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Esta mañana de agosto la sentí particularmente mañana de agosto. Creo que alguna vez hablé de las mañanas de abril y mayo. Las de agosto tienen tela, también, sobre todo en una gran ciudad, sin irse, aún, de vacaciones, en eso que ahora los anglosajones, que saben hacer del lenguaje algo vivo, llaman staycation. Recuerdo especialmente las del año 93, cuando me apunté a clases de guitarra con el maestro Joaquín Zabalza, ex Iruña'ko, grupo al que se conocía también como los 'Platters navarros'. Decidieron volver a Navarra, en vez de prorrogar una gira interminable por todo el mundo, que duraba ya dos años, porque ser muy Bob Dylan para aguantar una never ending tour. Y en Navarra la gente tiene raíces, familia, cosicas. Resulta paradigmático, pienso, de cierto sentir navarro, ese no cambiar la gloria por ciertas cosas más o menos sagradas que no salen en las grandes biografías. No sabría decir si es bueno o malo. Hubo uno, no recuerdo el nombre, podría mirar, pero paso, que se quedó allá. Siguió como músico y creo que llegó a tocar con Sinatra, o tocaron todos con Sinatra, no sé. Se lo puso cara de americano, esa cara menos enjuta y seca, agradecida, con los ojos más achinados y algunas pequillas, de ciertos americanos. Deben de ser las hamburguesas. Ignacio Murillo, redactor de Diario de Navarra, publicó hace poco un libro con las andanzas de estos músicos rutilantes que podrián haber sido... lo que fueron.

Mi formación artística, por decirlo de algún modo, fue autogestionada, digamos. Nadie me dijo "Apúntate a ésto". No sé, tampoco, si es bueno o malo. Un verano sentí la pulsión de tocar una guitarra (Admira, modelo Paloma), que llevaba un año aporreando, sin saber ni siquiera cómo se afinaba. Busqué en los anuncios clasificados de ese Diario de Navarra, sección Enseñanza, y encontré Clases de Guitarra. Calle Mayor, 55, tfno 948 227271 (aprox.). Llamé y me contestó una voz agradable, no-joven. No sabía muy bien dónde me metía, y fue una sorpresa comprobar que había elegido al mejor profesor posible. Sus temas no eran de Guns&Roses, ni Extreme, ni Nirvana, sino aires uruguayos y piezas hiperlocales, entre las que recuerdo el Chorus de Villalobos, la Jota de Aoiz, Amorada, o Zorba el griego. Aquello no era lo más transgresos del panorama musical, pero servía para aprender. También el Tico-Tico, el jodido Tico-Tico, del que he olvidado la mitad, pero que a veces trato de tocar emulando a aquel fenómeno llamado Rayito que, por lo visto, después de ser niño se convirtió en decadencia, digo, así, sin tener ni idea.



De pocas cosas me he sentido tan orgulloso como de apuntarme a esas clases. Fue un agosto, y luego se prolongó más adelante, y nos hicimos muy amigos de Joaquín, y su muerte en marzo de 2005 nos dejó a todos un poco tristes. Recuerdo alguna vez habérmelo cruzado en algunos pabellones nada halagüeños del Hospital de Navarra, y los dos nos hacíamos un poco los suecos. Su sitio estaba en aquella buhardilla que era todo un museo, con las fotos, premios y carteles de las actuaciones de aquellos míticos Iruña'ko.

Quería hablar del silencio de una mañana como la de este martes, idea que también se le ha ocurrido a César, y he terminado hablando de la música de Zabalza&Cía.
Había silencio, sí, un silencio anacrónico, un silencio que me ha hecho pensar que el silencio ha sido secuestrado por la modernidad. Sólo en días muy extraños, un martes de agosto sobre las once, se puede intuir toda la sonoridad de una capital española a finales, pongamos, del siglo XIX. Aquellos escritores del 98, Baroja, Azorín, Unamuno, caminarían desde su casa a las tertulias que frecuentaban en ese ambiente de silencio, que hoy nos resulta tan arrealista. Sí, un silencio que nos enseña la trampa de la ciudad, la trampa de todo, ese artificio que llamamos vida pero al que, de alguna manera que todavía no hemos alcanzado a descubrir, nos vemos abocados.

Comentarios

  1. Tal vez sea lo que peor llevo de este "artificio" llamado vida, el constante quebrantamiento del silencio, ya sea por la música hortera de un móvil (¿por qué se ponen esos absurdos tonos de llamada en un teléfono, joer, un teléfono es un teléfono y no una verbena. Ya molesta lo suficiente con su tono habitual al resto de la ciudadanía por eso de ser móvil, como para que te monte un escándalo en la cola de Mercadona, en la librería, o en la mismísimo cine... que los hay de una mala educación), por el acelerón de los coches en los semáforos, por el tonto de la moto... que convierten lo bullicioso en el desagradable chirriar de una bisagra oxidada. Pero decía, creo que el silencio (si no real, al menos la percepción de tal) se está convirtiendo en un privilegio al alcance de pocos y en un auténtico placer por lo excepcional y por lo efímero.
    Luego está ese otro, el terrible silencio.

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