2.8.10

Db

Dejo en suspenso una idea sobre los procesos, los tiempos, la maceración del gazpacho, el agua que horada la piedra, los pasos que horadan, también, la piedra de las escalinatas. Libros de verano, lecturas de verano, el clásico tema rellenaperiódicos, pero no exento de un cierto atractivo. Quizá el verano sea la mejor etapa para la lectura, por tiempo, y también por cierta predisposición nuestra al sueño, al romanticismo, a ponernos frente a frente con la vida, quizá a reorientarla, a ver si la dirección es buena, incluso a hacer radicales golpes de timón. El verano es un tiempo en que nos ponemos a pensar, y por eso hay tanta violencia doméstica más o menos soterrada y tanto divorcio. Es la cara amarga del tiempo libre, pero también hay otra más feliz y que la traen los libros.

Leo cada viernes en El Cultural la serie de Anson sobre sus lecturas veraniegas. Aquí que no nos oye nadie, o ese hombre lee mucho o tira de solapa, porque no es posible meterse tanto título entre pecho y espalda en tan poco espacio de tiempo. No obstante, siempre hay una impronta personal. Lecturas de verano, titula. Y, sí, el verano es época disociada, lo digo cada año, y eso nos permite leer y luego alzar la vista al cielo, en plan rêveurs.

Recuerdo un verano de 1997, en París, leyendo Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro. Un título tan cursi me sorprendió con una serie de historia que de alguna manera me conmovieron. Verano en París, soledad elegida y cigarrillos. Y 18 años. Era fácil ser feliz, sí. Algunos veranos después llegaron dos lecturas claves, en los veraneos en casa de mi ex, en Benicásim. Cien años de soledad y Crimen y castigo, quizá los dos grandes clásicos que más he disfrutado, que me habrán marcado de alguna manera que seguramente desconozca. Los leí con veintipocos, que es buena edad para leer esos libros, y sentirse Rodión Romanovich Raskólnikov y albergar la posibilidad de matar, si acontece, a una vieja ususera, que viene siendo lo feo que hay en el mundo. El tercer clásico que me gustó leer, volutantariamente solo, al sur de Francia, fue La educación sentimental, de Flaubert, un libro que compré al azar, y que luego resulta que hasta lo cita el Woody Allen de Manhattan, como cosas que el mundo no debería perderse. El Quijote, del que aún me quedan algunas páginas finales, también cayó en ese verano de 2004, previo a mi personal lanzamientos a las venturas varias. También leí entonces El Robinson urbano, de Muñoz Molina, que dio lugar a una novela levemente paródica que titulé El náufrago cosmopolita, cuya herencia aún viva es este blog, y cuyo imaginario, rollos nauGrafiles, me temo que no podré escapar más nunca.

El año pasado alcancé ese cénit místico y placentero de los libros veraniegos, en el campo estellés, con La carretera, de McCarthy, Al borde del naufragio, de Alberto Olmos y con los Relatos autobiográficos de Bernhard. Me sorprendió encontrar gran relación entre el libro de Olmos y el de Bernhard, claro influjo del primero en ese potente libro con el que el entonces veinteañero escritor segoviano quedó finalista del Herralde. Sam Savage y su entrañable El lamento del perezoso mitigó los dolores que a mí me trae septiembre, mes que me sigue resultando antipático.

También leí en verano las Prosas apátridas que cito en el anterior post, y que me regaló mi tía J un cumpleaños, creo que por recomendación de Javier el de El Parnasillo. Leí en verano Vida y época de Michael K, de Coetzee, del que leí, precisamente, Verano, a principios de éste, con los goles del Mundial sudafricano, qué oportuno, de fondo. Leí en verano, Bajo las ruedas, un libro de Herman Hesse no tan conocido como Demian, El lobo estepario o Siddharta, pero que quizá me gustó más. Me recordó mucho a El guardián entre el centeno. También leí en verano, en 1995, El mundo de Sofía, de Gaarder, libro que entonces me fascinó y cuyo final, que creo sólo llegué a intuir, me provocó un arrobamiento filosófico-místico de importantes proporciones.

Y leí en verano, en otra estancia, más larga, en París, como becario de flâneur cuando desconocía el término flâneur, cuando escribía un diario íntimo desconociendo la existencia de los diarios íntimos, en 1999, el París era una fiesta de Hemingway, y El extranjero de Camus, en francés, en un ejemplar que me regaló Claudia Toumarkine, la señora que me hospedaba en su napoleónica casa, en plena calle St Denis, que es como una Montera parisina. Fueron las mejores lecturas posibles, para ese momento y ese lugar.

Me acuerdo ahora de La familia de Pascual Duarte, que cayó en mis manos en julio de 1994, en aquel fantástico mes de iniciación en varios vicios, en Bournemouth, Inglaterra. Recuerdo leerlo en esos ratos absurdos de la cultura británica de después de cenar, con una luz atronadora que aún se mantiene unas cuatro horas. Son algo absurdos, pero irradiaban una paz extraña, también.

Mi primera lectura seria, es decir, de un libro considerado como tal, fue a mediados de los ochenta. Tenía siete años y me metí de una tacada El mago de Oz, que ocuparía unas 200 páginas, en aquella colección naranja de Alfaguara. Cuando lo terminé, celebré, orgulloso, esa mi primera pequeña gesta literaria. Fue en Salou, como también leí en Salou, año 92, o quizá el 93, y en tan sólo un fin de semana, las casi 400 páginas de ¡Viven!, de Piers Paul Read, cuya historia me sobrecogió enormemente.

También solía leer en verano, de niño, después del estruendo sanferminero, con la recobrada paz, los cómics de Tintín. Y en la mochila que llevaba a la piscina solía meter, junto al bocadillo de tortilla que pronto se pondría gomoso, un par de tomitos rojos de construye tu propia aventura.

Me acuerdo, ahora, de encerrarme en los váteres, en el Tenis, larguísimos ratos, con estos libros que se decían juveniles pero que no eran sino infantiles. El olorcillo de la mierda propia y el silencio de la tarde veraniego, en esa soledad que uno iba descubriendo como un regalo, la recuerdo ahora con gratitud.

El Corsario Negro cayó en 1990, en el colegio de Étampes, y me enganchó sobradamente. Algunos de los ideales allí expuestos, nobleza, honor, resistencia (siempre estaban remando o atravesando tupidas selvas), creo que quedaron grabados en mí de un modo indeleble, aunque no sé si alguna vez han salido, o saldrán a flote.

Las lecturas de verano nos marcan, aunque no nos enteremos, así que elegid bien las vuestras.

7 comentarios :

  1. Mis lecturas de estos meses de calor: 'Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami', 900 páginas casi devoradas y próximamente 'Snuff', de Chuck Palanhiuk, autor que me descoloca-apasiona. Terminando también 'Viajes con Heródoto', del maestro Kapuscinski. Ah, en la recámara 'Una cuestión personal', del Nobel Kenzaburo Oé. No sé a qué responde esta elección, simplemente son los que me apetece leer. Lo que tengo claro es que podría recordar cada uno de los veranos de mi vida (o casi todos) rememorando qué me ocurrió durante la lectura de cada uno de los títulos que han caído en mis manos. Nunca se olvidan las lecturas de verano.

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  2. vaya, un post literario muy intimista; sobre todo con lo de "El olorcillo de la mierda propia y el silencio de la tarde veraniego"..lo cual me ha recordao mi lectura en el retrete de los compònentes quimicos de las colonias...

    tampoco es que sea un gran lector de verano pero voy a despuntar, ¿en el 91?, los 8 tomos de "El Principe Valiente". y 'Cronicas Marcianas' unos de los mejores libros que he leido en verano...y en invierno: toda una tarde ¡en vivo! paseando por Marte.

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  3. También leí en verano y por las mismas épocas "El mundo de Sofía" y "Donde el corazón te lleve", recomendados por mi madre. "El Guardián entre el centeno" es más de invierno. Hace poco me lo volví a comprar porque mi hermano me lo secuestro hace años. Es muy simple pero creo que por eso mismo invita a ser releído cada cierto tiempo.

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  4. Yo acabo de terminar La hija de Robert Poste (qué delicia...) y volveré con Carlos Salem en breve. Con eso y lo que vaya surgiendo me aseguro un buen verano.

    Alberto, qué bien verte por aquí, veo que compartimos amigos.

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  5. ¡Qué memoria, Eduardo! No sería capaz de recordar tantos veranos y sus lecturas respectivas... Ah, y muy buena elección.

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  6. Te he comentado en fb, pero repito por aquí:

    Paris era una fiesta es enorme!!! Lecturas de verano recuerdo, sobre todo, Lolita de Nabokov a escondidas (porque se supone que estaba "estudiando" para algún exámen de septiembre durante la facultad) y ya hace menos (un par de años) Valis de Philip K. Dick en la playa (un tochazo a priori nada apetecible en verano, pero que me impresionó muchísimo)

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