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Este primer lunes de agosto, a la vuelta de mi exigua jornada laboral, tenía mucho de agosto. Tenía esa cosa de lunes a medio gas que se nota sólo en el comercio, en el comercio de provincias, cuando las tiendas cerraban para compensar las tardes de los sábados sacrificadas por vender alguna braga. Qué deprimente una tarde de sábado trabajando, alguna vez escribí no sé dónde sobre las carnicerías tristes de un sábado por la tarde. Y de invierno. Y de una localidad pequeña, del norte, fría, inhóspita. Para morirse.

El lunes por la mañana, en cambio, me figuro que ese gremio de comerciantes se sentiría algo recompensado, arrancando un poco a contrapié del resto de la comunidad trabajadora.
Hoy se notaba un silencio extraño, una atmósfera como de eclipse.

Por la tarde he tomado gazpacho. El secreto está en los tomates maduros, y en el mucho aceite y vinagre. Sin miedo. Me he acordado al beberlo de algunas tardes de verano en que no iba a la piscina. No tenía entonces novia y mis amigos o eran pocos o no me convencía su compañía. El ambiente familiar, de primos, tan cohesionado en su día, se había dispersado y había que reconstruir, por primera vez, el mapa social. Pereza. Así que muchos días me quedaba en casa, en verano, en vez de hacer cosas más sanas, como nadar, correr, ir, venir, etc.

Me cruzaba entonces con mi padre, que no era una presencia hostil, kafkiana, ni mucho menos, aunque sí que me incomodaba hacer patente esa cierta desubicación mía. No quería darle lástima, no me gustaba hacer patente mi deambuleos por la cara, sin ruta definida. Solía hacer gazpacho, él, y a veces uno de zanahorias que no estaba del todo mal, lleno de vitaminas y cosas sanas. Lo bebíamos en silencio, en la cocina, en esas horas de tiempo detenido, dilatadas, que parece que pasan dos veces, del verano. Las seis y diez, las siete y cinco, las ocho menos cuarto.

Me jodía que me viera algo desvalido socialmente. La adolescencia precisa de un grupo compacto, esa tribu de la que formar parte y en la que no acababa de encontrar acomodo. Pero también me gustaba su presencia tranquila, silenciosa, ver que él también mataba las horas fuera de estridentes piscinas, viendo cualquier cosa que echaran por la tele, con San Cristóbal y su fuerte, en frente. Nos hacíamos compañía.

He pensado esto en una de las varias horas muertas, algo dispersas, de la tarde infinita. Luego, he pensado que el verano, una vez entrado agosto, enfila su cuesta abajo y si te he visto no me acuerdo. He sentido una leve nostalgia del julio recién finiquitado. Y he pensado en los pequeños nervios del curso venidero, que siempre implicaban un reto nuevo. Ecuaciones, física, tabla periódica, latín, las divisiones con decimales. Oíamos hablar de ello con cierto temor, pero también con la excitación de tener un reto a nuestra medida. El otro día escuché que el equilibrio reside en realizar gestas situadas en un punto intermedio entre nuestras capacidades y nuestras debilidades. Algo así. Encontrar a tu contrincante ideal, que te ofrezca seria resistencia... y ganarle. Algo de eso de los conflictos y la necesidad de creárnoslos si no vienen, que comentamos hace poco.

Pasan los años y hay biografías estancadas, sumidas ya en un bucle de rutina más o menos conquistada. 'Formación continua' vs. 'Camino de perfección'. Bien. Un poco de las dos. Probarse a uno mismo, meterse en marrones nuevos, colarse en terrenos desconocidos y ser de nuevo un aprendiz, un novato, un pringao, tiene algo de sano. La vida como un juego de la Nintendo. Algo así.

Comentarios

  1. ¡Coño!, noto algo distinto...
    Todas las infancias se parecen, decía Moix en El beso de Peter Pan. Pues leyendo esto es como si todas las adolescencias también se parecieran. Yo, que tardé mucho en encontrar tribu, recuerdo tambien esas tardes de verano, matando esas interminables horas vagando por los rincones de mi casa, eso las hacía doblemente eternas. Ese silencio inquebrantabe de la siesta y aquel resistidero en el patio, en la calle... Pero me gusta agosto, me gusta madrugar y que sea la oscuridad la que me encuentre al salir a la calle, odio la luz del sol a las seis y media y que a las diez de la noche aún siga ahí. Me gusta el recogimiento de los primeros días otoñales. El verano es como un joven díscolo que no sabes por donde te va a salir, que va, viene, trasnocha, duerme a deshora.

    Me gusta este giro ¿intimista?... o es que el inminente septiembre está empezando a dejarse sentir.

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  2. Hay un punto en la adolescencia que te sientes tan jodidamente desubicado, que igual que caíste para este lado lo podías haber hecho hacia el otro, con vete tú a saber qué consecuencias. Durante los últimos años de la infancia allá donde iba siempre me encontraba entre el grupo de los guays y el de los pringados, como una junta de dilatación que de tanto dilatar se fue hartando hasta hacerme más introspectivo, más solitario, mucho más a mi puta bola, cuando ya no importa ni el qué dirán ni el cómo lo dirán. Llega un punto en el que pasas de esperar una llamada a dejar de cogerlas todas porque una de las pocas ventajas de hacerse mayor, de definirse, es tener que dejar de fingir lo que eres o dejas de ser. El día que aprendí a decir no me quité mil pesos de encima, y toda la ansiedad de la infancia y de la adolescencia.

    Y lo de ayer, pues me quedé callado porque no recuerdo libros asociados al verano, a verano ni a invierno, porque sólo los asocio a canciones, a discos, cuando era capaz de leer escuchando música que ya ni eso puedo. Sólo recuerdo uno, “El ponche de los deseos” de Michael Ende, que leí en una playa portuguesa cuando Portugal era una España de los cincuenta trasladada a la década de los ochenta. Aquel verano fue vivir a la infancia de mis padres. Paradojas espacio-temporales… será, y me gustó mucho sentirla.

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  3. Me gusta lo de "el equilibrio reside en realizar gestas situadas en un punto intermedio entre nuestras capacidades y nuestras debilidades".

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  4. Apoyo lo del equilibrio, encontrar un contricante que ofrezca resistencia y ganarle.

    Aunque yo fui más de estar en la calle, con grupo o sin él, recuerdo como si hubiera un abismo entre los veranos en el pueblo y los veranos en la ciudad. La ciudad era piso ardiendo y zoo de playmobil, o algo similar, y el pueblo era calle, calle y más calle, a todas horas, y bici y riegos con la goma desde la terraza.

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