamos ávaras, maledicentes, de una vulgaridad que tumba.

Pragmatismo y oro de pega. No puede haber una combinación más desgraciada.

No sabe uno si Villalba es un pueblo obrero, humilde, o refugio de nuevosricos guanabí, con mucha pasta en el BBVA a base de reformas en general a facturón la hora. Creo que se junta de todo, en esas calles con establecimientos con letreros en Comic Sans, luces toscas, bares estándar, sin un ápice de personalidad, de osadía, de amor, de trascendencia.

Porque la arquitectura es ideología, leí a el otro día a un bloguer cubano, y a mí esa ideología villalbina me hace pensar en la cultura del pelotazo, de la estrechez de miras, en vidas opresoras bajo techo, de una tosquedad de los sentidos que pa qué. Vienen a la cabeza esos barrios obreros ingleses, humildes, pero con una apuesta por lo intangible, una apuesta por lo que nos supera, en ese país tildado quizás injustamente de pragmático. Villalba me parece un lugar pragmático, y no hay nada más deprimente, inhumano, vil, que lo pragmático. Las chimeneas inglesas, con esa cosa suya chagalliana, guiño a lo infinito, están en las antípodas que esto que digo.

Al borde del anti-síndrome Stendhal, evitado tan sólo por la contrapesadora presencia de Susi, nos topamos con una iglesia que me resultó familiar. Un bloque de hormigón de reminiscencias lecorbusieriles, que me cayó bien al ojo. Por fin algo no destinado a la función, una concepción arquitectónica no tan ramplona, tan eso. Inmediatamente, me dije que aquella mole grisácea tenía que ser obra de Nacho Vicens, arquitecto de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, en la que estudié. Aquellas celosías grises, por las que veíamos/no veíamos el cielo azul, durante las clases, me resultaron inconfundibles. También esa apuesta radical por la desnudez del hormigón. Sentí un cierto reconforte. Más tarde, comprobamos en Google que, en efecto, la obra era del tal Vicens.

Entre tanta pobreza estética, esa línea de fuga hacia lo intangible, iglesia católica en este caso, me ofreció el único regusto dulce entre tanta bajura ideológica civil.

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Villalba. Iglesia diseñada por Ignacio Vicens, una gota de belleza en un océano de fealdad.

Comentarios

  1. No he estado más que una vez en Villalba, hace muchos años, y luego la he visto desde el tren, pero también hace mucho. Con todo, el retrato que haces me suena mucho. Pero me suena también a otras ciudades dormitorio. Un poco terrible ese paisaje urbano...

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  2. He llegado aquí por casualidad, buscando cómo denominar algo que sufro con frecuencia y sé que es el efecto contrario al síndrome de Stendhal. Me incomoda el mal gusto personas y cosas tan generalizado que parece que la rara tenga que ser yo.

    Encuentro muy acertado tu forma de llamarlo: anti-síndrome Stendhal. Gracias.

    Otra cosa, para acidez verbal, la suya. Parece muy ingenioso y, porque no tengo mucho tiempo últimamente, pero me tomo nota de este blog porque promete gustarme bastante.

    Saludos,

    Martina C.

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  3. Vaya, Martina, que sorpresas nos depara Google. Y lo celebro.

    Esta es su casa.

    Saludos muy cordiales

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