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Me acerqué hasta la Puerta del Sol, tenía entendido que Antonio López seguía inmortalizando, en plen air, aquel rincón madrileño. Salí del tragabolas, el ballenato, la pecera, como quiera que se llame la carcasa de cristal azulado que preside el centro de Madrid, pensando en encontrarme ese espectáculo pictórico inesperado. Pero en su lugar encontré la arrealista situación de una monja haciendo fotos al aire, con su cámara digital sufragada con la venta de no pocas decenas de mantecados al torno.

Después de unos días danzando por Portugal, supongo que me apetecía madrileñizarme de nuevo, quitarme esa saudade que se me había colado en los huesos, esa sensación de nostalgia de dificil definición, como aquello del spleen, que tanto le gustaba Umbral, términos de muy distintos matices, y que dejan en evidencia al gallego morriña. Las mejores palabras son las que no se pueden definir con palabras. La propia palabra palabra significa parábola, que significa cosa que significa otra cosa.

Me gusta Portugal pero tampoco me vuelve loco. Quizá por eso me guste más; no me crea la ansiedad de querer explorarlo al milímetro. Pero ahora, tras una visita con más poso que la que hice cuando la Expo del 98, Portugal ha dejado de ser esa mancha borrosa que había en el mapa. Ya no es esa farmacia que de pronto descubrimos en la plaza de toda la vida, o ese vecino del cuarto en el que apenas reparamos, pero que lleva décadas viviendo, dormitando, cocinando, rumiando, a pocos metros de nuestras vidas, sueños, recetas y rumias.

"Quién sólo conoce España, no conoce España", dijo Hugh Tomas un día de octubre de 2006, en la Casa de América. Se refería a la España de ultramar, que forma parte también de España, como una prolongación que no se puede ignorar. Algo parecido, creo, sucede con Portugal. Quien no lo conoce, no sabe muy bien qué significa España, ni la península ibérica, ni nada. Cuando entrevisté al artista navarro Carlos Irijalba, me habló de un concepto que no recuerdo cómo llamaba, pero que tenía que ver con hábitos ubicacionales, digamos. En otros palabras, que nunca nos subíamos al armario del dormitorio (excepto los amantes muy atléticos), para contemplar la perspectiva que nos rodeaba. Para introducir una nueva visión en esa habitación de ángulos trillados, pero no por ello más completos, exactos o fieles a la realidad.

Ir a Portugal, conocer Lisboa, tiene algo de esa subida al armario, o de esas pesquisas vecinales. Esta mañana, me fijé en una boca del metro madrileña, tan plana, tan desprovista de cualquier ornamento embellecedor, tan jodidamente feo. Lo práctico suele ser feo. Habrá quien opine lo contrario, que sólo lo funcional es bello. A mí, contemplar esas barriadas comunistas de lo que fue Berlín Este me acarreó un considerable anti-síndrome Stendhal. Pero España es muy así, o abigarramiento excesivo, procesiones sevillanas y así, que se note que todo es muy bonito, muy ornamentado, muy dorado, muy precioso, o la planicie de esos letreros del metro. Berlín, ciudad antes citada y acusada a menudo de germánica en el sentido pragmático del término, tiene los letreros de metro más hermosos que recuerdo. La Potsdamer Platz (no Postdamer, vive dios) es buen ejemplo de ello.

El mismo idioma español es así. Seguridad es seguridad, mientras que en portugués seguridad es segurança, securité en francés, security en inglés. Hay algo deprimente en esa falta de musicalidad fonética. También hay quien dirá que es sobrio, recio, contundente. Yo mismo lo pienso, a veces, al escuchar a ciertos poetas sus poemas. España es a menudo así, plana, concreta, niega el matiz, es un poco como dios manda, es recta y, a mí, como a Lizano, me gustan las cosas curvas.

Estoy contento de haber incorporado a Portugal en mi nueva visión de España. Los siento ahora ahí, a la izquierda, con su liga de equipos entre ciudades cercanas, como aquel partido del Benfica-Setubal que vimos en el Ho Caldas. Con su historia, su enorme microhistoria, de la que no tenemos conciencia. Por suerte, eEstán sus escritores para acercarnos, esos escritores de los que apenas hemos leído nada, Pessoa, Torga, Queiroz... pero porque quizá no habíamos incorporado el país a nuestra esencia. Cuatro días son pocos, pero quizá los suficientes para que todo ese universo no nos resulte una mancha imprecisa, sino la puerta del vecino, o vecina, del cuarto, invitándonos a pasar.

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Adjunto las fotos de la monja arrealista:


Comentarios

  1. Es inquietante esa segunda foto. Sobre todo el reflejo del fotógrafo, que debería corresponder al de la monja.

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  2. Vaya, Nacho no habia reparado en mi presencia en la propia foto, ese toque velazqueñogoyesco (toma ya, jajajaj). Le da, sin duda, un efecto arrealista de primera magnitud.

    abrazos

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  3. Exactamente la misma apreciación que hice yo, Nacho Abab, busqué el reflejo de la religiosa y curiosamente aparecía el de ese otro fotógrafo. Cuestión de ángulos o de ópticas, imagino. Y también reparé en lo que titulo como El encuentro, vamos, que levantaba la mano el señor de espaldas llamando la atención a alguien, como si al fin hubiese encontrado lo que buscaba, y en la segunda foto aparece El encuentro.

    Hay vecinos y vecinos, digamos que Portugal es ese que merece una sonrisa y un saludo en el rellano de la escalera. Pero los hay que resultan de un intratable, de los que si te descuidas te empujan por el hueco del ascensor y eso que hasta te has quedado con sus niños en alguna ocasión. Algunos creen que hay que tratarlos con prudencia, que es igual que doblegarse a su tiranía, yo soy de las que opino que no se les debería dar ni los buenos días.

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  4. Curioso. Recorrí Portugal de arriba abajo con mis padres durante dos veranos, cuando las vacaciones familiares eran de un mes, hace la friolera de 25 años; y en mi cabeza infantil me quedó la sensación de lo lejos que estaba de España, y no en kilómetros, si no en sensaciones. Supongo que habrá cambiado muchísimo pero aquel Portugal de los ochenta, según mis padres, era como el regreso a la España de la postguerra, a un tipo de país que yo no había conocido. Si para ellos fue un viaje al pasado, para mí fue un viaje a otro planeta.

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  5. Un país hermoso, y Lisboa una ciudad con un encanto enorme. Decadente, melancólica, un poco abandonada, con aires de pequeña capital castellana en algunos de sus barrios... Como si el tiempo transcurriera más lento. Efectivamente, no es de esas que te obligan a examinar cada metro cuadrado, cada iglesia, cada palacio. Pero en cambio está llena de rincones con encanto, cafés a punto mismo de ser sustituidos por hamburgueserías y tiendas que parecen imposibles en 2010. Ahí está la gracia.

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  6. Pensaba q era yo el fotógrafo q se refleja en los cristales. Pero vista la 'película' se ve q no, es un tipo, tb con pantalón corto, al que vemos aproximarse en la primera foto. Yo hice las dos fotos quietecito, ergo no soy yo.

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  7. Ya que hablas de escritores, y por aquello de la paridad, voy a recomendar un par de escritoras, Teolinda Gersao y Lídia Jorge, que con tanta saudade reflejan la magia y la miseria del Mozambique colonial.

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  8. España es llana (agudas, llanas, esdrújulas.)

    Viol.

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