Da

Suelo dormir pequeñas siestas de veinte minutos. Creo que Churchill o quizá Lincoln las llamaba las siestas de las bolas de billar. Se colocaba una en cada mano y, cuando caían al suelo es que había perdido la conciencia. Y, claro, hacían ruido y con ese ruido se despertaba. Bastaba ese pequeño viaje a la otra dimensión, aquella en la que no somos nosotros sino esa otra cosa extraña que somos durante el sueño, para hacer una sana pausa mental.

Me bastan, a menudo, esas pequeñas siestas para el abordaje de unas tardes en la que habrá más dispersión que otra cosa, pero en la que uno pone todas sus energías, sean o no productivas. Al menos, siempre se intenta. Y, bueno, el caso es que a veces el cuerpo, por la noche, llega a confundir un poco todo y se cree que es el momento de la siesta, y no el de dormir como un tronco. Entonces me cuesta recuperar el relato somnífero y me entra una cierta inquietud, una pequeña ansiedad, una sensación de fichas de Tetris mal colocadas y una velocidad creciente, y la musiquita rusa como in crescendo. Noto también las mandíbulas en guardia de no sé qué, como iniciando esa presión la una contra la otra, bruxismo creo que se llama, con el que he coquetado alguna vez, y coño, no duermo tan bien cómo antes.

Me digo que quizá escribiendo me calme, y pruebo a hacerlo, y aquí estoy. Quizá es que tengo en la mente una serie de perlas que me ha proporcionado, que me está proporcionando, Juan Gracia Armendáriz y su Diario del hombre pálido. Juan Gracia Armendáriz tiene algo del Ribeyro de Prosas apátridas, y a mí me parece muy valioso, una gran perla, y lo valoro más porque Armendariz está vivo. Y és de Pamplona, como yo, pero Madrid es su segunda casa, de la que se va a veces, pero con la esperanza de volver. Hacía tiempo que no leía un libro con tanta atención, como un goteo feliz que te mete algo en las venas que no sabemos qué es pero que nos sienta bien. Y eso que habla de su enfermedad, y eso que hay algo deprimente en nuestra fragilidad, en esa ruleta rusa que es la salud y en la que cualquier día nos sale la bala y no nos morirmos pero casi; seremos muertos vivientes que eso y no otra cosa es ser un enfermo.

Pero Armendáriz está enfermo pero se siente más muerto que vivo, y no quiere palmarla, como el Boris Vian de No me gustaría palmarla. Y no sólo no nos da el coñazo lastimero como hace un poco el Bernhard de Relatos autobiográficos, sino que ante todo hay una búsqueda, una fe, en la luz. Y son páginas que se leen como miel, miel en boca del asno, y me siento bien de no ser un asno, de no ser uno de esos que leen para evadirse, sino alguien que busca y encuentra generosidad en formato impreso.

Quería hablar de más cosas que me ha suscitado este libro que voy a lamentar terminar, pero no quiero extenderme.

Me siento algo mejor, necesitaba soltar algo de lastre. Acumulamos sensaciones, y no podemos reprimirlas. Hay que soltar. Me preguntaba antes una amiga que dónde irán a parar todas las sensaciones que reprimimos. Al Sementerio de las Sensasiones Moribundas, le dije medio en broma,.en plan poeta cursi. Recuerdo que me comentó Milena Agus que si no escribía sentía una incómoda ansiedad, le atacaba también el insomnio.

El propio Ribeyro, en el libro de Armendáriz, dice que todo diario es la manifestación de que algo dentro del diarista está aún por resolver. Y que cuando se resuelve, "un matrimonio logrado, una posición social conseguida, un proyecto que se realiza", la actividad del diario puede quedar abortada. No sé si esto es un diario, y si en mi interior hay algo de ese conflicto irresoluto. Pero cabría preguntarse si no vivimos mejor dentro de una razonable dosis de conflicto, que nos mantiene a flote, con una razonable tensión. Un conflicto pequeñito, una voluntaria incomodidad, una insatisfacción casi planeada. Algo de la capacidad que tienen ciertos enfermos para encontrar esas perlas brillantes de las que habla Armendariz.

Pero sin estarlo.

Comentarios

  1. Me alegro que el libro te esté resultando grato.
    El factor desencadenante del bruxismo es el estrés, aplícate el tto.
    Y las sensaciones que reprimimos no van a ninguna parte, más bien nos generan infelicidad y algo de frustración. Su represión suele ser objeto de nuestros sueños o pesadillas(en esto Freud tenía más razón que un santo.
    ): palabras, gestos, etc, etc... esas cosas que a la vez que nos pueden generar conflicto al manifestarlas, nos hace sentirnos libres de alguna manera. Eso es vivir, lo demás es estar preso, o en libertad condicional (entiéndase, metafóricamente hablando).

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