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Al final, agosto se acaba imponiendo. El verano se cumple, también, aunque sea en sus estertores, y llegan esos días de descanso objetivo, real, permitido, legal, oficial. Parece que ese, el descanso acotado en el calendario laboral, es el único posible. Reminiscencias escolares, quién sabe, pero se nos hace difícil descansar cuando no se nos ha concedido ese bendito privilegio. Las vacaciones, en Francia, se implantaron en 1936. Antes, eran un concepto insólito, un lujo de marqueses. Los Beatles se tomaban vacaciones, de cuando en cuando. Una sus primeras vacaciones fueron en Canarias, creo que en Tenerife, no me voy a levantar ahora, como diría Umbral.

Y noto que estos días, que van a ser lisboetas, me sabrán a poco. Y volveré el lunes con ese tópico en los bolsillos de "¿Qué tal las vacaciones? Mal, porque se acaban". Me gusta mi vida de labor, y más ahora que he decidido desembarazarme de un proyecto que, de pronto, él solito, se había convertido en marrón. Las cosas se enmarronan poco a poco, solas, y hay algo, un resorte extraño, que nos avisa. Unas mandíbulas que se entrechocan por la noche, una presión en la quijada al beber cerveza. Señales de alerta que hay que saber escuchar y luego obrar en consecuencia. Me gustan mis días de labor, pero he descubierto, de pronto, que también yo necesitaba vacaciones.

Recuerdo similar sensación en agosto de 2006. Lo dejé escrito, un intento cutre de desaparición a lo Doctor Pasavento. Estaba entonces bajo el fuerte influjo de aquel Vila-Matas que nos hablaba de la rue Vaneau, y hasta allí me fui en plan peregrinación frikil en estado puro. Siento ahora que, no sé, se ha muerto todo un poco. Que el fin de la era Gutemberg, del que habla el propio Vila-Matas en su saturada Dublinesca, nos ha matado un poco ciertos romanticismos, ciertas mitomanías.

Sin embargo, a mí, estos días, sólo me interesan los Beatles. Paul, John, George y Ringo ("Rich", como lo llama Paul) son cuatro mitos con patas que nunca dejaron de ser ellos mismos, lo cual les hacía aún más mitos. Algún ministro de Educación debería proponer la asignatura Beatlelogía, y dejarse de tonterías. Ver la amable autoridad de un Paul McCartney aún menor de 30 años en los estudios de Abbey Road, en la última época del grupo, con esa pasión intacta por la música, sirve más que todas las religiones y educaciones para las ciudadanías del mundo. Puede verse en el documental titulado Let it be.

Hace cuatro años me fui a París, y ahora me voy a Lisboa, con dos amigos. Entonces me apetecía desaparecer, cutremente, y ahora también me apetece un poco. Largarme a un pueblo de Ciudad Real, con un ordenador portátil como animal de compañía, y empapuzarme de una cultura audiovisual en la que aún ando bastante pez. Dedicar un día, por ejemplo, a ver Shoa, el documental sobre el holocausto que rodó Claude Lanzmann, en los ochenta, de nuevo horas de duración. El ordenador, ese proveedor moderno de evasión y cultura, y la guitarra, para los momentos en que el cerebro necesite desenmadejarse. También los libros que me rodean estos días, pero sin mucho afán por hacerles caso. La inmortalidad de Kundera, y La Habana, prometedora recolección de artículos de José Lezama Lima.

Ver todas las pelis de Scorsese, de Coppola, atacar por fin la filmografía de Víctor Erice, no tengo perdón, y de directores como Kapra, Lubitsch, Peckinpah o Casavettes. Pero quizá otro día, ahora me interesa seguir conociedo a los Beatles, porque, a pesar de que los conozcamos de toda la vida, no los conocemos bien. Conocer es ampliar la información que teníamos, y acercarse a ella con los ojos que intentamos reciclar cada día. Hoy vi el mítico concierto de la azotea, pero lo vi de un modo distinto a cuando lo vi en otras ocasiones.

Esa ampliación del campo de visión nos hace avanzar, no hundirnos, nos ofrece una renovada pimienta intelectual, que saboreamos felices. En YouTube, pero también en una Lisboa real, palpable, aunque al principio nos pueda dar un poco de perezuela. Los Beatles esperarán a la vuelta, están siempre ahí, como dice Paul en el documental. "Stravinski ya estaba en la música, no le hacía falta dar conciertos". Ellos ya sabían que estaban en la música pero, aún y todo, quisieron ofrecer el concierto del rooftop, porque eran generosos.

Comentarios

  1. Yoko Ono es asquerosilla. Qué grima da cuando la enfocan.

    Vas a la ciudad más melancólica en la que he estado. Suerte.

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  2. Feliz estancia en Lisboa. Imagino que pasarás por A Brasileira, lugar de peregrinación de todos los admiradores de Pessoa, o de la literatura en general. Son magníficos los pastelitos...

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  3. Hay viajes que no llegan a ninguna parte, ciertamente, pero son reveladores. Nos damos cuenta al volver a casa.

    Qué lo disfrutes, a pesar del calor. Además del momento zen, busca la sombra.

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